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26 de septiembre de 2011

LUIS ALEN LASCANO, MAESTRO DEL REVISIONISMO SANTIAGUEÑO

Luis Alen Lascano



El 25 de septiembre de 2010 los santiagueños perdimos a uno de los máximos exponentes de nuestra cultura. En ese triste día se nos fue don Luís Alen Lascano.

Para quienes no lo conocieron, digámoslo de entrada nomás, cosa que no quede ninguna duda; el maestro Luís Alen fue un eminente historiador identificado con el revisionismo histórico; hispanista y católico declarado; investigador, maestro, y divulgador de los hechos de nuestra historia, enfocados desde una óptica nacional.

Había nacido en Santiago del Estero, un 10 de octubre de 1930. Ejerció la docencia en varios colegios de nuestro medio y fue profesor por concurso en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero.

Siendo muy joven se unió al Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Mas adelante, su solvencia intelectual le permitió formar parte de la Academia Nacional de Historia, así como de diversas instituciones prestigiosas, entre ellas la Academia Sanmartiniana.

En lo político Lascano provenía del radicalismo irigoyenista y como tal adscribió al pensamiento de Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche y Homero Manzi. Fue candidato a diputado por el radicalismo en 1954 y 1958, y diputado nacional constituyente en 1957. Se desempeñó como diputado provincial en 1963-1966.

Su obra historiográfica abrevó en autores de la talla de Adolfo Saldias, Vicente Sierra, Manuel Galvez, José Maria Rosa y Ernesto Palacio. Escribió numerosos libros, opúsculos y artículos, así como una gran cantidad de prólogos a libros ajenos.

De su producción podemos destacar “Ibarra y el federalismo del norte”, libro en el que reivindica la figura del caudillo santiagueño, y que fuera premiado por la Comisión Nacional de Cultura del Ministerio de Educación Nacional en 1970.

Igual mención, en esta apretada nota, merece su obra “Rosas, el gran americano” escrita en 1975. En ella Luís Alen Lascano traza una excelente síntesis de la vida de don Juan Manuel de Rosas, resaltando el enfrentamiento del Restaurador tanto con la oligarquía portuaria como con la clase terrateniente durante el bloqueo imperialista.

Su obra monumental, sin lugar a dudas, fue la “Historia de Santiago del Estero”; punto de referencia obligado de todo aquel que quiera estudiar el pasado santiagueño. Su importancia es tal que, como dijo el Dr. Raúl Lima, “en ella abrevaron legiones de alumnos del profesorado de historia, y todos nuestros profesores y licenciados de historia”[1].

Algún día se deberá hacer una adecuada reseña de su ingente producción, así como un concienzudo análisis de sus aportes.

Digamos finalmente, y ya en el plano humano, que Luís Alen Lascano no solo fue un brillante historiador sino que también fue un distinguido caballero, amable y servicial con todos los que requerían de sus servicios. Justamente por ello fue director de numeroso tesistas, a quienes les brindo generosamente su apoyo y su biblioteca. Lamentablemente muchos de sus antiguos discípulos se olvidaron del gigante sobre el cual se montaron oportunamente y hoy alejados de su magisterio caminan henchidos de orgullo a pocos metros del terrenal suelo.

Vaya entonces de nuestra parte el agradecido reconocimiento, y el justísimo homenaje, para aquel que providencialmente nos develó la verdad de nuestro pretérito y nos brindó la calidez de su persona.


Por Edgardo Atilio Moreno



[1] Revista La Columna. Sgo del Estero. Abril 2011

25 de septiembre de 2011

UN 24 DE SEPTIEMBRE MORIA DOÑA MALVINA VERNET DE CILLEY

Doña Malvina Vernet de Cilley (1830-1924)



Hace 87 años, fallecía la única dama argentina que tuvo el privilegio de nacer en las islas Malvinas, motivo por el cual se empezó a utilizar y a adoptar en nuestro país el nombre de “Malvina” para el sexo femenino. Pionera en doble sentido, repasamos los rasgos más característicos de la vida de esta mujer cuya biografía debería ser rescatada del olvido.

Doña Malvina Vernet de Cilley nació el 5 de febrero de 1830 en Puerto Luis, isla Soledad, cuando su padre, Luis Vernet, se encontraba allí desempeñando el cargo de gobernador y cuidando el desarrollo de la colonia por él instalada. Su madre fue doña María Sáenz, que había acompañado a aquél junto con los tres niños que ya tenían (Luis Emilio, Luisa y Sofía), y de la cual se conoce su interesante diario redactado en esa época.

El verdadero nombre de la señora de Cilley fue Matilde, pero por haber nacido allí se le dio el apodo de Malvina, que se convirtió en nombre, usado desde entonces en la familia.

Luego de la destrucción de la colonia, primero, por la fragata “Lexington” (de bandera norteamericana) y, más tarde, por la usurpación de aquélla a manos de la “Clío” (de bandera inglesa), la familia Vernet regresó a Buenos Aires.

Malvina Vernet casó con un marino norteamericano, y años después ambos se radicaron en San Isidro, en la quinta “Las Malvinas”, formada por la parte que le tocó a la señora de Cilley de la que había pertenecido a su padre.

Fue dama benefactora en dicha localidad del Gran Buenos Aires. Al respecto expresó: “Un gran retazo he donado para la construcción de un paseo que sale al río y que forma parte de uno de los tantos rincones hermosos de esta localidad…”. En efecto, su donación sirvió para construir el hermoso Paseo del Tala, llamado así por existir en él un tala plantado por Luis Vernet.

La señora Malvina Vernet de Cilley falleció el 24 de septiembre de 1924, a los 94 años de edad.


Jóvenes Revisionistas



Bibliografía:

- Sosa de Newton, Lily. “Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas”, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, Abril de 1986.

24 de agosto de 2011

JUAN FRANCISCO DE NIEVA Y CASTILLA, EL GAUCHO MONTONERO DE POMAN

Gaucho Montonero Federal.



Imaginemos la terrosa soledad del Departamento de Pomán, en la provincia de Catamarca, promediando la década de 1860 si consideramos que ese mismo sitio tiene, en la primera década del siglo XXI, apenas 8500 habitantes. Allí, mezclada entre ranchos de adobe y estribos de añeja factoría, se enaltecía la figura del comprovinciano Felipe Varela, quien, en súbita aparición, impartía justicia con sus bravías montoneras.

En Pomán subyace, oculta, la historia de don Juan Francisco de Nieva y Castilla, caudillo ignorado que provenía de ilustre prosapia local. Se dice que gozaba de gran prestigio por estos pagos catamarqueños, alcanzando, en tiempos calmos, el grado de comandante durante el gobierno de Víctor Maubecín. Dicha tranquilidad se irá alejando en julio de 1866, cuando el teniente coronel Melitón Córdoba, de clara tendencia unitaria-liberal, depone a Maubecín y se propone como meta “proceder a las operaciones de guerra [contra las montoneras federales] que estime más conducentes”. En lugar de Maubecín, irá como gobernador catamarqueño Jesús María Espeche, recalcitrante hombre que responde a las directivas del vicepresidente de la Nación, Marcos Paz, quien en carta fechada el 28 de enero de 1867 le dirá al presidente Bartolomé Mitre: “La montonera y la sedición brota por todas partes con una espontaneidad que asombra”.

No podían concebir las autoridades mitristas lo que había tenido lugar en Mendoza con la llamada “Revolución de los Colorados” (9 de noviembre de 1866), a cuyo frente se pusieron los federales Juan y Felipe Saá. Luego de obtenida la provincia de Mendoza, ambos entrarían triunfantes en San Luis capital el día 27 de enero de 1867 tras el combate de Rinconada del Pocito. Estas acciones, que más tarde se han de propagar a las provincias de La Rioja, Santiago del Estero, San Juan, Córdoba y Catamarca, formaron parte de la empresa más ambiciosa que pudo haber dado a la historia argentina el federalismo tardío posterior a la etapa rosista. No obstante, la “Revolución de los Colorados”, cuya planificación fue obra de Felipe Varela mientras estuvo exiliado en Chile, y cuya gravitación recayó en Juan de Dios Videla, Estratón Maza y Pedro Viñas, tuvo una funesta inspiración: Justo José de Urquiza. Todos los nobles caudillos del noroeste y de Cuyo ofrendaron sus actos justicieros a la figura del indigno entrerriano por tratarse, éste, de la máxima referencia y autoridad del Partido Federal una vez consumadas las traiciones de Caseros (1852) y Pavón (1861).

Cabe señalar, en honor del rigor histórico, que Urquiza no contestó ni una sola de las cartas que desde la época de Ángel Vicente Peñaloza y hasta la decadencia de Felipe Varela (1870) le enviaron los gauchos federales que pelearon entre 1858 y la muerte del Quijote de los Andes en Nantoco, Chile, el 4 de junio de 1870.

La eterna y miserable dualidad en el comportamiento de Urquiza durante los alzamientos federales de Cuyo y el noroeste, se ve reflejado en lo que le manda decir al general uruguayo Nicasio Borges: “No es extraño que se quiera explotar mi nombre por los que procuran reaccionar la República; pues saben que cuento con numerosos amigos, y por ese medio quizás se propongan prestigiar su causa…”. En las correspondencias secretas que el entrerriano enviaba a sus amigos, se advierte una postura timorata al referirse a los acontecimientos de la “Revolución de los Colorados”, narradas –las cartas- siempre “en tercera persona como si fuera una causa ajena a la suya”, advierten los autores de la obra “Felipe Varela. Su Historia” (Plus Ultra, 1975).

LOS ALZAMIENTOS EN CATAMARCA

Bien pronto, el eco de los primeros estallidos de la “Revolución de los Colorados” resonó en diversos poblados y departamentos de la provincia de Catamarca, todos de la mano de olvidados y posteriormente desprestigiados caudillos federales que hoy no tienen menciones ni bronces en las instituciones dedicadas al estudio de la historia nacional. Haciendo honor a sus trayectorias escondidas, mencionaremos a los montoneros sublevados y a los pueblos catamarqueños que los mismos representaban:

A) Coronel Nicolás Agüero, del departamento de Pucarilla (Piedra Blanca).
B) Capitán Froilán Juárez, del pueblo de Tinogasta.
C) Francisco Magarzo, del antiguo pueblo de Belén.
D) Raymundo Segura, del departamento de El Alto.
E) Antonio Palacios, del pueblo de Andalgalá.
F) Coronel Juan Francisco de Nieva y Castilla, del departamento de Pomán.

De todos los nombrados en el listado anterior, nos interesa rescatar la figura de Juan Francisco de Nieva y Castilla, del cual algo ya hemos mencionado al principio de la siguiente nota.

UN HOMBRE DE ORDEN

En los archivos del juzgado federal de la provincia de Catamarca, Juan Francisco de Nieva y Castilla está sindicado como pacífico morador del departamento de Pomán, al cual las circunstancias lo pusieron en estado de rebeldía. Tuvo, sin embargo, una vida apacible cuando fue comandante del derrocado gobernador Maubecín. Más tarde, al tomar las riendas de la provincia el implacable Jesús María Espeche, Nieva y Castilla debió fugar a la provincia de La Rioja, instalándose en la localidad de Machigasta. Su nombre ya estaba en boca de las tropas de línea que buscaban fusilarlo o, por el contrario, enviarlo a la perversa Guerra de la Triple Alianza para que derrame su sangre en pos de las finanzas británicas y la entrada forzosa del Paraguay a la división internacional del trabajo.

En Machigasta hubo de conocer a Severo Chumbita, coronel montonero que tenía sobre sus espaldas las experiencias vividas cuando la campaña del “Chacho” Paeñaloza en años anteriores, y que ahora se prestaba para una nueva revuelta federal. Fue Chumbita, quien lo ayudó económicamente a Nieva y Castilla en su forzoso exilio a la provincia de La Rioja.

Cuando fue beneficiado con el indulto, Juan Francisco de Nieva y Castilla regresó a su hogar en Pomán, Catamarca. Sin embargo, su vida ya estaba marcada. Dos comandantes que respondían a los liberales, Luis Quiroga y Justo Segura, le hicieron ver que él no podría vivir en paz porque tenía de amistades a gauchos matreros que andaban en las revueltas, y que por ello debía ser asesinado. La constante amenaza que pesaba sobre su humanidad, hizo del hombre de orden y buen ciudadano Nieva y Castilla un rebelde que, bien pronto, se uniría a las montoneras federales.

LA MONTONERA DE POMAN

Desencadenada la “Revolución de los Colorados” durante los últimos meses de 1866, sus réplicas tuvieron eco en los departamentos catamarqueños entre enero y febrero de 1867. La montonera de Pomán, para el caso, fue urdida por el perseguido Juan Francisco de Nieva y Castilla a través de una fina sublevación que promovió en el seno del Cuartel Departamental de Caballería de esa localidad.

Motivado por el coronel Chumbita, quien le habló de la necesidad de pronunciarse por la causa federal, Nieva y Castilla pacta una entrevista con el comandante instructor Ventura Nieva y con el capitán Francisco “el rengo” Nieva, ambos oficiales del Cuartel de Caballería de Pomán, para que se levanten en armas con toda su gente. De esta manera, el comandante liberal Justo Segura se quedaría sin tropa leal y debería rendir la plaza sin oponer resistencia.

La contraseña que daba inicio a las acciones de la montonera, iba a ser la llegada del complotado capitán Nieva a las puertas del Cuartel para, acto seguido, dar el grito de “¡Viva Chumbita y muera Melitón Córdoba!”, en alusión al teniente coronel Córdoba que expulsó al gobernador Maubecín en julio de 1866. Más tarde, tanto el comandante Ventura Nieva como Francisco Nieva debían marchar a otros pueblos vecinos para levantar a los gauchos en la empresa montonera que se gestaba a galope limpio.

De acuerdo a lo planificado, los sucesos se dieron el día 20 de febrero de 1867 entre las 8 y 9 de la mañana. En Felipe Varela. Su Historia, se lee: “Cuando el capitán Francisco Nieva (El rengo) hizo leer la mentada proclama de Varela, se electrizó el alma de la guarnición produciéndose una gran algarabía. Luego gran parte de la misma se dirigió al domicilio de Nieva y Castilla, dando vivas a Urquiza, Varela, Chumbita al propio Juan Francisco [de Nieva y Castilla] y mueras a Córdoba y a [Luis] Quiroga. Una vez allí, los rebeldes sacaron a Nieva y Castilla hasta la plaza de la villa y lo proclamaron comandante departamental y más tarde apresaron a Justo Segura”, su antiguo perseguidor.

Interesante resulta saber que, una vez asegurada la zona de Pomán para la causa montonera, hubo otros hechos que tendieron a expandir dicha influencia. El comandante Ventura Nieva, que marchó al pueblo de Saujil, no pudo promover una rebelión el mismo 20 de febrero, por lo cual el nuevo comandante Juan Francisco de Nieva y Castilla le hizo enviar, por medio del capitán Francisco Nieva, unos 10 soldados federales para que logren el objetivo de ganar allí la adhesión de la montonera. Esto tuvo lugar el 21 de febrero de 1867. En Saujil, los gauchos se apoderaron de armas y pertrechos, e incluso unos 100 vecinos de aquí se trasladaron a Pomán por considerarlo un bastión de vital importancia.

Otro caudillo montonero, el capitán Pedro Gómez, mandó desde Machigasta, provincia de La Rioja, unos 18 milicianos federales bien armados hasta Pomán, con la intención de reforzar al comandante Nieva y Castilla. El plan no pudo haber sido más exitoso.

El 21 de febrero por la tarde, tuvo lugar en la casa de Juan Francisco de Nieva y Castilla una importante reunión de la que participaron el capitán Francisco Nieva, el capitán Pedro Gómez, Ventura y Alberto Nieva y el dueño del hogar, con la idea de unificar todas las fuerzas rebeladas bajo un comando único, idea que no pudieron acordar por manejar distintos criterios. Los Nieva, entonces, optaron por retirarse a la zona de Colpes, donde originaron “una pequeña montonera que actuó en la zona pomanista hasta después de la batalla de Tinogasta”, que sucedió el 4 de marzo de 1867. Luego, los gauchos acaudillados por los Nieva se desplazaron hasta Mazán (La Rioja), con el fin de brindar apoyo al coronel Severo Chumbita.

En cambio, los gauchos federales que acompañaron a Juan Francisco de Nieva y Castilla se retiraron a Los Sauces “para plegarse a Chumbita y a [Estanislao] Medina”, bajo el comando de aquél.

Resta dar a conocer el listado de las principales figuras que se sublevaron junto a Nieva y Castilla, el 20 de febrero de 1867, en Pomán. Ellos fueron, “los capitanes Luis Romero y Faustino Ríos; tenientes Julián Díaz y Eliseo Campos; ayudantes David Andrada y Fructuoso Pedraza; alférez Justo Carrión; sargentos Félix A. Velazco y Salvador Sosa; cabo Baldomero Ogas; soldados Francisco Díaz, Nicolás Arros, Pedro Cativa y Luis Santibáñez y los ciudadanos Manuel Vilquez Guevara, Santos Vilca, Romualdo Pérez y otros”. Quiera Dios que a todos ellos se los reconozca, un día luminoso, en las plazas públicas, monumentos y nomenclaturas de la patria.

TINOGASTA, VARGAS Y ULTIMOS DATOS DEL CAUDILLO

Nadie se perdió la batalla de Tinogasta (4 de marzo de 1867), donde resultaron claramente vencedoras las fuerzas federales del coronel Felipe Varela. Aquí peleó el montonero Juan Francisco de Nieva y Castilla, y en dicha refriega resultó muerto el teniente coronel unitario Melitón Córdoba de un tiro en la cabeza que le propinó el sargento Juan Ramón. Y tras varios días de búsqueda, fue descubierto entre los montes, escondido, el comandante Luis Quiroga, el cual fue presentado al chileno Estanislao Medina. Éste “convidándolo con un mate, le advirtió de los crímenes que se le imputaban y acto seguido le dijo: “Apure ese mate compañero, porque ahurita nomás lo voy a mandar fusilar…”. Cumplió la promesa: terminado el mate, lo fusiló”.

A la felicidad del triunfo en Tinogasta, le sucedió, en abril de 1867, la desgracia de Pozo de Vargas con su carga de 200 montoneros muertos, varios centenares de heridos y más otros 300 tomados como prisioneros. Las pérdidas materiales también profundizan la ruina de la última gran empresa federal: el general Taboada exhibe los 500 fusiles tomados a las tropas de Felipe Varela, lo mismo dos cañones, dos cajas de guerra y un estandarte. La dispersión de las tropas federales sobrevivientes, puso en fuga a Juan Francisco de Nieva y Castilla por varios meses, aunque la mayoría de los montoneros, más tarde o más temprano, irán cayendo en poder de las fuerzas mitristas que con el correr de los meses se hacían dueños absolutos de la situación.

Encontramos datos precisos de Nieva y Castilla recién en 1868, compareciendo ante un tribunal compuesto de liberales que lo tienen como testigo y reo en el juicio espectáculo que le siguieron tanto a él como a Severo Chumbita (en ausencia) y su hijo Ambrosio Chumbita. El cargo que le imputan a Nieva y Castilla es su participación en la revuelta de Pomán y su actuación cuando la batalla de Tinogasta, que al parecer constituyen los hechos de armas más importantes vividos por el caudillo pomanista. Para colmo, le quieren inculpar las muertes justas de los asesinos de gauchos montoneros Melitón Córdoba y Luis Quiroga.

Pedro de Paoli y Manuel Gregorio Mercado, en Proceso a los Montoneros y Guerra del Paraguay, rescatan el testimonio que brindó Juan Francisco de Nieva y Castilla ante el juez nacional Joaquín Quiroga, de la provincia de Catamarca, por los cargos antes nombrados. Así, a comienzos de noviembre de 1868, el caudillo se presentó alegando “que no sabe firmar” y que es un “ex comandante de Pomán”. Afirma Nieva y Castilla, que su grado de coronel se lo había dado el legendario Severo Chumbita, en febrero de 1867, cuando éste le envió un chasque que traía a un oficial de apellido Vargas, portador de dicho nombramiento para el pomanista.

Al declarar detalles de los momentos previos a la batalla de Tinogasta, el caudillo Nieva y Castilla dijo: “Que en Los Sauces se reunieron todos los jefes para decidir el modo y forma de atacar al general [Melitón] Córdoba. Que de esa reunión participó el declarante y hacía como jefe de la misma Estanislao Medina, jefe de la División Chilena incorporada a la de Chumbita. (…) Que Medina de entrada se opuso a atacar a Córdoba por no tener autorización del jefe Felipe Varela”. Al proseguir el interrogatorio, dijo que por pedido de Medina viajó a Guandacol para obtener la autorización de Varela, la cual obtuvo, y que luego entregó su tropa a Severo Chumbita quien ya se preparaba para encarar las acciones en Tinogasta el 4 de marzo de 1867.

Vemos, por otra parte, que el coronel Juan Francisco de Nieva y Castilla tenía la autoridad suficiente como para otorgar grados militares a otros montoneros que se daban a la lucha contra las tropas de línea “nacionales”. Veamos, sino, lo que manifestaba ante el juez Joaquín Quiroga: “Que antes de la batalla de Vargas, cuando estuvo [Nieva y Castilla] con Chumbita en Mazán, se le pidió a Julián Díaz, y con la aceptación de éste, le hizo teniente de caballería, y con ese grado interviene en la batalla de Vargas. Que a Eliseo Campos lo tomó en Pomán el declarante y lo entregó con el grado de teniente a Chumbita en Los Sauces, acompañándolo hasta el momento que Chumbita marchó a la vanguardia del ejército”.

Lo último que se conoce de Juan Francisco de Nieva y Castilla, es que el 5 de abril de 1869 quedó detenido en la provincia de Catamarca, lo mismo su compañero de armas Luis Santibáñez. No así, el prófugo coronel Severo Chumbita aunque sí su hijo, el capitán Ambrosio Chumbita.

Quizás fue muerto por fusilamiento o ultimado a balazos en el interior de su celda en la cárcel pública catamarqueña nuestro biografiado Nieva y Castilla. O, a lo mejor, ha logrado escapar, como lo hiciera en octubre de 1870 Ambrosio Chumbita, para no ser atrapado nunca jamás. Desarraigados de su misma patria por el nuevo orden de cosas que se elucubraba desde Gran Bretaña y los centros masónicos autóctonos, los últimos montoneros debieron permanecer clandestinos durante muchos años, incluso hasta la muerte. Por eso se desconocen sus hazañas, sus patriadas y sus destinos.


Por Gabriel O. Turone



Bibliografía

- Bazán, Raúl; Guzmán, Gaspar H.; Olmos, Ramón R.; Pérez Fuentes, Gerardo. “Felipe Varela. Su Historia”, Editorial Plus Ultra, Diciembre de 1975.
- Bosch, Beatriz. “Urquiza y el levantamiento de Felipe Varela”, Buenos Aires, 1968.
- Chávez, Fermín. “El Revisionismo y las Montoneras”, Ediciones Theoría, Buenos Aires, Junio de 1966.
- De Paoli, Pedro y Mercado, Manuel G. “Proceso a los Montoneros y Guerra del Paraguay”, Eudeba, 1973.

- Luna, Félix. “Felipe Varela. Grandes Protagonistas de la Historia Argentina”, Editorial Planeta, Buenos Aires 1999.

31 de marzo de 2011

GERVASIO ORTIZ DE ROZAS, EL HERMANO DESCONOCIDO DEL RESTAURADOR

Gervasio Ortiz de Rozas

La genealogía de la familia Ortiz de Rozas suele olvidarse de unos cuantos de sus miembros, entre los que pueden nombrarse a Gervasio, alias “El Cardo”, hombre que nunca logró contraer nupcias y que por ese mismo motivo no dejó descendencia. Había nacido el 20 de agosto de 1801 en Buenos Aires, y vivió poco más allá de la caída de su hermano, el Restaurador de las Leyes, hacia 1855.


Antes de involucrarse en asuntos políticos, Gervasio Ortiz de Rozas se había dedicado al comercio, permaneciendo en calidad de tendero durante varios años.


El 25 de enero de 1830, debido a la escasez de efectivos policiales que cuidaban las extensiones de la campaña, el gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas decretó de urgencia “proceder al restablecimiento de la Policía de Campaña, y que el número de Comisarios que ha existido es insuficiente por la vasta superficie que comprenden los respectivos distritos, para que puedan llenar debidamente sus funciones”, por lo cual fue dividido el territorio de la campaña en veintiún secciones, cada una de las cuales estaría a cargo de un comisario. De ahí, que la primera actividad en la función pública que se le conoce a Gervasio Ortiz de Rozas corresponde al 27 de enero de 1830, fecha en que fue nombrado comisario de Campaña de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, donde debía velar por la seguridad de los partidos de San Pedro y Baradero.


Casi un mes más tarde, le fue conferida una comisión extraordinaria por la que se le otorgaban amplios poderes para vigilar el sur de la Provincia de Buenos Aires, responsabilidad que incluía varias facultades de importancia. En ese sentido, el decreto del 20 de febrero de 1830, que llevaba las rúbricas de su hermano Juan Manuel de Roosas y la del ministro de Gobierno, general Tomás Guido, especificaba lo siguiente:


“Por cuanto es indispensable para el reposo y prosperidad de la Provincia al Sud de ella, que inmediatamente se proceda al arreglo de sus milicias, a la organización y policía de sus Pueblos, al servicio de los Juzgados de Paz, Alcaldías, y tenencias de partidos, al arreglo de postas, distribución de tierras, y a preparar todos los elementos de seguridad en la frontera, no solamente para la buena disposición de los medios de defensa, sino para la consolidación de la paz con las tribus fronterizas: por tanto y no permitiendo las atenciones del Gob° que atienda inmediatamente y con la prontitud y escrupulosidad que exige el interés público a todos y cada uno de los indicados objetos, y teniendo la más amplia confianza en el patriotismo, honradez y celo del Coronel Dn. Gervasio Rosas, he venido en autorizarlo omnímodamente para que se ocupe por sí y en persona por toda la Sección del Sud en todos los puntos que abraza el presente despacho, y en todo aquello que a su juicio pueda contribuir al bienestar de los habitantes de la campaña, obrando al efecto con toda la plenitud de autoridad que le estaba acordada al Comandante Grl. de Campaña después de las transacciones de 24 de Agosto de 1829 con la condición de dar cuenta por conducto de los respectivos ministerios; en virtud de lo cual todas las justicias civiles y militares de la Sección al Sud de la Campaña no solamente prestarán al coronel Dn. Gervasio Rosas la más eficaz cooperación y auxilios que requiera para el buen desempeño de su comisión, sino que en el caso inesperado de una invasión de naturales, los jefes de los Regimientos de línea y milicias, destinados a defender la frontera en la indicada sección, los Jueces de Paz, Alcaldes, Comisarios y demás justicias, obedecerán y cumplirán las órdenes que el expresado coronel diese, como si la recibiesen del Comandante General de Campaña…”.


Este hermano menor del Restaurador va a ser evaluado por los cronistas de su época como un hombre más bien parco y de poca vida social. Su sobrino Lucio V. Mansilla, así describió la personalidad y los modismos de su tío Gervasio Ortiz de Rozas: “Era como sus otros dos hermanos un hombre genial, con rarezas –rasgos peculiares a los varones de esta familia-, y así como Juan Manuel por tendencia o por sistema quería exteriorizarse, sobresalir o distinguirse, él, por el contrario, amaba la penumbra, casi la soledad, leyendo libros que otros no leían, limitando en cuanto podía sus amistades, que eran casi todas íntimas. Hablaba poco, era pulcrísimo en su persona, condición de todos los Rozas, no daba ni recibía bromas, no era expansivo, aunque ocultara ternezas íntimas y fuera muy aficionado a las mujeres, poniendo en ello suma discreción”. Otro análisis hecho por Mansilla sobre “el Cardo” señala que era de baja estatura, metódico e infatigable en el trabajo.


PROTECTOR PATERNAL DE MITRE


Una muestra de la cordialidad manifestada por los federales ante algunos de los más encumbrados dirigentes del unitarismo salvaje, resulta ser la estrecha relación paternalista que existió entre Gervasio Ortiz de Rozas y el novel Bartolomé Mitre.


A los 30 años de edad –estamos ubicados por 1831-, Gervasio era un hombre vigoroso, de cuantiosa fortuna y de ideas liberales, dueño de una fuerte personalidad que no admitía la tutela del gobernador Juan Manuel de Rosas para la toma de ninguna decisión que incumbiera a ambos. Entre los pocos contactos externos que tenía, estaba la familia de doña Josefa Martínez, la madre del futuro presidente Bartolomé Mitre. En razón de que éste nunca tuvo afición ni capacidad para efectuar trabajos de campo, Gervasio Ortiz de Rozas decide hacerse cargo del niño Mitre para intentar formarlo en las duras tareas de los sembrados y los ganados, para hacer de él “un hombrecito”, llevándolo a su estancia del Salado.


La vida de campo va formando entre ambos una relación paternalista en la que Gervasio le enseña a Bartolito, bondadosamente, los quehaceres de los trabajos camperos, algo que en el seco “Cardo” constituye una excepción en su trato habitual.


No obstante esta pedagógica educación campestre, Mitre se sentía atraído por otro tipo de actividad. Recordemos que Gervasio Rozas era un hombre de mucha cultura, y, por ende, propietario de una muy completa biblioteca que, por esas cosas del destino, puede decirse que fue la primera fuente intelectual de Bartolomé Mitre, dato del que casi nadie hace referencia. Con el tiempo, el “Cardo” notó que el joven se pasaba leyendo varios libros por día, en lugar de dedicarse a los trabajos rurales.


No se conoció jamás, ni cuando Mitre llegó a ser presidente de la Nación, escrito alguno en la que el unitario salvaje agradeciera al hermano menor del Restaurador el que le haya facilitado, en su niñez, aquella biblioteca olvidada que, sin lugar a dudas, resultó ser el puntapié inicial de su basamento intelectual y doctrinario.


CON LOS "LIBRES DEL SUR"...

Al parecer, Gervasio Ortiz de Rozas estuvo implicado, aunque en un grado menor, con los revolucionarios y hacendados que se sublevaron contra Juan Manuel de Rosas en las ciudades de Dolores y Chascomús, hecho que pasó a la historia como la “Revolución de los Libres del Sur”. Afectados por una legislación que tendía a beneficiar a los gauchos que podían transformarse, por un decreto del 28 de mayo de 1838, de simples enfiteutas a propietarios territoriales, y ante el peligro que suponía estar en el bando unitario, lo cual acarreaba la expropiación de sus tierras, los sediciosos no dudaron en atentar contra la autoridad legal de su patria con ayuda del dinero y la logística francesas. Pero, además, el deterioro de los rebeldes provino de la propia Francia, cuya escuadra naval había implantado un bloqueo que impidió que los productos argentinos fueran exportados a los mercados del mundo, resultando de ello el malestar económico y financiero de los estancieros enconados.


Por ese tiempo, las relaciones entre el Restaurador y su hermano Gervasio no andaban del todo bien, situación que empeoró a medida que aquél fue recibiendo los rumores que hablaban de la posible colaboración del “Cardo” con los hacendados unitarios que fomentaron la revuelta. Es, precisamente, de esta etapa como opositor de la Federación que proviene el sobrenombre con que lo inmortalizó Juan Manuel de Rosas: “Cardo” o “Gervasio Cardo”, daba lo mismo para motejarlo por ser un hombre seco, de pocas palabras y eventual enemigo del régimen.


Con el correr de los días, cuando Pedro Castelli y Manuel Rico, cabecillas del intento subversivo, fueron derrotados el 7 de noviembre de 1839 en la batalla de Chascomús por el coronel Prudencio Ortiz de Rozas, las tropas federales iniciaron la ofensiva en busca de los demás colaboradores de la sedición, entre los que se encontraba “Gervasio Cardo”.


En plena persecución, se sabe que don Gervasio ordenó a los artilleros de la batería construida en la boca del Salado que entregasen el puesto a los bloqueadores, o sea, a los franceses, con la idea de garantizar un salvoconducto a los derrotados unitarios dispersos, para que de esa manera pudieran huir de la provincia de Buenos Aires por agua. Una vez cumplimentada esta impía ayuda, el “Cardo” huyó a Montevideo, donde manifestó a Buchet-Martigny (Cónsul General del Rey de Francia) que él y otro hacendado eran los únicos que no habían tomado parte en la rebelión. Asimismo, ordenó a un peón suyo a que vaya a la casa de su madre, Agustina López de Osornio, para manifestarle que no iba a combatir contra sus hermanos mientras permaneciera en tierras uruguayas.


Al poco tiempo, regresó a Buenos Aires donde quedó bajo arresto domiciliario. Continuó manifestándose opositor a Juan Manuel de Rosas, por lo que las sospechas continuaron recayendo sobre Gervasio. Hacia octubre de 1840, la amenaza del general unitario Juan Lavalle de invadir Buenos Aires parecía un hecho consumado, si bien nunca llegó a materializarse en los hechos. Sin embargo, también durante aquellas críticas jornadas Gervasio Ortiz de Rozas sufrió por varias semanas el infortunio de la prisión, sanción que le fue levantada una vez que Lavalle y sus fuerzas se alejaron de la ciudad portuaria. Allí, pues, aprovechó el hermano menor de Rosas para escaparse nuevamente hacia Montevideo, pero esta vez fue mal recibido por los unitarios exiliados, quienes sospecharon de su lealtad para con la causa de los “Libres del Sur”. Esto hizo que para 1842, regresara a la Confederación Argentina y arreglara los diferendos que mantenía desde hacía años con Juan Manuel de Rosas.


Desde ese último año y hasta la caída de su hermano en la batalla de Caseros, Gervasio Ortiz de Rozas se desempeñó como diputado provincial. Dada su soltería, vivió hasta que murió en la legendaria estancia del Rincón de López, propiedad que había pertenecido a su madre, Agustina López de Osornio. En este sitial, tuvo un saladero y algunos amoríos con una niña de familia tradicional, a quien dejaría de herencia esta vieja propiedad. Murió en 1855, sin llegar a asumir la diputación provincial que había obtenido en ese mismo año.


Por Gabriel O. Turone



Bibliografía


- Chávez, Fermín. “Rosas. Su Iconografía”, Tomo II, Editorial Oriente, Buenos Aires, Agosto 1970.


- Ortiz de Rozas, Alfredo. “Rosas y el Odio Mitrista”, Revista del Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, Marzo-Abril de 1943.


- Puentes, Gabriel A. “La intervención francesa en el Río de la Plata”, Ediciones Theoría, Buenos Aires, Noviembre de 1958.


- Romay, Comisario Inspector (R) Francisco L. “Historia de la Policía Federal Argentina”, Tomo II (1820-1830), Editorial Policial, Buenos Aires 1980.


- Soaje Pinto, Manuel Alfredo. “Linaje Ortiz de Rozas”, Genealogía. Revista del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, Buenos Aires 1979.