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12 de diciembre de 2010

BOLETIN "LA RECONQUISTA", AÑO 2, N° 14









JOVENES REVISIONISTAS










“LA RECONQUISTA” Año 2. N. 14







Lord Ponsonby y el derrocamiento del gobernador Manuel Dorrego





Entrada de las tropas de Juan Lavalle al fuerte de Buenos Aires (1828).

John William Ponsonby, cuarto conde de Bessborough, nació el 31 de agosto de 1781 y falleció en Dublin, el 16 de mayo de 1847. Fue vizconde de Duncannon de 1793 a 1844 e integró las filas del partido Whig. En 1834 fue secretario de Estado del Departamento –ministro del Interior- y más tarde teniente gobernador de Irlanda de 1846 hasta su muerte. Miembro de una prominente familia de Cumberland, fue el mayor de los hijos de Frederick Ponsonby, tercer conde de Bessborough y Lady Henrietta Frances.



Lord Ponsonby dirigió una carta interesante a Lord Aberdeen, fechada en Río de Janeiro el 22 de septiembre de 1828. Comienza diciendo que los diplomáticos argentinos y brasileros fueron transportados en un buque británico con destino a Buenos Aires el día 9, a efectos de ratificar la convención preliminar para dar fin a la guerra entre estos dos estados desde 1825. Ponsonby afirma que Dorrego puede ser derrocado si dudara en reafirmar la paz. El ministro inglés en Buenos Aires en sus informes al Foreign Office combatió al gobernador, pero actuó hábilmente para imponer a Buenos Aires una desastrosa paz con el Brasil y la independencia de la Banda Oriental, que convenía a los intereses británicos:



“Los generales Balcarce y Guido se han embarcado con destino a Buenos Aires el 9 del corriente, en la balandra Heron de S.M., y con ellos un oficial al servicio de S.M. el emperador, quien conduce plenos poderes para uno de los ministros de S.M. en Montevideo para ratificar la convención preliminar suscrita por los plenipotenciarios de la república del Río de la Plata y los de S.M.I. Los plenipotenciarios republicanos deseaban tener una nota escrita por mí, persuadiéndolos de la conveniencia de asentir a la evacuación por las tropas republicanas, de las Misiones, que ellos pudieran comunicar a su gobierno, si fuera necesario. Por consiguiente, les escribí una nota, cuya copia adjunto, suavizando el modo y los términos de una nota anterior, (ya comunicada a V.E. con el n° 5), que yo creo, decidió su consentimiento de evacuar el territorio en cuestión. Me es muy grato comunicar a V.E. que el general Guido me ha expresado su firme convicción de que el gobierno de Buenos aires ratificará, sin dilación, la convención preliminar; y, en respuesta a ciertas observaciones mías, sobre la posibilidad de que tropezara con dificultades para tan necesaria terminación de este asunto, el general me hizo la promesa formal de tomar todas las medidas para inducir a su gobierno a cumplir fielmente con su deber, diciéndome, además, que, antes de su partida de Buenos Aires, había adoptado algunas disposiciones en el sentido aludido, para asegurar el éxito. Al expresarse así, el general hablaba con toda sinceridad –tengo razones para suponerlo-, y creo que Dorrego puede ser arrojado del gobierno, y lo será, si hesitara en concluir la paz iniciada. No molestaré a V.E. con detalles sobre el particular; pero me aventuraré a manifestarle que mis medidas han sido concertadas para obtener por la presión, si fuera necesario, el fiel cumplimiento de lo que Dorrego se ha comprometido a hacer, como parte, para el perfeccionamiento de la ratificación final de la convención preliminar, aunque la sometiera a la asamblea de Santa Fe y fuese alterada o rechazada por aquel cuerpo”.



Todos los opositores al gobierno de Rivadavia, federales y unitarios, conocían la nota de despedida que le remitiera Lord Ponsonby a Dorrego, en julio de 1828, una vez embarcado en el “H.M.S. Thetis”, afirmaba que los lazos de dependencia económica sellados con Gran Bretaña ningún gobierno los rompería, y que podrían “interferir en la política de América, al menos tan lejos como sea necesario para la seguridad de los intereses europeos”.




Lord John William Ponsonby




Años después, el 27 de octubre de 1860, José María Roxas y Patrón en carta a Juan Manuel de Rosas le recordaba su actuación en los sucesos de la guerra con el Brasil y las posturas de Dorrego y Lord Ponsonby: “Dorrego mismo no quería la independencia de la Banda Oriental; porque según me decía, ese Estado no podría componer sino una linda estancia…En esta complicación inestricable de conflictos, procuré tener una entrevista con Lord Ponsonby, en casa de don Manuel García. De buenas a primeras le dije, Milord, la simpatía que se trasluce en V. a favor del Brasil en la reclamación injustificada de las presas hechas por nuestros corsarios, de buques cargados de armas que tienen gravada la corona y las híncales del nombre del emperador del Brasil; y además, los papeles que acreditan su destino: prueban que el objeto principal de Inglaterra en su mediación, es la independencia de la Banda Oriental para fraccionar las costas de la América del Sud. Era un hombre que aunque viejo tenía pólvora en el cerebro. Sí señor, me contestó con viveza. El gobierno inglés no ha traído a la familia real de Portugal para abandonarla. Y la Europa no consentirá jamás que solo dos Estados, el Brasil, y la República Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales de la América del Sud, desde más allá del Ecuador, hasta el Cabo de Hornos. El señor Dorrego que era otro polvorín, y Lord Ponsonby estaban en desinteligencia por el negocio de las presas: y Mr. Parish y yo procurábamos calmarlos”.

Por Sandro Olaza Pallero





Fuentes:



HERRERA, Luis Alberto de, La misión Ponsonby. La diplomacia británica y la independencia del Uruguay, Eudeba, Buenos Aires, 1974, 2 tomos.



RAED, José, Rosas y el cónsul general inglés. Las condecoraciones, Editorial Devenir, Buenos Aires, 1965.



RAED, José, Cartas inéditas de Rosas Roxas y Patrón. I. 1852-1862 Monarquía republicana, Platero S.R.L., Buenos Aires, 1980.

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“El Himno de Obligado”

Cuando sonó el primer cañonazo enemigo, Mansilla bajó el brazo derecho y cerró de un golpe el catalejo. Todo estaba consumado. El crimen era un hecho. La cuarta guerra exterior del país comenzaba. El héroe alzó el brazo de nuevo, dio la señal convenida y el Himno Nacional Argentino estalló en la barranca. La primera bala francesa dio en el corazón de la patria.La segunda bala francesa cayó sobre el Himno. El canto nacía indeciso en el fondo de las trincheras excavadas entre los talas, trepaba resuelto por los merlones de tierra, se deslizaba ágil por las explanadas de las baterías, corría animoso por los claros de grama esmaltados de verbenas, se animaba con furia animal en el monte de espinillos, y ascendía estentóreo y salvaje, en el aire de oro de la mañana de estío. Allí, hecho viento, transformado en ráfaga heroica, ganaba la pampa, el mar, la selva, el desierto, la estepa y la cordillera y uniendo de un extremo al otro del país la voz de júbilo con la de protesta, la de la imprecación con la del entusiasmo cívico, creaba un clamor de alegría y borrasca, incomparable y único.La voz clara y sonora de Mansilla acaudillaba los ritmos heroicos. El eco pasaba de una garganta a la otra; partía de los pechos de acero que amurallaban la patria y se confundía y entrechocaba sobre los muros de las baterías. Las notas prorrumpían de los bronces y tambores majestuosamente, con corrección inigualable, como en un día de parada. La banda del Batallón 1º de Patricios de Buenos Aires, que ejecutaba el himno al frente del regimiento inmortal, solo encontraba extraño en esta formación de tropas que, en vez de ser un jefe, fuese la Muerte quien pasara revista. Lo demás era lo acostumbrado desde los tiempos de Saavedra y la trenza con cintas. La hueste asistía impecable a la inspección, en tanto la metralla francesa e inglesa llovía sobre las filas sonoras y abría claros en la música y el verso.Los huecos se cubrían con premura y renacía la estrofa, redoblada y heroica. Cada voz sustituta centuplicaba la fuerza del canto. La oda se había constituido en una marejada incontenible de estruendo y de furia.Toda la barranca ardía en delirio con las voces. Cantaban los artilleros, los infantes, los marineros, los jinetes, los jefes, los oficiales y los soldados, los veteranos de cien encuentros y los novicios que por primera vez, olían la sangre y la muerte. La misma tierra quería hendirse para cantar. Parecía pedir la voz de todos los pájaros para acompañar en el canto a quienes la amparaban hasta morir abrazados sobre ella, crucificados sobre su amor, dándole a beber generosamente de su propia sangre. Cantaban allí los camaradas de aquellos que custodiaba en su seno, y que murieron defendiendo su pureza criolla en los campos, sobre los ríos y las montañas, en los páramos frígidos y a la sombra de los montes de naranjos donde dormían cálidamente, bajo la lluvia votiva del azahar.

Los viejos patricios de Buenos Aires, los capitanes que cruzaron la cordillera con el Intendente de Cuyo y libertaron los países que se recuestan sobre un mar donde se pone el sol, los oficiales que habían combatido contra el Imperio del Brasil, destrozando a lanzazos los cuadros terribles de la infantería mercenaria austríaca, los marineros de camiseta rayada, cubiertos de cicatrices, que habían cañoneado y abordado naves temibles al mando del Almirante, en el río y en el mar, luchando en proporción de uno a veinte con la mecha o el sable en el puño, todos los que habían hecho la patria y no deseaban vida que no se dedicase a sostenerla, se hallaban allí y cantaban religiosamente, con la mirada arrasada y el corazón desbordante de ternura por los recuerdos, la canción que hablaba de cadenas rotas, de un país que se conturba por gritos de venganza, de guerra y furor, de fieras que quieren devorar pueblos limpios, de pechos decididos que oponen fuerte muro a tigres sedientos de sangre, de hijos que renovaban luchando el antiguo esplendor de la patria y de un consenso de la libertad que decía al pueblo argentino : ¡Salud! La canción era seguida por juramentos de morir con gloria y el deseo que fueran eternos los laureles conseguidos.Jamás resonó canción como aquella. Los que habían conseguido los laureles pedían frente a la muerte que fueran eternos, los que vivían coronados por la gloria adquirida luchando con el fusil, el sable o el cañón, a pie, a caballo o sobre el puente de una nave, en defensa de su Nación, juraban morir gloriosamente si la vida debía comprarse al precio del decoro y el valor.

Los proyectiles franceses e ingleses caían ahora sobre la protesta, el desafío o la muerte, el orgullo y la voluntad. La voz, engrosada y magnificada por el eco, había recorrido de una frontera a otra de la tierra invadida, y retornaba al lugar de su nacimiento para recobrar vigor y lanzarse esta vez hacia el frente, en procura de los agresores. Descendía presurosa por la barranca, corría sobre la playa de arena, alcazaba la orilla del río, volaba sobre el espejo del agua y se lanzaba al abordaje sobre los invasores, repitiendo un asalto sorpresivo y desenfrenado. Trepaba por las cuadernas de las quillas, se encaramaba por las bordas, hacía esfuerzos desesperados por amordazar los cañones de 80 milímetros, de 64, de 32, las cien bocas que vomitaban fuego sobre las baterías de menor alcance, lograba poner el pie en las cubiertas, brincaba a lo puentes donde se hallaban, condecorados y magníficos, Tréhouart, el capitán de la Real Marina Francesa y el Honorable Hothan, de la armada de Su Majestad, con uniformes de gala, cubiertos de entorchados, dirigiendo con el catalejo el bombardeo implacable e impune; ascendía por los obenques a las gavias y las cofas y giraba sobre las arboladuras lanzando un grito recio y retumbante. Luego descendía sobre el río y soplaba en el mar, y a través de las olas, cabalgando sobre el agua y la espuma, pisaba la tierra desde donde las naves habían partido y se retorcía en remolinos briosos y épicos en busca de oídos para requerir, demostrar, probar, retar y herir.La canción aludía a los derechos sagrados del hombre y el ciudadano, a los principios de igualdad política y social, al respeto por la propiedad ajena, a la soberanía de la Nación, a la obligación de cada ciudadano de respetar la ley, a la libre expresión de la voluntad popular, al respeto de las opiniones y creencias ajenas, a la abolición de los obstáculos que impiden la libertad y la igualdad de los derechos. La voz hablaba de la injusticia de la metralla, y ésta, tal como si hubiera interpretado la protesta del canto, hería ahora el seno de la voz, en acto obstinado, buscando rabiosamente el corazón de la canción.Los defensores eran ya los árbitros de la batalla. El enemigo había entendido la voz y comprendía que el triunfo pertenecía, por derecho propio, al atacado, cualquiera fuera el desenlace de la acción. Ya no significaba nada vencer en el encuentro y cobrar el botín de la conquista para conducirlo a la tierra donde estallarían aclamaciones y vítores junto a los arcos de triunfo. El adversario cantaba estoico frente a la muerte; cantaba vivamente, alegremente, enhiesto e impasible, sin responder al fuego, como queriendo demostrar que era más importante terminar con aquel canto, antes que defender la vida y resguardar la defensa del paso. Los cañones de 80 golpeaban el vacío, asesinaban la nada; las granadas explosivas no acallaban la música ni podían matar la poesía. La lucha era imposible: ¡Si al menos los defensores hubieran dejado de cantar!...Cuando la voz dejó de escucharse hasta en su último eco, Mansilla recogió de nuevo el catalejo, tomó la espada, y alzando el brazo nuevamente, dio orden de iniciar el fuego contra las naves. La barranca ardió en llamas y comenzó el cañoneo que se sostendría por espacio de ocho horas…Pero la hazaña principal estaba cumplida, con el Himno entonado frente al adversario y que escucharían después los siglos. La música de los cañones sólo componía el acompañamiento de este canto. El héroe había legado a la patria su tesoro más puro de heroísmo, de exaltación emocional y de pasión patriótica: el Himno ganaba de paso, igualmente, la batalla de la Vuelta de Obligado.


Por José Luis Muñoz Azpiri (h)


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Juan Felipe Ibarra: apoyo soberano en tiempos de la Guerra del Paraná



Cuando tuvo lugar la batalla de Vuelta de Obligado (20 de noviembre de 1845), en el mundo entero se barajaba una idea generalizada que quedaba demostrada en hechos bien concretos: los centros de poder mundial iniciaban una nueva etapa para colonizar a aquellos países que querían ser prósperos, libres y fuertes.

Como motores de esa etapa colonial, sobresalían los roles de Inglaterra, Francia y Estados Unidos. De los dos primeros países, sabido es que se coaligaron y atacaron violenta y ardorosamente a las fuerzas patriotas de la Confederación Argentina en aquel conflicto desgraciadamente olvidado: la Guerra del Paraná, que se inició en noviembre de 1845 y finalizó a principios de junio de 1846 tras la batalla de Angostura del Quebracho.

Unos años antes, y siempre dentro de esta coyuntura de avanzada imperial a nivel global, Inglaterra emprende la Primera Guerra del Opio contra China (1839-1842), donde los británicos forzaron a los orientales para que comercialicen dicha droga con las reglas económicas y de mercado por ellos impuestas. Ganar el mercado chino era sumamente importante, y lo lograron a cañonazos limpios como buenos “civilizados”.

A finales de 1844, tienen lugar en Estados Unidos las elecciones presidenciales que dieron como ganador al demócrata James Polk, cuyo nombre era sinónimo de expansionismo territorial. Tal es así, que en su plataforma política incluyó, como si nada, la anexión territorial como método a implementar una vez en el poder. Esto significaba entrar a una guerra segura, lo que ocurrió el 11 de mayo de 1845 cuando Estados Unidos se la declaró a México. Desde entonces, los actuales estados de Texas, California, Nevada, Utah, Colorado, Arizona, Nueva México y Oklahoma pasaron a ser parte del territorio estadounidense.

Entonces, si tenemos en cuenta que en unos pocos años el mundo vivió convulsionado y lleno de invasiones imperiales, lo que se avecinaba en las costas argentinas del río Paraná no era broma. Toda la Confederación Argentina, dirigida por don Juan Manuel de Rosas, comprendió que en Obligado, Angostura del Quebracho, Paso del Tonelero, San Lorenzo y Acevedo se jugaba su destino como nación. O el despedazamiento y la ocupación se quedaban para siempre, o los hijos más lúcidos y guerreros de la patria salían al ruedo a parar las embestidas de los países más poderosos del planeta Tierra. Prevaleció esta última opción, gracias a Dios, sea poniendo tropas, recursos materiales o adhiriendo con proclamas y notas, como hizo el gobernador de Santiago del Estero, brigadier general Juan Felipe Ibarra.


El santiagueño Ibarra contra la agresión anglo-francesa

Algunos revisionistas dan a entender que, el de Juan Felipe Ibarra, fue un gobierno que se limitó a resolver y a inmiscuirse en temas solamente concernientes a la provincia de Santiago del Estero; que el suyo fue un gobierno relativamente “tranquilo” y que el caudillo federal murió pacíficamente en 1851.

Sin embargo, la actitud que Ibarra tomó antes de que se desencadenaran los hechos de guerra de Obligado, dista mucho de tan liviana apreciación. La provincia de Santiago del Estero, si bien en la geografía parecía estar aislada y desentendida de los problemas que sucedían en el resto del país, se conmovió por el clima bélico que se respiraba unos meses antes del 20 de noviembre de 1845. Por eso, en carta al Restaurador de las Leyes del día 27 de septiembre de 1845, escribió:

“La escandalosa intervención que se han arrogado los Agentes Anglo-Franceses en la cuestión que se ventila por los Gobiernos de la Confederación Argentina y de la República Oriental del Uruguay, contra un grupo de anarquistas que audazmente atentó contra la independencia del primero y la legalidad del segundo, apoyados por brazos extranjeros, es un hecho que ha escandalizado al mundo; que ha conculcado los principios establecidos por el derecho común de las naciones; que ha empañado el lustre de los gobiernos cuyo nombre se invoca, y que en fin, ha excitado toda la susceptibilidad del pueblo Argentino, celoso defensor de su independencia y de todos los amigos de la Libertad Americana”.

Y en otro párrafo, Ibarra expresaba a Rosas que “la Provincia de Santiago del Estero, que juró morir y vivir independiente, hoy a vista de aquel hecho escandaloso ha reproducido sus juramentos; y su gobierno, fiel órgano del sentimiento popular que preside, se dirige a S. E. el Señor Gobernador de Buenos Aires, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina y Jefe Supremo de los Ejércitos de la República, para manifestarle con la más decidida expresión que espera las órdenes de V. E. para marchar con todos sus recursos al campo del honor y tomar parte con los demás pueblos Confederados, en la defensa de los augustos fueros de la nacionalidad argentina”. Como puede apreciarse, en esta parte de la carta Ibarra le ofrece a Juan Manuel de Rosas hasta milicias de su provincia para defender la soberanía nacional, ante la inminencia de un ataque anglo-francés.

Para el caudillo santiagueño, dejar actuar a los ingleses y franceses en nuestras tierras equivalía a “merecer la ignominia del esclavo”, pero eso no habría de ocurrir en la patria federal y mucho menos con los paisanos de Santiago del Estero, quienes blandían incólumes principios soberanos.


La proclama de Ibarra

El 12 de diciembre de 1845, apenas unas semanas luego de llevada a cabo la batalla de Vuelta de Obligado, Juan Felipe Ibarra lanza una vibrante proclama, llena de profundos conceptos patrióticos y americanistas. Vale la pena transcribirla de forma completa:

“Dos potencias Europeas que bajo el disfraz de la amistad habían ocultado el nefando designio de señorearse sobre nuestro suelo, pretextan sin pudor una alianza ignominiosa con los salvajes unitarios, para desplegar contra nosotros sus execrables planes de conquista. El precio de nuestra independencia nacional es la sangre de millares de víctimas que desde el campo del honor, adonde reposan sus cenizas, nos recuerdan nuestros deberes y nuestros juramentos. ¿Habrá Argentino que oiga indiferente esos ecos sagrados?

“Para recuperar los derechos de la naturaleza rompisteis los vínculos que os ligaban al tirano de la España, y mirando en menos las fuertes simpatías que nos unían a los que profesaban nuestro idioma y nuestra religión, todo lo sacrificasteis, hasta las más íntimas relaciones de sangre por ser independientes. ¿Cuál es entonces hoy vuestro deber, cuál será vuestro denuedo y vuestra decisión cuando os amaga una esclavitud mil veces más ignominiosa como que tiene por único título la fuerza, por único objeto la dominación, por único fin apoderarse de las riquezas con que el Dios del Universo ha favorecido a los hijos de la joven América?

“He ceñido ya la espada que empuñó mi brazo en la guerra gloriosa de la Independencia. A vuestro frente marcharé, adonde quiera que nos llame la voz del Ínclito Argentino que preside los negocios nacionales de la Confederación. ¡Estad prontos santiagueños! Independencia y Federación es vuestra divisa…”.

Esta muestra de apoyo a la soberanía nacional, mereció el elogio por parte de “La Gaceta Mercantil” de Buenos Aires, el 13 de enero de 1846, pues se refiere el matutino a una “Proclama patriótica y enérgica que ha dirigido el Exmo. Sr. Gobernador y Capitán General de la Provincia de Santiago, Ilustre Brigadier Don Felipe Ibarra a los valientes santiagueños con motivo de la escandalosa intervención Anglo-Francesa contra las Repúblicas del Plata”. También se menciona que el caudillo provincial “se ha puesto al frente de las fuerzas de esa benemérita Provincia, decidido a sostener el honor e independencia nacional y el pacto federal de la República”.

En un intercambio epistolar, y con fecha 4 de marzo de 1846, Juan Manuel de Rosas le escribe a Ibarra que “admite complacido la importante cooperación que V. E. le ofrece y tiene la satisfacción de contar con ella para sostener y cumplir dignamente, el santo juramento de la independencia y honor nacional y la fidelidad a los principios americanos, tan cruelmente atacados por la tiranía y sangrienta intervención Británica y Francesa”. Aquí también se nota el sentido americanista del Restaurador de las Leyes, pues reconoce que es la paz y la soberanía lo que buscan todos los países del continente, y que al ser atacado uno de ellos, las demás naciones se sienten contrariadas. Recuérdese, además, que la Guerra del Paraná, para el 4 de marzo de 1846, todavía estaba en pleno desarrollo. Deberán transcurrir exactamente 3 meses más para su finalización, por lo tanto, durante el desarrollo de dicho conflicto Ibarra estuvo siempre dispuesto a poner tropas de Santiago del Estero para la defensa de la patria. Todo un ejemplo para aferrarse a la idea de que la Guerra del Paraná, y en especial la batalla de Vuelta de Obligado, fue, sin lugar a dudas, una guerra de toda la patria que luchaba por su supervivencia.



Por Gabriel O. Turone

Fuentes:

Alen Lascano, Luis C. “Juan Felipe Ibarra y el Federalismo del Norte”, Editorial Peña Lillo, Julio de 1968.
Fontana, Esteban. “La Anexión de Texas”, Revista Todo es Historia, N° 28, Suplemento 17, Agosto 1969.
Röttjer, Aníbal Atilio. “Rosas. Prócer Argentino”, Ediciones Theoría, Buenos Aires, Septiembre de 1972.



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Seineldín: Soldado de Dios y de la Patria




El día 2 de septiembre próximo pasado nos dejó el Coronel Mohamed Alí Seineldín, última expresión de unas FF.AA. de carácter nacional.

“Milo” como me autorizó a llamarlo, fue una excelente persona pero además un brillante oficial del Ejército Argentino.

Durante su carrera realizó el curso de paracaidistas, convirtiéndose luego en 1968 en Jefe de la especialidad. Fue comando y Jefe de cursos de las fuerzas especiales en 1975. Participó de la lucha contra la subversión en el Monte Tucumano. Ese mismo año, realizó junto a un grupo de oficiales un pronunciamiento oponiéndose a todo intento de ruptura del orden constitucional. Producido el Golpe de Estado contra el gobierno legal de Isabel Perón, el por entonces Mayor Seineldín manifestó su posición contraria al “Proceso” por lo que a partir de ese momento fue considerado como “persona no confiable” y amenazado con ser arrestado o dado de baja. Fue profesor de Estrategia de la Escuela Superior de Guerra. En 1978 organizó la Unidad Especial Halcón para cuidar la seguridad de ataques terroristas en el Mundial de Fútbol. En 1981 se lo designó Jefe del Regimiento 25 de Infantería en Chubut. Héroe de Malvinas, participó de la Operación del Rosario, con la que se recuperaron las islas. Una vez allí estuvo al mando de la defensa de la pista de aterrizaje, lugar estratégico y vital para mantener las comunicaciones con el Continente. Dicha posición continuó operable hasta el final de la guerra. Condecorado por su gran actuación en la Gesta del Atlántico Sur, en 1985 fue ascendido a Coronel y destinado como Agregado y Asesor Militar en Panamá. Finalmente, ya de vuelta en el país, y al ver el estado de disolución al que iban conducidas las FF.AA., el avance del proyecto mundialista, la cultura gramsciana y la campaña de desmalvinización, se puso al frente de los pronunciamientos militares de 1988 (Virgen del Valle), y del 3 de diciembre de 1990. Por este último hecho fue condenado a muerte por Carlos Menem, situación de la que fue salvado por las activas gestiones del ex presidente Arturo Frondizi. Juzgado entonces, fue condenado a cadena perpetua, purgando 13 años de prisión en la Cárcel Común de Caseros y en el Penal Militar de Magadalena, padeciendo afrentas como la denegación de autorización para estar junto a su hijo Mariano cuando éste falleció. Tarde recibió el indulto del presidente Eduardo Duhalde en el 2003, que le devolvió la libertad junto al terrorista que comandó el ataque al cuartel de La Tablada, Enrique Gorriarán Merlo.

He aquí una somera síntesis de la carrera militar de nuestro Coronel.

La prensa cipayo, y la mentira de la historia oficial no se privaron de injuriarlo durante su vida, situación que él soportó con el estoicismo que lo caracterizaba.

Sin embargo, ni siquiera ante el respeto que deben generar los muertos, se detuvo la prensa canalla y los pseudo-historiadores del régimen.

No les bastó con intentar destruir su fama de guerrero y defensor de la Patria cuando Seineldín estaba con vida. Tampoco bastaron los años de encarcelamiento. Era necesario comenzar a mancillar su memoria. Había que enterrar su ejemplo y su legado.

De esta manera se dijo del ilustre fallecido: Que fue un procesista y que violó los derechos humanos. Puntualmente lo acusaban del secuestro y desaparición de Alfredo Giorgi, científico que trabajaba en el INTI y pertenecía a Montoneros. Se dijo también que atentó contra la democracia y que sus pronunciamientos fueron intentos de golpe de estado…si hasta en una inocente presentación de un libro de mi autoría sobre su subordinado –Roberto Estévez- el diario La Nación lo acusó de hacer comentarios racistas –dichos que como quedó demostrado, jamás existieron-.

En este artículo destruiremos una tras otra todas estas patrañas.

En primer lugar, comentaremos la más pesada de ellas.

Ya hemos dicho que Seineldín jamás fue “procesista”, todo lo contrario, pertenecía a la línea nacional del Ejército y se opuso tenazmente al Golpe del 76 que trajo consigo al Proceso; mientras algunos falsos demócratas aplaudían a Videla o decían de él “que era un General democrático”. Pero iremos al fondo de la cuestión. Hemos revisado las listas de militares acusados de violaciones a los DD.HH., de fuentes insospechables de “pro militarismo”, como ser:
www.desaparecidos.org/GrupoF/su.html (“Informe de la CONADEP”, Informe de la Asociación de Abogados de la Provincia de Tucumán, Informe de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados de la provincia de Chaco (1984), Publicaciones de las organizaciones de derechos humanos como “692 culpables del Terrorismo de Estado” y “Culpables para la sociedad – Impunes por la ley”); y en ninguna de ellas figura el Coronel como represor o torturador. Pero no figurar en ninguna lista de militares acusados de violar los DD.HH. no fue obstáculo para que el diario La Nación le imputara la desaparición de Alfredo Giorgi, científico que trabajaba en el INTI, y que pertenecía a la Organización Montoneros. Pero pareciera que el diario citado desconoce las siguientes pruebas que eximen a Seineldín de esta vergonzosa acusación:

El 23 de agosto de 2005 la Agencia ANCLA publicó la noticia de la detención del Gendarme (R) Eugenio Pereyra Apestegui, quien ofició de jefe del campo de detención ilegal “El Olimpo”, acusándolo de la detención y desaparición de Alfredo Giorgi en 1978. Por otra parte, también se conoció la sentencia del 19 de noviembre de 2003 que en su parte fundamental decía:


AUTOS Y VISTOS:

Para resolver en esta causa n° 14216/03 del registro de la Secretaría n° 6 del Tribunal y en relación a JULIO HÉCTOR SIMÓN, alias “el Turco Julián, argentino, nacido el 12/08/1940, DNI n° 5.482.792, CI n° 4.985.217 (…)

133. Alfredo Antonio Giorgi:

Conforme la imputación fiscal de fs. 1195, el nombrado fue detenido el 25 de noviembre de 1978, siendo trasladado al centro clandestino de detención Olimpo, sometido a tormentos, hallándose desaparecido.

Su caso fue desarrollado bajo el n° 348 en la sentencia dictada en la causa 13/83 en la que se dio por acreditada la ilegal privación de la libertad del nombrado.

Mario César Villani atestiguó la detención de la víctima en este centro, en tanto Susana Leonor Caride confirmó ello aseverando que el Turco Julián interrogó y torturó a Giorgi (cfr. actas mecanografiadas, Legajos 119 y 359) (…)

RESUELVO:

I) DECRETAR EL AUTO DE PROCESAMIENTO, con PRISION PREVENTIVA, de JULIO HÉCTOR SIMÓN, de las restantes condiciones personales consignadas en autos, por considerarlo prima facie y por semiplena prueba, autor responsable en la comisión de los delitos de privación ilegal de la libertad agravada por la calidad del autor y la duración en que se ejecutó tal privación (art. 142 incs. 1° y 5° del Código Penal), en forma reiterada, hechos que damnificaran a (…) Alfredo Antonio Giorgi (…) en concurso real con el agravante del art. 144 ter del código de fondo, ante la aplicación de tormentos, tanto físicos como psíquicos (incs. 1° y 3°), en forma reiterada (…) mandando trabar EMBARGO sobre sus bienes suficientes a cubrir la suma de PESOS DIEZ MILLONES ($ 10.000.000), diligencia que llevará a cabo el Sr. Secretario del Tribunal como Oficial de Justicia ad hoc (arts. 55, 144 bis, 142 incs. 1° y 5°; 14 ter del Código Penal; 306, 312, 511 y ccdtes. Del Código Procesal Penal).

Pasando en limpio, el secuestro, tortura y desaparición del Sr. Alfredo Antonio Giorgi fue imputado por la justicia a los Sres. “Turco Julián” y al Gendarme (R) Eugenio Pereyra Apestegui, por lo cual el Coronel Seineldín quedó totalmente eximido de cualquier acusación al respecto. Pero si lo dicho no bastara, adjuntamos un “memo secreto” de la Embajada de EE.UU. recientemente desclasificado, en donde puede leerse que Giorgi fue visto con vida en “El Olimpo” en diciembre de 1978, época en la que el Coronel se encontraba desempeñando funciones en Mendoza.


MEMORANDUM OF CONVERSATION
DATE: December 28, 1978
SUBJECT
PARTICIPANTS:

Disappearence of Alfredo Antonio Giorgi
(681/78/12)

Mr. Osvaldo Giorgi, Parent of Desaparecido
Mr. F. Allen Harris, Political Officer,
American Embassy, Buenos Aires

ARA* INR/OIL/NFAC/
- Mr. Lister
POL/R USICA

I called Mr. Osvaldo Giorgi into the Embassy to inform him
Confidentially that his son, Alfredo, had been seen at a
Clandestine detention facility in Buenos Aires in mid-
December. *

Mr. Giorgi stated that he had received this same information
from the wife of Mignone’s source. This person had been
kidnapped, interrogated and released in early December, 1978
(See Harris-Mignone memcon of 12/26/78).

According to Mr. Giorgi, the source had been a friend of his
son in high school and later went on to study medicine.
His son, Alfredo, pursued a career in chemistry at the
Faculty of the Exact Sciences. The two had remained casual
Acquaintances over the years.

Source told his wife that he had an opportunity to talk with
Alfredo Giorgi briefly in the showers at the detention

POL:FAHarris: sz
Drafting Office and Officer
Ã, ussn
ARGENTINA PROJECT (S200000044)
US. DEFT. OF STATE, A/RPS/1PS
Margaret P. Grafeld, Director
(IH&ease C ) Exdse ( ) Deny

Una vez zanjada la cuestión de DD.HH., nos dedicaremos a aclarar el tan remanido argumento que acusaba a Seineldín de haber intentado un golpe de estado.

En lo que hace a este tema, lo primero que hay que destacar es que jamás se acusó al ex Coronel de querer efectuar un golpe de estado al producirse el levantamiento de Villa Martelli durante el gobierno del Dr. Alfonsín. Por lo tanto habrá que remitirse solamente al alzamiento del 3 de diciembre de 1990, en la presidencia del Dr. Menem. Por aquellos sucesos se juzgó a Seineldín y los otros cabecillas del alzamiento, el 15 de abril de 1991 en la Cámara Federal.

En el juicio declararon conspicuos menemistas, y demás testigos que aseguraron que en su opinión los hechos del 3 de diciembre no se trataron de un golpe militar. Entre ellos podemos citar a Alberto Kohan quien sostuvo “que de las reuniones con él mantenidas no puede desprenderse que atacaran el orden constitucional (…)”. El Doctor Raúl Granillo Ocampo dijo “No se adoptaron medidas extraordinarias de seguridad ni en la Casa de Gobierno ni en ningún otro organismo público. Nadie tomó seriamente que se pudiese atacar la Casa de Gobierno (…)”. El por entonces miembro de la SIDE y luego subsecretario del Interior, Doctor Gerardo Conte Grand declaró que su opinión era a título personal, entendiendo “que no fue una tentativa inmediata de golpe de Estado, pues no hubo empleo de otras FF.AA., no hubo proclama revolucionaria, ni tampoco la propalación de ideas revolucionarias (…)”; y el General (leal) D. Dante Caridi respondió que “el Coronel (Seineldín) tiene una formación de nacionalismo extremo, unido a concepciones fuertemente religiosas. No me consta que eso lo llevara al punto de atentar contra el orden democrático”.

Además, y como para dar una prueba más contundente aún, reproducimos fragmentos de fojas de la sentencia de la Cámara al momento de dictar el fallo. Así, a fojas 2838 vta. podía leerse “(El levantamiento) Fue promovido, gestado y ejecutado como un solo alzamiento bajo un único comando y con personal concertado para ejecutarlo reunido el mismo día y a la misma hora, mediante acciones coordinadas dirigidas al reemplazo del Jefe del Estado Mayor General del Ejército y a las autoridades inmediatas (…) Para subrayar en la foja 2842 vta. “no ha quedado acreditado así, que se pretendiese un Golpe de Estado, mediante el derrocamiento de alguno de los poderes públicos del gobierno nacional, ni mucho menos que se obrara con el fin de cambiar de modo permanente el sistema democrático de gobierno, extremos que no encuentran sustento alguno en las constancias fácticas de este juicio”.

Hasta aquí la verdad de los hechos. Con la fuerza irrefutable de los documentos. Esperamos hacerle justicia al Coronel del pueblo y que por fin, encuentre su justo descanso.


Por Federico Gastón Addisi


Fuentes:

ABETE, Hugo Reinaldo. ¿Por qué rebelde?, Bs. As., Librería Huemul, 1997, pp. 342, 343.
CHINDEMI, Norberto. Seineldín. La Verdad, Bs. As., Editorial Los Nacionales, 1999, pp. 121, 122.


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Poesía en clave Nacional.

“Anhelo de la Patria vieja”.



Recuerdo hoy la Patria vieja
que somos cuatro banderas, Hacemos caso al imperio
permitiéndome invocar considerando extranjero
a la estrella federal al que cruzó la frontera
que es el blasón de este suelo. para poder trabajar.
En la sangre soy indiano Al hermano hay que ayudar.
y en espíritu cristiano, ¡No hay lugar pa’ chauvinismo!
como usted, amigo mío, Bien lo sabe el fronterizo
no me lo puede negar; que no somos tan distintos
en los cuatro lados hay como nos quieren mostrar;
los mismos criollos e indios. es la misma identidad
la de estos pueblos hermanos.
Corrió sangre rioplatense
por obra de tantos cipayos Si ese ancho río reúne
que ya es hora, mis hermanos, las aguas de los cuatro estados,
de a las fuentes retornar. y sin hacerlas a un lado
Es para eso el versear fluyen juntas hasta el mar,
de este porteño gaucho. ¿por qué no lo puedo tomar
En los planes del imperio como ejemplo pa’ juntarnos,
estuvo el desmembramiento, compartiendo la pelea,
el “divide y reinarás”. los aciertos, las miserias,
Pa’volvernos a juntar pa’l mismos destino afrontar?
piense usted si ya no hay tiempo. Mas dejando de llevar
la chapa infame de mercado.
Las apariencias engañan
y se funden en la ignorancia. Orientales , paraguayos,
Lo que separan los años bolivianos y argentinos,
no ha de creerse esencial. salimos del mismo nido,
Ser no es igual que estar, y es deber volver a estar
y los pueblos no son culpables. bajo un cielo federal
Hay históricos contrastes en unión definitiva.
en las conquistas sociales. Era el sueño de Bolívar,
Pa’ hablar, primero pensar San Martín, Belgrano, Artigas,
cuánto se pudo aguantar cuando dieron libertad,
la guerra “patria o colonia”. para siempre procurar
la unidad del virreinato.


Por Matías Falagán


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La Hispanidad

La Hispanidad es un concepto acuñado durante la primera mitad del siglo XX que manifiesta el ideal español hecho conciencia, originado como sucesión del helenismo y la romanizad y de esta última en el Imperio romano-germánico cristianizada, siendo la interacción con los pueblos descubiertos y posteriormente culturizados por españoles el factor superador de los ideales hechos conciencia argumentados como precedentes. Refiérese a ella como un “espíritu permanente con fuerza y energía creadora y fecundante, capaz de corporeizarse, de hacerse visible y operar a través de esquemas distintos”.

Posee dos vertientes bien diferenciables en la práctica debido a la corriente filosófica cristiana que adoptará: la primera se puede denominar como supremacista religiosa, con fuertes influencias mosaicas del Antiguo Testamento, cree en un dios terrible que preferencia a un pueblo elegido y castiga a los pueblos infieles; la segunda se basa en la contemplativa filosofía tomista, que rechaza la imposición por un lado, y tolera la diferencia de creencias y voluntades fundamentalmente, como es claramente el caso del noble español del siglo XI Rodrigo Díaz de Vivar cuya vida y obra se hallan narradas en el bien conocido Poema de Mío Cid. Ambas posturas se encontrarán a veces discordantes y otras veces combinadas durante la etapa imperialista de España.

Con el advenimiento de la dinastía borbónica en España mediante la coronación de Felipe V se produjo la infiltración paulatina del iluminismo-racionalismo francés, en boga en aquel tiempo, entre los integrantes de las instituciones independientes de una monarquía que venía perdiendo hegemonía y hace colisión con la Revolución Francesa. Ya no mira España a sus dominios de ultramar desde la óptica católica, sino desde la liberal-masónica, y entonces se da lugar a que ciertos españoles americanos, al divisar el menosprecio y la reducción de derechos políticos que sufrían, pero sobre todo a la invasión napoleónica y el cautiverio de Fernando VII, sin dejar éste un Regente ni autoridad alguna, empiecen a pensar en la emancipación, más no en independencia; por otra parte los mercaderes que ven un claro para comerciar libremente con o sin influencias iluministas, y por último a que comenzaran los cuestionamientos de los buenos súbditos sobre las “malas autoridades” en pos de las “buenas autoridades” españolas. Aunque se las presente indiscriminadas por la historiografía oficial –liberal-, los fines de las revoluciones americanas desde la de Túpac Amaru fueron bien diferentes según los ideales de sus promotores.

Es destacable un hecho de nuestra historia que demuestra las contradicciones recientemente mencionadas: Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 a Buenos Aires encontraron, por ejemplo, a un Mariano Moreno que deserta de la resistencia y facilita la huida de Beresford –comandante de la primera expedición-, un Cornelio Saavedra que después de que Whitelocke –comandante de la segunda expedición- anunciara a los terratenientes la confiscación de todos sus bienes tomaría partido por la resistencia, y un Manuel Belgrano que materializa el ideal hispánico –que fue el que tuvo el pueblo al enfrentar al invasor viendo amenazada su cultura, sus costumbres, su tradición y religión- exclamando “servir al antiguo amo o a ninguno”, dan cuenta de que en los albores de nuestra nacionalidad ya estaba implantada esta idea de liberalismo versus hispanidad, de iluminismo versus catolicidad. El mismo Belgrano será quien en carta a Fernando VII le comunique los deseos del pueblo de que sea su monarca, pero sin ingerencias de españoles peninsulares; la prepotencia borbónica y las maquinaciones liberales de ciertos americanos lo impedirán y se cortarán irreversiblemente los vínculos políticos con España. No es menor el dato de que un cacique tehuelche se presentara ante el virrey Sobremonte para ofrecer voluntariamente veinte mil de sus hombres para enfrentar a los ingleses, ya que las áreas de influencia de las intendencias del virreinato estaban ciertamente casi totalmente reducidas a los poblados, si se tiene en cuenta la vigente visión indigenista de que todos los españoles maltrataron a todos los indios siempre, y cuando entonces a dicho el cacique poco le debería haber importado cuáles europeos ocupasen el territorio que supuestamente les habían arrebatado.

Otro dato soslayado de la Hispanidad tolerante que permitió la fusión positiva con las culturas indígenas de América, es por ejemplo aquella que en otrora territorio rioplatense –ahora perteneciente a la actual Bolivia- cuando Juan José Castelli fue a celebrar el primer aniversario de la Revolución de Mayo a la antigua Tiahuanaco –en donde residían mayoritariamente aimaraes-, mientras explicaba los derechos del ciudadano le gritaban “¡aguardiente, tata!”, evidenciando que el pueblo rechazaba manualcitos importados que nada tenían que ver con su idiosincrasia, mucho menos con la de los pueblos conservadores del Alto Perú.

Por su incomprensión de origen iluminista los liberales –los mismos que despreciaban a la “irracional” España- sentenciaron al indio a desaparecer por medios mucho más terribles que los imputados en “la leyenda negra” a las autoridades españolas. Así fue cómo aparecieron muchos “doctorcitos” liberales en la Buenos Aires de Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento y Julio Roca, quienes sostenían tales aberraciones, y cómo brotaron de la conciencia de la tierra –que también es hispanista- los calumniados o silenciados Juan Manuel de Rosas, Rufino Solano, Francisco Pascasio Moreno y el salesiano José Fagnano, italiano de nacimiento, pero hispanoamericano en su obra. Lamentablemente, triunfaron los exterministas; pero no sea cosa que de ese “abono a la tierra” surjan legiones de buenos americanos después de que pasen la seca, la helada y la peste.


Por Matías Falagán

Fuentes:

“La judaización del Cristianismo” – Federico Rivanera Carlés.
“Así se hizo América” – Vicente Sierra.
“Historia Argentina”, tomos I y II – José María Rosa.
“Mística y política de la Hispanidad” – Blas PIñar.



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Inauguración del Archivo de Audio y Video “Don Roberto Rimoldi Fraga”




En las instalaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, la organización Jóvenes Revisionistas dio un importante paso en la batalla por el nacionalismo cultural al inaugurar, este miércoles 16 de diciembre de 2009, el Archivo de Audio y Video “Don Roberto Rimoldi Fraga”.Con la presencia del compositor y cantante folklórico federal Roberto Rimoldi Fraga, además de las autoridades del nombrado instituto, se procedió a estrenar el importante Archivo de Audio y Video como un beneficio más para los asociados del Instituto Nacional “Juan Manuel de Rosas” y para todos aquellos militantes del nacionalismo argentino que se interesen en las voces que, desde lo musical y lo fílmico, han dado sostenimiento y trascendencia a los verdaderos patriotas de nuestra nacionalidad.Particular mención merece el esfuerzo desinteresado del señor Matías Falagán, integrante de Jóvenes Revisionistas, quien durante todos estos meses ha preparado con notable dedicación la selección y el armado de los más de 150 títulos de audio y video que conforman la videoteca nacionalista.La inauguración, que contó con una nutrida cantidad de público, empezó con una conferencia de prensa en la que hicieron uso de la palabra Matías Falagán –elegido por sus compañeros como presidente del Archivo de Audio y Video-, el Dr. Alberto Gelly Cantilo –presidente del Instituto Nacional “Juan Manuel de Rosas”- y, finalmente, el querido don Roberto Rimoldi Fraga. Presentaba a los disertantes el presidente de Jóvenes Revisionistas, señor Federico Addisi.El joven Falagán expresó que con esta novedosa videoteca se estaba “privilegiando la historia argentina en contraposición con la historiografía cipaya, falsaria”. Asimismo, señaló que “mis compañeros me distinguieron unánimemente como el primer Presidente del Archivo de Audio y Video”, distinción que agradeció con gratitud. A continuación, dijo unas breves pero sustanciosas palabras el doctor Gelly Cantilo, en las que agradeció el esfuerzo de los Jóvenes Revisionistas por aportar, con formas novedosas, la difusión del nacionalismo argentino a las multitudes aún confundidas del país. Y elogió la presencia del folklorista Rimoldi Fraga, de quien se supo admirador en sus años de juventud.

Luego fue el turno del propio Roberto Rimoldi Fraga. Comenzó señalando que fue gracias a su madre que adoptó “el amor por la lectura y por la historia argentina”. A continuación se metió de lleno en la figura de don Juan Manuel de Rosas: “Uno fue valorando la forma de ser de este hombre”, dijo, porque actuaba de modo sencillo y real, sin rebusques. Para Rimoldi Fraga, por paradójico que suene, Rosas fue “una de las figuras más combatidas y de más recuerdos en la conciencia nacional”. Además, enfatizó que los admiradores del Restaurador de las Leyes “estamos convencidos de que estaba en una causa justa”, en cuanto defensor de los valores de religión, patria y familia.Se lamentó el cantautor federal que se haya ido tergiversando algo que fue exclusivo de la Argentina potencia, como eso de “tener padres obreros e hijos profesionales”. Para Rimoldi Fraga, la Argentina tiene y debe unirse como pueblo para poder salir de la dramática situación en que vive. “La historia argentina está marcada de antinomias; tenemos que terminar con las antinomias”, sostuvo.Reconoció en el recientemente fallecido ex Coronel Mohamed Alí Seineldín a “un amigo, un hombre de fe”, acaso un esclarecido que le comentó en reiteradas oportunidades la importancia geoestratégica de las Islas Malvinas para beneficio de toda la patria. Y maldijo a los que no reconocen en los veteranos de Malvinas y sus muertos a “hombres que fueron a pelear por convicción”.

Respecto del ya cercano bicentenario de la Argentina, reflexionó Rimoldi Fraga que el mismo “debe ser una bisagra donde, además de tomar lo externo, haya una responsabilidad para con lo interno de la patria misma”.Más adelante, tuvo palabras de reconocimiento para los jóvenes que se entusiasman y plantean una lucha por la reivindicación de los valores culturales argentinos. Pero dijo que la lucha debe ser serena, sin violencia, y enseguida parafraseó a Juan Perón: “Perón, que era un gran sociólogo, decía que los jóvenes a los 18 años son incendiarios, y a los 30 son bomberos”. Es decir, la juventud no tiene que desesperarse en este combate que debe hacérselo con calma y sin apresuramientos.Hilvanando la línea histórica del pensamiento nacional, Roberto Rimoldi Fraga señaló que “San Martín, Rosas, Perón, fueron hombres que lucharon”, y para terminar dijo que “la trilogía fundamental de la patria es la Fe, la Patria y la Familia”, que sin esos valores nada puede ser posible.

Después de las palabras, se inauguró formalmente el Archivo de Audio y Video “Don Roberto Rimoldi Fraga", donde el homenajeado cortó la cinta con los colores nacionales que pendía delante de la vitrina de la videoteca. Una cartelera con los rostros de Rimoldi Fraga, Juan Manuel de Rosas y el coronel Ciriaco Cuitiño, daban un condimento de color a la escenografía impecablemente preparada para la ocasión. Luego del solemne acto, sonaron unánimes aplausos.Para finalizar, se invitó a todos a un vino de honor en el Salón Oval del instituto, en el que aparte de vino hubo gaseosas y abundantes sandwichs de jamón y queso. Como no podía ser de otra manera, Rimoldi Fraga deleitó a la concurrencia con algunos de sus temas más representativos, cuando, guitarra en mano, se dispuso a evocar a los héroes de la patria vieja. Entre otros, sonaron “Revuelo de Ponchos Rojos” y “Pucará de Malvinas”. A esta altura, la noche estaba completa.

29 de abril de 2008

CICLO DE PENSADORES NACIONALES: "HERNANDEZ ARREGUIi: ESE LANZALLAMAS"

CONFERENCIA ORGANIZADA POR JOVENES REVISIONISTAS


INSTITUTO NACIONAL DE INV. HISTORICAS "JUAN MANUEL DE ROSAS"





HERNANDEZ ARREGUI; ESE LANZALLAMAS
Por Muñoz “Pepe” Azpiri.
(27/6/07)


Buenas noches. Muchas gracias Federico Addisi, muchas gracias a todos los jóvenes, y gracias a la presencia de todos ustedes aquí y por supuesto, no voy a agradecer al Instituto Juan Manuel de Rosas, ya que yo agradezco estar en casa ajena y sería redundante agradecer estar en casa propia.
Voy a referirme a un personaje bastante polémico, bastante importante y olvidado, inclusive por los que se dicen “progresistas” en este momento. Porque jamás le van a perdonar a Hernández Arregui su inclaudicable compromiso con la causa nacional.
Martín Lafforgue, en un libro hoy inhallable, “Antiborges” (Javier Vergara Editor, 1999), realiza una ajusta definición del nacionalismo popular: “El nacionalismo popular como corriente de pensamiento comienza a gestarse en la década de los veinte a partir de las ideas de un conjunto de políticos, periodistas e intelectuales: el socialista antiimperialista Manuel Ugarte; el general ingeniero Alonso Baldrich, del grupo fundador de Yacimientos Petrolíferos Fiscales; el precursor de las corrientes económico-desarrollistas en el radicalismo Manuel Ortiz Pereyra y periodistas como José Luis Torres, a quién le debemos la acertada expresión de “Década infame”.
En 1935 tras fracasar en su intento de desplazar a la dirección alvearista (moderada) del viejo partido de Yrigoyen, un grupo de jóvenes militantes decide escindirse, recoger las preocupaciones de los arriba citados, con ellas renovar y profundizar el “credo yrigoyenista” y construir una nueva forma de organización: nace la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA). En su primer manifiesto atacan a las “oligarquías” e “imperialismos”, exigen la restauración de la “soberanía del pueblo” y se proclaman los únicos continuadores del yrigoyenismo. El ideólogo del grupo es el ya reconocido ensayista de temas nacionales Raúl Scalabrini Ortiz y forman su núcleo dirigente, entre los más conocidos, el escritor Arturo Jauretche, Luis Dellepiane, hijo de un ex ministro de Yrigoyen y el poeta y músico Homero Manzi.
Aún cuando FORJA no logra un caudal significativo de adherentes ni una organización sólida, sus innumerables volantes y conferencias y sus vehementes pero bien documentadas publicaciones logran penetrar e influir en vastos sectores de la opinión pública. Para los forjistas la “oligarquía” conservadora era responsable de la crisis que se vivía; se consideraba que para sostener sus privilegios había traicionado al país entregándolo al “imperialismo británico”; se denunciaba a la “dictadura política” al servicio de minorías, impuesta mediante la corrupción más escandalosa y el fraude generalizado y a una “tiranía económica” al servicio del capital extranjero. “El proceso histórico –dice uno de sus documentos- revela una lucha permanente del pueblo en procurar su soberanía popular”. De alcanzarse este cometido, será el fin de la dependencia y el sometimiento.



La influencia de FORJA sobre el pensamiento de Perón y sus más estrechos colaboradores está bien documentada. Tanto el Grupo de Oficiales Unidos (G.O.U.) –logia militar de decisiva influencia en la primera mitad de los años cuarenta- como Perón leyeron y estudiaron el material forjista y los libros de Scalabrini Ortiz y de Torres, por lo menos desde 1936 y años más tarde se sucedieron encuentros personales. Las principales ideas, temas y categorías del nacionalismo popular fueron incorporadas al peronismo: la postura antioligárquica y antiimperialista, los objetivos de autonomía económica y justicia social, la fe en el pueblo instalado como sujeto privilegiado del cambio, un cierto menosprecio hacia las formalidades legal-institucional. En 1945 el forjismo se disuelve y la mayoría de sus miembros se incorpora al naciente peronismo. Muchos de ellos pasan a ocupar cargos oficiales en el gobierno nacional y en el de la Provincia de Buenos Aires.
Julio Cortázar dijo que se tuvo que ir de la Argentina porque el tronar de los bombos peronistas no le dejaban disfrutar de los conciertos de Bela Bartók. Borges, en cambio, no parece haber tenido inconvenientes, en esos años, para escribir sus textos más personales y reconocidos. En 1944 habría de publicar Ficciones, cinco años después El Aleph, en 1951 la selección de cuentos que conforman La muerte y la brújula y al año siguiente el volumen ensayístico Otras inquisiciones. De este período son también buena parte de sus obras en colaboración – El Martín Fierro con Margarita Guerrero, Antiguas literaturas germánicas con Delia Ingenieros, entre otras- y de las antologías y volúmenes de cuentos realizados con Adolfo Bioy Casares. Esta intensa producción literaria, sin embargo le dejó tiempo para comenzar una tardía pero exitosa carrera docente en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y en el Colegio Libre de Estudios Superiores, ejercer la dirección de la revista Anales de Buenos Aires e, incluso, para la actividad gremial (fue presidente de la S.A.D.E. entre 1950 y 1953). Derroche de energía realizado en la opresiva y lúgubre atmósfera de la Segunda Sangrienta Tiranía. No tuvieron igual suerte los intelectuales de la década del setenta, signada por la tutela de los que él denominó caballeros militares.
La caída del gobierno peronista (1955), calurosamente apoyada por los sectores medios, la intelectualidad y los sectores dominantes, encuentra a los escasos grupos que se reconocen en la experiencia peronista cuestionando nuevamente las orientaciones políticas y económicas gubernamentales. Pero ya no alcanza con analizar el pasado histórico y la estructura económica del país: se deben encontrar las causas que posibilitaron esta oposición acérrima, muchas veces más cultural y valorativa que directamente social o económica. Surge, entonces la corriente nacionalista popular. En ella hemos englobado – continúa Lafforgue – un espectro bastante amplio de pensadores que reúnen las características reseñadas. En un análisis más fino es posible establecer diversas diferenciaciones; la más frecuente es entre “izquierda nacional” (provenientes de las agrupaciones tradicionales de la izquierda, pero que se distancian a partir de su visceral rechazo a la tradición liberal y una lectura positiva del fenómeno peronista) y nacionalismo popular con una variante reformista y otra revolucionaria.
Comienza un vasto programa de revisión del pensamiento y la literatura argentina a partir de una doble vía explicativa: la primera partía de la tesitura, deudora de un materialismo algo rústico, de que “a la estructura material de un país dependiente corresponde una superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento de esa dependencia”; la segunda se elaboró a partir de la incorporación de buena parte de la relectura de la historia nacional que el revisionismo histórico venía haciendo desde los años treinta.. Esta escuela sostenía que en la Argentina había habido desde sus inicios un enfrentamiento permanente entre dos antagonistas irreconciliables: un proyecto de país liberal y dependiente consagrado por la historiografía tradicional y legitimado por la “superestructura cultural; y el país “auténtico”, por fuera de las superestructuras culturales dominantes, resguardado por la memoria popular y al que esta escuela historiográfica viene a rescatar, sistematizar y presentar en un cuadro completo. El objetivo del nacionalismo popular, entonces, pasa a ser demostrar como la “colonización pedagógica” había provocado que los intelectuales liberales – que por cierto incluía a pensadores de procedencia muy dispar- evaluaran erróneamente, o aún mintieran deliberadamente, en sus interpretaciones de la realidad nacional. Los “profetas del odio”, según los definiera Jauretche, no podían entender al país real; lo que los llevaba a despreciar y rechazar todo aquello identificado con el campo de la “barbarie”: el gauchaje, el yrigoyenismo, el peronismo y, en general, todas sus producciones culturales.
Ante el panorama actual de la política nacional, caracterizado por la inercia mental, la importación de teorías pergeñadas por las usinas de propaganda del hemisferio norte y la vocinglería de “analistas” condenados al pensamiento de sirga, Juan José Hernández Arregui representa el más dramático encuentro del intelectual argentino con el hecho nacional. Con una cultura inexistente en otros representantes de la izquierda de nuestro país, supo subordinar la teoría marxista y el método histórico- cultural al análisis de la realidad concreta que examinaba y con la que se hallaba raigalmente comprometido desde su militancia peronista que no abandonó hasta su muerte. Sus afirmaciones, no siempre exentas de polémica, continúan siendo hoy referencias ineludibles para pensar el “ser nacional” sin caer en utopías frustrantes o alineaciones coloniales. Incursionó en la narrativa con los cuentos “Siete notas extrañas” (1935) celebradas por la crítica en su momento. “Las corrientes históricas durante el siglo XIX” (1951), “El siglo XVI y el nacimiento del espíritu moderno” (1952), “Introducción a la historia” (1953), son algunas de sus producciones de cátedra, que precedieron a sus formidables ensayos.
Para quienes comenzamos nuestra militancia política en el peronismo y nos habíamos formado doctrinariamente en las fuentes del nacionalismo revisionista, que nos ofrecía una respuesta a falsificación de la historia que denunciara Ernesto Palacio y a su vez; por razones familiares conocíamos en carne propia las purgas ejemplificadoras del terrorismo liberal-gorila, Hernández Arregui nos brindó las herramientas conceptuales para desenmascarar los basamentos de una realidad ficticia, colonial y cipaya.
Herramientas que trascendían el marco del revisionismo histórico, nacido al fragor de la lucha para denunciar la leyenda negra (las calumnias contra España), la leyenda roja (las calumnias contra Rosas y los caudillos) y la leyenda rosa (la supuesta realidad de ese color que se desarrolló en la Argentina a partir de Caseros), pero insuficientes para analizar el complejo marco, nacional e internacional, de las últimas décadas del siglo XX.
Antes de ahondar en las mismas, es necesario destacar su formación e historia de vida, hasta 1955, dado que a partir de esa fecha publica sus obras cardinales.
Juan José Hernández Arregui nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires el 29 de septiembre de 1912, donde pasó sus primeros años de vida; luego su madre ya viuda, lo trajo consigo a la Capital y aquí realizó sus estudios para ingresar a la Facultad de Derecho. Norberto Galasso en una discutible – ya desde el título: “J.J. Hernández Arregui: del peronismo al socialismo” – biografía, habla de un abandono por parte de su padre que, supuestamente, lo sumiría el resto de su vida en una profunda melancolía. Aparte de innecesaria, esta mención nos recuerda una metáfora del querido y poco recordado Salvador Ferla:
En el mundo antiguo circuló en diversas versiones una leyenda significativa, la del niño desvalido que se vuelve poderoso. Un niño abandonado en las orillas del Tíber llega a ser el fundador de Roma; otro niño, depositado en una canasta en la ribera del Nilo se convierte, ya adulto, en el libertador del pueblo israelita. Y el bebé a quien Herodes quería asesinar, resultó nada menos que el hijo de Dios. La moraleja es: ¡cuidado con maltratar al débil, al pequeño, al indefenso!...¡Puede ser un genio, un rey, o el mismísimo Dios!...Esta simbología del débil que se levanta triunfal de la abyección en que injustamente fuera arrojado por la arrogancia y la sensualidad de los poderosos, nos indica cuál debe ser nuestra principal pauta valorativa en materia histórica. La civilización nació enferma del complejo de culpa. La historiografía debe ayudar a curarla concientizándola sobre las causas de ese complejo.
Personalmente, no compartimos este tipo de interpretaciones psicologistas, reduccionistas, que circunscriben el talento y la creación a circunstanciales incidentes externos.
Al morir su madre, un tío, amigo del caudillo Amadeo Sabattini, se lo lleva consigo a Villa María (Córdoba). Ahí trabaja de bibliotecario y comienza a colaborar en periódicos locales y en 1931 se afilia a la UCR yrigoyenista y escribe en sus órganos periodísticos Debate, Doctrina radical y Libertad. Reinició sus estudios universitarios durante la década de 1940 en la Facultad de Filosofía y Letras de la capital cordobesa, en la que tuvo como principal maestro al insigne Rodolfo Mondolfo, y allá se graduó con una tesis sobre “Las bases sociológicas de la cultura griega” en 1944.
Comenta Eduardo Romano en un meduloso artículo (CREAR, Nº 14, junio 1983) que sus primeros enfrentamientos con la conducción partidaria se produjeron a consecuencia de la revolución militar de aquel año, pues su prédica a favor de la misma no halló eco entre sus correligionarios. De todas maneras él colabora en la Corporación Nacional de Transporte, a cargo de Santiago H. Del Castillo, porque ve en las medidas económicas del nuevo gobierno un corte respecto de la política de entrega irrestricta de nuestro patrimonio a los intereses británicos. Congresal por la provincia de Córdoba, en 1945 se opone fervorosamente a la participación del radicalismo en el engendro político que fue la Unión Democrática. Después de las elecciones que consagraron a Juan D. Perón presidente, contra dicha coalición, sus relaciones con el radicalismo se volvieron francamente irreconciliables y decidió renunciar a ese partido ante el Presidente del Comité de la provincia, Dr. Arturo Illia. Dice en un pasaje de su carta fechada el 10 de febrero de 1947:
“El conflicto entre intransigentes y unionistas, en lo esencial, no ha sido un mero antagonismo de núcleos, sino la lucha en profundidad entre dos concepciones irreductibles, antinómicas e irreconciliables de lo radical y argentino, en cuanto a ideales populares insertos en el sentido propio de lo nacional. Es superfluo, pues, tratar de salvar la unidad del partido, inmolando esta ilusión casuística y formal, el contenido concreto mismo de la doctrina radical, que es la expresión genuina del sentimiento emancipador de las multitudes argentinas, empeñadas desde Mayo en el ideal vigoroso de la plena autodeterminación nacional. Eran estas síntesis oscuras que germinaban en lo colectivo histórico de las masas, lo que el radicalismo debió convertir en conceptuaciones políticas de lucha. Al no hacerlo, su derrota estaba sellada. La gran frustración de lo radical ha sido consumada. Y nada contrarrestará mientras tanto, el poderío de las fuerzas políticas que triunfaron con Perón, gracias al error de perspectiva –nacional e internacional –de aquellos que al influjo de factores foráneos, cayeron en una imperdonable desviación de la línea del partido, traicionando los postulados históricos de la U.C.R.”.
En 1947, se produjo su primer acercamiento al peronismo, de la mano de Arturo Jauretche, quien lo llevó a colaborar en el gobierno bonaerense, como Director de Publicaciones y Prensa del Ministerio de Hacienda. Por ese entonces disertó sobre “La Universidad y la Reforma del 18”, en vísperas de sancionarse una Ley Universitaria. En 1948 empieza su labor docente en la Universidad Nacional de La Plata, como Profesor Adjunto de Introducción a los Estudios Históricos, que amplía con incursiones por la sociología, la historia del arte, la literatura, etc., y en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires, hasta el golpe septembrino de 1955.
Ante la coyuntura, se convierte en ideólogo de la resistencia peronista y si bien no participa directamente en política, es detenido un mes en San Martín cuando el levantamiento patriótico del Gral. Juan José Valle contra el gobierno de facto, que había desatado una cruenta represión contra las fuerzas populares.
En 1957, un año después de Civilización y Barbarie. El liberalismo y el mayismo en la historia de la cultura argentina, de Fermín Chávez y el mismo año de Los profetas del odio de Arturo Jauretche, aparece Imperialismo y Cultura. Estos tres libros constituyen un dique conceptual contra los intentos de retrotraer la situación nacional a lo que era antes de 1943, avalados por una intelectualidad cipaya, cuyo paradigma era Borges, escritor cosmopolita, de un europeísmo afectado y erudición esotérica, ajeno a los problemas nacionales. Prueba de ello es el Nº 237 de la revista Sur en que Victoria Ocampo, Eduardo González Lanuza y Guillermo de Torre, entre otros, tratan de demostrar que el “verdadero” pueblo argentino no participó de la experiencia peronista, argumento que, con otros basamentos teóricos, emplea Juan José Sebreli en el Nº 7/8 de la revista Contorno. Sea por derecha o por izquierda, el objetivo consistía en negar al sector popular todo protagonismo histórico.
En “Imperialismo y Cultura”, Hernández Arregui analiza descarnadamente la cultura oficial y la dependencia, la deificación de todo lo extranjero, la falta de proyecto nacional en gran parte de la dirigencia argentina, el uso de las corrientes filosóficas nacidas en Europa sin comprensión del país real. Encuadra las relaciones entre imperialismo y cultura dentro del contexto europeo a lo largo del siglo XIX, así como sus consecuencias para la formación de una literatura “mundial”, inexistente antes de la era imperialista, en la primera mitad de nuestro siglo. Juzga toda producción y actividad culturales a través de una contradicción básica de una país de pendiente (Romano dixit) “lo nacional liberado vs. Lo mimético sumiso”. Según su criterio, la cultura nacional se apoya siempre en componentes folklóricos de raíz hispano-indígena, reelaborados luego por artistas individuales con los criterios de la cultura cultivada. Por eso exalta la obra de Lugones y la opone a la de quienes se dejaron seducir por modelos sin arraigo telúrico. A partir de la polémica lectura que Borges hiciese del Martín Fierro de José Hernández, realiza una lectura demoledora. Este paradigma de intelectual cosmopolita, de un europeismo afectado y una erudición esotérica es considerado en Nacionalismo y Liberación (1969) como el arquetipo del eunuco escriba, hechizado por mundos inexistentes:
“Hay un pensamiento nacional y un antipensamiento colonial. Un escritor nacional tipo es Raúl Scalabrini Ortiz. Un escritor colonial – más perfecto que una esfera musical en la mente de Pitágoras - es Jorge Luis Borges. De un Pitágoras que nunca existió. Y en esto se parece a Borges. Que ha caído en la farolería de hablar de Pitágoras sin conocer la filosofía griega. En rigor, Borges, pájaro nocturno de la cultura colonizada, desde el punto de vista argentino es más fantasmagórico que el Pitágoras de la leyenda órfica. Un Borges – ese “cadáver vivo de sus fríos versos” que dijera Lope de Vega – hinchado todos los días por la prensa imperialista. Y que ni siquiera merecería ser citado aquí, sino fuese porque es la entalladura poética de ese colonialismo literario afeminado y sin tierra al que hacemos referencia. Poeta del Imperio Británico, condecorado por Isabel II de Inglaterra, ha declarado hace poco: “Si cumpliese con mi deber de argentino debería haber matado a Perón”. El desmán sería para reírse, sino fuese, como lo hemos expresado en otra parte “ porque detrás de estas palabras pierrotescas se mueven las miasmas oscuras del coloniaje”. Así habla la “inteligencia pura” de este ancestro hermafrodita de la poesía universal fuera del mundo que, como una orquídea sin alma, llora en la mayoría de sus poemas, su “muerte propia” a la manera de Rilke.
Sí. Todos hemos de morir. Borges también. Y con él, se irá un andrajo del colonato mental. A diferencia de ellos, bufones literarios de la oligarquía, mensajeros afamados del imperialismo, cuando a los grandes hombres de América les llega la hora de la muerte, en ese mismo y supremo instante, la eternidad de la historia, la única y luminosa inmortalidad que le es dable esperar a la criatura humana en su tránsito terreno, los amortaja en una estela de gloria con las palabras de los verdaderos poetas nacionales: “Hay una lágrima para todos aquellos que mueren, un duelo sobre la tumba más humilde, pero cuando los grandes patriotas sucumben, las naciones lanzan el grito fúnebre y la victoria llora”.
Según Fermín Chávez en su prólogo al ¿Qué es el ser nacional? (Catálogos, 2002) esta resignación agnóstica dio paso, en el en viaje que realizaron a Toledo, al surgimiento de una sensibilidad religiosa.
Los capítulos dedicados al nacimiento de la revista Sur, y la caracterización de sus mentores y adláteres, tienen vigencia hasta hoy. Victoria Ocampo dijo entonces: “No hay nada peor que un canalla con talento” a lo que él le respondió diciendo “solo atino a figurármela a medida que va poniéndose vieja, con la casaca roja y los botones dorados de una domadora de fieras suelta en Picadilly”.
En 1960 aparece un segundo libro, cardinal y corrosivo hasta hoy: La formación de la conciencia nacional (1930-1960). “Esta es la crítica – dice en el Prologo – inspirada en un profundo amor al país y fe en el destino nacional de la humanidad, contra la izquierda argentina sin conciencia nacional y el nacionalismo de derecha, con conciencia nacional y sin amor al pueblo”. Entre esas falsas opciones analiza y documenta el surgimiento de FORJA primero y sintetiza luego todos los aspectos socializadores de los gobiernos peronistas, desde una perspectiva no partidaria, “pues el autor – añade – carece de compromisos políticos, salvo con las masas argentinas depositarias del destino nacional”.
“El nacionalismo posee un doble sentido, según corresponda al contexto histórico de un país poderosos o un país colonial. Hay pues, en el umbral del tema, una diferencia, no de grado sino de naturaleza, entre el nacionalismo de las grandes potencias – Inglaterra y los Estados Unidos, por ejemplo – que son formaciones históricas ya constituidas, y el nacionalismo de los países débiles, que aspiran justamente a convertirse en naciones. Hay además un nacionalismo ligado a las clases privilegiadas aunque adopte cierta actitud crítica frente a ellas, y un nacionalismo que se expresa en voluntad liberadora de las grandes masas nacionales. Mantener el equívoco entre ambas concepciones del nacionalismo, en que están conjuras tanto las potencias coloniales del presente como las clases encumbradas de los países coloniales, y destinado a velar el nacionalismo del pueblo, ha sido respecto a estos países sin soberanía real una de las más diestras y calculadas defraudaciones de la filosofía del imperio”. Esto decía quien, por aquellos años, sostenía que el único intocable era Nicolino Locche...
Juan Domingo Perón, en carta del 10 de diciembre de 1969 en el que le agradece el envío de sus libros, formula un cálido elogio de toda su obra. En uno de los párrafos le dice:
“Por todo lo que hacen ustedes allí con la difusión de la verdad tantos años oculta, yo deseo como argentinos hacerles llegar, junto con mi encomio más entusiasta, mi felicitación más sincera. La causa de la revolución necesita de algunos realizadores, pero no mucho menos de muchos miles de predicadores que, empeñados en la tarea de persuadir, no cejen en el empeño de incendiarlo todo si es preciso.
...He visto que el Peronismo está despertando entre los “intelectuales” el deseo de escribir sobre él, unas veces con fines leales a la Nación y otras buscando lo contrario. El profesor Gonzalo Cárdenas sé que lo ha hecho bien y de buena fe, que es lo que interesa. Otros como Félix Luna lo han hecho a su manera, a lo que ya estamos acostumbrados.”
¿Qué es el ser nacional? (1963) resulta de una conferencia y de cursillos realizado en universidades del interior (noroeste, Tucumán, Santiago del Estero) y profundiza observaciones anteriores sobre política y cultura de ámbito iberoamericano, para lo cual replantea las vicisitudes históricas atravesadas por el continente. Más de un marxista se verá sorprendido por tesis expuestas por quien vulgarmente aparece asociado al marxismo tradicional o, lo que es peor, un progresista “trucho”, tan el boga en estos tiempos, que desconoce la obra del Júpiter tonante que escribía en la biblioteca del Museo Británico. Ya el propio Marx lo decía: “Yo no soy marxista” (y no conocía la Argentina):
“El menosprecio hacia España arranca en los siglos XVII y XVIII como parte de la política nacional de Inglaterra. Es un desprestigio que se inicia con la traducción al inglés, muy difundida en la Europa de entonces, del libro de Bartolomé de las Casas Lágrimas de los Indios: relación verídica e histórica de las crueles matanzas y asesinatos cometidos en veinte millones de gentes inocentes por los españoles. El título lo dice todo. Un libelo”.
“Junto a la acometida sobre la raza de bronce subyugada, España trajo a estas tierras una de sus virtudes más grandes, el espíritu de independencia y las instituciones que lo resguardaron. Un antecedente de esta actitud altiva y libre, que América Hispánica recibió como legado, se encuentra ya en Lope de Aguirre, al tratar de igual a igual, en 1561, a Felipe II: “Te aviso, rey español, que tus reinos de Indias tienen necesidad de justicia y equidad para tantos y tan buenos vasallos como en ellos moran. En cuanto a mí y mis compañeros, no pudiendo sufrir más las crueldades de tus oidores y gobernantes, nos hemos salido de hecho de tu obediencia y nos hemos desnaturalizado de nuestra tierra que es España, para hacerte aquí la más cruel guerra que nuestras fuerzas nos consientan (...) En estas tierras damos a tus pendones menos fe que a los libros de Martín Lutero.”
El análisis de nuestro autor sobre el intelectual pequeño burgués, dista diametralmente de la izquierda internacionalista, su definición se asienta en la realidad, sin idealizaciones; ya que si bien usaba las categorías del análisis marxista, contó una historia de la que nunca habló el Partido Comunista argentino:
“La clase media tiende a la formación de grupos intelectuales que fluctúan, por motivos diversos, entre las “élites” que miran hacia arriba y los “ghettos” espirituales que miran hacia abajo. Esto explica la abundancia de intelectuales de izquierda que se pasan a la derecha ideológica, al conservatismo social. En realidad, los intelectuales son los que sienten más vivamente esta situación incierta que ocupan en la sociedad. Mientras la perspectiva de descender les lleva a la comprensión de la lucha que libra la clase trabajadora por otra parte les estimula a no caer en ella.”
Hernández Arregui nos estimuló para que repensemos y redefinamos toda la cultura argentina desde sus orígenes. Y también a denunciar la mistificación del intelectualismo que se dice progresista sin entender nada de los movimientos populares que surgen no de los libros sino de las tradiciones de un pueblo:
“En la escuela le enseñaron a preferir el inmigrante al nativo, en el colegio nacional que el capital extranjero es civilizador, en la Universidad que la Constitución ha hecho la grandeza de la Nación o que la inestabilidad política del país es la recidiva de la montonera o de la molicie del criollo. Este estado de espíritu, fomentado sutilmente por la clase alta aliada al imperialismo, distorsiona la conciencia de estos grupos, cuyo escepticismo frente al país favorece el pasivo sometimiento espiritual”.
Dirigentes obreros de San Juan, Tucumán, Mar del Plata y Rosario fueron sus interlocutores, pero su prédica se abrió a otros, aparentemente menos permeables a este tipo de ideas. En septiembre de 1969, el Director del Colegio Militar, Gral. Mariano de Nevares, sancionó con diversas penas a unos cuarenta oficiales del ejército en un sumario secreto. Encabezaba esa lista el Tnte. Licastro, acusado de: “mantener vinculaciones y vincular a otros oficiales con un ideólogo de izquierda conocido por él, formular comentarios favorables al mismo y defender sus ideas ante sus camaradas” y sancionado con cincuenta días de arresto y su pase a disponibilidad. A partir de ese momento, Hernández Arregui pasó a integrar la lista de los que años después se conocerían como “desaparecidos”. En octubre de 1972 y tras varios allanamientos, un “caño” explota en su casa y lesiona gravemente a su mujer.
Tal desastre no lo arredra y en 1973 publica “Peronismo y Socialismo”, aclarando en el prólogo que contrariamente a sus obras anteriores, es “un libro de divulgación”, con “un lenguaje más bien periodístico”, pero “cuidando, no obstante, en la medida de lo posible,, encuadrar los diversos temas abordados dentro de un nivel intelectual adecuado para quienes buscan una visión resumida de la realidad nacional”, Su título, por otra parte no debe llevar a la confusión, se trataba una perfecta delimitación del socialismo nacional del que hablaba Perón en las Pautas de actualización doctrinaria (1972) de manera tal de evitar las confusiones de los peronistas oportunistas de la época (añadiríamos también, de la actualidad). Esto está claro en los artículos firmados en la revista Peronismo y Liberación, al explicar el cambio de denominación de la publicación. (anteriormente, en 1973, era Peronismo y Socialismo). Pues así definía la actualidad del momento:
“No habrá alternativas pretendidamente socialistas frente a la política peronista. El peronismo tiene en su seno todo el socialismo posible, al poseer un programa liberador, único eje de la unidad nacional contra el imperialismo, y por sostenerse fundamentalmente en el apoyo que le da la clase obrera”.
La izquierda cipaya jamás le perdonó su compromiso nacional ni la derecha reaccionaria su formación marxista. Unos intentan encuadrarlo con extrañas alquimias en una posición que nunca compartió, otros, lo acusan de haber agitado el “inmundo trapo rojo”, sin percatarse como cretinos que son, que por más de una década flameó en el firmamento de la república una bandera roja... de remate.
Sobre el éxito de sus libros pensaba Hernández Arregui que “estos libros han surgido del dolor nacional y no del narcisismo literario, el prestigio intelectual de nada vale, y si tal prestigio emana de una obra áspera y crítica contra las instituciones y figuras representativas del coloniaje, más que prestigio acarrea sinsabores, odios duraderos y calumnias”
En el año 1974, año trágico para los nacionales, que acarreó la desaparición física de Juan Domingo Perón y de un pensador de la talla de Arturo Jauretche, corroído por los sinsabores mencionados, inició su tránsito hacia la gloria. Sus libros, polémicos y sin duda discutibles, no son de investigación sino de lucha”, como él mismo dijera. A esa lucha, que es la liberación definitiva del gran país iberoamericano, dedicó su pensamiento tan lúcido como apasionado.
Este pensador argentino, en 1973, al ser distinguido como Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires, expresó categóricamente: “He pertenecido, pertenezco y perteneceré al Movimiento Nacional Peronista”.
Nada más podemos agregar.

3 de enero de 2008

Cierre del ciclo "Los Pensadores Nacionales"







Salón de Actos del Instituto Juan Manuel de Rosas dónde se llevó a cabo la disertación de L. Manauta y la entrega de distinciones a todos los expositores participantes del ciclo.


El miércoles 19 de Diciembre último a las 19 horas, tuvo lugar el cierre del ciclo de conferencias "Los Pensadores Nacionales" organizado por Jóvenes Revisionistas en las instalaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas 'Juan Manuel de Rosas', ocasión que contó con numeroso público y en el que, además, se hizo entrega de diplomas a los distintos conferencistas que expusieron sus temas.
Luego de la conferencia dada por la Lic. Leticia Manauta (Sec. de Cultura del gremio UPCN) cuyo título fue "Las Mujeres en la Historia Argentina", al cierre de la misma se procedió a la entrega de las distinciones. Algunas de las siguientes imágenes captadas en la ocasión, dan cuenta de ello:



Federico Addisi (Presidente de Jóvenes Revisionistas), junto al Presidente del Instituto J M de Rosas, Gelly Cantilo (centro), y el politólogo, asesor de la CGT, y brillante pensador, Ernesto Ríos.



Personalidades como el Dr. Ernesto A. Ríos, Enrique Oliva, Eduardo Rosa -hijo del gran pensador revisionista José María Rosa-, el Dr. Francisco J. Pestanha, el Prof. Jorge Oscar Sulé, José Muñoz Azpiri, Eduardo Rossi (Director de la Revista "El Pampero"), Carlos Ponce, Miguel Lentino, etc., recibieron la humilde y simbólica distinción de manos del presidente actual del Instituto Nacional 'Juan Manuel de Rosas', Dr. Alberto Gelly Cantilo y del presidente de Jóvenes Revisionistas, Sr. Federico Gastón Addisi. Más tarde, el profesor Sulé tomó la palabra, y allí vindicó el esfuerzo que durante todo el 2007 hizo Jóvenes Revisionistas en pos de sembrar, en la juventud extraviada por tanta propaganda foránea, los ideales de argentinidad, religión y cultura criolla. Asimismo, expresó que "ni los marxistas ni los liberales se acordaron de los caudillos" como sí lo ha hecho desde siempre el nacionalismo a través de la corriente historiográfica revisionista. El papel del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas, dijo, "tiene como misión crear criterios y formar a los jóvenes en lo nacional para que después salgan a la práctica política".




Dos maestros e históricos del peronismo y el pensamiento nacional. A la izquierda Enrique Oliva, y a la derecha Jorge Oscar Sulé, quien fuera el ideólogo y "alma pater" de los Jóvenes Revisionistas. Dos ejemplos de militancia y de vida.

Durante la jornada que significó el cierre del ciclo de conferencias hecho por Jóvenes Revisionistas, estuvieron presentes delegados de la Falange Española de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacionalsindicalistas) - Delegación de Buenos Aires [ http://www.juntoafe.com.ar/ ], con quienes tuvimos la oportunidad de intercambiar opiniones y puntos de vista. Hace dos años que tienen dicha delegación en el país, con la sola y honorable finalidad de construir un afianzamiento irrenunciable entre la España católica, nacional y trabajadora con una Argentina que vuelva a sentir en su corazón la tradición hispánica que la ha fundado.




Federico Addisi (además, fundador y Jefe de la Organización Peronista Puerta de Hierro) acompañado de, Héctor Pérez Vázquez, representante de la FE de las JONS - Delegación Buenos Aires, quien muy gentilmente se acercó para estrechar vínculos de camaradería.



En ese intercambio entre agrupaciones hermanadas por el origen en común con la Madre Patria -hoy sumamente bastardeada por gobiernos liberales-socialistas cuando no masónicos-, es que los representantes de la FE de las JONS donaron algunos videos inéditos en formato de DVD, lo mismo que un libro explicativo de qué es el NacionalSindicalismo, actualizando sus fundamentos que fueron volcados a la teoría en los años 30.
Finalmente, y como postre para una tarde-noche cordial y con amigos, más que con profesionales del campo nacional, se hizo presente el Vino de Honor. Esta imagen da cuenta de que no se escatimó en vino.
















6 de septiembre de 2007

CONFERENCIA PRONUNCIADA POR JOSE LUIS MUÑOZ AZPIRI, EN EL MARCO DEL BICENTENARIOA DE LAS INVASIONES INGLESAS

Conferencia pronunciada por José Luis Muñoz Azpiri (h), en el Instituto J M de Rosas, organizada por Jóvenes Revisionistas en el marco del Bicentenario de Las Invasiones Inglesas.

“No hay un solo ejemplo en la historia que pueda igualar a lo ocurrido en Buenos Aires, donde, sin exageración, todos sus habitantes, libres o esclavos, combatieron con una pertinacia que no podía esperarse ni del entusiasmo religioso o patriótico, ni del odio más inveterado e implacable (...) América del sur no será nunca conquistada por Inglaterra, porque sus habitantes nos profesan un rencor increíble.”

General J. Whitelocke (testimonio de su defensa ante el Consejo de Guerra)

Los jefes británicos no exageraban; Buenos Aires había reconquistado su soberanía en 1806 y1807 a un precio superior a las 2.000 bajas, casi el 4 por ciento de su población total. Era el epílogo de casi tres siglos de abiertas hostilidades entre España y Gran Bretaña, que si en Europa conocieron algunos períodos de tranquilidad, en América no se los vislumbró desde los albores de la Conquista.

Frente a la ejemplaridad anglosajona, España fue durante cinco siglos la gran ausente en los campos del saber, la virtud y la belleza. Durante cinco siglos, hasta hoy, pues si Toynbee desconoce su significación en la obra occidental de la cultura, la Universidad de Harvard, en la edición de sus Clásicos, sólo incluye el nombre de Cervantes por resultar excesiva su omisión. Mas si España no existe en la perspectiva histórica anglosajona es porque representa cuanto ellos detestan: del catolicismo y Felipe II a la delantera en la carrera moderna de los imperios; del monopolio comercial a la comida que no les cae bien en el estómago; de la siesta a las corridas de toros. Entre las naciones del occidente europeo España encarna sus contravalores, pues frente a las virtudes puritanas de templanza, tolerancia, libertad y amor al trabajo ¿qué tiene que hacer España, salvo avergonzarse de su pasado y confiar en el milagro de su regeneración? “La leyenda negra del despotismo, duplicidad y crueldad española – escribe Arthur P. Whitaker -, creó un prejuicio muy extendido hacia los hispanoamericanos que eran, y así se hacía notar, tan españoles como americanos, mayoritariamente católicos como protestante era el pueblo de Estados Unidos, y eso en tiempos en que los protestantes norteamericanos consideraban al catolicismo romano y al oscurantismo como conceptos virtualmente sinónimos.

Durante los siglos XVII y XVIII, por no decir que también en el siglo XX y en el actual, los angloamericanos fundaron su versión sobre España y su colonización americana en los libros de Las Casas, Daverant, Marmontel, Robinson, Raynal, Voltaire y Rosseau, verdaderas aguas fuertes al rojo y negro sobre su presencia en el Nuevo Mundo, así como los españoles pudieron fundar la suya en la persecución de los cuáqueros disidentes, flagelados y marcados a hierro en Massachussets entre 1656 y 1662; en los pillajes y crímenes que sufrieron los pieles rojas, o en las 32 infelices histéricas que fueron quemadas vivas en Salem, acusadas de practicar brujería. Claro que la historia no puede analizarse en esa perspectiva, fuera de contexto y bajo los efectos de prejuicios totales y medias verdades, mas en esa forma la escribieron ellos, y su versión prevalece desgraciadamente. Versión fundada en enemistad, tan arraigada que mejor le cuadra el nombre de odio histórico.

De una comedia inglesa – Dick of Devonshire – escrita en 1625, Philip Powell reproduce un texto revelador: “Jamás podría yo descubrir de qué raíz comenzó a engendrarse el grande y fecundo árbol del odio de España hacia nosotros y de nosotros hacia España”. Como recurso poético la duda puede pasar, más históricamente la raíz del odio fue religiosa, política y comercial, todo ello en el marco de la contrarreforma española y la lucha por la supremacía marítima y colonial. Es un hecho que la derrota de la Armada Invencible, en 1588, produjo un viraje radical en la historia de occidente, consagrando las instituciones inglesas y degradando las españolas por los siguientes 500 años. Junto a los arrecifes ingleses naufragaron no solo las naves de Felipe II sino toda una Weltanschauung. Maltrechos los conceptos religiosos, personales y sociales de la vida a la manera de los españoles, era natural que todavía en el siglo XIX se hablara en Estados Unidos de la “unión perversa de tres plagas” para cargar el acento sobre la Iglesia Católica, “autora de la matanza de los inofensivos albigenses, de la masacre de San Bartolomé y de la destrucción de los inofensivos naturales de la América del Sur”, víctimas del fanatismo y la crueldad. Fanatismo y crueldad hermanados en el alma española, como dirá años mas tarde el doctor Robinson, otra de las autoridades anglosajonas en asuntos hispanoamericanos: “Los fanáticos han sido y serán siempre crueles, pero cuando vemos al despotismo civil aliado con la intolerancia religiosa no podemos maravillarnos de que la índole de los españoles sea engreída y rencorosa tanto individual como nacionalmente. Así las cosas, no puede sorprender que un profesor de Oxford escriba ¡en 1964! que “el sadismo distingue a la vida española a través de los siglos. (Cecil Roth, The Spanish Inquisition).

La obra americana de España se planteaba en los términos de la Leyenda Negra, extremando “la condición abyecta” de los colonos durante más de tres siglos, y la esclavitud de los negros “que no han padecido mayor opresión en parte alguna”, tan despótica, agregaba un periódico de Virginia (American Star) “como cualquier opresión pueda darse en Asia, clásica y famosa región del despotismo”. Por cierto que no arredraba al editor levantar tan filantrópica bandera mientras en sus páginas anunciaba la venta de hombres, mujeres y niños negros, subasta en la que harían buen negocio sin renunciar a sus virtudes. En cambio los codiciosos, crueles y fanáticos españoles...

Algunos autores anglosajones se tomaron el trabajo de proporcionar el número exacto de ajusticiados por el Santo Oficio, mas omitieron que los aborígenes no estuvieron sujetos a la jurisdicción del Tribunal en los dominios americanos de España. Dejaron ese honor para el ya citado Cecil Roth quien explica que si los indígenas quedaron a salvo de las hogueras fue “ con base en la teoría que hallándose tan abajo en la escala humana no eran capaces de recibir la fe, teoría también adecuada para justificar las atrocidades que con ellos se cometieron”. Nueva confirmación que los españoles no pegaban una, pues de someter a los indios al Santo Oficio habrían sido bárbaros insensatos, y al no hacerlo resultaron más crueles aún, pues les tuvieron por incapaces de recibir la fe. Dicen los amantes de fútbol, que sea como sea la actuación, al referí siempre lo chiflan

Decía el escritor inglés Philip Guedalla que la Argentina procedía con impropiedad al quejarse de Londres por las Invasiones Inglesas ya que el almirantazgo británico le había rendido a nuestro país “el supremo homenaje de la invasión”. Así era en verdad. Otras naciones habían venido a integrar el imperio de la reina Victoria sin el uso de las armas. Se trata de un toque de “humour” de un ilustre egresado de Oxford.

Beresford y Whitelocke invadieron el Plata en 1806 y 1807. En dicha época –dato que se olvida- Inglaterra estaba en guerra con España. El conflicto surgió cuando el Reino Unido hundió cuatro fragatas que venían de América; en el lance desapareció la entera familia Alvear (quizá en virtud de dicho episodio, el general Carlos María ofreció entregar el país a Inglaterra en 1815). Al año siguiente,1805, España unió su escuadra a la de Francia y ambas fueron derrotadas en Trafalgar. Dato acaso igualmente ignorado: todos los almirantes del encuentro, Nelson, Villeneuve, Gravina, Alcalá Gallano, Churruca, murieron en su puente de mando o como resultado de la batalla. Y todos con uniforme de gala como fue costumbre marina en los combates navales hasta la batalla de Tsuchima en 1905.

En 1808, Napoleón invadió a España. La aventura originó dos grandes errores. Primero, el hundimiento del Imperio napoleónico como reconoce en el Memorial de Las Casas el propio prisionero de Santa Elena; España fue el Moloch que devoró las mejores fuerzas imperiales durante cuatro años. El segundo error nació de la naturaleza del hecho: España se alió con Inglaterra, su enemiga natural desde la época de la Armada Invencible. Todos los indicios actuales enseñan que las conveniencias españolas de entonces se orientaban a apoyar los intereses del bloqueo continental decretado por Napoleón. En el plano concreto de los hechos observamos que los ejércitos de Wellington saqueaban a la Península (“mis tropas son la hez de la tierra”, confiesa el propio Duque de Hierro) mientras las naves vencedoras de Trafalgar impedían a la flota española comunicarse con sus colonias o reinos de América. Un millón de muertos inútiles suscriben esta equivocación ibérica.

¿De que valió la resistencia de Liniers – se pregunta Guedalla – si al año siguiente de la derrota de Whitelocke, la Argentina debía ser forzosamente aliada de Inglaterra? En caso de haber triunfado los ingleses en el asalto a Buenos Aires, la plaza tenía que ser restituida a Carlos IV en el mismo año, 1808. Esto ya no es un toque de “humour”. Es una nota de candidez o cinismo. Las Malvinas fueron ocupadas en plena paz en 1833 y todavía no han sido restituidas. Si las tropas del aliado Wellington saqueaban Galicia, Castilla y el País Vasco, es de suponer lo que no harían las del aliado Whitelocke en las Indias meridionales. Se habrían cargado hasta con los ombúes.

El criterio revisionista en el tema histórico argentino no debe aplicarse tan solo a la Leyenda negra, es decir, a las calumnias contra España, o a la leyenda roja, la denigración de Rosas y los caudillos, sino a todo nuestro pasado íntegro desde la llegada de Solís al Plata. La historia de que el almirante Home Pophan procedió espontáneamente a invadir a Buenos Aires sin conocimiento ni autorización del Almirantazgo no puede hoy día sostenerse. Fue esa una beatería inventada por el Foreing Office para consumo personal de las escuelas elementales del Reino Unido y la República Argentina.

El ataque se aguardaba en Buenos Aires desde 1797, según anuncian oficios reservados al Rey conservados en nuestro Archivo General de la Nación. El general venezolano Francisco de Miranda trabajaba en Europa desde 1790 para emancipar a América de España bajo patronato inglés. Entre 1796 y 1802 las gestiones se intensificaron. En 1803 fueron intermediarios de la negociación de Miranda el vizconde Melville, primer lord del Almirantazgo y nuestro amigo Popham, quién conferenció con el primer ministro William Pitt y preparó una memoria oficial al respecto. La invasión de América por parte de Popham y Miranda estaba decidida en 1804 pero el proyecto respecto del Plata debió ser postergado hasta 1806. Miranda invadió Venezuela tiempo más tarde con uniforme de general francés; fracasó en su intento y fue entregado a los españoles por Simón Bolívar en un episodio cuya legitimidad todavía se discute. Las notas de los amoríos y las sociedades secretas se repiten en la estrofa de esta vida revolucionaria. Han aparecido oficios del conspirador en la correspondencia del Cabildo de Buenos Aires publicada por nuestra facultad de Filosofía y Letras.

Las ideas felices tienen muchos padres; las desdichadas, ninguno. La observación extrema sus matices crueles en la historia inglesa. Escribe un testigo de estos hechos que, más de una vez, en el curso del siglo diecinueve, los gobiernos ingleses han lanzado a peligrosas aventuras a individuos sacrificados de antemano. Si el asunto salía bien se le recompensaba y se anexionaban los territorios conquistados por su locura. Si salía mal y hacía gritar demasiado alto a Europa, los desautorizaban y abandonaban a su surte. “Esto puede parecer duro – repite el relator – pero el bien del Reino constituía entonces la ley suprema. Las demás naciones estaban contra Inglaterra...Y es un honor que Inglaterra encontrara siempre hombres prontos a jugar ese juego terrible”. El increíble Popham no fue más que un peón avanzado, sin gran esperanza, en el tablero sudamericano. Los jefes lo conformaron con parte del saqueo de los caudales del Fuerte y el suculento “situado” que acababa de llegar a Buenos Aires desde el Perú, una suma personal y global de seis mil libras mientras que Sir David Bair que no había hecho nada, fuera de prestar el “71” para el lance, se quedó con sesenta mil. La polémica entre los jefes apareció registrada en el diario “The Times” del 11 de junio de 1807. Ni una sola libra del saqueo pudo recuperar Buenos Aires.

Entendemos que tales liviandades formaban parte del código militar de la época. No podemos, por lo tanto, de calificarlas de piráticas. Tampoco podemos llamar aventura “corsaria”, como se la ha juzgado comúnmente, a los asaltos rioplatenses de Popham, Blaird, Beresford, Crawford y Whitelocke. Fueron operaciones militares legítimas; en dicho tiempo los reyes de Inglaterra y España estaban como decimos en guerra. No sucedió así durante la toma de Panamá por Henry Morgan, aventura de la cual se avergüenza hasta la Enciclopedia Británica, ni en el abordaje a las Malvinas, en plena paz con la Argentina y España y a los ocho años de haber reconocido Jorge III la independencia Argentina. Aclaremos que la palabra “pirate” no es ofensiva en inglés; en cambio, lo es mucho, el término “beggar”, es decir, mendigo. Cada cual esgrime la moral de su oficio. España fue una nación opulenta hasta el siglo XIX; era por lo tanto razonable y lícito saquearla. Después prohijó pordioseros en demasía; para los grandes escritores de España es lo mismo ser rey o mendigo; todo depende del caudal de dignidad con que se asumen tales funciones. Robar no es delito en la época moderna, por lo menos en la esfera del derecho internacional; parecería serlo en cambio, la evangélica actividad de pedir limosna. El juego es simple: quien muere pierde. Y quien perdió fue España.

El día 12 de agosto, todos los años, la Argentina recuerda los acontecimientos relacionados con el rechazo de las dos invasiones inglesas de 1806 y 1807 por parte de las fuerzas criollas he hispánicas del virreinato del Río de la Plata Una población heterogénea adquiere entonces el concepto cabal de “pueblo”. El cantor del Himno, Vicente López, lo proclama en “El triunfo argentino”, obra compuesta en 1808. Allí se habla de españoles, nativos, pardos, morenos, mestizos, etc. Se habla también del “gran pueblo”, del “heroico jefe de la patria amada” (Liniers), de la “capital bella” (Buenos Aires), de los “héroes de la inmortal Albión envilecidos con el estupro, asesinato y robo”, de la “matanza de ancianos infinitos” y de la conveniencia que en lo sucesivo:

“el anglo en cuanta lid intente
humille su cerviz al argentino”

En el parte que el Cabildo de Buenos Aires envió al rey Carlos IV sobre la defensa de la ciudad contra la segunda invasión inglesa, del 29 de julio de 1807, se dice que toda la población estuvo dispuesta a morir “por la religión, por el rey y por la patria (sic), y que “al pueblo sin discusión de clases es a quien debe (el Rey) la victoria, y es el que sin auxilio de tropas ha hecho este servicio a V.M.”. En el mismo documento se lee que fue “increíble el gozo que se difundió entre los habitantes de este país” al presentarse “la numerosa escuadra de más de ochenta velas”. El contento era “universal. Y el “anciano, el joven, el rico, el pobre y aún el infeliz esclavo ansiaban por tener parte en la defensa”: Buenos Aires recibía con holgorio al extranjero invasor, como ha sucedido en posteriores ocasiones, pero en este caso particular y melancólico es porque iba a tener ocasión de matarlo.

José Luis Muñoz Azpiri (h)