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20 de febrero de 2012

UNIVERSIDADES DE LA CONQUISTA: EDUCACION Y CULTURA PARA EL NUEVO MUNDO

Vista de la Universidad de San Carlos de Borromeo, Guatamela (1681)


Es un tema no muy recurrente este de escribir sobre la educación superior –o universitaria- en los tiempos de la Conquista española en América, tal vez porque todavía hoy somos víctimas de la Leyenda Negra que sobre dicho período recayó luego del triunfo del racionalismo, el positivismo y el librecambio. Cuesta bastante hallar manuscritos o notas añejas que versen sobre esta asignatura que, a más de uno, podría esclarecerlo para no incurrir ni caer en la diatriba más espantosa que jamás se haya visto.

De acuerdo a lo dicho por el profesor Jorge Sulé, “la propaganda de desprestigio antiespañol (fue) echada a rodar por Gran Bretaña desde el siglo XVII”, iniciada con el propósito de “despojar a la España de los Austrias de su protagonismo mundial desencadenando una acción psicológica de descrédito como forma de socavarla”. Al parecer, sigue enseñándonos Sulé, el comienzo de la Leyenda Negra tuvo como epicentro “la traducción al inglés del libro de Bartolomé de las Casas en que el clérigo español que llegó a ser Obispo de Chiapa, denunció los excesos de los encomenderos españoles. Por supuesto, estos acontecimientos ocurrieron, pero fueron exagerados por el sacerdote para llamar la atención de la corona, efecto logrado con la redacción de leyes protectoras y la venida de varios “visitadores” inspectores reales para morigerar los excesos denunciados”. Afirma, a su vez, que Bartolomé de las Casas jamás imaginó “quiénes y para qué irían a utilizar sus escritos”, esto es, políticamente para el descrédito de la España monárquica.

De la vengativa Leyenda Negra se sirvieron, ya promediando el siglo XIX, los más conspicuos serviles de la masonería liberal, tales como Domingo Faustino Sarmiento, para quienes los federales encarnaban la cosmovisión española heredada de la Conquista del siglo XV y eran, por ende, “bárbaros” y “déspotas”. Muy bien lo ilustra Jaime Gálvez, una vez consumada la derrota de Juan Manuel de Rosas en 1852: “Todo se organizaba renunciando a “la mala herencia del régimen colonial español”, como decía Alberdi. Se destruían las antiguas instituciones políticas, privadas, económicas, etc. Todo se liquidaba con la conciencia del poco valer de lo español, de nuestro pasado, del que se avergonzaban y que querían tapar apresuradamente con leyes importadas y bien frescas”. “La nueva generación –agrega- quiere escaparse de sí misma, de su pasado, de su propio yo”.

LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

Previo al desembarco de Cristóbal Colón, España ya había definido con claridad qué modelo universitario estaba dispuesto a implementar en América. En la Europa del siglo XII al XV, sobresalió como la mejor casa de altos estudios la Universidad de Salamanca, que llegó a contar con el asombroso número de 4 mil estudiantes sobre un total de 8000 miembros de esa comunidad del saber (incluyendo profesores, catedráticos y administrativos). Se dice, por ejemplo, que Salamanca fue pionera en la concreción efectiva de un gobierno universitario que hermanó a maestros y discípulos.

Al decir de Gabriel del Mazo, la Universidad de Salamanca ha sido el prototipo de las por entonces novedosas universidades medievales europeas, la cual tomaba las bases culturales venidas del mundo romano y el legado de la civilización griega. Este origen, es el que citó Juan Perón cuando afirmó, en junio de 1948, qué tipo de universidad debía tener la Argentina: “Queremos una universidad con alma argentina, que llevando en su seno toda la civilización greco-latina y la cultura que heredamos de España, transforme nuestra Patria de asimiladora de cultura en creadora de cultura”. Sin lugar a dudas, el conductor justicialista hacía referencia a ese extraordinario polo educativo superior que fue Salamanca (Castilla y León).

La universidad de la Edad Media “espiritualmente fue creación de una filosofía, la escolástica”, asevera del Mazo, y la dialéctica que manejaba tuvo dos etapas: primero, entre la fe y la razón, luego entre la fe y la ciencia. De esta conjunción armoniosa, nacieron los estudios avanzados del Derecho, la Medicina, las Ciencias Matemáticas y las Ciencias Geográficas. La Universidad de Salamanca, antecesora directa de las casas que la Conquista erigió en América, tuvo en su Facultad de Filosofía y Letras la perfecta continuidad de los viejos estudios de “artes” procedentes de la cultura griega. No por nada, en la etapa Renacentista las artes serán “el corazón mismo de la enseñanza superior”.

La composición comunitaria de las universidades como la de Salamanca era internacional; desde todos los países del resto de Europa, las personas venían a capacitarse y graduarse en ella por la excelente calidad de sus programas. Asimismo, tenían validez internacional los títulos que otorgaba, como bien lo prueba el hecho de que muchos educadores que vinieron a América validaban su conocimiento con el diploma que tenían de Salamanca y de otras universidades más, como la de Bolonia o París. Claro, esta validez universal se truncó cuando sobrevino la masónica Revolución Francesa que dividió los reinos y los convirtió en territorios nacionales, quebrando, al mismo tiempo, “la unidad general del catolicismo”.

UNIVERSIDADES ESPAÑOLAS EN AMERICA

La Iglesia puso el máximo empeño posible para dirigir las universidades y las escuelas que se iban creando en América. Dos típicos casos de lo que aquí se comenta son, en nuestro país, el Colegio Monserrat, de Buenos Aires, y la Universidad de Córdoba, ambas creadas y sostenidas por la orden jesuítica. Recordemos, a su vez, que muchas de las primitivas entidades educativas quedaban en los conventos religiosos, lo que nos da una idea genérica de lo expuesto en este sentido.

El triunfo de la Revolución Francesa en 1789, dio los bríos necesarios y definitivos para la imposición de la teoría falsa de la Leyenda Negra, ocultando los logros educacionales de la España Conquistadora que, con muchísima anticipación, erigió universidades por América antes que lo hicieran los ingleses o franceses en lo que hoy es Estados Unidos o Canadá.

El ya citado Gabriel del Mazo, uno de los protagonistas de la Reforma Universitaria de 1918 y miembro activo de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) de 1935 a 1940, escribió elogiosas líneas al tocar el tema de las universidades creadas por los españoles en el Nuevo Mundo desde 1538 hasta 1815. Explica, al mismo tiempo, que los Conquistadores se anticiparon unos 98 años a la fundación de la primera universidad de la América anglosajona. Veamos:

“Las trece primeras fueron fundadas a partir de 1538 en el transcurso de casi un siglo, antes que la primera del Norte, la de Harvard, se estableciera (1636). Fueron las siguientes: la de Santo Tomás en Santo Domingo (1538) donde por tres siglos concurrieron los estudiantes de Cuba, Puerto Rico y Venezuela, y la segunda de Santo Domingo (1540-1558) llamada Santiago de la Paz; las gemelas de San Marcos de Lima y de México (1551) que fueron por excelencia las universidades hispanoamericanas, como en ese tiempo la de París fuera para Europa; las dos de Bogotá, una la dominicana de Santo Tomás (1580-1625) y otra la jesuítica Javeriana (1622); tres de las de Quito: la de San Fernando, la de San Fulgencio (1586) y definitiva de San Gregorio (1620); las dos del futuro virreynato del Plata: la de Córdoba (1613-14) y la de San Javier en Charcas (1624); la primera de las de Cuzco, la de San Ignacio (1622); la jesuítica de Santiago de Chile (1621-25); la de Mérida de Yucatán (1624). Más tarde se agregaron: la de San Carlos en la ciudad de Guatemala (1681); la de San Cristóbal de Huamanga en Perú (hacia 1685) y la segunda del Cuzco, San Antonio Abad (1692). Llegado el siglo XVIII, la de San Jerónimo en La Habana (1721-25); la de San Felipe en Santiago de Chile (1738-47); la jesuítica de Panamá (hacia 1750); y la de Santo Tomás (1791) en Quito, erigida sobre la primitiva de San Fernando. En los comienzos del siglo XIX alcanzaron a estar fundadas al tiempo de la Independencia, la nueva de Córdoba llamada San Carlos y Nuestra Señora de Monserrat (1800-1808); la de Mérida en Venezuela (1807) y la de Nicaragua en León (1815).”

Se observa con nitidez, la importancia fundamental que implicó para los hidalgos españoles y los miembros de la Iglesia Católica el tema educativo en el Nuevo Mundo. Tres siglos fundando universidades, de las que salieron no pocos dirigentes que luego, en las postrimerías del poderío español, serán los protagonistas de las revueltas independentistas. Un caso emblemático, para comprender la cultura hispanoamericana que se impartía en estas casas de altos estudios, lo representa Gaspar Rodríguez de Francia. Egresó de la Universidad de Córdoba del Tucumán con “el grado de maestro de Filosofía y Doctor en Sagrada Teología”, de acuerdo a lo expuesto por los jóvenes revisionistas Luciano Schwindt y Gustavo Salomón. Levantó una próspera nación, la paraguaya, con recetas caseras y merced al altísimo bagaje que le impartieron en una de esas universidades de la Conquista.

Frente de la Universidad de Salamanca, en Castilla y León, España. Próxima a cumplir 800 años de existencia, es la madre de todas las casas de altos estudios creadas por la Conquista en América, de 1538 a 1815.



Aparecen como genuinos impulsores de la educación universitaria americana, los reyes Fernando III “el Santo” (1201-1252) y Alfonso X “el Sabio” (1221-1284). Este último fue el creador del Código de las Siete Partidas que se lo consideró como el “primer estatuto de educación superior en Europa y primera legislación universitaria de Estado”, o sea, “es la carta que inspira y rige la vida de las universidades españolas en la península y en esta América hasta las reformas de Carlos III en la segunda mitad del siglo XVIII”, esgrime Gabriel del Mazo.

Bajo este marco constitutivo, es que tienen su origen las universidades medievales en América, en contraposición a las universidades napoleónicas que llegaron tras los sucesos de 1789.

MEDIEVALES Y NAPOLEONICAS

Hubo notables diferencias entre aquella universidad medieval de cepa española que trajo la Conquista, de aquella otra universidad surgida a la luz de los principios de la Revolución Francesa, la cual se consolidó con el advenimiento del Imperio y de su mentor, Napoleón Bonaparte. La educación superior americana contempló y vivió dos etapas bien definidas respecto de sus casas de altos estudios: universidades medievales y napoleónicas se disputaron la formación intelectual y práctica de los habitantes de nuestro continente.

Digamos que a partir de 1789, se consolidan los Estados Nacionales y el endiosamiento de la razón como nueva pauta para entender al mundo y la naturaleza que interactuaban con el hombre…hasta los misterios sobrenaturales se intentaron explicar con razonamientos que no siempre hallaron respuestas satisfactorias. Era el Estado, ahora, aquella estructura a la que había que servir y defender, y con este pensamiento se prepararon a los estudiantes de las universidades napoleónicas, las que se convirtieron en meras “escuelas profesionales del Estado, sin el espíritu cultural científico que fue relegado a las academias”. Es decir, la masonería implementó, no sólo en América sino en el mundo, un retraso cualitativo bastante profundo en la materia.

En los nuevos tiempos, la educación no se tomaba para alcanzar el bienestar social o colectivo; ahora los conocimientos servían para emprendimientos de esfuerzo individualista, de allí el paulatino abandono que hubo del antiguo rigor impuesto por las universidades medievales en los altos estudios literarios o científicos que entonces se impartían. Ahora, la meta de la preparación consistía en generar personas capaces de sostener un estamento socio-político (el Estado), no ya a la comunidad entera.

Luego de 1789, se volvió casi una obligación, en las universidades napoleónicas, el surgimiento de ciudadanos profesionales del Estado desapegados de las tradiciones culturales de su tierra, lo que trajo un alejamiento paulatino pero constante de los hombres para servir, con sensibilidad y realismo, a su pueblo y patria. Profesionalismo versus Realismo.

No obstante, no es que las universidades de la Conquista no consideraron la preparación de los estudiantes para que, en el futuro, manejen las cuestiones administrativas de las Gobernaciones o Virreinatos. Al contrario, a este punto lo comprendieron y muy bien, dado que “la monarquía había creado con sentido defensivo una clase de funcionarios entre los hombres capaces, cualquiera fuese su origen, y consolidó sus relaciones con la clase media al exigir “competencia” a los aspirantes administrativos (…) Nace entonces el concepto de que el único título para los cargos públicos es la aptitud para desempeñarlos, es decir, la “idoneidad””, afirma del Mazo. Por lo tanto, se sobreentiende que la mecánica formación profesional de los ciudadanos en las universidades napoleónicas no tenía en cuenta la “competencia” y la “idoneidad” de los mismos, como sí lo estaban bajo las universidades medievales.

En esta cuestión de lo idóneo y lo competente, surge un tema delicado que hoy ya devino en trampa. “La idoneidad –sostiene Gabriel del Mazo- nació contra el concepto de lo hereditario o arbitrario en la provisión de los cargos del Estado”, pero esto tampoco interesa en el nuevo modelo de universidad post 1789. Durante el jacobinismo y el Imperio, la Universidad de París “trae así el ideal “ciudadano”, cívico, de la instrucción universal, de la escuela primaria generalizada, como condición para el encuentro de toda idoneidad”, con lo cual, la educación adhirió a una pedagogía de la utilidad y la centralización de los cánones formativos.

En nuestro país, la Revolución de Mayo de 1810 tomó la herencia deformante de las universidades napoleónicas que estaban ya en boga. Y que no nos extrañe, por ende, que también aquí, en el aspecto educativo, tuvo su germen la ideología unitaria centralista. De hecho, quienes tomaron las riendas de la educación fueron los más adinerados, que vivían en Buenos Aires, los cuales estaban empapados de las pautas utilitarias y centralizadas de la nueva pedagogía revolucionaria, y que, por otra parte, no tardarían en expandir hacia las provincias del interior. Con los nuevos vientos políticos, lo central era más fuerte y más poderoso que lo periférico, también en materia educativa. Además, tómese en cuenta que el Estado Nacional se originó, en nuestro país, desde y a partir de Buenos Aires, territorio en el que prevalecieron los ideales unitarios posteriores.

Por último, con el desplazamiento de las universidades medievales, “la Universidad se propuso lograr un ciudadano útil para determinadas instituciones del Estado, instituciones que a la vez fueron de adopción, es decir, no surgidas del propio ser de las nuevas naciones”. No se tuvo en cuenta al educando ni a su personalidad, como tampoco se buscó la personalidad de la Nación. Para el modelo formativo de la universidad napoleónica, antes que la patria (que es permanente) estaban las instituciones (que sufren modificaciones en el tiempo), todo lo cual provocó “una ruptura vital con la tradición cultural formadora del carácter y de la mentalidad de los pueblos de las nuevas naciones, cuyos efectos se despliegan hasta nuestros días, pues frustró posibilidades sociales”.

Por todo lo expuesto, antes de hablar acerca de la “brutalidad” de la Conquista Española en América, es menester detenerse, al menos, en el aspecto universitario-educativo que la misma nos heredó, para luego recién compararlo con el que vino más tarde, de la mano de la masonería y la mentada “época de las luces”.


Por Gabriel O. Turone



Bibliografía:

- Assadourian, C. S.; Beato, C. y Chiaramonte, J. C. “Argentina: de la Conquista a la Independencia”, Hyspamérica, Noviembre de 1986.

- Del Mazo, Gabriel. “Reforma Universitaria y Cultura Nacional”, Editorial Raigal, Buenos Aires, Noviembre de 1955.

- Gálvez, Jaime. “Rosas y la Libre Navegación de Nuestros Ríos”, Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, 1944.

- Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación. “Habla Perón”, Año del Libertador General San Martín, 1950.

- Sulé, Jorge Oscar. “Iberoamérica y el Indigenismo”, Ediciones Fabro, Buenos Aires, 2011.

27 de enero de 2012

ENRIQUE YATEMAN: VENCEDOR DE PAVON Y VERDUGO DE LA CONFEDERACION ARGENTINA

Cartel que identifica el lugar donde se produjeron las dos batallas de Pavón, la de 1820 y la de 1861.


“Después de la larga noche de la tiranía rosista, la Masonería, que vivió oculta o semioculta, reabre sus ‘trabajos’; para replegarse luego en el silencio de sus ‘talleres’ al terminar el período de la organización nacional.”

(“Símbolo”, publicación de la Gran Logia de la Masonería Argentina, Septiembre de 1948, Buenos Aires)


Todo, al parecer, se habría iniciado la noche del 21 de julio de 1860. Ese día, tuvo lugar la celebración de una Gran Asamblea del Gran Oriente de la Gran Logia de la Argentina en el templo masónico de su sucursal metropolitana, el Oriente de Buenos Aires. Reunidas allí las principales autoridades políticas del momento (Justo José de Urquiza, Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Santiago Derqui), bajo los principios lúgubres de la Masonería se daba el puntapié inicial para la “organización nacional”.

Eran tiempos aún de la Confederación Argentina, si bien no era efectiva su integración total dado que el interior y Buenos Aires no habían llegado a un regio acuerdo para imponer un único sistema político. En aquel tiempo, la capital de la Confederación era la ciudad de Paraná, Entre Ríos, y fue el período en que con cierta relatividad los futuros caudillos federales alzados vivieron calmos y seguros. El coronel Felipe Varela venía de ser edecán del general Urquiza; Juan “Lanza Seca” Saá era gobernador de San Luis; Ángel Vicente Peñaloza era, a la sazón, lugarteniente de Urquiza en La Rioja, siendo ascendido por éste al grado de general de la Confederación; y Ricardo López Jordán, ya con el generalato encima, estaba como ministro de Urquiza, viviendo tranquilamente en su estancia de Arroyo Grande que había adquirido por ese entonces.

Los logiados, sin embargo, deseaban el ingreso del país a la división internacional del trabajo impuesta por Gran Bretaña, con la condición de que dicha nefasta alianza se hiciera con hombres imbuidos bajo los principios del liberalismo en auge. Cuando se celebró la ‘tenida’ masónica, hacía casi tres meses que Urquiza había vuelto a ocupar la Gobernación de Entre Ríos (asumió el 1° de mayo de 1860), y la presidencia de la República Argentina estaba a cargo de Santiago Derqui. Bartolomé Mitre se erigía como gobernador de la provincia de Buenos Aires, y el sanjuanino Sarmiento era su ministro de Gobierno. Esa noche, tomó la palabra un Grado 33: José Roque Pérez (primer Gran Maestre de la Gran Logia de la Argentina en su historia), quien se dirigió a los “Grande Dignatarios de la Orden; Soberanos Príncipes Rosa Cruces; Ilustres Venerables; Masones todos que asistís a esta grande Asamblea”. Y a renglón seguido, espetó el lineamiento que le aguardaba a la patria como un camino del cual ya no era posible apartarse: “La lucha de la libertad aun no está terminada: estaralo (sic) cuando se haya cimentado la verdadera libertad civil, política y religiosa…”. ¡Quién lo diría! Esa lucha por la “verdadera libertad”, en poco años más, tendría como símbolo supremo el cepo colombiano, la decapitación y el martirio de nuestros mejores criollos.

Como tutores encargados de responder fielmente a los dictámenes del nuevo orden mundial que se avecinaba, ese mismo 21 de julio la Gran Logia de la Argentina ungió, con el Grado 33 de Gran Maestre, a Urquiza, Mitre, Sarmiento y Derqui. Ahora sí, estaban en condiciones de ser los nuevos popes de la Argentina postiza.

LA CONFEDERACION ANTES DE PAVON

Varios aspectos habían cambiado desde la caída de Rosas el 3 de febrero de 1852, algo que se lo hizo saber el propio Urquiza al darse cuenta del grave error que cometió al dejarse comprar para derrotar a la Santa Federación. El remordimiento que pesaba sobre las espaldas del entrerriano lo padecerá hasta el día en que fue asesinado en su lujoso palacio. “Toda la vida –dirá después de Caseros en correspondencia al ministro inglés Gore- me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo que lo hice, a la caída del general Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara, y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores he colocado en el poder”.

Si las fracturas en el seno mismo de los vencedores de Rosas ya evidenciaban disidencias insuperables, casi una década más tarde las mismas traían consigo la artera declaración de muerte, unida a la venganza y a las ansias de poder. En el interregno Caseros-Pavón, todo será realmente confuso, porque muchos viejos federales rosistas ahora eran urquicistas, a la vez que muchos federales del interior simpatizaban con el liberalismo porteño. En esa década, se había diluido el fundamental combate contra los masones, a cuyos miembros se los identificaba, claramente, con el bando unitario (de allí, el común denominador de logias unitarias con que se designaban a estas sociedades y sus ‘talleres’ en tiempos de Rosas). E incluso, tras el derrocamiento del Restaurador muchos de sus funcionarios abrazaron los postulados del Gran Arquitecto del Universo: Bernardo de Irigoyen, Álvaro José de Alzogaray, Juan Moreno, Francisco Javier Muñiz, etc.

Santiago Derqui fue un hombre tibio, aunque no tan dual y falso como el general Urquiza. De acuerdo al autor que se tome, Derqui fue “unitario” o “federal”, cuando lo cierto es que nunca tomó verdadera posición al respecto, si bien vivió su momento de gloria cuando fue impuesto como presidente de la Confederación Argentina en 1860. Nos dice el autor Alfredo Terzaga: “En los días oscuros que siguieron a la tragedia de Barranca Yaco (1835), Derqui, como presidente de la Legislatura local, trató de embotar la ofensiva de Rosas contra Córdoba y propuso, sin éxito, la candidatura de don Mariano Lozano que era amigo del gobernador porteño. Detenido con muchos otros cuando asumió Manuel López fue llevado a Santa Fe, desde donde logró pasar a Corrientes (don Estanislao, pese a su larga luna de miel con Buenos Aires, se reservaba siempre alguna carta del mazo…)”.

Se dice que en Corrientes, Derqui trabó amistad con Pedro Ferré y con su comprovinciano, el general José María Paz, y que después “estuvo en Montevideo en la época del sitio, sin participar en los círculos de los emigrados porteños”. Más tarde, viajó con Paz a Río de Janeiro, y en 1845 regresa a los pagos correntinos, donde casa con Modesta García de Cossio, descendiente de uno de los protagonistas de los días de Mayo de 1810, don Agustín García de Cossio. Parece que en su juventud, Santiago Derqui era enemigo de José María Paz, sin conocerlo personalmente todavía, y todo porque en sus años mozos Derqui fue periodista de cuño federal. Peor aún: cronista que alentaba el accionar de las fuerzas federales que fueron a quitar del gobierno de Córdoba al “Manco” Paz, del que se había apropiado ilegalmente en 1829. Al ocurrir la batalla de Caseros, Paz y Derqui tomarían distintos caminos. El primero, quería que los destinos del país se rijan desde Buenos Aires, mientras que Derqui se fue al lado de Urquiza, de quien llegó a ser su Ministro del Interior.

Con mucha probabilidad, el anteúltimo presidente de la Confederación Argentina ha sido mirado desconfiadamente por la casta porteña más recalcitrante, de allí las complicaciones que tuvo que padecer Derqui para dirigir el rumbo de un sistema que perdía dinero desde el puerto y la aduana, y que constantemente era amenazado por la avalancha unitaria de Buenos Aires. Hasta la derrota confederada de Pavón, Santiago Derqui vivió en carne propia las acciones subversivas de los grupos liberales que estaban desparramados en todas las provincias del interior, prestos para encender la rebelión. La batalla de Cepeda (1859) –triunfo urquicista sobre los batallones porteños- es, a esta altura de las circunstancias, un hecho de armas sin mucha resonancia como podrá apreciarse.

Así lo grafica Terzaga: “Buenos Aires, mientras tanto, aprovechaba su condición de “hermana reincorporada” para buscar acceso libre hacia el Interior, tratando de vigorizar la acción de los grupos que actuaban bajo la divisa liberal, aunque declarando aceptar la causa de la Confederación”. ¿Quiénes eran los máximos representantes de esos agrupamientos? En la provincia de Tucumán, el doctor Marcos Paz. En Córdoba, su gobernador, Mariano Fragueiro, Justiniano Posse (futuro mandatario provincial) y Antonio del Viso, entre otros. Aberastain hacía lo propio en San Juan. Los Taboada en Santiago del Estero. Y así en todo el territorio nacional.

YATEMAN: EL FINAL DEL CRIOLLAJE

Varias lecturas surgen de la ‘tenida’ masónica del 21 de julio de 1860: la más promovida, que desde allí se consolidó el cimiento de la Argentina “organizada” y “civilizada”. Otra: que ya no habría más lugar para ningún conflicto interno entre los ‘hermanos’ liberales. Y una tercera, que en el banquete se preparaba el sistemático aniquilamiento del federalismo como expresión política y social, es decir, la ultimación de la patria religiosa, hispánica y criolla. Pero tendría que transcurrir un año más –y una batalla decisiva todavía- para que esos puntos tomen un cariz realista. Para llegar a la meta, Derqui ya no contaba y la Confederación Argentina tenía que desaparecer.

Quizás por eso, nadie ignoraba ya el comienzo inminente del plan anunciado. Bartolomé Mitre tamizó sus ambiciones políticas invitando a Santiago Derqui y Urquiza a Buenos Aires, para la celebración de su asunción como nuevo gobernador bonaerense… Era una invitación final, de vida o muerte, de aceptación o cadalso. La ‘tenida’ de julio de 1860 tuvo, como las demás reuniones de carácter festivo, “la oportunidad para negociaciones entre las partes, pero su brillo no logró imponer el convencimiento de que la unión nacional fuera efectiva. La “hermandad” masónica no impediría a Mitre seguir trabajando contra el presidente de la Nación (Derqui)”. Más claro, echarle agua.

La batalla de Pavón iba a exponer con crudeza el ocaso que se iba a cernir sobre la patria gaucha. En ese sentido, sí debemos apuntar a la masonería, por cuanto evitó un mayor baño de sangre entre los jefes logiados pero, no así, entre el milicaje pobre y corajudo que nada entiende de ‘tenidas’ ni maquinaciones a oscuras. Un Gran Maestre Grado 33 como Urquiza no mató, porque así lo disponía la Masonería, al también Gran Maestre Grado 33 Mitre. Tuvo mil oportunidades para hacerlo en el campo del honor, para entronar al federalismo y destrozar, de una buena vez y para siempre, al cancerígeno liberalismo unitario. No lo hizo. Un personaje, Enrique Itman (o Enrique Yateman), será el responsable de la metástasis.

Esta nota no pretende ser una narración de los hechos militares sucedidos en los campos de Pavón, el 17 de septiembre de 1861, porque el foco de atención está puesto en lo verdaderamente sutil que ha sido mucho más efectivo que lo disparado por la artillería o la infantería juntas. Ningún fusil apuntó contra la humanidad de Enrique Itman. Ni un solo cañón confederado le voló la tapa de los sesos a ese sujeto al que nadie había visto con anterioridad. Los grandes acontecimientos suelen tener, a menudo, ejecutores discretos y de muy bajo perfil. Pasan a la historia como ‘grises’, y su memoria apenas suele tener perturbaciones póstumas, cuando ya todo ha transcurrido, cuando todo es irreversible.

Quien más se ha ocupado por desenmascarar a Enrique Itman fue el revisionista Pedro de Paoli, infatigable investigador que le ha puesto singular atención a la influencia de la Masonería en el devenir de la historia nacional. En 1949, sacó una obra maravillosa: Los Motivos de Martín Fierro en la vida de José Hernández. En sus páginas, nos brinda una precisa descripción de este hombre ‘gris’ que fue, ni más ni menos, que quien puso punto final a las aspiraciones de la patria auténtica, telúrica. Dice así de Paoli:

“El doce de septiembre, medio desorientado (José Hernández, teniente ayudante federal) por la profusión de regimientos que ocupan el campo, llega al ejército de la Confederación, en demanda del general Urquiza, el caballero norteamericano y sobrino político de Mitre, míster Yateman. Es un hombre joven, elegante, distinguido y delicado. Viste a la inglesa y se defiende del fuerte sol con un sombrero Panamá de anchas alas, rodeado de un pañuelo blanco de seda.

“¿Qué busca este extranjero en las filas del ejército de la Confederación? ¿Qué quiere este extranjero en vísperas de una batalla entre dos fuerzas argentinas? ¿A quién representa, quién lo manda?

“Si es representante de Mitre, sorprende que éste no tenga un argentino para enviar ante el general enemigo. Míster Yateman muestra un salvoconducto firmado por Mitre, y los soldados lo conducen a la tienda del general Urquiza. Entra con toda confianza y saluda con particular afecto al general. Luego de dos horas míster Yateman, escoltado por un edecán de Urquiza y cuatro soldados, sale llevando una carta del general en la que solicita a Mitre una entrevista, que no sabe si se realizó o no. Los soldados ven pasar a ese hombre extraño para ellos, escoltado con tantos miramientos y se quedan intrigados. Mientras, amable y cortés, míster Yateman, prohombre de la masonería porteña, satisfecho del buen éxito de su misión, da rienda a su caballo y sale al trote inglés hacia el campamento de Mitre. No se ha alejado una cuadra, cuando alguien en un fogón, mirando fijamente al extranjero, dice como al descuido: “Ese gringo se lleva el parte de la victoria”[1]. Al rato regresa el edecán y la escolta, a los que los soldados miran como emisarios de mal agüero. Poco después, el campamento vuelve a tener el aspecto de costumbre. Pero la suerte de las armas ya está decidida. Al día siguiente el ejército retrocede y acampa sobre el Arroyo Pavón.”

Es de este modo, y no de otra manera, que se dan las circunstancias por las que Bartolomé Mitre vence en la batalla de Pavón, cuando Urquiza ya había diezmado buena parte de sus fuerzas. Al entrerriano le faltaba solamente que su caballería e infantería siguieran abriendo, con feroces estocadas, las filas desordenadas de los batallones porteños. Hernández, Arnold, Leandro Nicéforo Alem, Saá, Peñaloza y López Jordán eran testigos privilegiados de la entrega de Urquiza y el final del criollaje como pauta cultural nativa.

DATOS FILIATORIOS DE YATEMAN

¿Quién era Enrique Yateman, el hombre que determinó la caída de la Confederación Argentina y el extravío de los destinos nacionales? Hay varios datos dispersos que necesitan un ordenamiento claro para mejor entender al personaje en cuestión.

En primer lugar, el verdadero nombre no era Yateman sino Enrique Itman, “que en idish –agrega Pedro de Paoli- quiere decir “hombre judío”, y se descompone así: “It”, judío, y “man”, hombre”. Había nacido en Estados Unidos hacia el año 1809 como Enrique Esteban Itman Collins (llamándosele, en nuestro país, Enrique Yateman a secas), siendo prestamista y corredor de bolsa. También se lo sindica como sobrino político de Bartolomé Mitre, aunque no he podido corroborar tan relevante prueba, si bien ambos tenían membresía masónica. ¿Habrá estado Yateman en la ‘tenida’ del 21 de julio de 1860? Es muy probable, más sabiendo cómo se dieron las cosas cuando Pavón.

No se sabe el año de llegada de Yateman a nuestro país, pero sí la fecha de su casamiento: contrajo nupcias en Buenos Aires el 19 de diciembre de 1852 con Edelmira Carranza Viamonte, nieta por parte de madre del general Juan José Viamonte –ex gobernador de la provincia de Buenos Aires y luego salvaje unitario en su vejez-. Del matrimonio Yateman-Carranza Viamonte nacieron 4 hijos: Mercedes Yateman (1858-¿?), Enrique Yateman (1860-¿?), Virginia Yateman (1862-¿?) y Clara Yateman (nacida en 1864 y dueña en Costa Rica de uno de los latifundios más grandes de dicho país, llamado “La Palma”. Como se sabe, la familia Viamonte fue de ferviente extracción unitaria, por lo que varios de sus integrantes debieron exiliarse en Montevideo durante la Santa Federación.

Esta relación de Yateman (o Itman) con la familia Carranza Viamonte, da por tierra con una de las hipótesis barajadas en su momento por de Paoli, quien afirmaba, basado en Adolfo Saldías, que el masón hebreo Yateman había casado con “una señorita Gorostiaga”.

Existe una nutrida correspondencia que verifica de modo inobjetable la relación Urquiza-Yateman antes, durante y luego de Pavón. Por añadidura, esta sociedad también tuvo lazos firmes con los Mitre, Gelly y Obes y otros más, indudablemente. E incluso, con otros apellidos del mismo origen: el Barón de Mauá (financista en el Plata de la Banca Rothschild) y José de Buschental. Por eso, Enrique Yateman actúa “como agente financiero y prestamista de fuertes sumas a ambos grupos”, tanto unitarios como confederados.

En el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires, existe una carta fechada el 9 de enero de 1863 (casi un año y medio después de la batalla de Pavón), en la que el general Justo José de Urquiza “le escribe a Adolfo E. Carranza diciéndole que espera que haya recibido el giro para pagar el documento de Yateman”, afirma de Paoli en su obra ya citada. Es el Documento N° 3676 – O. 1.p N° 971.

Parece que, según se desprende de otra carta de febrero de 1863, los servicios masónicos prestados por Yateman le retribuyeron, como contraparte, una enorme cantidad de dinero, la suficiente como para adquirir un predio cerca de lo que hoy es el Parque Nacional “El Palmar de Colón”, en la provincia de Entre Ríos.

La espeluznante y sorprendente derrota del provincialismo fue motivo de asombro por parte del, hasta entonces, vicepresidente de la Confederación Argentina, general Juan Esteban Pedernera, quien anotó en sus Memorias: “Puedo afirmar que el Sr. Capitán General (Urquiza), nuestro jefe y amigo, conforme a sus variantes políticas, muy naturales dada su idiosincrasia, no fue ajeno a la forma como se desarrollaron los hechos que terminaron en forma tan indefinida, como triste, en Pavón”.

Uno de los primeros pasos dados por las “sorprendidas” tropas triunfales de Mitre fue abordar y tomar la ciudad de Rosario, centro financiero más importante del interior. Era menester hacerlo, porque una vez deshecho el sistema confederado (que tuvo lugar el 12 de diciembre de 1861, con la firma del ya presidente Juan Esteban Pedernera), sobrevendría el despliegue absoluto del poder financiero extranjero, rapaz, abrumador, insensible. Era el mismísimo final del oasis argentino. Un genocidio brutal todavía impune se levantaba, soberbio, en el horizonte de las llanuras nuestras, en las comarcas montoneras, en la última payada de Mandinga contra Santos Vega, bajo la sombra del último ombú campero, adyacente a la última tapera envilecida. Sólo así, bajo estas condiciones, se implementaría la autoproclamada “organización nacional”.


Gabriel O. Turone


Bibliografía

- De Paoli, Pedro. “Los Motivos de Martín Fierro en la Vida de José Hernández”, Librería Huemul, 1968.

- Funes, Juan María. “¿Línea Mayo-Caseros ó Línea Mayo-Pavón?”, Librería y Editorial Castellví S.A., Santa Fe, 1963.

- Gálvez, Jaime. “Rosas y la Libre Navegación de Nuestros Ríos”, Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires 1944.

- Lappas, Alcibíades. “La Masonería en la Argentina a través de sus hombres”, Primera Edición, Argentina, Octubre de 1958.

- Rivanera Carlés, Raúl. “Rosas”, Editorial Liding S.A., Buenos Aires, Noviembre de 1979.

- Terzaga, Alfredo. “Mitre en Pavón: los días nefastos de la Confederación”, Revista “Todo es Historia”, N° 50, Año V, Junio 1971.


[1] Esta frase se la oyó decir el coronel Prudencio Arnold al ayudante José Hernández (el creador del “Martín Fierro”) en el campamento urquicista, previo a las acciones de Pavón. Así lo consigna Arnold –quien fuera un leal oficial de Rosas- en sus Memorias.

29 de diciembre de 2011

LOS PRIMEROS QUE PENSARON EN TRAER A ROSAS AL PAÍS (1954)

Afiche original que promocionaba, en 1954, el primer intento para traer a Rosas a la patria.

Mi antecesor en el cargo, el Sr. Federico Gastón Addisi, hace una correcta mención en su obra San Martín-Rosas-Perón. Un homenaje a Fermín Chávez respecto del primer intento por repatriar los restos de Juan Manuel de Rosas. Transcribiendo un fragmento de una obra de Diana Quattrocchi – Woisson, dice: “Finalmente, bajo el ojo aparentemente benévolo del gobierno, se crea en junio de 1954 una “Organización popular por la repatriación de los restos del General Rosas”, presidida por José María Rosa y Ernesto Palacio, que lanza una enérgica campaña para obtener la adhesión de “todos los argentinos” y que será sostenida por la prensa peronista”. (Página 19, de la obra citada).

En virtud, este primer antecedente nos hace pensar, a las claras, que nadie más que los pensadores del revisionismo histórico, han tenido la patriótica lucidez de pensar primero en la figura del Restaurador y de dar el puntapié inicial para resaltar todo lo que vino más tarde: declaración del Día de la Soberanía Nacional (1973), la efectiva repatriación de los restos de Rosas (1989) y la imposición del Feriado Nacional para el 20 de noviembre (2010). Pero dejemos estas cuestiones para otro momento.

Aquí, queremos dejar testimonio de los cargos y los nombres de los que formaron parte de esa primera comisión directiva que en 1954 tuvo las agallas de crear la Organización Popular por la Repatriación de los Restos de Rosas. Para ello, me valgo de un afiche original de dicha entidad, el cual forma parte de mi archivo personal gracias a la atención que tuvo la señora Estela Gastiazoro (q.e.p.d.), viuda del ex secretario general de Asuntos Históricos de la Alianza Libertadora Nacionalista, Jorge Montiel Belmonte, quien me lo obsequió hace unos años.

Sabemos que esa primera organización pro repatriación tenía una oficina en la calle Perú 359, en Buenos Aires, aunque su sede central estaba en La Plata (entonces denominada “Ciudad Eva Perón”), en Calle 7 N° 1082.

Para la época, resulta interesante el enorme número de distinguidos pensadores, historiadores, dirigentes políticos y hombres de la cultura en general que adhirieron a esta cruzada que clamaba la devolución de los despojos del Ilustre Restaurador de las Leyes desde la lejana Inglaterra. Veamos quiénes formaron parte de la Organización Popular por la Repatriación de los restos de Rosas”. Y para todos ellos, vaya este humilde recuerdo:


Consejo Plenario Nacional: Presidente: José María Rosa.

Vice 1°: Ernesto Palacio.

Vice 2°: Ricardo Font Ezcurra.

Secretario General: Bartolomé Amato.

Vocales: Carlos Ibarguren, Ricardo Caballero, Manuel Gálvez, Alfredo Tarruella, Federico Ibarguren, Hugo Marcone, Luis M. Soler Cañas, Alberto Contreras, Julio Torres, Elías Giménez Vega, Fernando García Della Costa, Ramón Doll, Héctor Llambías, David Uriburu, Alberto Ezcurra Medrano, Juan Pablo Oliver, Hipólito Pouyssegur, Carlos Steffens Soler, Oscar R. Suárez Caviglia, John W. Cooke, Lucio Moreno Quintana, Fermín Chávez y Jaime Gálvez.

Filial Capital Federal: Presidente: Alberto Vacarezza.

Secretario General: Alberto Contreras.

Secretarios Adjuntos: Jorge Perrone, José Luis Muñoz Azpiri (padre) y Manuel García.

Secretario de Actas: Marcelo Barros.

Secretario de Coordinación y Enlaces: Enrique M. Mayochi.

Secretario de Organización: César Enrique Aranguren.

Secretario de Cultura Histórica: Vicente Sierra.

Secretarios de Acción Pública: Rodolfo J. Urtubey, José Luis Cora y Hellmuth Von Engels.

Secretario de Hacienda: Emilio Spinelli.

Prosecretario de Hacienda: Armando Tonelli.

Secretarios de Prensa: Raúl Roux, Eduardo S. Castilla, Alfonso Ferrari Amores, Tomás de Lara, Baldomero Lamela Pérez, Luis Ortiz Behety, Raúl de Ezeiza, Eros Nicolás Siri, José M. Castiñeira de Dios, Guillermo Segunda Goyena y Carlos Muñoz Wright.

Vocales: Guillermo House, Juan Alfonso Carrizo, Diego Luis Molinari, Ignacio B. Anzoátegui, Homero M. Guglialmini, Josué Teófilo Wilkes, Alfredo Ortiz de Rozas, Samuel W. Medrano, Julio Campos, Ludovico Vitta, Enrique L. Kleinert, Virgilio Sordelli, Enrique Pavón Pereyra, Ariel Fernández Dirube, Enrique Guerrero, Jorge María Ramallo, Horacio E. Bordo, Fernando N. A. Cuevillas, Guillermo Laserre Mármol y Jorge F. Montiel Belmonte.

Para redondear esta nota vindicativa de todas esas personalidades que se animaron a pedir por los restos de Juan Manuel de Rosas por primera vez en la historia argentina, me permito trascribir una sentencia que define, de modo cabal, el espíritu que empujó a aquellos hombres que empezaron y forjaron el camino para que hoy, en la bóveda de la familia Ortiz de Rozas, descanse el Restaurador junto a los suyos. La extraigo de otro tipo de propaganda que poseo de la organización formada en 1954, y dice así: “Por eso, nosotros, los hombres de hoy, que valoramos el pasado de la Patria y luchamos por su grandeza en las múltiples tareas cotidianas, nos dirigimos al PUEBLO, instituciones y autoridades, con el fin de concretar la repatriación de los restos mortales del Ilustre Restaurador de las Leyes, Brigadier General Don JUAN MANUEL DE ROSAS e invitamos a todos los argentinos que desinteresadamente, sin pasionismos, deseen colaborar en la concreción de tan noble, patriótica y justiciera finalidad”.

Varias décadas tuvieron que transcurrir para que el deseo de ese puntal de honra y dignidad se concretara. La reivindicación del Federalismo y sus hombres –de eso se trata- tiene un largo historial que muchas veces es perversa y manifiestamente olvidado, por eso nacen, al presente, tantos falsos “federalistas” que se creen vanguardistas irreverentes que no miran las acciones del pasado. Por suerte, y gracias a Dios, los documentos están.

Gabriel O. Turone

9 de diciembre de 2011

LA CUARTA BATALLA DEL PASO DEL TONELERO (DICIEMBRE DE 1851)

Cintillo federal punzó mandado confeccionar en 1851, con motivo del traicionero "Pronunciamiento" de Urquiza. Se puede leer, en una de las leyendas, la siguiente: "MUERA EL LOCO TRAIDOR SALVAJE UNITARIO URQUIZA!".

Una de las localidades donde mayor cantidad de acciones bélicas se dieron en tiempos de la Santa Federación fue el Paso del Tonelero (actual Ramallo, provincia de Buenos Aires). La historiografía revisionista registró allí un total de cuatro batallas navales, agrupándolas en dos momentos bien diferenciados. Las tres primeras se libraron durante la Guerra del Paraná, en las siguientes efemérides: 9 de enero de 1846, 10 de febrero de 1846 y 6 de abril de ese mismo año. Aunque en algunos casos se trataron de cortas escaramuzas entre las tropas federales y la escuadra combinada anglo-francesa, el hecho de que esta última no lograra desembarcar en esas oportunidades en nuestras costas determinaría que, en último término, se trataron de triunfos argentinos.

La última de las acciones en el Tonelero –y que despierta nuestra curiosidad- se libró el 17 de diciembre de 1851, ya en un escenario bastante diferente del de años atrás. Era un estertor del vil “Pronunciamiento” del general Urquiza contra la autoridad legítima de Juan Manuel de Rosas. Por lo tanto, los bandos en pugna fueron los ejércitos de la Confederación Argentina versus la Escuadra Naval Imperial Brasileña, país que actuó como aliado principal en la coalición del entrerriano para consumar la traición.

En esta ocasión, las fuerzas criollas estuvieron compuestas por casi los mismos batallones y regimientos que pelearon en 1846. En la zona comprendida por el norte bonaerense y el sur de la provincia de Santa Fe operaba el Ejército del Norte de la Confederación Argentina, fuerza que estaba bajo el mando del general Lucio Norberto Mansilla. Tenía la custodia de las márgenes de los ríos Paraná y, en menor escala, el Uruguay, que se encontraba vigilado por las fuerzas del general Manuel Oribe.

Encontramos en el detalle de los cuerpos que participaron algunos nombres que se llenaron de gloria en la Vuelta de Obligado en 1845, como los efectivos del Batallón Patricios de San Nicolás, del Batallón del Departamento Norte y de la Escolta del General Mansilla. A su vez, la artillería argentina estaba pertrechada con 16 piezas, y había una batería de artillería ligera y un escuadrón de Caballería (el Numero 6). En total, la tropa llegaba a los 1500 hombres y su jefe era el general Mansilla.

La escuadra naval del Brasil, en cambio, tenía más poder de fuego aunque no tenía la experiencia militar de los federales. Su jefatura correspondía al contralmirante inglés Juan Pascual Grenfell, y se componía de 11 navíos que conducían a la primera división del Ejército Imperial en embarcaciones llevadas a remolque. También hubo cipayos que quisieron ver de cerca el ataque que le propinaban los brasileños a la Argentina: testigos privilegiados de la infamia fueron los oficiales Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre y Wenceslao Paunero. En el Tonelero, el total de buques de guerra utilizados fueron siete.

LA BATALLA

Las acciones dejaron para la posteridad varias dudas respecto de quién fue el vencedor del Paso del Tonelero en diciembre de 1851. A juzgar por la interpretación anterior, podríamos decir que fue un éxito de las armas patriotas, pues los brasileños no pudieron echar pie en las costas del Paraná, aunque sí forzaron el paso de sus naves hasta llegar al Río de la Plata, desde donde asediaron a Rosas durante la batalla de Caseros.

A las 12 del mediodía del 17 de diciembre, la artillería federal comenzó disparando “balas rojas” o proyectiles incendiarios de la época, lo cual fue contestado con un infernal cañoneo proveniente de los 60 cañones imperiales. Otro tanto, aportaron los fusileros brasileños que se hallaban en las bordas de las naves. De este modo, la batalla del Tonelero se prolongó 1 hora, hasta que las embarcaciones del Brasil pasaron “con pérdidas y averías insignificantes”, de acuerdo a Julio Alberto Lagos (General Don Hilario Lagos, 1972).

Inexplicablemente, no hubo resistencia de la armada federal, que se quedó en el puerto de Buenos Aires. La mandaba, entonces, un hombre de dudosa reputación, el coronel de Marina John Halsted Coe, el mismo que traicionó a Hilario Lagos en julio de 1853 durante el sitio de Buenos Aires.

EL PARTE DE MANSILLA

Tras las acciones, el general Lucio N. Mansilla emitió un parte fechado el mismo día del enfrentamiento. Contiene calificativos peyorativos hacia Urquiza, muy característicos de una época que se estaba despidiendo para siempre. Esas mismas palabras eran, por otra parte, de uso obligatorio, al punto que Rosas mandó confeccionar un nuevo tipo de divisa punzó que las debía incluir. El tratamiento dado en el documento a la condición de argentinos puros de los federales es otro rasgo altamente típico de la administración rosista. Vale la pena su trascripción:

“¡Honor y gloria a los valientes federales del ejército de mi mando, que hoy en las Barrancas de Acevedo (sic) a mis inmediatas órdenes han disputado con admirable denuedo el paso de nuestro Majestuoso Gran Paraná, a cuatro vapores, dos corbetas y un bergantín de nuestro vil y cobarde enemigo el gobierno brasileño, amo del loco traidor salvaje unitario Urquiza!

“A las doce y diez minutos del día se presentaron dichos buques infames, al frente de 16 piezas, guarnecidos por dos batallones y un escuadrón de artillería y otro de carabineros del Regimiento N.° 6; y con aquella serenidad tan frecuente a los decididos federales disputaron por 52 minutos, en un reñido combate, el pasaje de la escuadra referida, que montaba 60 piezas de grueso calibre, sostenida a más con fuegos de infantería parapetadas en sus altas bordas.

“La elección del tiempo que debía durar tan desigual combate era de los enemigos, pues el pararse a batirme, o hacerlo durante el sólo tiempo que necesitaban para ponerse fuera de los tiros de mi posición era de ellos, y eligieron el último manifestando con esta conducta cobarde el temor que siempre le mereció a los traidores, el decidido patriotismo federal, de los que se honran en sacrificarse por la Patria y la persona Ilustre de V. E. cuyo nombre invocado por mí al primer cañonazo fue repetido con aquel ardor con que tan justamente los Federales Argentinos se disputan la fidelidad hacia V. E. y la nobleza de la causa que defendemos.

“El Teniente Coronel Comandante del primer Batallón Norte, su Mayor don Benito Cervín, el Comandante accidental de Patricios Federal de San Nicolás D. Luis Barrera, el Mayo de dicho, D. Manuel Segovia, el Capitán Comandante de Artillería, D. Ramón Bardier y el Sargento Mayor del Escuadrón de Carabineros N.° 6 D. Segundo Girado, se han hecho dignos del aprecio de V. E. por su enérgica cooperación y denuedo, no siendo dignos de menor estimación todos los oficiales y tropas de estos cuerpos.

“Mis ayudantes de órdenes, así como los cirujanos Dr. Díaz del 6 y Marenco del Patricios de San Nicolás, han estado en el riesgo del combate, así como constantemente a mi lado el ciudadano doctor en leyes D. Tomás Rojo, que se presentó voluntario en el momento de empezar, y él y mis ayudantes D. Andrés Costa, D. Eusebio Villar, D. Domingo Pellón, D. Manuel Alcazer y D. Santiago Bengolea, han dado y cumplido mis órdenes con la mayor serenidad.

“Sólo tengo que lamentar la pérdida de un valiente soldado del 6 de caballería, que murió gloriosamente dividido por una bala de cañón. También han muerto 5 caballos.

“Según declaraciones de varios oficiales, los infames enemigos han echado al agua muchos cadáveres; sobre esto y sobre las averías que hoy han sufrido en sus cascos y maniobras, ellos lo dirán en sus bombásticos partes y recibirán la pulidez de costumbre con las fanfarronadas y características mentiras de los traidores, salvajes, asquerosos unitarios que hay dentro de la desgraciada Montevideo.

“Los cuatro vapores han subido de San Nicolás y las dos corbetas y bergantín quedan fondeadas como un cuarto de legua aguas abajo de la boca de este arroyo.

“Los Jueces de Paz interino del Baradero y San Pedro, D. Faustino Alsina y D. Fernando Lasena, así como el Capitán D. Tomás Obligado, sobre la costa, han llenado su deber dándome parte cada hora sobre la marcha y dirección de los viles enemigos.

“Felicito a V. E. y a mi Patria querida por este primer ensayo en la guerra con que nos provocó el desleal y pérfido Ministerio Brasileño.”

Hermosas palabras de Mansilla quien, a pesar de su afirmación de federal neto, el mismo 3 de febrero de 1852 cuando la suerte del Restaurador estaba echada, no hizo otra cosa que vivar al general Urquiza y despotricar contra el “tirano prófugo” en medio de la plaza de la Victoria (plaza de Mayo).

Gabriel O. Turone

Bibliografía:

  • Lagos, Julio Alberto. “General Don Hilario Lagos”, Círculo Militar, Biblioteca del Oficial, Buenos Aires, Noviembre de 1972.
  • Ratto, Héctor R. “Las escuadras desde el Pronunciamiento de Urquiza hasta la sanción de la Constitución de 1853”, Sociedad Histórica Argentina, Anuario 1942.

24 de agosto de 2011

JUAN FRANCISCO DE NIEVA Y CASTILLA, EL GAUCHO MONTONERO DE POMAN

Gaucho Montonero Federal.



Imaginemos la terrosa soledad del Departamento de Pomán, en la provincia de Catamarca, promediando la década de 1860 si consideramos que ese mismo sitio tiene, en la primera década del siglo XXI, apenas 8500 habitantes. Allí, mezclada entre ranchos de adobe y estribos de añeja factoría, se enaltecía la figura del comprovinciano Felipe Varela, quien, en súbita aparición, impartía justicia con sus bravías montoneras.

En Pomán subyace, oculta, la historia de don Juan Francisco de Nieva y Castilla, caudillo ignorado que provenía de ilustre prosapia local. Se dice que gozaba de gran prestigio por estos pagos catamarqueños, alcanzando, en tiempos calmos, el grado de comandante durante el gobierno de Víctor Maubecín. Dicha tranquilidad se irá alejando en julio de 1866, cuando el teniente coronel Melitón Córdoba, de clara tendencia unitaria-liberal, depone a Maubecín y se propone como meta “proceder a las operaciones de guerra [contra las montoneras federales] que estime más conducentes”. En lugar de Maubecín, irá como gobernador catamarqueño Jesús María Espeche, recalcitrante hombre que responde a las directivas del vicepresidente de la Nación, Marcos Paz, quien en carta fechada el 28 de enero de 1867 le dirá al presidente Bartolomé Mitre: “La montonera y la sedición brota por todas partes con una espontaneidad que asombra”.

No podían concebir las autoridades mitristas lo que había tenido lugar en Mendoza con la llamada “Revolución de los Colorados” (9 de noviembre de 1866), a cuyo frente se pusieron los federales Juan y Felipe Saá. Luego de obtenida la provincia de Mendoza, ambos entrarían triunfantes en San Luis capital el día 27 de enero de 1867 tras el combate de Rinconada del Pocito. Estas acciones, que más tarde se han de propagar a las provincias de La Rioja, Santiago del Estero, San Juan, Córdoba y Catamarca, formaron parte de la empresa más ambiciosa que pudo haber dado a la historia argentina el federalismo tardío posterior a la etapa rosista. No obstante, la “Revolución de los Colorados”, cuya planificación fue obra de Felipe Varela mientras estuvo exiliado en Chile, y cuya gravitación recayó en Juan de Dios Videla, Estratón Maza y Pedro Viñas, tuvo una funesta inspiración: Justo José de Urquiza. Todos los nobles caudillos del noroeste y de Cuyo ofrendaron sus actos justicieros a la figura del indigno entrerriano por tratarse, éste, de la máxima referencia y autoridad del Partido Federal una vez consumadas las traiciones de Caseros (1852) y Pavón (1861).

Cabe señalar, en honor del rigor histórico, que Urquiza no contestó ni una sola de las cartas que desde la época de Ángel Vicente Peñaloza y hasta la decadencia de Felipe Varela (1870) le enviaron los gauchos federales que pelearon entre 1858 y la muerte del Quijote de los Andes en Nantoco, Chile, el 4 de junio de 1870.

La eterna y miserable dualidad en el comportamiento de Urquiza durante los alzamientos federales de Cuyo y el noroeste, se ve reflejado en lo que le manda decir al general uruguayo Nicasio Borges: “No es extraño que se quiera explotar mi nombre por los que procuran reaccionar la República; pues saben que cuento con numerosos amigos, y por ese medio quizás se propongan prestigiar su causa…”. En las correspondencias secretas que el entrerriano enviaba a sus amigos, se advierte una postura timorata al referirse a los acontecimientos de la “Revolución de los Colorados”, narradas –las cartas- siempre “en tercera persona como si fuera una causa ajena a la suya”, advierten los autores de la obra “Felipe Varela. Su Historia” (Plus Ultra, 1975).

LOS ALZAMIENTOS EN CATAMARCA

Bien pronto, el eco de los primeros estallidos de la “Revolución de los Colorados” resonó en diversos poblados y departamentos de la provincia de Catamarca, todos de la mano de olvidados y posteriormente desprestigiados caudillos federales que hoy no tienen menciones ni bronces en las instituciones dedicadas al estudio de la historia nacional. Haciendo honor a sus trayectorias escondidas, mencionaremos a los montoneros sublevados y a los pueblos catamarqueños que los mismos representaban:

A) Coronel Nicolás Agüero, del departamento de Pucarilla (Piedra Blanca).
B) Capitán Froilán Juárez, del pueblo de Tinogasta.
C) Francisco Magarzo, del antiguo pueblo de Belén.
D) Raymundo Segura, del departamento de El Alto.
E) Antonio Palacios, del pueblo de Andalgalá.
F) Coronel Juan Francisco de Nieva y Castilla, del departamento de Pomán.

De todos los nombrados en el listado anterior, nos interesa rescatar la figura de Juan Francisco de Nieva y Castilla, del cual algo ya hemos mencionado al principio de la siguiente nota.

UN HOMBRE DE ORDEN

En los archivos del juzgado federal de la provincia de Catamarca, Juan Francisco de Nieva y Castilla está sindicado como pacífico morador del departamento de Pomán, al cual las circunstancias lo pusieron en estado de rebeldía. Tuvo, sin embargo, una vida apacible cuando fue comandante del derrocado gobernador Maubecín. Más tarde, al tomar las riendas de la provincia el implacable Jesús María Espeche, Nieva y Castilla debió fugar a la provincia de La Rioja, instalándose en la localidad de Machigasta. Su nombre ya estaba en boca de las tropas de línea que buscaban fusilarlo o, por el contrario, enviarlo a la perversa Guerra de la Triple Alianza para que derrame su sangre en pos de las finanzas británicas y la entrada forzosa del Paraguay a la división internacional del trabajo.

En Machigasta hubo de conocer a Severo Chumbita, coronel montonero que tenía sobre sus espaldas las experiencias vividas cuando la campaña del “Chacho” Paeñaloza en años anteriores, y que ahora se prestaba para una nueva revuelta federal. Fue Chumbita, quien lo ayudó económicamente a Nieva y Castilla en su forzoso exilio a la provincia de La Rioja.

Cuando fue beneficiado con el indulto, Juan Francisco de Nieva y Castilla regresó a su hogar en Pomán, Catamarca. Sin embargo, su vida ya estaba marcada. Dos comandantes que respondían a los liberales, Luis Quiroga y Justo Segura, le hicieron ver que él no podría vivir en paz porque tenía de amistades a gauchos matreros que andaban en las revueltas, y que por ello debía ser asesinado. La constante amenaza que pesaba sobre su humanidad, hizo del hombre de orden y buen ciudadano Nieva y Castilla un rebelde que, bien pronto, se uniría a las montoneras federales.

LA MONTONERA DE POMAN

Desencadenada la “Revolución de los Colorados” durante los últimos meses de 1866, sus réplicas tuvieron eco en los departamentos catamarqueños entre enero y febrero de 1867. La montonera de Pomán, para el caso, fue urdida por el perseguido Juan Francisco de Nieva y Castilla a través de una fina sublevación que promovió en el seno del Cuartel Departamental de Caballería de esa localidad.

Motivado por el coronel Chumbita, quien le habló de la necesidad de pronunciarse por la causa federal, Nieva y Castilla pacta una entrevista con el comandante instructor Ventura Nieva y con el capitán Francisco “el rengo” Nieva, ambos oficiales del Cuartel de Caballería de Pomán, para que se levanten en armas con toda su gente. De esta manera, el comandante liberal Justo Segura se quedaría sin tropa leal y debería rendir la plaza sin oponer resistencia.

La contraseña que daba inicio a las acciones de la montonera, iba a ser la llegada del complotado capitán Nieva a las puertas del Cuartel para, acto seguido, dar el grito de “¡Viva Chumbita y muera Melitón Córdoba!”, en alusión al teniente coronel Córdoba que expulsó al gobernador Maubecín en julio de 1866. Más tarde, tanto el comandante Ventura Nieva como Francisco Nieva debían marchar a otros pueblos vecinos para levantar a los gauchos en la empresa montonera que se gestaba a galope limpio.

De acuerdo a lo planificado, los sucesos se dieron el día 20 de febrero de 1867 entre las 8 y 9 de la mañana. En Felipe Varela. Su Historia, se lee: “Cuando el capitán Francisco Nieva (El rengo) hizo leer la mentada proclama de Varela, se electrizó el alma de la guarnición produciéndose una gran algarabía. Luego gran parte de la misma se dirigió al domicilio de Nieva y Castilla, dando vivas a Urquiza, Varela, Chumbita al propio Juan Francisco [de Nieva y Castilla] y mueras a Córdoba y a [Luis] Quiroga. Una vez allí, los rebeldes sacaron a Nieva y Castilla hasta la plaza de la villa y lo proclamaron comandante departamental y más tarde apresaron a Justo Segura”, su antiguo perseguidor.

Interesante resulta saber que, una vez asegurada la zona de Pomán para la causa montonera, hubo otros hechos que tendieron a expandir dicha influencia. El comandante Ventura Nieva, que marchó al pueblo de Saujil, no pudo promover una rebelión el mismo 20 de febrero, por lo cual el nuevo comandante Juan Francisco de Nieva y Castilla le hizo enviar, por medio del capitán Francisco Nieva, unos 10 soldados federales para que logren el objetivo de ganar allí la adhesión de la montonera. Esto tuvo lugar el 21 de febrero de 1867. En Saujil, los gauchos se apoderaron de armas y pertrechos, e incluso unos 100 vecinos de aquí se trasladaron a Pomán por considerarlo un bastión de vital importancia.

Otro caudillo montonero, el capitán Pedro Gómez, mandó desde Machigasta, provincia de La Rioja, unos 18 milicianos federales bien armados hasta Pomán, con la intención de reforzar al comandante Nieva y Castilla. El plan no pudo haber sido más exitoso.

El 21 de febrero por la tarde, tuvo lugar en la casa de Juan Francisco de Nieva y Castilla una importante reunión de la que participaron el capitán Francisco Nieva, el capitán Pedro Gómez, Ventura y Alberto Nieva y el dueño del hogar, con la idea de unificar todas las fuerzas rebeladas bajo un comando único, idea que no pudieron acordar por manejar distintos criterios. Los Nieva, entonces, optaron por retirarse a la zona de Colpes, donde originaron “una pequeña montonera que actuó en la zona pomanista hasta después de la batalla de Tinogasta”, que sucedió el 4 de marzo de 1867. Luego, los gauchos acaudillados por los Nieva se desplazaron hasta Mazán (La Rioja), con el fin de brindar apoyo al coronel Severo Chumbita.

En cambio, los gauchos federales que acompañaron a Juan Francisco de Nieva y Castilla se retiraron a Los Sauces “para plegarse a Chumbita y a [Estanislao] Medina”, bajo el comando de aquél.

Resta dar a conocer el listado de las principales figuras que se sublevaron junto a Nieva y Castilla, el 20 de febrero de 1867, en Pomán. Ellos fueron, “los capitanes Luis Romero y Faustino Ríos; tenientes Julián Díaz y Eliseo Campos; ayudantes David Andrada y Fructuoso Pedraza; alférez Justo Carrión; sargentos Félix A. Velazco y Salvador Sosa; cabo Baldomero Ogas; soldados Francisco Díaz, Nicolás Arros, Pedro Cativa y Luis Santibáñez y los ciudadanos Manuel Vilquez Guevara, Santos Vilca, Romualdo Pérez y otros”. Quiera Dios que a todos ellos se los reconozca, un día luminoso, en las plazas públicas, monumentos y nomenclaturas de la patria.

TINOGASTA, VARGAS Y ULTIMOS DATOS DEL CAUDILLO

Nadie se perdió la batalla de Tinogasta (4 de marzo de 1867), donde resultaron claramente vencedoras las fuerzas federales del coronel Felipe Varela. Aquí peleó el montonero Juan Francisco de Nieva y Castilla, y en dicha refriega resultó muerto el teniente coronel unitario Melitón Córdoba de un tiro en la cabeza que le propinó el sargento Juan Ramón. Y tras varios días de búsqueda, fue descubierto entre los montes, escondido, el comandante Luis Quiroga, el cual fue presentado al chileno Estanislao Medina. Éste “convidándolo con un mate, le advirtió de los crímenes que se le imputaban y acto seguido le dijo: “Apure ese mate compañero, porque ahurita nomás lo voy a mandar fusilar…”. Cumplió la promesa: terminado el mate, lo fusiló”.

A la felicidad del triunfo en Tinogasta, le sucedió, en abril de 1867, la desgracia de Pozo de Vargas con su carga de 200 montoneros muertos, varios centenares de heridos y más otros 300 tomados como prisioneros. Las pérdidas materiales también profundizan la ruina de la última gran empresa federal: el general Taboada exhibe los 500 fusiles tomados a las tropas de Felipe Varela, lo mismo dos cañones, dos cajas de guerra y un estandarte. La dispersión de las tropas federales sobrevivientes, puso en fuga a Juan Francisco de Nieva y Castilla por varios meses, aunque la mayoría de los montoneros, más tarde o más temprano, irán cayendo en poder de las fuerzas mitristas que con el correr de los meses se hacían dueños absolutos de la situación.

Encontramos datos precisos de Nieva y Castilla recién en 1868, compareciendo ante un tribunal compuesto de liberales que lo tienen como testigo y reo en el juicio espectáculo que le siguieron tanto a él como a Severo Chumbita (en ausencia) y su hijo Ambrosio Chumbita. El cargo que le imputan a Nieva y Castilla es su participación en la revuelta de Pomán y su actuación cuando la batalla de Tinogasta, que al parecer constituyen los hechos de armas más importantes vividos por el caudillo pomanista. Para colmo, le quieren inculpar las muertes justas de los asesinos de gauchos montoneros Melitón Córdoba y Luis Quiroga.

Pedro de Paoli y Manuel Gregorio Mercado, en Proceso a los Montoneros y Guerra del Paraguay, rescatan el testimonio que brindó Juan Francisco de Nieva y Castilla ante el juez nacional Joaquín Quiroga, de la provincia de Catamarca, por los cargos antes nombrados. Así, a comienzos de noviembre de 1868, el caudillo se presentó alegando “que no sabe firmar” y que es un “ex comandante de Pomán”. Afirma Nieva y Castilla, que su grado de coronel se lo había dado el legendario Severo Chumbita, en febrero de 1867, cuando éste le envió un chasque que traía a un oficial de apellido Vargas, portador de dicho nombramiento para el pomanista.

Al declarar detalles de los momentos previos a la batalla de Tinogasta, el caudillo Nieva y Castilla dijo: “Que en Los Sauces se reunieron todos los jefes para decidir el modo y forma de atacar al general [Melitón] Córdoba. Que de esa reunión participó el declarante y hacía como jefe de la misma Estanislao Medina, jefe de la División Chilena incorporada a la de Chumbita. (…) Que Medina de entrada se opuso a atacar a Córdoba por no tener autorización del jefe Felipe Varela”. Al proseguir el interrogatorio, dijo que por pedido de Medina viajó a Guandacol para obtener la autorización de Varela, la cual obtuvo, y que luego entregó su tropa a Severo Chumbita quien ya se preparaba para encarar las acciones en Tinogasta el 4 de marzo de 1867.

Vemos, por otra parte, que el coronel Juan Francisco de Nieva y Castilla tenía la autoridad suficiente como para otorgar grados militares a otros montoneros que se daban a la lucha contra las tropas de línea “nacionales”. Veamos, sino, lo que manifestaba ante el juez Joaquín Quiroga: “Que antes de la batalla de Vargas, cuando estuvo [Nieva y Castilla] con Chumbita en Mazán, se le pidió a Julián Díaz, y con la aceptación de éste, le hizo teniente de caballería, y con ese grado interviene en la batalla de Vargas. Que a Eliseo Campos lo tomó en Pomán el declarante y lo entregó con el grado de teniente a Chumbita en Los Sauces, acompañándolo hasta el momento que Chumbita marchó a la vanguardia del ejército”.

Lo último que se conoce de Juan Francisco de Nieva y Castilla, es que el 5 de abril de 1869 quedó detenido en la provincia de Catamarca, lo mismo su compañero de armas Luis Santibáñez. No así, el prófugo coronel Severo Chumbita aunque sí su hijo, el capitán Ambrosio Chumbita.

Quizás fue muerto por fusilamiento o ultimado a balazos en el interior de su celda en la cárcel pública catamarqueña nuestro biografiado Nieva y Castilla. O, a lo mejor, ha logrado escapar, como lo hiciera en octubre de 1870 Ambrosio Chumbita, para no ser atrapado nunca jamás. Desarraigados de su misma patria por el nuevo orden de cosas que se elucubraba desde Gran Bretaña y los centros masónicos autóctonos, los últimos montoneros debieron permanecer clandestinos durante muchos años, incluso hasta la muerte. Por eso se desconocen sus hazañas, sus patriadas y sus destinos.


Por Gabriel O. Turone



Bibliografía

- Bazán, Raúl; Guzmán, Gaspar H.; Olmos, Ramón R.; Pérez Fuentes, Gerardo. “Felipe Varela. Su Historia”, Editorial Plus Ultra, Diciembre de 1975.
- Bosch, Beatriz. “Urquiza y el levantamiento de Felipe Varela”, Buenos Aires, 1968.
- Chávez, Fermín. “El Revisionismo y las Montoneras”, Ediciones Theoría, Buenos Aires, Junio de 1966.
- De Paoli, Pedro y Mercado, Manuel G. “Proceso a los Montoneros y Guerra del Paraguay”, Eudeba, 1973.

- Luna, Félix. “Felipe Varela. Grandes Protagonistas de la Historia Argentina”, Editorial Planeta, Buenos Aires 1999.

10 de agosto de 2011

TRAJES TIPICOS ESPAÑOLES DE EVA PERON, EN EL MUSEO DE ARTE ESPAÑOL "ENRIQUE LARRETA"



Al irse los hombres de esta vida, lo que queda de ellos son sus obras, sus documentos y sus objetos. Éstos dan enriquecedor testimonio de un pasado que siempre merece ser investigado, analizado y divulgado, resultando que de esta magnífica tarea emergen las crónicas históricas, lo que, a su vez, alimenta esa ciencia llamada Historia. La visita a un museo es, desde luego, un acto recreativo que, en mayor medida, nos devuelve la imagen de una antigüedad casi siempre heroica o conmovedora. Poco entenderíamos ese pasado que nos inquieta si no fuera por los museos que exhiben una época que quizás no vivimos y que nos ha llegado por crónicas perdidas u olvidadas.


Algo parecido a lo dicho anteriormente es lo que ocurre en el Museo de Arte Español “Enrique Larreta”, complejo ubicado en el barrio de Belgrano, Buenos Aires, en la intersección de Juramento y Vuelta de Obligado. Allí hay una muestra denominada “Evita y los trajes del pueblo español. Memoria de una colección”, que se inauguró el pasado 23 de julio de 2011, y cuya duración se prolongará hasta el 28 de agosto del corriente año. Esta muestra pone a la expectación del público los 50 trajes regionales españoles que le fueron obsequiados a Eva Duarte de Perón en su gira por España, en 1947.






Una imagen de algunos vestidos que se exhiben. Los dos vestidos del medio son el de Tarragona y el de Guipúzcoa, los cuales guardan estrecho contacto con los conflictos internos de España.



Se trata, sin lugar a dudas, de una faceta prácticamente desconocida de aquel mítico viaje a la Madre Patria que, en ese entonces, estaba gobernada por Francisco Franco Bahamonde. La estadía de Eva Perón comenzaba en Madrid en los primeros días de junio de 1947, y terminaría poco más de dos meses más tarde, el 23 de agosto de 1947, no sin antes visitar otros territorios tales como Italia, Francia y Portugal. El viaje fue, en sí, una muestra cabal de la Argentina hacia la angustiada España que había quedado aislada económica y políticamente del mundo que no le perdonó, entre otras cosas, el haberse mantenido neutro durante la Segunda Guerra Mundial. Al despedir a su señora esposa, el teniente general Juan Perón manifestó: “Dirá Evita a la vieja España que nosotros, aquí, bajo la Cruz del Sur, no desmentimos que pertenecemos a la gloriosa estirpe española de todos los tiempos”.


La recepción que recibió de parte de los españoles jamás volvió a repetirse en la riquísima historia de la Madre Patria. Fotografías y documentales de esos tiempos, dan pruebas suficientes de los millares de españoles que la ovacionaron cuando Eva Perón se asomó desde los balcones del Palacio de Oriente, o cuando, en la noche del 10 de junio de 1947, fue homenajeada en la Plaza Mayor de Madrid. Precisamente, en esta jornada resultó obsequiada la Primera Dama nacional con “un traje típico seleccionado y confeccionado especialmente para su visita” por cada una de las cincuenta provincias españolas que ese día desfilaron ante su presencia.


La recepción de las prendas tradicionales se hizo ante una plaza totalmente desbordada de gente, y en la parte central del lugar “se había levantado un escenario de proporciones monumentales (…) tapizado en rojo y dorado, cubierto de flores naturales y contaba con un magnífico sistema de iluminación”, advierte Patricia Nobilia, guía del Museo de Arte Español “Enrique Larreta”. Las danzas típicas de esas zonas se hicieron ver y escuchar por la multitud agolpada en la ocasión, resaltadas con coreografías fantásticamente elaboradas.


TRAJES E HISTORIA


Los vestidos son un fiel reflejo de las costumbres de España de los últimos siglos. En varios de ellos, se aprecian los elementos distintivos que utilizaban las mujeres españolas, como ser: la peineta, la mantilla, el mantón, el pañuelo, el Rosario y el abanico. Cada región reúne sus propias características. El traje de Navarra que le fue regalado a Eva Perón, “posee una clara influencia francesa inspirada en la moda romántica. El frío de los Pirineos exige el uso de paños abrigados en su confección”. En cambio, los vestidos de Madrid y Granada, están catalogados como “Trajes Goyescos”, pues han “sido inmortalizados en la obra de Francisco de Goya, artista que perpetuó la moda de los majos y majas de Madrid. Con el tiempo los majos fueron apareciendo en otras ciudades, y a principios del siglo XX su forma de vestir fue adoptada por las clases altas, que imitaban a las clases populares”, explica un interesante folleto de la muestra que aquí describimos.


Cada vestido venía envuelto y protegido en un canasto de mimbre, uno de los cuales se conserva impecable en el Museo “Enrique Larreta”. Como se observa en una de las imágenes de esta nota, a su lado está el baúl en que arribaron las joyas de los cincuenta vestidos ofrendados a Eva Duarte de Perón. Esas joyas son, en su mayoría, de oro 14 K y con incrustaciones de berilo.


Una de las piezas más interesantes de la muestra, es la perteneciente a la medalla que iba con el traje regional de Asturias. En el anverso aparece la imagen de la Virgen de Covadonga, en el reverso, la leyenda grabada “Por España y la Argentina. 1-7-47”. Hay algunos trajes que aparecieron en nuestro país cuando languidecía el siglo XIX y despuntaba el siglo XX, cuando las corrientes inmigratorias de entre 1880 a 1910, entre las que podemos nombrar las vestimentas de las regiones de Galicia, Asturias, País Vasco, Cataluña, Andalucía y Cantabria. De este modo, las mujeres de la Madre Patria que se afincaron en Argentina dejaron mucho más que su presencia física; también dejaron sus costumbres sociales como el de las prendas típicas de sus zonas.



Vista panorámica del Museo de Arte Español "Enrique Larreta" y del Jardín de los Naranjos.



Otros diseños, para el caso Toledo, Ciudad Real y Albacete, dejan ver reminiscencias musulmanas, hebreas y cristianas, heterogeneidad cultural que vivenciaron estos lugares a lo largo de la historia de España, por ser una “estratégica ubicación geográfica” de la península en la que se reflejaron “todas las culturas que se asentaron en España”. Las rencillas internas de la Madre Patria también tienen su correlato en los trajes, como en el de Guipúzcoa y Tarragona. “El rechazo hacia las autonomías por parte del franquismo se observa en el traje de Guipúzcoa al que se le cambió el color verde por el amarillo para formar la bandera española. Sin embargo en la falda del traje de Tarragona –habitualmente floreada- la similitud de las franjas con la bandera catalana parece haberse pasado por alto”.


LOS VESTIDOS EN EL PAIS Y EL REVISIONISMO


Con fecha 23 de agosto de 1947, Eva Perón retornaba al país junto a los valiosos trajes regionales que el régimen de Franco le había regalado por su rol de “Embajadora de la Paz”.


Una vez aquí, los mismos fueron expuestos por primera vez en el Museo Nacional de Arte Decorativo bajo el título “Trajes de España. Colección Doña María Eva Duarte de Perón”. Más de 150.000 personas vieron las piezas, lo que constituyó todo un éxito para la época. Entre los que contribuyeron al fomento de esta muestra artística figuró la Comisión Nacional de Cultura, entre cuyos miembros figuraban, entre otros, el senador nacional Dr. Diego Luis Molinari, el diputado nacional Dr. Ernesto Palacio, el Dr. Gustavo Martínez Zuviría y el Dr. Carlos Ibarguren, todos prohombres del revisionismo histórico argentino.





Instantánea que muestra otras prendas.


Acontecido el golpe de Estado de 1955, los vestidos fueron confiscados por las autoridades militares en medio de una situación que invitaba al caos y la turbulencia. Hubo prendas que jamás volvieron a recuperarse, pero la mayoría se salvaron dado que “quedaron incautadas durante años en los depósitos del Banco Municipal de la calle Jean Jaurés”. Años más tarde, en 1966, “el Banco anunció que un lote de prendas que habían pertenecido a Eva, iría a subasta pública. Una protesta, encabezada por varios artistas ligados al peronismo lo impidió. En 1967, mediante el decreto N° 3894, se dispuso que los “trajes hispanos” pasaran a formar parte del patrimonio del Museo de Arte Español Enrique Larreta”. Desde entonces, un total de 800 piezas (entre vestidos, joyas y zapatos) le dan vida a esta colección casi única a nivel mundial.


El Museo “Enrique Larreta” tuvo el privilegio de divulgar estos uniformes españoles por primera vez en 1985, y lo hizo nuevamente ahora, en el presente año 2011. Como dice Patricia Nobilia, “Su exhibición excede la mera presentación estética para convertirse en un disparador que motive una reflexión profunda. Desde su lugar el museo asume el rol de cuidar este patrimonio, y en contra del olvido se convierte en un espacio que preserva la memoria”.


Jóvenes Revisionistas auspicia la visita al Museo de Arte Español “Enrique Larreta”, porque implica un acto de investigación y asomo a la historia argentina y de la Madre Patria, de cuyas tradiciones se ha nutrido nuestra nación para generar a su arquetipo, el gaucho, a sus instituciones, sus modismos, su lengua y su religión.


El paseo por su delicioso Jardín de los Naranjos, obra de un sirio libanés que dejó, para los tiempos, sus licencias de jardinero y arquitecto, también reavivan el interés por el conocimiento historiográfico del terruño. En este oasis que se encuentra en medio de los edificios de Belgrano, hay un árbol traído de Hiroshima, Japón, que sobrevivió a la criminal acción de la bomba atómica arrojada allí en 1945, recibiendo el nombre de “Árbol de la Vida”.




Paisaje del Jardín de los Naranjos. Nótese los cercos laberínticos que hay en él, y la variedad de la vegetación existente. En primer plano, una fuente de sobria confección. Los árboles no dejan ver las edificaciones que dan sobre la calle Cuba.


Ejemplares de cipreses, palmeras de todo tipo y fuentes de exquisita confección, acompañan a un bicentenario ombú que, ubicado en los confines del jardín, fue testigo de todos los acontecimientos patrios habidos y por haber. Dos glorietas que hay allí, le dan un toque romántico a este espacio verduzco que es de ensueño. El toque del sirio libanés está plasmado en los caminos laberínticos que surcan las extensiones del lugar, y en los ventanales que dan a la calle Juramento, acaso el modo de “contactarse con el exterior”, según ha dicho cuando dio por concluida su obra maestra.



Por María del Carmen Amud - Gabriel O. Turone