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3 de febrero de 2011

BARBARIE DESPUES DE CASEROS

Buenos Aires hacia 1852.





Existe en una estación de subterráneos de la ciudad de Buenos Aires, un inmenso mural compuesto por mayólicas que muestra la caravana infame de las tropas entrerrianas con rumbo al antiguo Fuerte, tras las acciones de la batalla de Caseros. Avanzan ante un público que lo celebra y lo escolta hasta el frontón de aquél. No hay rostros tristes; el autor de esa obra tampoco permitió que los hubiera. Esa estación, no por nada, recibe el nombre de “Urquiza”. Estos detalles, por cierto, no se condicen con la verdad histórica, pues finalizada la batalla en cuestión, y en los días subsiguientes a la misma, lo que primó en Buenos Aires fue una atroz carnicería y todo tipo de prohibiciones, acaso dignos rasgos de los que venían a “civilizar”. En vez de felicidad y encanto, sobraban en el pueblo las muestras de miedo y de terror.

El 3 de febrero de 1852 supuestamente se derrotaba al “tirano” Juan Manuel de Rosas, y se aclamaba a los cuatro vientos el triunfo de la “civilización”, pero la realidad de los acontecimientos desencadenados más tarde, por las calles y lugares públicos de la ciudad portuaria y alrededores, distaron mucho de tal predicamento.

Federales asesinados y cadáveres colgados

Justo José de Urquiza, proclamado por el triunfo de las armas brasileñas, alemanas, uruguayas y “federales” como nueva autoridad suprema de la Confederación Argentina, renovaría en Caseros la misma práctica del degüello demostrada en viejos y olvidados triunfos federales como los de Pago Largo, India Muerta o la batalla de Vences. Una orden suya fue suficiente para que asesinaran a Claudio Mamerto Cuenca, el médico que atendía en Santos Lugares a los soldados rosistas heridos en el campo de batalla. Allí, en su lugar de trabajo, fue muerto por las hordas urquicistas. Más adelante, y también por una orden personal de Urquiza, el coronel Martiniano Chilavert fue asesinado salvajemente de un certero sablazo en la cabeza, “como a un traidor” según le proferían sus verdugos mientras Chilavert los contrariaba con furia. Otro caído en desgracia resultó ser el coronel Martín de Santa Coloma. Su muerte fue a lanzazos limpios y ocurrió afuera de la capilla de Santos Lugares. Le sujetaron los cabellos y, enseguida nomás, lo lancearon sin mediar palabras. El “civilizado” Domingo Faustino Sarmiento, años más tarde, declarará haber sentido “placer” al contemplar este último asesinato.

El general César Díaz, que había luchado a favor de Urquiza en Caseros, dejó impresionantes muestras de aquella barbarie que sus ojos contemplaban. Dice así en un párrafo: “Un bando del general en jefe [Urquiza] había condenado a muerte al regimiento del coronel Aquino, y todos los individuos de ese cuerpo que cayeron prisioneros fueron pasados por las armas. Se ejecutaban todos los días de a diez, de a veinte y más hombres juntos… Los cuerpos de las víctimas quedaban insepultos, cuando no eran colgados de algunos de los árboles de la alameda que conducía a Palermo”. Y en otro párrafo, sostenía que “las gentes del pueblo que venían al cuartel general se veían obligadas a cada paso a cerrar los ojos para evitar la contemplación de los cadáveres desnudos y sangrientos que por todos lados se ofrecían a sus miradas; y la impresión de horror que experimentaban a la vista de tan repugnante espectáculo trocaba en tristes las halagüeñas esperanzas que el triunfo de las armas aliadas hacía nacer”. Sugiere el general Díaz que, entre los que pendían de los árboles adyacentes al usurpado Palacio de San Benito de Palermo, se encontraban también los dos hermanos oficiales que comandaban la división Galán, “cuyos cadáveres vi yo mismo”, nos dice.

La gente no podía creer las horrendas escenas que observaba, donde las descargas de los pelotones de fusilamiento tronaban a cada instante. “Hablaba una mañana con una persona que había venido de la ciudad a visitarme –señala el general César Díaz-, cuando empezaron a sentirse muchas descargas sucesivas. La persona que me hablaba, sospechando la verdad del caso, me preguntó: -¿Qué fuego es ése? –Debe ser ejercicio- respondí yo sencillamente, que tal me había parecido; pero otra persona, que sobrevino en ese instante y que oyó mis últimas palabras: -¡Qué ejercicio ni qué broma –dijo-; si es que están fusilando gente!”.

600 fusilados en el acto

Se estima que los fusilamientos, los degüellos y la anarquía en Buenos Aires continuaron durante 15 o 20 días, contabilizando desde el 3 de febrero de 1852. Así, por ejemplo, el 4 de febrero fueron prácticamente saqueadas todas las casas de comercio, a saber: tiendas, pulperías, casas de platería, zapaterías, etc. Como la situación pareció írsele de las manos, el gobierno urquicista “mandó a los ciudadanos que armados en partidas de diez o más hombres, salieran a contener los ladrones, y a los que agarrasen robando, en el acto los fusilaran, como lo efectuaron habiendo muerto a más de seiscientos ladrones”, narra en sus famosas Memorias Curiosas, Juan Manuel Beruti. Esta auténtica carnicería, fue llevada a cabo por numerosos ciudadanos y por tropas de línea de infantería y de caballería, las cuales “rondaban de día y de noche la ciudad, incluso los extranjeros, quienes también se unieron con nuestras patrullas”, afirma Beruti.

En verdad, la jornada del 4 de febrero con el lastre de 600 fusilados tuvo como uno de sus máximos responsables al cuñado del depuesto Rosas, el general Lucio Norberto Mansilla, quien, según lo consigna Juan Manuel Beruti en sus Memorias Curiosas, “cuando vio [Mansilla] la ruina del ejército de su hermano (sic) y dispersión de sus tropas, les dijo a los soldados que se fueran e hicieran lo que quisieran, y se ocultó, que fue a decirles, vayan a robar y saquear”. De esta manera, no hay exactas comprobaciones de que los “ladrones” fueran tales sino, más bien, antiguos soldados federales que fueron instigados, adrede, para que roben y asalten los negocios y tiendas de Buenos Aires.

Sobre la cobarde actitud de Lucio N. Mansilla en aquellos sangrientos días posteriores a la batalla de Caseros, relata Beruti lo que sigue: “El pícaro de Lucio Mansilla, fue tan bajo e indecente, que el día 4 proclamó públicamente en la plaza Mayor; viva el general don Justo Urquiza, y muera don Juan Manuel de Rosas, ¡mire qué cuñado y beneficiado! y después mandó su soldadesca saquear y robar las casas de la ciudad”.

También ese mismo 4 de febrero, se mandaron quitar las consignas “¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes asquerosos unitarios! ¡Muera el loco traidor salvaje unitario Urquiza!” de las divisas punzó. Idéntica suerte corrieron, a su vez, el empleo de la cinta punzó de cintillo en la copa del sombrero y el uso del chaleco federal. En la misma postura “liberadora” y “civilizada”, fue prohibida la exhibición de banderas bicolores punzó y blancas, y en su lugar fueron permitidas únicamente banderas de paño blanco. Así, plena de blancas banderas, habría de amanecer Buenos Aires el 5 de febrero de 1852.

El día 5 de febrero depusieron a quien había sido el jefe de policía del régimen depuesto, don Juan Moreno, y en su reemplazo se ubicó al coronel Blas Pico. Dos días más tarde, el 7 del mismo mes, fueron suprimidos los moños punzó que llevaban las mujeres en sus cabezas como prenda de vestir. Es decir, se intentó suprimir todo vestigio del federalismo argentino.

Lucio V. Mansilla, hijo del cuñado de Rosas, al intentar explicar el carácter de Justo José de Urquiza luego de ejecutadas sus órdenes de degüellos y fusilamientos indiscriminados tras Caseros, escribió: “Urquiza, el nuevo dictador por la espada, había proclamado perdón y olvido, ni vencedores ni vencidos; pero cruelmente negaba con los hechos el significado de tan bellas palabras. Comenzó torpemente en Buenos Aires. No se hizo simpático. Su vida toda de aventuras y de luchas, hasta llegar a las puertas de Buenos Aires, no había sido más que una carnicería; y, su parte, la del león”.

Una versión sueca de los desmanes

Presa del miedo que inundaba al vecindario de Buenos Aires, el teniente Axel Adlersparre, de nacionalidad sueca, dejó plasmadas interesantes noticias e impresiones sobre los acontecimientos ocurridos durante y después de la batalla de Caseros. Cabe agregar que Adlersparre revistaba como oficial de la corbeta sueca “Lagerbjelke”, la cual permaneció amarrada en el antiguo puerto de la ciudad capital. Las impresiones están en un documento fechado en Buenos Aires el 15 de febrero de 1852, y el mismo describe la desesperación de un tal Smitt, compatriota suyo, que tenía una “casa de comercio, que él mismo custodió con sus trabajadores armados con armas de nuestra corbeta [la “Lagerbjelke”]. Durante la noche llegaron varias personas pidiendo protección sueca”.

Sugiere el teniente Adlersparre, que el Consulado de Suecia también brindó refugio a los ciudadanos suecos que vivían en Buenos Aires. “Entre los que se refugiaron en el Consulado sueco había 3 suecos –dice el militar-, además de algunos nativos, de los cuales uno representaba al Gobierno Nacional”. Agrega Adlersparre que de todas las fuerzas desplegadas por Juan Manuel de Rosas en la lucha, la artillería fue el arma más fiel que tuvo, seguido de la caballería, y habla de la dudosa actitud que tuvo en las acciones el general Ángel Pacheco, a la sazón, general en jefe del ejército rosista.

Respecto a la lúgubre cacería que hubo la noche del 4 de febrero de 1852, en la que fueron masacrados 600 individuos por las calles de Buenos Aires, el teniente Axel Adlersparre difiere en algunos pormenores de la versión dada por Beruti: “(…) A la mañana siguiente grupos de soldados que con pocas excepciones eran restos de las fuerzas armadas de Rosas, empezaron a robar en las mejores tiendas, principalmente en las joyerías. Para engañar a los habitantes de la ciudad estos malhechores se habían puesto un pedacito de tela blanca a manera de coraza, que era el símbolo de las fuerzas de Urquiza, mientras que las tropas de Rosas utilizaban un pedacito de tela roja que de una manera rara había sido puesta alrededor del abdomen”. Luego de haber sido anoticiado por los saqueos, el general Urquiza mandó colocar ordenanzas en las calles, a quienes les dio como única orden “tirar contra los que trataban de robar”.

Dentro de esas medidas sanguinolentas, Urquiza dictó una proclama “por la que durante ocho días todos los que habían sido encontrados robando o fueran encontrados robando, serían fusilados a los 15 minutos en el mismo lugar donde habían robado”, expresa el oficial de Suecia. Además, asegura que hubo al menos 6 marinos norteamericanos que colaboraron en la persecución de los saqueadores, y que el cónsul de Estados Unidos, al ver que unas 16 o 18 personas, con lanzas en mano, intentaban derribar la puerta de una tienda, les sugirió que se retiren, “pero en lugar de irse dispararon un tiro contra él, que no le alcanzó, y entonces el Cónsul ordenó a los marineros que tiraran. Dos hombres y sus caballos cayeron y los demás huyeron”, añade el teniente Adlersparre.

Miembros del brazo armado de la Sociedad Popular Restauradora, esto es, la Mazorca, eran buscados en sus casas para ser arrastrados fuera de ellas. Después, casi en el acto, eran degollados o fusilados. Axel Adlersparre dirá que “muchas escenas salvajes he visto, pero nunca vi hombres sacrificados con tanta ligereza y tan sin piedad, como en esos días”. Las mujeres porteñas tampoco se salvaron, pues eran pasadas por las armas si las tropas entrerrianas les encontraban en sus hogares joyas robadas de las tiendas. Aquello era dantesco.

Urquiza, que nunca pudo ganarse ni alcanzar la popularidad entre la gente de Buenos Aires, hizo su entrada triunfal el 20 de febrero de 1852. Algunos lo aplaudieron, pero otros se mostraron indiferentes. A pesar de que había prohibido el uso del cintillo punzó, en esa pasada Urquiza lo lució en su uniforme, tal vez como una muestra de que algo de federal le quedaba. Sin embargo, la situación no era propicia, y menos aún cuando al paso de las tropas del Brasil el público despidió una silbatina más que sugerente. El 21 de febrero, restablece el uso del cintillo federal mediante un bando. Ya tenía algunos enemigos internos, Urquiza, incluso desde antes de la firma del Acuerdo de San Nicolás (31 de mayo de 1852), donde el entrerriano fue nombrado Director Provisional de la República.

En esos días, Urquiza reconocerá su infame traición al usurpar el gobierno que dirigía honorablemente Juan Manuel de Rosas. En carta al ministro inglés Roberto Gore, expresará lo que sigue: “Tentado estoy de llamar a Rosas, pues sólo él es capaz de gobernar aquí… Decían que era detestable la tiranía, pero ahora resulta insoportable la demagogia… Toda la vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo en que lo hice, a la caída del general Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara, y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores he colocado en el poder”.

Los desórdenes continuaron, los muertos se apilaban en las calles, y Urquiza, horrorizado por sentirse constructor de tamaña realidad, empezaba a desconfiar de los salvajes unitarios que, tarde o temprano, lo sacarían del poder hasta confinarlo en su Palacio de San José, en Entre Ríos. En ese mismo sitio hallará la muerte, una tarde de abril de 1870.

Autor
Gabriel Oscar Turone



Bibliografía


Ezcurra Medrano, Alberto. “Las Otras Tablas de Sangre”, Editorial Haz, Septiembre de 1952.


Honorable Senado de la Nación. Biblioteca Mayo, Tomo IV, Parte 2°, Imprenta del Congreso de la Nación, Buenos Aires, 12 de abril 1960.


Revista de la Academia Nacional de la Historia. “La caída de Rosas. Versión de dos cronistas suecos”, Buenos Aires.


Röttjer, Aníbal Atilio. “Rosas. Prócer Argentino”, Ediciones Theoría, Buenos Aires, Septiembre 1972.

4 de febrero de 2009

MARTINIANO CHILAVERT, EL MARTIR DE CASEROS

Martiniano Chilavert.
El mártir de Caseros.



Introducción.


El 3 de febrero de 1852, Día aciago para la América toda como bien lo sabemos, las alas del ejercito federal son batidas sin mucho esfuerzo por las aguerridas y bien armadas tropas urquicistas, y pronto se desbandan en completo desorden. Pero el centro resiste porfiadamente, su artillería no se detiene a pesar de que la contienda ya estaba decidida. Puesto que en frente suyo, las fuerzas imperiales marchan a su encuentro, desplegando sus estandartes coronados, y esto será motivo suficiente para continuar ante todo. ¡Las falanges esclavistas no deben avanzar mas!; ¡No es posible olvidar Ituzaingo!; seguramente bramaba el valeroso espíritu del coronel Chilavert, mientras mandaba colectar las municiones enemigas esparcidas rededor suyo, y luego hasta las piedras, para proseguir con el fuego, cuando sus balas habianse acabado; mas no su heroísmo.


El joven que gustaba de las matemáticas.
El Soldado. El Unitario.


Nace en Buenos Aires en el año 1801, hijo del capitán Don Francisco Chilavert, si bien en pocos años su familia volverá a España. Inicia sus estudios en Europa, mostrando gran inclinación hacia las matemáticas, que lo llevara a elegir la Ingeniería posteriormente.
Vuelve en 1812 a estas tierras, en la fragata George Canning, la misma embarcación que traía a José de San Martín, entre otros ilustres personajes que harán un aporte fundamental a la causa emancipadora. Aquí proseguirá su labor de preparación, dando énfasis particular a los números, que son su predilección.
Cuando alcanza la edad adecuada, se incorpora al ejercito, sirviendo en el regimiento de Granaderos de Infantería. Siempre se mostró leal hacia Carlos María de Alvear, llegando a ayudarle en el 20, en su intento de apoderarse del gobierno de Buenos Aires, el cual fracasa estrepitosamente. En los vaivenes de ese año tan caótico, marchas y contramarchas le harán ver su país de una manera mas profunda. Acaba siendo prisionero de Dorrego.
Obtiene la baja del ejercito en 1821, bajo el gobierno de Martín Rodríguez, el cual había emergido del caos del año 20 con la asistencia de uno joven hacendado llamado Juan Manuel de Rosas. Oportunidad espléndida para proseguir con sus estudios, ya que el orden se había restaurado. Llega a ser ayudante en la cátedra de matemáticas de Felipe Senillosa. Obtiene el titulo de Ingeniero en el año 1824.
Mas los acontecimientos se precipitan nuevamente. Un puñado de hombres se lanza a una cruzada de libertad y de honor, al otro lado del Río de la Plata. Y declaran la reincorporación de la Banda Oriental al seno de su Patria autentica. El Imperio del Brasil declara la guerra a las Provincias del Sur. Chilavert acude al llamado del deber, y se enlista para combatir la felonía extranjera. En 1826, asciende a capitan en el Regimiento de artillería ligera. Y en el campo de gloria de Ituzaingo, recibe el ascenso a Sargento Mayor. Sigue combatiendo, esta vez a las ordenes de Rivera, hasta que en 1828 recibe la noticia del acuerdo de paz. Retorna, con esa amargura que solo el saberse víctima de una traición puede provocar. Aunque se equivoca, porque no ha sido Dorrego el responsable de ese desenlace bochornoso. Mas, infatuado, se une a Lavalle, y con el se refugia en el Uruguay tras la derrota. Su espíritu fogoso seguirá activo, asistiendo incluso en las intentonas de Ricardo López Jordán (padre).
Finalmente, se retira del trajín de los combates y conspiraciones. Esto durara hasta 1836, cuando se pliega a Fructuoso Rivera en su revolución contra el presidente Oribe, quien le dará el grado de Coronel en su ejercito insurrecto.
Sobreviene la postrer intervencion de Lavalle en la Confederacion, con la intitulada "Cruzada Libertadora", a la cual se pliega nuestro personaje. Mas, no tarda en hartarse de los desmanejos de la "Espada sin Cabeza", sensacion acrecentada cuando diose cuenta que el "Libertador" cifraba sus esperanzas en las tropas que pudieran desembarcar los franceses (en conflicto con la Confederacion) y no en el levantamiento del "pueblo oprimido" por el gobernador Rosas. Decide volver junto a Rivera.
Mal les va a los unitarios. Todos sus movimientos fracasan y las derrotas se suceden. Lavalle muere en extrañas circuntancias. El resto de los lideres pasa nuevamente al exilio. Manuel Oribe, que habia sido desposeido del poder por Rivera en 1838, tras conjurar el unitarismo en territorio de la Confederacion, cruza hacia la Banda Oriental con un ejercito formidable, que en poco tiempo se adueñara de todo el pais, salvo la ciudad de Montevideo.
El llamado "Sitio Grande" inicia. Los federales argentinos y los blancos uruguayos actuan como lo que son, la fuerza pura de estas tierras libres, y ambos concurren a erigir un cerco en torno a Montevideo, ultimo reducto del Unitarismo-Riverismo. La plaza resiste gracias al auxilio constante de las potencias extranjeras. Las legiones francesas e italianas sostienen con sus aceros al regimen de Rivera. Alli estara Chilavert, siendo nombrado jefe de la artilleria de la ciudad, por el general Paz.
En la ciudad sitiada, bullen las intrigas politicas tendientes a acabar con el regimen establecido al otro lado del Rio de la Plata. Escuchando las variables que proponian los lideres para terminar con su odiado enemigo, observo Chilavert que en cada una de ellas la extincion de la misma nacionalidad era tomada como algo necesario, inclusive intrascendente. ¡Que importa la Patria, mientras triunfen los principios!, predicaban en su lenguaje sutil los doctos exiliados. A pesar de sus protestas airadas, Rivera, sonriente, solo atinara a espetarle que "eran cosas de la diplomacia".
La duda asaltara dia a dia a nuestro heroe. Y una ira no disimulada ante las maniobras arteras y antinacionales que son llevadas a cabo con tanta naturalidad por los politicos, le llevara a discuciones cada vez mas algidas con sus compañeros de causa. ¿Pero cual era la "causa" que los unia?, ¿la de la Libertad?, pero si esta era comprada con el oro extranjero, ¿no era una condición aun más vil?.
Al fin y al cabo lo arrestaron, pero logró evadirse y escapo al Brasil. Estando allí, enteróse de sucesos cuyo escenario era el poderoso Paraná, en que las lanzas y cañones que se acordaban del pasado español, habían cerrado el paso a la prepotencia de las naciones más poderosas del orbe, en que un puñado de gauchos bañados por proyectiles y cohetes extranjeros, se cubrieron de una gloria sin igual, y no retrocedieron sino hasta que no les quedaron más balas que utilizar. Ese 20 de Noviembre, el llamado de la Patria llegó a lo profundo del alma de nuestro héroe.

La Redención.


El estruendo de los cañones de Obligado no solo corto el viento calmo que corría sobre el Paraná, sino que retumbo en el corazón de todos los hombres, de un extremo a otro de las Américas. Para algunos fue motivo de alegría, pues creían en su locura, que esas cadenas rotas anunciaban la caída del “tirano” Rosas. Pero la mayoría, sabia que aquel hecho representaba un llamado inextinguible, en donde el orgullo y la ira debían concurrir, esplendentes como el mismo sol en su apogeo.
Dejemos que nuestro heroe nos diga lo que lo motivo a abandonar aquellos ideales a los que sirvio por tanto tiempo. Y no hay mejor forma de hacerlo, que mediante la carta que escribio al General Manuel Oribe, en mayo de 1846, la cual transcribimos a continuacion:

“En todas las posiciones en que el destino me ha colocado, el amor a mi país ha sido el sentimiento más enérgico de mi corazón. Su honor y su dignidad me merecen religioso respeto. Considero el más espantoso crimen llevar contra él las armas del extranjero. Vergüenza y oprobio recogerá el que así proceda; y en su conciencia llevará eternamente un acusador implacable que sin cesar le repetirá: ¡traidor! ¡traidor! ¡traidor!Conducido por estas convicciones me reputé desligado del partido al que servía, tan luego como la intervención binaria de la Inglaterra y de la Francia se realizó en los negocios del Plata...Me impuse de las ultrajantes condiciones a que pretenden sujetar a mi país los poderosos interventores, y del modo inicuo como se había tomado su escuadra. Vi también propagadas doctrinas a las que deben sacrificarse el honor y el porvenir de mi país. La disolución misma de su nacionalidad se establece como principio. El cañon de Obligado contestó a tan insolentes provocaciones. Su estruendo resonó en mi corazón. Desde ese instante un solo deseo me anima: el de servir a mi patria en esta lucha de justicia y de gloria para ella. Todos los recuerdos de nuestra inmortal revolución, en que fui formado, se agolpan. Si, es mi patria...anunciándose al mundo por esta verdad: existo por mi propia fuerza. Irritada ahora por injustas ofensas acredita que podrá quizás ser vencida, pero que dejará por trofeos una tumba, flotando en un océano de sangre y alumbrada por las llamas de sus lares incendiados.Lo felicito por su heroica resolución, y oro por la conservación del gobierno que tan dignamente la representa, y para que lo colme del espíritu de sabiduría.Al ofrecer al gobierno de mi país mis débiles servicios por la benévola mediación de V.E., nada me reservo. Lo único que pido es que se me conceda el más completo y silencioso olvido sobre lo pasado.”

Chilavert, que durante años había servido a personeros de la anti-patria como Lavalle y Rivera, demostrara que la redención es posible a pesar de todo. Fue testigo de las maquinaciones de la Pérfida y Nefasta Albion. Mas la batalla de la Vuelta de Obligado fue para el una autentica catarsis. Había despertado finalmente. Rosas y las lanzas federales se presentaron ante sus ojos como lo que eran realmente: Espíritu y Brazo de una Patria que se negaba a postrarse ante nadie.
El destellar altanero de las baterías de Mansilla le hizo vislumbrar la verdad.
Desde ese instante, iniciaba el camino de su redención.

El Retorno a la Patria.


Volvera en el año 1847. Y Rosas, confiando en la palabra de honor de Chilavert, y sapiente de las dotes de eximio artillero, le confia el mando de un cuerpo de artilleria. Demostrara que las espectativas puestas en el no eran infundadas, y formara de la mejor manera a los artilleros federales. Aunque no tendra oportunidad de mostrarse en accion contra las escuadras interventoras, cuyos brios otrora inmensos han trocado trascendentalmente ante la audaz resistencia criolla. Ya lo imagimos cerca de la costa, oyendo con sin igual delectacion y orgullo, las salvas que ofrendan como desagravio al pabellon argentino, los ingleses y franceses por igual.
Muere el Gran Capitan en 1850. El luto cubre la America entera. Pero el año siguiente, una fatalidad aun peor cambiara los destinos de nuestra Patria, y dejara en su ser un sello imborrable. Urquiza, traiciona la causa de la libertad y del orgullo, y se pasa al bando unitario y brasileño.

Todo se precipita en el desconcierto. El comandante de la evidente guerra contra el Imperio Esclavista, habia defeccionado de la peor manera posible. Todos los armamentos que el mismo Rosas le habia enviado para la cruzada contra el unico trono asentado en el continente, los utilizo a favor del enemigo declarado.

Un enemigo de todo lo que oliera a nacional, nos da un retrato fiel de las motivaciones del General Justo Jose de Urquiza:

“Se me caía la cara de vergüenza al oírle a aquel Enviado (El de Brasil) referir la irritante escena, y los comentarios: "¡Sí, los millones con que hemos tenido que comprarlo para derrocar a Rosas! Todavía después de entrar a Buenos Aires quería que le diese los cien mil duros mensuales, mientras oscurecía el brillo de nuestras armas en Monte Caseros para atribuirse él solo los honores de la victoria."

Y no hay nadie que pueda acusar a Domingo Faustino Sarmiento de rosista. El escribio estas lineas en su carta de Yungay, el 13 de octubre de 1852.

La excusa falaz de Constitucion caia por su propio peso. Pero para el pueblo, para los que habian conquistado la libertad en las guerras contra España, y la reafirmaron ante la Francia, ante el Imperio y la Albion nefasta, todo era evidente.

"Las gentes de las campañas no veían más que el hecho inaudito de la invasión del Imperio del Brasil y rodeaban a Rosas en quien personificaban la salvación de la patria.”(Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina.t.III.p.345.Eudeba.Bs.As.1978)

Habia que detener al traidor de Urquiza a como diera lugar. Otro nuevo ejercito debia ser erigido, para defender a la Federacion en este trance quiza fatal. A muchos les gano el desaliento, puesto que se les venia un ejercito portentoso: veteranos de Entre Rios y Corrientes, mas las tropas de Oribe, junto con las falanges imperiales.
Chilavert, encontro las palabras de aliento adecuadas. Si la Patria cae, lo hara con una gloria que oscurezca eternamente la memoria de los vencedores.

"La suerte de las armas - dijo - es variable como los vuelos de la felicidad que el viento de un minuto lleva del lado que menos se pensó. Si vencemos, entonces yo me hago el eco de mis compañeros de armas para pedirle al general Rozas que emprenda inmediatamente la organización constitucional. Si somos vencidos, nada pediré al vencedor; que soy suficientemente orgulloso para creer que él pueda darme gloria mayor que la que puedo darme yo mismo, rindiendo mi último aliento bajo la bandera a cuya honra me consagré desde niño.”

En la célebre junta de jefes del 2 de febrero de 1852, la opinión de Chilavert es la más lúcida y enérgica. El general Pacheco se sumerge en un estado de inacción total, y el mismo gobernador de Buenos Aires guiará a sus tropas a la batalla. La razón estaba del lado de nuestro héroe, a la luz de lo que sucedió aquel aciago dia 3 de febrero, y nuevamente le damos la palabra, pues nadie como él será capaz de explicarlo todo debidamente:

"Pienso que no debemos aceptar la batalla de mañana como tendrá que suceder si nos quedamos aquí, que, por el contrario nuestras infanterías y artillerías se retiren rápidamente esta misma noche a cubrir la línea de la ciudad, tomando las posiciones convenientes; que, simultáneamente, nuestras caballerías en numero de 10.000 hombres salgan por la línea del norte hasta la altura de Arrecifes y comiencen a maniobrar a retaguardia del enemigo, corriéndose una buena división hacia el sur para engrosarse con las fuerzas de este departamento, y manteniendo la comunicación con las vías donde pueden llegarnos refuerzos del interior. Es obvio que el enemigo no tomará por asalto la ciudad de Buenos Aires ni cuenta con los recursos necesarios para intentarlo con probabilidades serias, ni los brasileros consentirían en marchar a un sacrificio seguro. Y entonces una de dos: o el enemigo avanza y pone sitio a la ciudad, o retrocede hacia la costa norte a dominar esta línea de sus comunicaciones y en busca de sus reservas estacionadas en la costa oriental. En el primer caso militan con mayor fuerza las causas que deben destruirlo irremisiblemente. En el segundo caso, nosotros quedamos mucho mejor habilitados que ahora para batirlo en marcha y en combinación con nuestras gruesas columnas de caballería a las que podremos colocar ventajosamente. Y en el peor de los casos, no somos nosotros sino el enemigo quien pierde con la operación que propongo, pues para nosotros los días que transcurren nos refuerzan y a él lo debilitan”.

(Adolfo Saldías. Historia de la Confederación Argentina. t.III.p.348. Eudeba.Bs.As.1978)

Tal vez, si hubiera sido escuchado, la Confederacion aun existiria para gloria y felicidad de sus hijos.

Caseros.

Acaecio la batalla final, en que la Traicion y la Patria, representadas por Urquiza y por Rosas, decidirian el destino de estas tierras, y por ende, de nuestra America.
Las bisoñas fuerzas rosistas, poco pudieron contra un enemigo tan numeroso, aguerrido y equipado. Pero si la Santa Federacion caia, lo debia hacer con gloria. Y asi lo hizo.
En centro federal resistio gracias a la artilleria que comandaba Chilavert, cuyas andanadas impedian avanzar a las lineas imperiales. Como bien lo indicamos en la introduccion, el honor cubrio con sus alas a esos bravos artilleros.
Cuando finalmente todo estaba perdido, el Coronel se puso a fumar un cigarro, apoyado en uno de sus cañones. No intento escapar, y se entrego al Coronel Virasoro, aunque el primero en divisarlo fue otro, un capitan, que fue amenazado con perder la cabeza de un pistoletazo si intentaba sacarle sus armas, puesto que se las entregaria solo a un oficial de rango. ¡Hasta en la derrota!, orgulloso como buen criollo.

¡Así mueren los hombres como yo!

Ni vencedores ni vencidos, había proclamado Urquiza. Y tenia razón, porque no vencieron los argentinos, ni tampoco fueron vencidas las hordas de un tirano, venció el Imperio, y la libertad de estas tierra cayo derrotada. Y para aclarar de manera contundente sus palabras, inicio una orgía de horcas y degüellos, de fusilamientos y mutilaciones.

“Un bando del general en jefe había condenado a muerte al regimiento del coronel Aquino, y todos los individuos de este cuerpo que cayeron prisioneros fueron pasado por las armas. Se ejecutaban todos los días de a diez, de a veinte y más hombres juntos. Los cuerpos de la victimas quedaban insepultos, cuando no eran colgados en algunos de los árboles de la alameda que conduce a Palermo. Las gentes del pueblo que venían al cuartel general se veían a cada paso obligadas a cerrar los ojos para evitar la contemplación de los cadáveres desnudos y sangrientos que por todos lados se ofrecían a sus miradas; y la impresión de horror que experimentaban a la vista de tan repugnante espectáculo trocaba en tristes las halagüeñas esperanzas que el triunfo de las armas aliadas hacía nacer. Hablaba una mañana una persona que había venido a la ciudad a visitarme, cuando empezaron a sentirse muchas descargas sucesivas. La persona que me hablaba, sospechando la verdad del caso me preguntó “¿Que fuego es ese?” “Debe ser ejercicio”, respondí yo sencillamente, que tal me había parecido; Pero una persona que sobrevino en ese instante y que oyó mis últimas palabras, “Que ejercicio, ni que broma - dijo - si es que están fusilando gente”
(Memorias inéditas del general Cesar Díaz. P.307. cit.por A.Saldias.t.III.p357)

El Regimiento Aquino, que había desertado de su bando, previo ajusticiamiento de los oficiales impuestos por Don Justo, fue condenado por el simple animo del vencedor al exterminio. Esos nobles soldados necesitaban de un comandante digno para marchar silentes a la gloria inmortal. Ese comandante, no podría ser otro que el Coronel Martiniano Chilavert.
Tras una entrevista con Urquiza, de la que no quedo registro alguno o siquiera testigos, esté, iracundo, le mando a fusilar por la espalda, como si fuera un traidor.
Fue tranquilo al suplicio. Lo único que pidió fue un momento para orar y reconciliarse con Dios. A cambio, obsequio tabaco y un poco de dinero a los soldados que debían asesinarlo. Se irguió firme en ese momento culmine, y un sargento fue hacia él para ponerlo de espaldas, ¡grave error de su parte!, Chilavert era un ilustrado, pero un criollo de pura cepa, y lo recibió con un puñetazo que lo envío directo al suelo. ¡El no era un traidor!. Se enfureció y grito: ¡Tirad al pecho!¡! Que así mueren los hombres como yo!.
Un disparo lo hirió en la boca, y sin embargo seguía resistiendo a esa muerte indigna. Los soldados se abalanzaron en tropel, y lo ultimaron con sus sables, bayonetas, e incluso con las culatas de sus fusiles. Ese era el martirio que solo los héroes pueden soportar.
Se derrumbo, cubierto de heridas. Pero su espíritu seguía igual de altivo y soberbio en quel trance supremo, señalo con una mano su pecho, antes de que su alma se extinguiera. Y murio con su espalda limpia de esa marca de oprobio que le quisieron imponer, como un guerrero, como un patriota. Conquistando así una Redención y una Gloria carentes de mácula alguna, como los que habían ciado en Obligado y fueron su inspiración.
Cayo el 4 de Febrero de 1852, como solo podían hacerlo los hombres libres.

Epilogo.


Mucha sangre debió derramarse en tributo a una supuesta panacea contenida en una Constitución escrita. La violencia prodigada por el vencedor de Caseros, no se limitó al enemigo que tuvo en el campo de batalla, sino también a los civiles con vinculaciones con el gobierno de Rosas, acusadondolos de mazorqueros. Ningún juicio se hizo, para siquiera adornar con cierto legalismo tanta barbarie. Luego vinieron las expropiaciones, que dejaron al mismo Rosas, otrora rico hacendado (por propio mérito y trabajo, que los Atalivas vendrían después), en la nada. Los federales que vieron en Urquiza un superador del anterior sistema, pronto sintieron en carne propia su trágico error.

Sin una constitución colgaron a Alen, padre de Leandro. Con una en la mano, pusieron la cabeza de un general de la Nación, la del Chacho Angel Vicente Peñaloza, en una lanza.

Todo el papel usado para imprimir incontables tiradas de una Constitución copiada, no será suficiente para limpiar toda la sangre vertida generosamente por los héroes que sabían muy bien que la Patria no era un “librito”, sino la Libertad, el Orgullo, la Independencia, expresados en la santa Federación. Así tampoco con toda la tinta existente sobre la faz de este mundo, no se podrá escribir más que una mínima parte de toda la gloria con que se cubrieron grandes argentinos como el Coronel Martiniano Chilavert. Aunque mal le pese a la historiografía liberal, la verdad siempre vence.



Por Ricardo Benítez (para Jóvenes Revisionistas)