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20 de febrero de 2012

UNIVERSIDADES DE LA CONQUISTA: EDUCACION Y CULTURA PARA EL NUEVO MUNDO

Vista de la Universidad de San Carlos de Borromeo, Guatamela (1681)


Es un tema no muy recurrente este de escribir sobre la educación superior –o universitaria- en los tiempos de la Conquista española en América, tal vez porque todavía hoy somos víctimas de la Leyenda Negra que sobre dicho período recayó luego del triunfo del racionalismo, el positivismo y el librecambio. Cuesta bastante hallar manuscritos o notas añejas que versen sobre esta asignatura que, a más de uno, podría esclarecerlo para no incurrir ni caer en la diatriba más espantosa que jamás se haya visto.

De acuerdo a lo dicho por el profesor Jorge Sulé, “la propaganda de desprestigio antiespañol (fue) echada a rodar por Gran Bretaña desde el siglo XVII”, iniciada con el propósito de “despojar a la España de los Austrias de su protagonismo mundial desencadenando una acción psicológica de descrédito como forma de socavarla”. Al parecer, sigue enseñándonos Sulé, el comienzo de la Leyenda Negra tuvo como epicentro “la traducción al inglés del libro de Bartolomé de las Casas en que el clérigo español que llegó a ser Obispo de Chiapa, denunció los excesos de los encomenderos españoles. Por supuesto, estos acontecimientos ocurrieron, pero fueron exagerados por el sacerdote para llamar la atención de la corona, efecto logrado con la redacción de leyes protectoras y la venida de varios “visitadores” inspectores reales para morigerar los excesos denunciados”. Afirma, a su vez, que Bartolomé de las Casas jamás imaginó “quiénes y para qué irían a utilizar sus escritos”, esto es, políticamente para el descrédito de la España monárquica.

De la vengativa Leyenda Negra se sirvieron, ya promediando el siglo XIX, los más conspicuos serviles de la masonería liberal, tales como Domingo Faustino Sarmiento, para quienes los federales encarnaban la cosmovisión española heredada de la Conquista del siglo XV y eran, por ende, “bárbaros” y “déspotas”. Muy bien lo ilustra Jaime Gálvez, una vez consumada la derrota de Juan Manuel de Rosas en 1852: “Todo se organizaba renunciando a “la mala herencia del régimen colonial español”, como decía Alberdi. Se destruían las antiguas instituciones políticas, privadas, económicas, etc. Todo se liquidaba con la conciencia del poco valer de lo español, de nuestro pasado, del que se avergonzaban y que querían tapar apresuradamente con leyes importadas y bien frescas”. “La nueva generación –agrega- quiere escaparse de sí misma, de su pasado, de su propio yo”.

LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

Previo al desembarco de Cristóbal Colón, España ya había definido con claridad qué modelo universitario estaba dispuesto a implementar en América. En la Europa del siglo XII al XV, sobresalió como la mejor casa de altos estudios la Universidad de Salamanca, que llegó a contar con el asombroso número de 4 mil estudiantes sobre un total de 8000 miembros de esa comunidad del saber (incluyendo profesores, catedráticos y administrativos). Se dice, por ejemplo, que Salamanca fue pionera en la concreción efectiva de un gobierno universitario que hermanó a maestros y discípulos.

Al decir de Gabriel del Mazo, la Universidad de Salamanca ha sido el prototipo de las por entonces novedosas universidades medievales europeas, la cual tomaba las bases culturales venidas del mundo romano y el legado de la civilización griega. Este origen, es el que citó Juan Perón cuando afirmó, en junio de 1948, qué tipo de universidad debía tener la Argentina: “Queremos una universidad con alma argentina, que llevando en su seno toda la civilización greco-latina y la cultura que heredamos de España, transforme nuestra Patria de asimiladora de cultura en creadora de cultura”. Sin lugar a dudas, el conductor justicialista hacía referencia a ese extraordinario polo educativo superior que fue Salamanca (Castilla y León).

La universidad de la Edad Media “espiritualmente fue creación de una filosofía, la escolástica”, asevera del Mazo, y la dialéctica que manejaba tuvo dos etapas: primero, entre la fe y la razón, luego entre la fe y la ciencia. De esta conjunción armoniosa, nacieron los estudios avanzados del Derecho, la Medicina, las Ciencias Matemáticas y las Ciencias Geográficas. La Universidad de Salamanca, antecesora directa de las casas que la Conquista erigió en América, tuvo en su Facultad de Filosofía y Letras la perfecta continuidad de los viejos estudios de “artes” procedentes de la cultura griega. No por nada, en la etapa Renacentista las artes serán “el corazón mismo de la enseñanza superior”.

La composición comunitaria de las universidades como la de Salamanca era internacional; desde todos los países del resto de Europa, las personas venían a capacitarse y graduarse en ella por la excelente calidad de sus programas. Asimismo, tenían validez internacional los títulos que otorgaba, como bien lo prueba el hecho de que muchos educadores que vinieron a América validaban su conocimiento con el diploma que tenían de Salamanca y de otras universidades más, como la de Bolonia o París. Claro, esta validez universal se truncó cuando sobrevino la masónica Revolución Francesa que dividió los reinos y los convirtió en territorios nacionales, quebrando, al mismo tiempo, “la unidad general del catolicismo”.

UNIVERSIDADES ESPAÑOLAS EN AMERICA

La Iglesia puso el máximo empeño posible para dirigir las universidades y las escuelas que se iban creando en América. Dos típicos casos de lo que aquí se comenta son, en nuestro país, el Colegio Monserrat, de Buenos Aires, y la Universidad de Córdoba, ambas creadas y sostenidas por la orden jesuítica. Recordemos, a su vez, que muchas de las primitivas entidades educativas quedaban en los conventos religiosos, lo que nos da una idea genérica de lo expuesto en este sentido.

El triunfo de la Revolución Francesa en 1789, dio los bríos necesarios y definitivos para la imposición de la teoría falsa de la Leyenda Negra, ocultando los logros educacionales de la España Conquistadora que, con muchísima anticipación, erigió universidades por América antes que lo hicieran los ingleses o franceses en lo que hoy es Estados Unidos o Canadá.

El ya citado Gabriel del Mazo, uno de los protagonistas de la Reforma Universitaria de 1918 y miembro activo de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) de 1935 a 1940, escribió elogiosas líneas al tocar el tema de las universidades creadas por los españoles en el Nuevo Mundo desde 1538 hasta 1815. Explica, al mismo tiempo, que los Conquistadores se anticiparon unos 98 años a la fundación de la primera universidad de la América anglosajona. Veamos:

“Las trece primeras fueron fundadas a partir de 1538 en el transcurso de casi un siglo, antes que la primera del Norte, la de Harvard, se estableciera (1636). Fueron las siguientes: la de Santo Tomás en Santo Domingo (1538) donde por tres siglos concurrieron los estudiantes de Cuba, Puerto Rico y Venezuela, y la segunda de Santo Domingo (1540-1558) llamada Santiago de la Paz; las gemelas de San Marcos de Lima y de México (1551) que fueron por excelencia las universidades hispanoamericanas, como en ese tiempo la de París fuera para Europa; las dos de Bogotá, una la dominicana de Santo Tomás (1580-1625) y otra la jesuítica Javeriana (1622); tres de las de Quito: la de San Fernando, la de San Fulgencio (1586) y definitiva de San Gregorio (1620); las dos del futuro virreynato del Plata: la de Córdoba (1613-14) y la de San Javier en Charcas (1624); la primera de las de Cuzco, la de San Ignacio (1622); la jesuítica de Santiago de Chile (1621-25); la de Mérida de Yucatán (1624). Más tarde se agregaron: la de San Carlos en la ciudad de Guatemala (1681); la de San Cristóbal de Huamanga en Perú (hacia 1685) y la segunda del Cuzco, San Antonio Abad (1692). Llegado el siglo XVIII, la de San Jerónimo en La Habana (1721-25); la de San Felipe en Santiago de Chile (1738-47); la jesuítica de Panamá (hacia 1750); y la de Santo Tomás (1791) en Quito, erigida sobre la primitiva de San Fernando. En los comienzos del siglo XIX alcanzaron a estar fundadas al tiempo de la Independencia, la nueva de Córdoba llamada San Carlos y Nuestra Señora de Monserrat (1800-1808); la de Mérida en Venezuela (1807) y la de Nicaragua en León (1815).”

Se observa con nitidez, la importancia fundamental que implicó para los hidalgos españoles y los miembros de la Iglesia Católica el tema educativo en el Nuevo Mundo. Tres siglos fundando universidades, de las que salieron no pocos dirigentes que luego, en las postrimerías del poderío español, serán los protagonistas de las revueltas independentistas. Un caso emblemático, para comprender la cultura hispanoamericana que se impartía en estas casas de altos estudios, lo representa Gaspar Rodríguez de Francia. Egresó de la Universidad de Córdoba del Tucumán con “el grado de maestro de Filosofía y Doctor en Sagrada Teología”, de acuerdo a lo expuesto por los jóvenes revisionistas Luciano Schwindt y Gustavo Salomón. Levantó una próspera nación, la paraguaya, con recetas caseras y merced al altísimo bagaje que le impartieron en una de esas universidades de la Conquista.

Frente de la Universidad de Salamanca, en Castilla y León, España. Próxima a cumplir 800 años de existencia, es la madre de todas las casas de altos estudios creadas por la Conquista en América, de 1538 a 1815.



Aparecen como genuinos impulsores de la educación universitaria americana, los reyes Fernando III “el Santo” (1201-1252) y Alfonso X “el Sabio” (1221-1284). Este último fue el creador del Código de las Siete Partidas que se lo consideró como el “primer estatuto de educación superior en Europa y primera legislación universitaria de Estado”, o sea, “es la carta que inspira y rige la vida de las universidades españolas en la península y en esta América hasta las reformas de Carlos III en la segunda mitad del siglo XVIII”, esgrime Gabriel del Mazo.

Bajo este marco constitutivo, es que tienen su origen las universidades medievales en América, en contraposición a las universidades napoleónicas que llegaron tras los sucesos de 1789.

MEDIEVALES Y NAPOLEONICAS

Hubo notables diferencias entre aquella universidad medieval de cepa española que trajo la Conquista, de aquella otra universidad surgida a la luz de los principios de la Revolución Francesa, la cual se consolidó con el advenimiento del Imperio y de su mentor, Napoleón Bonaparte. La educación superior americana contempló y vivió dos etapas bien definidas respecto de sus casas de altos estudios: universidades medievales y napoleónicas se disputaron la formación intelectual y práctica de los habitantes de nuestro continente.

Digamos que a partir de 1789, se consolidan los Estados Nacionales y el endiosamiento de la razón como nueva pauta para entender al mundo y la naturaleza que interactuaban con el hombre…hasta los misterios sobrenaturales se intentaron explicar con razonamientos que no siempre hallaron respuestas satisfactorias. Era el Estado, ahora, aquella estructura a la que había que servir y defender, y con este pensamiento se prepararon a los estudiantes de las universidades napoleónicas, las que se convirtieron en meras “escuelas profesionales del Estado, sin el espíritu cultural científico que fue relegado a las academias”. Es decir, la masonería implementó, no sólo en América sino en el mundo, un retraso cualitativo bastante profundo en la materia.

En los nuevos tiempos, la educación no se tomaba para alcanzar el bienestar social o colectivo; ahora los conocimientos servían para emprendimientos de esfuerzo individualista, de allí el paulatino abandono que hubo del antiguo rigor impuesto por las universidades medievales en los altos estudios literarios o científicos que entonces se impartían. Ahora, la meta de la preparación consistía en generar personas capaces de sostener un estamento socio-político (el Estado), no ya a la comunidad entera.

Luego de 1789, se volvió casi una obligación, en las universidades napoleónicas, el surgimiento de ciudadanos profesionales del Estado desapegados de las tradiciones culturales de su tierra, lo que trajo un alejamiento paulatino pero constante de los hombres para servir, con sensibilidad y realismo, a su pueblo y patria. Profesionalismo versus Realismo.

No obstante, no es que las universidades de la Conquista no consideraron la preparación de los estudiantes para que, en el futuro, manejen las cuestiones administrativas de las Gobernaciones o Virreinatos. Al contrario, a este punto lo comprendieron y muy bien, dado que “la monarquía había creado con sentido defensivo una clase de funcionarios entre los hombres capaces, cualquiera fuese su origen, y consolidó sus relaciones con la clase media al exigir “competencia” a los aspirantes administrativos (…) Nace entonces el concepto de que el único título para los cargos públicos es la aptitud para desempeñarlos, es decir, la “idoneidad””, afirma del Mazo. Por lo tanto, se sobreentiende que la mecánica formación profesional de los ciudadanos en las universidades napoleónicas no tenía en cuenta la “competencia” y la “idoneidad” de los mismos, como sí lo estaban bajo las universidades medievales.

En esta cuestión de lo idóneo y lo competente, surge un tema delicado que hoy ya devino en trampa. “La idoneidad –sostiene Gabriel del Mazo- nació contra el concepto de lo hereditario o arbitrario en la provisión de los cargos del Estado”, pero esto tampoco interesa en el nuevo modelo de universidad post 1789. Durante el jacobinismo y el Imperio, la Universidad de París “trae así el ideal “ciudadano”, cívico, de la instrucción universal, de la escuela primaria generalizada, como condición para el encuentro de toda idoneidad”, con lo cual, la educación adhirió a una pedagogía de la utilidad y la centralización de los cánones formativos.

En nuestro país, la Revolución de Mayo de 1810 tomó la herencia deformante de las universidades napoleónicas que estaban ya en boga. Y que no nos extrañe, por ende, que también aquí, en el aspecto educativo, tuvo su germen la ideología unitaria centralista. De hecho, quienes tomaron las riendas de la educación fueron los más adinerados, que vivían en Buenos Aires, los cuales estaban empapados de las pautas utilitarias y centralizadas de la nueva pedagogía revolucionaria, y que, por otra parte, no tardarían en expandir hacia las provincias del interior. Con los nuevos vientos políticos, lo central era más fuerte y más poderoso que lo periférico, también en materia educativa. Además, tómese en cuenta que el Estado Nacional se originó, en nuestro país, desde y a partir de Buenos Aires, territorio en el que prevalecieron los ideales unitarios posteriores.

Por último, con el desplazamiento de las universidades medievales, “la Universidad se propuso lograr un ciudadano útil para determinadas instituciones del Estado, instituciones que a la vez fueron de adopción, es decir, no surgidas del propio ser de las nuevas naciones”. No se tuvo en cuenta al educando ni a su personalidad, como tampoco se buscó la personalidad de la Nación. Para el modelo formativo de la universidad napoleónica, antes que la patria (que es permanente) estaban las instituciones (que sufren modificaciones en el tiempo), todo lo cual provocó “una ruptura vital con la tradición cultural formadora del carácter y de la mentalidad de los pueblos de las nuevas naciones, cuyos efectos se despliegan hasta nuestros días, pues frustró posibilidades sociales”.

Por todo lo expuesto, antes de hablar acerca de la “brutalidad” de la Conquista Española en América, es menester detenerse, al menos, en el aspecto universitario-educativo que la misma nos heredó, para luego recién compararlo con el que vino más tarde, de la mano de la masonería y la mentada “época de las luces”.


Por Gabriel O. Turone



Bibliografía:

- Assadourian, C. S.; Beato, C. y Chiaramonte, J. C. “Argentina: de la Conquista a la Independencia”, Hyspamérica, Noviembre de 1986.

- Del Mazo, Gabriel. “Reforma Universitaria y Cultura Nacional”, Editorial Raigal, Buenos Aires, Noviembre de 1955.

- Gálvez, Jaime. “Rosas y la Libre Navegación de Nuestros Ríos”, Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, 1944.

- Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación. “Habla Perón”, Año del Libertador General San Martín, 1950.

- Sulé, Jorge Oscar. “Iberoamérica y el Indigenismo”, Ediciones Fabro, Buenos Aires, 2011.

27 de octubre de 2010

EXITOSA CONFERENCIA "IBEROAMERICA Y EL INDIGENISMO" DE JORGE O. SULE, ORGANIZADA POR JOVENES REVISIONISTAS

El profesor Jorge Sulé junto a los Jóvenes Revisionistas, organización que ayudó a crear en octubre de 2005.


Antes de comenzar su interesante disertación “Iberoamérica y el Indigenismo”, el profesor Jorge Oscar Sulé expresó que la misma fue una iniciativa de nosotros, los Jóvenes Revisionistas (JR), a quienes nos agradeció.

Numeroso público acompañó las palabras de este hombre que, como dijera alguien al final de la conferencia, lleva 45 años de prédica y enseñanza nacionalistas para esclarecer el pensamiento nacional, inmerso como un soldado en eso que damos en llamar ‘la batalla cultural’ contra la historiografía liberal y marxista. Aparte de eso, Sulé desarrolló una temática que hoy aparece en los medios de modo tergiversado e ideologizado. Con argumentos sólidos, precisos y de raigambre científica, Jorge Sulé dio por tierra con las teorías indigenistas que proliferan, en la actualidad, sin sustento legal, ni histórico ni social.

Cuando terminó su exposición, Federico Gastón Addisi, hasta ayer presidente de Jóvenes Revisionistas, le hizo entrega a Sulé de un plato (premio) en homenaje a su trayectoria, que llevaba grabada la siguiente inscripción: “A JORGE SULE POR SU DOCENCIA Y LEALTAD A LA CAUSA NACIONAL. JOVENES REVISIONISTAS - 26 DE OCTUBRE DE 2010”. Todo se realizó en medio de aplausos y muestras de aprecio hacia su persona.

Hubo tiempo para unas palabras finales de parte del homenajeado, quien en un rapto de sinceridad expresó “que yo pertenezco a una generación que no ha podido dejar un país en funcionamiento para los jóvenes, y eso es lo que me entristece”, si bien agregó que “confío en los jóvenes que como ustedes [Jóvenes Revisionistas] apuestan por seguir luchando por el esclarecimiento de nuestro pasado y para construir un país mejor”.

En la jornada de ayer, incluso, hubo cambio de autoridades en la Comisión Directiva de Jóvenes Revisionistas, dado que el propio Federico Addisi, fundador del grupo juvenil en 2005 gracias al apoyo brindado por Jorge Sulé, delegó la presidencia en Gabriel Oscar Turone, y con él la modificación de los restantes cargos de la comisión.

A continuación, el resumen de la brillante conferencia “Iberoamérica y el Indigenismo” del profesor Jorge Oscar Sulé:



El homo sapiens apareció hace 200 mil o 140 mil años, y es la especie de la que derivan los seres humanos.

Los pueblos originarios comienzan en África y luego pasan a ocupar distintos sectores de Asia. Por distintas corrientes inmigratorias que se hacen a través del Estrecho de Bering, pasan a Alaska y de allí al resto de América. Otra versión afirma que los pueblos originarios ingresaron a nuestro continente por Beringia, en la etapa de las glaciaciones. Estos pueblos originarios llegaban de Siberia, Mongolia, etc., etc.

En Argentina hubo 4 inmigraciones que se pueden clasificar de la siguiente manera: 1) Fuéguido; 2) Pámpido; 3) Amazónido y, 4) Ándido.

Los Fuéguidos y los Pámpidos aparecieron alrededor de los 10 a 20 mil años A.C. De los Fuéguidos descendieron los Yamanas, entre otros. Los Pámpidos cubrieron las llanuras patagónicas, y se caracterizaban por ser cazadores mayores y de estatura baja. El patagón que encontró el marino Magallanes era más bien de estatura alta, y están emparentados a los tehuelches, si bien a éstos se los conocía como génaken. Juan Manuel de Rosas en su Expedición al Desierto de 1833-1834 visualizó al génaken, o sea, al tehuelche.

Dentro de la actual provincia de Buenos Aires reconocemos varias toponimias, que son producto de las numerosas oleadas o expansiones que hicieron las distintas etnias inmigratorias que se asentaron en los territorios argentinos. La corriente u oleada mapuche, que exterminó a los tehuelches, viene por el yeguarizo y los sembrados que había cruzando la cordillera.

La disertación fue muy completa y rigurosa. Con solvencia, el profesor Sulé defenstró uno a uno los argumentos marxistas que apoyan, a través de entidades plutocráticas, el indigenismo y antihispanismo de nuestros tiempos.



Los Amazónidos llegan al Brasil, y se serán los primeros agricultores. Van a plantar y sembrar la mandioca, el poroto, etc. Estos trabajos de la tierra van a ser adoptados por el Tupí Guaraní. Estamos hablando de hace 5.000 años atrás.

Finalmente, los Ándidos se ubicarán a lo largo de todo el cordón cordillerano. Los Conquistadores allí los descubrirán cuando llegan al continente americano a partir del siglo XV. Distinguimos como Ándidos a los indios Atacamas, a los Jujuyes, etc., etc.

CARACTERISTICAS DE LAS TRIBUS

Todas estas tribus serán politeístas, y varias no tendrán empacho en hacer sacrificios humanos y hasta en practicar la antropofagia. Por ejemplo, los Aztecas son conquistadores y van a dominar a las tribus que aparecieron antes que ellos, como ocurrió con los Tepanecas.

A su vez, las tribus prehispánicas no llegaron a conocer el caballo, el hierro, el torno, el arado, la rueda como instrumento de movilización, etc. Es decir que tuvieron, mientras existieron, un retraso de 1000 años de progreso o nivel civilizatorio respecto a las poblaciones asiáticas, que ya contaban con todos esos adelantos en la misma época. Algunos antropólogos, sin sustento científico, fomentan la teoría de que las primeras tribus surgieron no en el África sino en otros lugares, como puede ser la propia América (teoría polifilética). Esta versión, que es disparada por los cultores del indigenismo, es falsa. Lo que existió fue la monofilia. América es un continente de población tardía, dicho sea de paso.

DESCUBRIMIENTO DE AMERICA

A finales del Siglo XV llegan embarcaciones a América, las cuales traían varias novedades, como ser la vela triangular que podía girar 180°. Y otros elementos más, que eran auténticos adelantos de la navegación de España: la brújula, el astrolabio y el timonel. Y traen lo más importante, un madero en cruz. El hecho más importante del Renacimiento va a ser el Descubrimiento de América. ‘Descubrir’ es hacer patente algo y llevarlo a la luz.

Tras el desembarco de los Conquistadores se produce una fusión, que unas veces se vuelve pacífica y otras veces violenta. La fusión en el descubrimiento no fue una superposición, porque la misma reposa sobre otros conocimientos y valores anteriores o preestablecidos, aunque los mejora. El idioma es un ejemplo de eso: el idioma español permitió una mayor comprensión de la cosmogonía de los hombres en el continente. El idioma guaraní tenía 800 términos apenas, mientras que el castellano tenía 5.000 más otros 35 mil términos académicos.

La fusión se dio por capilaridad transmisora, que es la capacidad de fecundación y transmutación. Pero también por el proceso de fusión en alguna medida el conquistador es conquistado.

Hubo una INEQUIDAD HISTORICA para con la España Conquistadora. Nadie, absolutamente nadie juzgó a Roma porque destruyó a los Etruscos, la Roma de la ciencia jurídica y el derecho. Nadie juzgó a Grecia por haber sido la Cuna de la Filosofía. Y así podríamos llegar hasta nuestros días. Solamente España fue juzgada por su descubrimiento y conquista.

Lógico que hubo crueldades, pero porque se trató de una Conquista, pero el descubrimiento no fue POR SISTEMA (o sea, no fue un genocidio) porque hubo mestizaje, no eliminación de una población por otra. Pero aparte hay otra cosa: el Protestantismo también tuvo sus cadalsos en la misma época en que en América tenía lugar la Conquista Española.

A un siglo de haber llegado los españoles al continente americano fundaron 200 ciudades, y muchas de esas fundaciones se hicieron con mestizos (Buenos Aires en 1580, Santiago del Estero en 1553, etc., etc., etc.). La patria como tal no nace en 1810, sino cuando nacen sus primeras ciudades. Nación proviene de ‘nacer’.

La noción de propiedad la trajo España a América (derecho romano), y no los pueblos preexistentes que eran nómades. Entonces, ¿qué reclaman hoy los izquierdistas pro-indigenistas y sus financistas cuando piden que les den tierras en propiedad a los pueblos aborígenes, si éstos jamás tuvieron una noción de lo que es la propiedad en términos jurídicos?

ORIGEN DEL INDIGENISMO

El indigenismo nace en 1824 por Joel Poinsett, embajador norteamericano que fue destinado a México. Poinsett lo que hace es sacar de su despacho el retrato del Conquistador Hernán Cortés para poner en su lugar uno de Moctezuma. Joel Poinsett fundó varias logias masónicas del Rito de York y fue un declarado antihispanista y anticatólico.

De todos modos, este indigenismo lo que hace es retomar la ‘Leyenda Negra’, pues nace, sin querer, de una obra que escribe el fraile Bartolomé de las Casas (“Historia de las Indias”), en la cual versa sobre los excesos cometidos por los encomenderos en la isla La Española. Este libro fue editado 20 veces en Europa (Holanda, Bélgica, Inglaterra y Francia). Los ingleses lo van a tomar como pieza de arbitrio político y como método para dirimir un derecho internacional. Le viene bien en esta etapa de plena expansión naval.

La imagen muestra el momento en que Federico Addisi, en nombre de Jóvenes Revisionistas, hace entrega al profesor Jorge Sulé de un distintivo que se le dio por su longeva trayectoria en el campo nacional y el revisionismo histórico.



Por desgracia, nuestras clases dirigentes heredaron este antihispanismo, porque reniegan de su tierra y porque vincularon sus intereses de clase al comercio inglés.

Básicamente, el indigenismo tiene como misión fundamental la de atentar a la concepción cristiana de la vida. De eso se trata el ataque a la España Conquistadora en el fondo. El indigenismo es un proyecto que está financiado por entidades plutocráticas, por universidades norteamericanas, es un proceso ideológico del marxismo que recibe fuertes sumas de dinero.


La figura de Eva Perón, que por estos días es levantada por las izquierdas anticatólicas, cuando creó la fundación que llevaba su nombre tenía entre su staff unos 60 sacerdotes y 102 laicos reclutados por las parroquias.

18 de febrero de 2009

"ESPERANZAS EN EL MAÑANA", ARTICULO DE VICENTE DIONISIO SIERRA

Esperanzas en el mañana
Por Vicente D. Sierra




ESPAÑA, como América, logró “saltar” el siglo XVIII; existió más que vivió el XIX, pero aguardando su hora, sin caer en la irreligión fuera de sus masas urbanas, y ésta es la hora en que ella es el único país europeo donde se asiste a un renacimiento cultural efectivo y sorprendente. Hacemos la afirmación seguros de provocar sonrisas, sobre todo en los burgueses que siguen esperando el milagro de París; los intelectuales que lo esperan de Moscú; o los infelices que lo esperan de New York o de Hollywood. La historia es siempre un camino matizado con sonrisas similares. Decimos que el meridano de la verdadera cultura vuelve a lo hispano, y a quienes ahora no lo ven lo deplorarán mañana; lo que afirmamos ante el desarrollo que en su seno han adquirido los estudios religiosos, en un afán extraordinario para proseguir el diálogo interrumpido en el siglo XVII, con la teología.



Toda civilización es una transvaloración de los valores; no crea nada; se limita a modificar la interpretación de los elementos creados por la cultura. SANTO TOMÁS es la cultura, CARLOS MARX la civilización. Para los pueblos de América, en los cuales lo civilizado es mera circunstancia histórica, consecuencia de una imitación forzada por las minorías dirigente de las grandes urbes, volver a la verdadera línea de la cultura cristiana no es ni un sacrificio ni un esfuerzo, es, simplemente volver a ser, reencontrarse. La encrucijada debe terminar. La importancia de la composición doctrinaria del general PERÓN es, justamente, un retorno conscientemente concebido para volver a las bases espirituales en que deben descansar las verdaderas ideas sobre el progreso y la humanidad. En la acción de gobierno del general PERÓN hay, sin embargo, una dualidad. Si por una parte no busca expresiones furtivas ni ilegítimas, basadas en teorías científicas o política social, a la que da un sentido de justicia que tiene tono religioso, y los fines humanitarios prácticos de esa acción se apoyan en principios basados en una tradición religiosa positiva y, en tal sentido es un acierto indiscutible, cuya vigencia está asegurada en la mentalidad argentina; a la vez, el general PERÓN, como gobernante, debe actuar en una comunidad atada por la oligarquía a la civilización occidental, es decir, a formas sociales, económicas, religiosas, científicas, políticas y espirituales extrañas a toda tradición religiosa, consecuencia de una verdadera desviación espiritual que condujo a valorar exclusivamente los éxitos materiales. No se puede pedir que la doctrina y la obra del peronismo sea, por consiguiente, parejas en grado sumo, pues no basta un simple período de gobierno para que la doctrina se trueque en ideal de perfeccionamiento humano y no en oportunidad simple de mejoras económicas, consideradas hasta con criterio individualistas. Esta dualidad es la encrucijada que dificulta la acción integral del gobierno del general PERÓN, pero se trata de un hecho inevitable.



El mayor mal que aqueja a la Argentina es su desarrollo desparejo, o sea, un campo prácticamente despoblado rodeando a una de las urbes más pobladas del mundo: Buenos Aires. Este desarrollo urbano es, además, un signo de decadencia. La acción de gobierno del general PERÓN ha determinado un desarrollo urbano que debe ser contenido, y lo será por la fuerza de los hechos, pero mediante un proceso lento que debe correr con el progreso que alcance la difusión de los principios del movimiento “peronista”. Que por su fondo religioso tiende a que el hombre se adapte a él, sin pretender obligarlo a que así proceda. Pero en esta primera etapa el “peronismo” no puede dejar de seguir las tendencias generales de la civilización que el país ha asimilado, idealizando el trabajo como aspecto esencial de la acción, de una acción que, por cierto, nada tiene que ver con el aspecto llamado cristiano del problema social. No es fácil salir de las ideas adquiridas y habrá de costarle un esfuerzo continuado al país para lograrlo, hasta el punto de encontrarse casi desprendido de las tendencias mecanicistas, del predominio de los hechos materiales, del absolutismo estatal, que constituyen la esencia de la civilización a que fue unido poco menos que forzadamente, aunque sin destruir nunca del todo los núcleos de resistencia, más vitales en el interior del país que en los grandes ciudades. Cabe la fe en que se logrará el triunfo de los fines buscados, porque son verdaderos y porque hasta el espectáculo de la Europa en crisis contribuirá a ello. La endeblez de las expresiones argentinas es un fenómeno que comienza a llamar la atención de los mejor dotados, para quienes no es un secreto que una exposición nacional de pintura, por ejemplo, no pasa de ser la exposición concreta de una dispersión mental y espiritual alarmante. No se puede hablar de una literatura argentina, aunque si de literatos argentinos. Estas típicas señales de decadencia angustian al observador que advierte la urgencia de incidir sobre la escuela argentina, cuya base, carente de todo sentido religioso – cosa que no se puede enseñar – procurando así espiritualizarla – denuncia u divorcio de toda manifestación concreta de cultura, porque, y lo repetimos con OSWALD SPENGLER: “LA ESENCIA DE TODA CULTURA ES RELIGIÓN: POR CONSIGUIENTE, LA ESENCIA DE TODA CIVILIZACUÓN ES IRRELIGIÓN”.



Miremos como una enorme esperanza, por consiguiente, que un hombre de gobierno, en Argentina, el general PERÓN, haya dicho palabras salvadoras, como las siguientes:



“La riqueza espiritual que, con la cruz y la espada, España nos legó – esta cruz y esta espada tan vilipendiadas por nuestros enemigos y tan encarnecida por los que con su falsa advocación medraron – fue marchitándose hasta convertirse en informe montón irreconocible hecho presa después del fuego de los odios y de las envidas que habían concitado con su legendario esplendor. Pero antes de convertirse definitivamente en cenizas, las pavesas del incendio aún nos bastarán para que en nuestras manos se convierta en antorchas que, remozando el “alma mater” de la universidad argentina, traspase las fronteras, despierte la vacilante fe de los tibios y semidormidos pueblos que aún creen más en las taumaturgias del oro que en los veneros que encierran el espíritu y la voluntad del trabajar y ennoblecerse y tenga aún fuerzas suficientes para llegar al corazón de Castilla y decir con acento criollo y fe cristiana: “¡ España, Madre Nuestra, Hija eterna de la inmortal Roma, heredera dilecta de Atenas la grácil y de Esparta la fuerte, somos Tus Hijos de claro nombre; somos argentinos, de la tierra con tintineos de plata, que poseemos tu corazón de oro! ¡Cómo bien nacidos hijos salidos de su seno te veneramos, te recordamos y vives con nosotros! Precisamente porque somos hijos tuyos, sabemos que nosotros somos nosotros. Por esto, sobre lo mucho que tú nos legaste, hemos puesto nuestra voluntad de seguir hacia arriba hasta escalar nuevas cumbres y conquistar nuevos laureles que se sumen a las viejas arcas que guardan los restos de la cultura que esparciste por el mundo a la sombra de banderas flameantes defendidas por espadas invencibles. Tus filósofos, poetas, y artistas, y tus juristas, místicos y teólogos, cuando vieron que las antorchas de la revolución espiritual y el vaho del materialismo hacían peligrar el tesoro secular que acumulaste, decidieron ponerlo a buen recaudo, que evitara su profanación”.



“Pasaron los siglos del olvido y las horas de ingratitud, NOSOTROS, los ARGENTINOS, tus hijos predilectos, hemos labrado en el frontispicio de nuestras universidades una leyenda de imperial resonancia, una leyenda de filial gratitud y de solar hogareño, una leyenda que dice: “¡NO SE PONDRÁ JAMAS EL SOL DE NUESTRA CULTURA HISPÁNICA!”


En la noche de Navidad de 1949-2009. LAUS DEO.

Cátedra de la Argentinidad: Doctor JOSE MARÍA ROSA (h) de Santa Fe de la Veracruz para toda la Argentina: numen del revisionismo histórico argentino.

Gentileza: Diario Pampero.

15 de octubre de 2008

BOLETIN "LA RECONQUISTA", AÑO 2, N° 9





JOVENES REVISIONISTAS.
“LA RECONQUISTA”. Año 2. N. 9.

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11 de Octubre de 1833. “Día de la Lealtad Rosista”.
La Revolución de los Restauradores.



El mes de Octubre en la Historia Argentina es un mes asociado a la Lealtad del pueblo argentino para con sus líderes naturales.
Un 17 de octubre de 1945 el pueblo argentino rescató de su cautiverio al por entonces Coronel Perón, constituyendo de ahí en más lo que actualmente se conoce como “Día de la Lealtad”.
Varios años antes, un 11 de octubre de 1833, el pueblo de la ciudad y la campaña de Buenos Aires se levantaron ante la autoridad constituida para impedir que se juzgara al “Restaurador de las Leyes”, constituyendo lo que se conoce en la Historia Argentina como la “Revolución de los Restauradores”. Por sentido común y analogías de la historia, sugerimos llamar a esta conmemoración como “Día de la Lealtad Rosista”. Y es a este acontecimiento histórico al que vamos a referirnos.
Hacia mediados de 1832 el partido Federal estaba ferozmente dividido entre los "doctrinarios", "cismáticos" o "lomos negros" y los leales al Restaurador, los "ortodoxos" o "apostólicos". La Legislatura de Bs. As le ofreció varias veces a Rosas que ejerciera nuevamente el cargo de gobernador. Este rechazó la oferta, y en cambio comenzó a preparar una expedición al desierto para extender y asegurar las líneas de frontera, rescatar cautivos, y afianzar la política con los indios amigos.
El resultado de su expedición fue la conquista para nuestro país de cerca de 100.000 kilómetros cuadrados de territorio hasta Neuquén y Río Negro en los Andes, rescatando también a dos mil blancos cautivos de las tolderías.
Desde la ciudad no llegaban noticias alentadoras, pues la misma se encontraba en un clima de ebullición política. Juan Ramón Balcarce había asumido la gobernación de Buenos Aires y desde el principio mismo de su gestión tuvo problemas, sobre todo, con la designación como ministro de Guerra del general Enrique Martínez, referente y director de la facción federal sin Rosas, sin los hombres de Rosas y sin la política de Rosas.
El aire enrarecido llegó a su punto más álgido cuando un tribunal iba a sesionar para enjuiciar al “Restaurador de las Leyes”, claro que no se trataba de Juan Manuel de Rosas, sino del diario que llevaba ese nombre y que constituía el órgano de prensa de los apostólicos. Ese día la ciudad amaneció empapelada con grandes afiches que en letras tipo catástrofe de color rojo anunciaban: "Hoy juzgan al Restaurador de las Leyes".Una multitud se congregó en el Cabildo, sede de la administración de justicia, ocupando las galerías y el patio. El griterío y las consignas hicieron imposible que se lleve adelante la sesión. El pueblo común, la “chusma”, el gauchaje, era el núcleo esencial del levantamiento. No eran los “federales de categoría”, aunque también ellos participaron, sino el conjunto de un pueblo agradecido que pedía por su conductor. Moviendo los hilos de la “Revolución de los Restauradores”, se encontraba nada menos que la Heroína de la Federación, Doña Encarnación Ezcurra. Ella misma se lo expresaba a Don Juan Manuel un tiempo antes del levantamiento: “Cada día están mejor dispuestos los paisanos, y si no fuera que temen tu desaprobación, ya estarían reunidos para acabar con estos pícaros antes que tengan más recursos" (23/ago/1833). Rosas no contestaba. "Yo les hago frente a todos y lo mismo me peleo con los cismáticos que con los apostólicos... aquí a mi casa no pisan sino los decididos" (14/sep/1833). Rosas guardaba silencio.
La “Revolución de los Restauradores” fue no sólo una revolución política, sino también social. En la misma, como quedó dicho, participaron caudillos de barrio y sus séquitos de hombres de avería con soldados y guerreros de la independencia, a gauchos de "hacha y chuza" con hacendados de la viejas familias patricias como los Anchorena, Arana y Terrero. Había hecho su “debut” la Sociedad Popular Restauradora, más conocida como “La Mazorca”.

Mariano Rolón, y el General Agustín de Pinedo fueron los jefes militares de la revolución.
El 1º de noviembre Pinedo dio la orden de avanzar sobre la ciudad. Sus fuerzas sumaban 7.000 milicianos armados. La Legislatura, pidió veinticuatro horas. Al día siguiente cayó el gobierno de Balcarce. A este lo sucedió Viamonte quien también duró poco en el poder. El vacío político que producía gobernar sin la voluntad mayoritaria –que quería a Rosas en el poder- hacía imposible cualquier gestión.
A la caída de Viamonte le sucedió en la dilación de la resolución de la crisis el interinato de Manuel Maza, presidente de la Legislatura. Pero en febrero del año siguiente, fue asesinado vilmente el general Quiroga en Barranca Yaco.
La Legislatura de Buenos Aires sancionó entonces la ley del 7 de marzo de 1935, por la que se otorgaba el gobierno a don Juan Manuel de Rosas por cinco años, y con la suma del poder público. Pero Rosas no aceptó. Para hacerlo pidió que se convoque a un plebiscito que dotará de legitimidad un gobierno de tales características.
El plebiscito del 26 de marzo de 1835 arrojó un resultado aplastante: 9.316 votos a favor y 4 en contra. Era el triunfo definitivo de Rosas y de la “Revolución de los Restauradores” iniciada el 11 de octubre de 1833.

FEDERICO GASTON ADDISI.


Bibliografía:

- RIVANERA CARLES, Raúl, Rosas, Liding S. A, Bs. As, 1979.
- Revista Revisión, Agosto de 1959, p. 6.
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12 DE OCTUBRE: DIA DE LA RAZA, DIA DE LA HISPANIDAD

La Libertad y la Igualdad vienen de la Conquista y no por la siniestra Revolución Francesa



Hasta la llegada al poder del Brigadier General Juan Manuel de Rosas bien entrado el siglo XIX, y tras su caída en 1852, la desinformación liberal divulgó la idea de que Argentina y el resto de los países iberoamericanos tenían una cultura afrancesada y para nada hispánica. No faltaron ejemplos para tal comprobación en el orden local: desde presidentes argentinos (Bernardino Rivadavia, Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre, por nombrar algunos), pasando por la arquitectura de los palacios de las familias más acomodadas y recalando en los modismos y giros lingüísticos que los círculos de dirigentes preferían utilizar, todo pareció importante para borrarle al pueblo argentino sus orígenes criollos e hispanistas.
Pero la desfiguración no quedó allí, pues al reemplazo forzoso le siguió el desprestigio más contumaz y despiadado contra el legado de la España monárquica. Para entonces comenzaba a tomar forma el mito de la “Leyenda Negra” de la Conquista de los siglos XV y XVI. Y aunque recién en las décadas de 1960 y 1970 se plasmó la corriente subversiva del “indigenismo progresista”, también en el siglo XIX ya podía oírse despotricar satánicamente a los hidalgos conquistadores por el supuesto maltrato que le “propinaban” a los indígenas de América.
No obstante la maliciosa propaganda emanada de las usinas modernistas, nos encontramos que fue la colosal y civilizadora empresa conquistadora la que se anticipó por mucho a la Revolución Francesa en el otorgamiento de los derechos de Libertad e Igualdad de sus pueblos. Las Leyes de Indias fueron promulgadas para fomentar la igualdad entre indios y españoles, y para facilitar el matrimonio entre ellos. A su vez, la legislación para el Nuevo Mundo contemplaba la mezcla de las razas y la conjunción de las instituciones y los sistemas políticos.
Lejos de atribuirle a la Conquista el carácter de empresa “de pillaje y aventuras del clero, la nobleza y el ejército”, como pretenden los mitómanos de la era globalizada, hay que recordar los datos del geógrafo Juan López de Velazco quien a fines del siglo XVI calculó en no más de 160.000 los españoles que estaban en tierras americanas. De ellos, 4.000 eran encomenderos, mientras que el resto se distribuían en campesinos, comerciantes, mineros y soldados. Nada nos dice sobre hombres del clero o de la nobleza.
Otro rasgo significativo a destacar es que no hubo indios esclavizados que repartir, sino que lo que se repartieron fueron las tierras, que fueron distribuidas en solares, quintas, chacras y estancias, originándose, de tal modo, una incipiente clase media propietaria, pues la tierra era un bien al que todos pudieron acceder. Se fijó, asimismo, que el valor de las porciones de tierra estaba dado por el trabajo que se le daban. Nada más justo que un tal sistema.
El abate Juan Nuix y Perpiñá expresó cierta vez que “el concordar el cultivo con la libertad y conveniencia de los Indios, fue el mayor negocio y el importante objeto que ocupó gloriosamente por espacio de muchos años toda la atención de nuestra Corte. Y fue tanta la generosidad de España, que algunas veces se puso a pique de perder las Colonias por conservar y aliviar a los Indios”.
Podemos inferir que derechos esenciales como la Libertad y la Igualdad se establecieron porque a América se la consideró, desde un principio, como parte integrante de la monarquía española. Es más, los Reyes Católicos habían jurado mantenerlas unidas para su mayor perpetuidad, y esto implicaba la prohibición total de su enajenación, así como el otorgamiento de derechos e ideas fundamentales para sus habitantes.


Hernandarias, el legado ejemplar de la Conquista

Aunque Hernando Arias de Saavedra nació en Asunción, fue él quien heredó de sus antepasados –su padre había sido un oficial del descubridor de las Cataratas del Iguazú, Álvar Núñez Cabeza de Vaca- la cosmovisión y el ideario de la Conquista. Observamos que como Gobernador del Río de la Plata, en 1602, decide estimular y defender la constitución de la familia, al tiempo que prohíbe terminantemente el trabajo de menores de quince años y a los mayores de sesenta, sean éstos hombres blancos o indios.
En el mismo sentido, el Conquistador y Gobernador Hernandarias obliga a los encomenderos a vestir y alimentar a los indios, e impone castigos a los que hagan escándalo y fomenten el juego y la bebida. Respecto de los indios caciques, sus mujeres y sus hijos, Hernandarias llamaba a que se guarden y respeten sus preeminencias, privilegios y libertades, declarándolos exentos de otros servicios que no fueran los de su pueblo y tribu.
En cuanto a los sueldos y salarios de los encomenderos, recuérdese que antes de que Hernandarias sea gobernador del Plata, los indios trabajaban sin percibir sueldo alguno, si bien eran enseñados en el oficio. Por eso cuando llega al poder, Hernandarias prevé el caso de los indios “que sirven sin sueldo y salario cierto y determinado”, ordenando “que se les provea de todo lo necesario para el sustento de su vida”.
Estos hechos de auténtica igualdad entre los hombres anteceden casi tres siglos a los que pudo haberse proclamado durante y después de la sanguinolenta y masónica Revolución Francesa de 1789. Sin embargo, la versión oficial de los hechos descarta completamente la obra visionaria de la hispanidad.
Hernando Arias de Saavedra actuó con un grandioso ideal de justicia y caridad cristiana, el cual estaba basado en los principios de una confraternidad precursora del vínculo nacional que culmina en la hora de la discrepancia y de la revolución emancipadora de mayo de 1810.

Gabriel Oscar Turone


Bibliografía:

· Candioti, Luis Alberto. “Hernando-Arias de Saavedra”, Editorial Castellyi, Santa Fe, 1945.
· Levene, Ricardo. “Las Indias no eran Colonias”, Corregidor, Bs. As, 1991.

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Breve síntesis de las leyes del Derecho Hispano.

Las leyes aplicadas en los dominios hispanos, fueron de dos tipos: las peninsulares (que regían en España e islas adyacentes y en el África) y las ultramarinas o indianas.

Legislación Española.

Los Fueros: Documentos concedidos por el Rey (Fueros Reales) y posteriormente por la nobleza (Fueros Señoriales) los cuales contenían privilegios por los que se eximían de tributos, servicios, gravámenes, se regulaban las relaciones de quien los concedía a los habitantes.
El Fuero Viejo: Durante el reinado de ALFONSO III (866-910 d.C.), los nobles castellanos solicitaron al monarca la confirmación de sus fueros. Contiene 240 leyes, en cinco libros y 33 títulos.
El Fuero Real: Promulgado en 1255 por el Rey ALFONSO X de Castilla y León. Esta codificación fue conocida como Fuero del Libro de los Consejos de Castilla. Se encuentra dividido en 4 libros, 72 títulos, y 550 leyes, que abarcan temas sobre el oficio del rey, la ley, el Derecho Penal, los matrimonios y la materia judicial.
Las Leyes de Estilo: Las decisiones originadas en el Fuero Real, fueron recogidas con fines didácticos en las 252 llamadas Leyes de Estilo o Declaración de las Leyes del Fuero.
Las Siete Partidas: Dictadas bajo el reinado de ALFONSO X "El Sabio", tuvieron gran influencia del Derecho Romano. Las mismas contaban con 2.208 leyes, divididas en siete partes: a- Primera Partida: Trata sobre las fuentes del Derecho, del Derecho Eclesiástico y del dogma. b- Segunda Partida: Incluye aspectos político-administrativos como la sucesión a la Corona, los funcionarios y otras. C- Tercera Partida:Contiene normas procesales y algunas de Derecho Civil y Mercantil. d- Cuarta Partida: Contiene normas sobre Derecho de Familia (matrimonios, filiación, paternidad, adopción, patria potestad), aspectos sobre las personas y normas sobre la organización social de la España medieval (relaciones entre los vasallos y los feudos). e- Quinta Partida: Dedicado al Derecho de Obligaciones y Contratos, las cuales marcan gran influencia del Derecho Romano. f- Sexta Partida: Contiene normas sobre Derecho Hereditario y sucesiones. g- Séptima Partida: Contiene normas de Derecho Penal y procedimientos en esta materia (Derecho Procesal Penal).
El Fuero de Nájera: En 1138, el Rey ALFONSO VII "El Emperador", aprobó el llamado "Fuero de Nájera", que contiene el reconocimiento del monarca de los privilegios de la nobleza castellana.
El Ordenamiento de Alcalá: Promulgadas en 1348 por ALFONSO XI en las Cortes de Alcalá de Henares con el interés de unificar la legislación existente. Contiene 125 leyes abarcadas en 32 títulos dedicados a diversos temas jurídicos (procedimientos judiciales, leyes penales, bienes, contratos, sucesiones).
El Ordenamiento Real o de Montalvo: Por orden de los REYES CATÓLICOS, el jurista ALONSO DÍAZ DE MONTALVO, concluyó en 1484 esta colección que fue conocida además como Ordenanzas Reales de Castilla. Las fuentes de este documento se encuentran en el Fuero Real y en el Ordenamiento de Alcalá. Se divide en 1.063 leyes, en ocho libros con ciento quince títulos: a- Libro I: Derecho Eclesiástico; b- Libro II: Derecho Político (oficios reales y de la Corte); c- Libro III: Derecho Procesal; d- Libro IV: Derecho Político; e- Libro V: Derecho Civil (matrimonios, sucesiones, ventas, etc.); f- Libro VI y VII: De las rentas regias y Derecho Administrativo; g- Libro VIII: Derecho Penal y Procesal Penal.
Las Leyes de Toro: La obra de DÍAZ DE MONTALVO no logró resolver la anarquía legislativa, por lo que la Reina ISABEL LA CATÓLICA formó otra comisión a tales efectos. En 1502 durante las Cortes de Toledo, se dictaron varias leyes. Sin embargo, fueron promulgadas en las Cortes de Toro en 1505, por el Rey FERNANDO EL CATÓLICO. Esta obra legislativa consta de 83 leyes.
La Nueva Recopilación de las Leyes de España: El Rey FELIPE II en 1567 puso en vigencia este cuerpo legislativo, que recogió normas del Fuero Real, el Ordenamiento de Alcalá, el Ordenamiento de Montalvo, las Leyes de Toro y algunas más. Este código excluyó aquellas disposiciones que contradecían el espíritu político impuesto por la Casa de Austria, monarquía reinante en España. Posteriormente, bajo el reinado de FELIPE V (de la casa de BORBÓN), se le agregó en 1732 un tomo de autos o resoluciones del Consejo.
La Novísima Recopilación de las Leyes de España: Esta obra fue ordenada por el Rey CARLOS IV, promulgada en 1805. Las 4.020 leyes estaban recogidas en doce libros dispuestos de la siguiente forma: a- Libro I: De la Santa Iglesia, sus derechos, bienes y rentas; prelados y súbditos; y el Patronato Real; b- Libro II: De la jurisdicción eclesiástica, ordinaria y mixta, y de los tribunales y juzgados en que se ejercen; c- Libro III: Del Rey, su Real Casa y la Corte; d- Libro IV: De la real jurisdicción ordinaria y de su ejercicio en el Supremo Consejo de Castilla; e- Libro V: De las cancillerías y audiencias del reino, sus ministros y oficiales; f- Libro VI: De los vasallos, su distinción en estados y fueros, obligaciones, cargas y contribuciones; g- Libro VII: De los pueblos y su gobierno civil, económico y político; h- Libro VIII: De las ciencias, artes y oficios; i- Libro IX: Del comercio; j- Libro X: De los Contratos, obligaciones, testamentos y herencias; k- Libro XI: De los juicios civiles, ordinarios y ejecutivos; l- Libro XII: De los Delitos y sus penas, y de los juicios criminales.
Legislación Indiana

El Derecho Indiano o Derecho en Indias, consistió en "El conjunto de normas jurídicas o disposiciones legales que surgen por voluntad de los monarcas españoles o por las autoridades legítimamente constituidas en América, como delegación de los reyes, y que tuvieron como objetivo fijar y regular las relaciones políticas, administrativas, penales, civiles, económicas y sociales entre los pobladores de las Indias Occidentales".

. Leyes de Burgos, sancionadas el 27 de diciembre de 1512, las cuales surgen en razón de la preocupación de la Corona por el constante maltrato a los indígenas, de acuerdo a los informes de los padres dominicos. A tales efectos, FERNANDO el CATÓLICO ordenó la formación de una junta de teólogos y juristas, a fin de encontrar solución al problema. Si bien es cierto que la inclinación de los miembros de la junta, determinaba que los indios eran seres libres y merecían tratamiento de seres humanos, se observaba que este debía estar sometido a la conducción española en procura de la total evangelización.

. Leyes Nuevas. Ante la problemática surgida a raíz del sistema de encomiendas, el Emperador CARLOS V dispuso convocar una junta de juristas a fin de resolver la controversia. En ellas surgen las llamadas LEYES NUEVAS, promulgadas en Barcelona el 20 de noviembre de 1542. No obstante, su aplicación causó grandes conflictos en los virreinatos de Nueva España y del Perú. El Rey FELIPE II ordenó recopilar las disposiciones que la Corona había dado para los dominios coloniales. En 1596 se logró tal fin, resultando que esta primera recopilación solo incluyó lo concerniente al Consejo de Indias y sus ordenanzas.

. Sumarios de la Recopilación General de las Leyes. Se publicaron en 1628.

. Recopilación de Leyes de las Indias. Durante el reinado de CARLOS II, se publicó finalmente en 1680 dicha recopilación. La edición impresa durante el reinado de CARLOS IV, contiene un total de 9 libros y 218 títulos con más de seis mil leyes, que contenían temas sobre la fe católica; de las leyes y la organización de la justicia; el dominio político (Autoridades y milicia); de los descubrimientos y poblamiento; división administrativa; asuntos policivos, penales y penitenciarios; Hacienda Pública; y de la Casa de Contratación.

DAMIAN OVIEDO.


Bibliografía:

- SIERRA, Vicente, Así se hizo América, Dictio, Bs. As, 1977.
- SIERRA, Vicente, El sentido misional de la conquista, Dictio, Bs, As, 1980.

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LOS REYES CATOLICOS Y SU TESTAMENTO:
LA JUSTICIA A SUS SUBDITOS INDIGENAS

1. El testamento de Isabel la Católica, mandato de evangelización, justicia y consideración para con los aborígenes de América (1504)

El testamento original de la reina se conserva en el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe. Una copia se envió al monasterio de Santa Isabel de la Alhambra de Granada. Y otro, a la catedral de Toledo, aunque desde 1575 pasó al Archivo General de Simancas. En él, dejó dicho que sus sucesores debían esforzarse en conquistar para el cristianismo el Norte de África, siguiendo la reconquista peninsular, pero el descubrimiento del Nuevo Mundo hizo que los esfuerzos de los reinos castellanos se alejasen de ese objetivo. Su empeño como defensora de la igualdad de sus súbditos americanos con los del Viejo Mundo, le han ganado el título de Precursora de los Derechos Humanos por importantes historiadores (ello a pesar de haber decretado en Castilla la conversión obligada de los judíos, so pena de expulsión, Decreto de Granada, y más tarde, empujada por su marido y por el papado, a romper Las Capitulaciones de Granada, pactadas con Boabdil, y obligar a la conversión a los musulmanes). A su muerte le sucedió la hija de ambos Juana, pero por poco tiempo, ya que fue declarada incapaz de reinar por "locura" y pasando el reino, primero al marido de ésta (Felipe I el Hermoso) y muy pronto al hijo de este matrimonio, y nieto de los Reyes Católicos, Carlos I.
El testamento en su parte referente a la defensa de los derechos de los súbditos aborígenes dice así: “Por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro Sexto, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir y traer los pueblos de ellas y convertirlos a nuestra santa fe católica, y enviar a las dichas Islas y Tierra Firme, prelados y religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir [a] los vecinos y moradores de ellas en la fe católica, y enseñarlos y doctrinarlos [en] las buenas costumbres, y poner en ello la diligencia debida, según más largamente en las letras de la dicha concesión se contiene; por ende suplico al Rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha Princesa mi hija y al dicho Príncipe su marido, que así lo hagan y cumplan y que este sea su principal fin, y en ello pongan mucha diligencia, y no consientan ni den lugar que los Indios vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido lo remedien y provean por manera que no se exceda en cosa alguna lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es infungido y mandado”.

2. Leyes de Indias.

Toda organización humana deriva siempre de una posición jurídica. Perseguir el conocimiento de la serie de acontecimientos que integran la historia argentina sin referencias precisas sobre el origen y el proceso formativo jurídico importa renunciar a comprender su génesis y, lo que es más grave, esa su trascendencia que se ha prolongado en los siglos y que llega a nuestros días para continuarse en el porvenir.
La conversión de los indios a la fe de Cristo y la defensa de la religión católica en estos territorios fue una de las preocupaciones primordiales en la política colonizadora de los monarcas españoles. Esta actitud se reflejó ampliamente en las llamadas Leyes de Indias.
Las leyes de Indias no eran obligatorias por el solo hecho de haber sido ordenadas y selladas. No las dictaron teóricos que esperaban inventar o reformar una sociedad con una ley escrita, sagrada e inmutable: el culto a la letra de la ley no caracterizaba a los juristas españoles de los siglos XVI y XVII, ni tampoco tenían una estimación exagerada de sus genios legislativos, ni una adherencia irreflexiva a las teorías, ni, sobre todo, un desapego de las modalidades propias y apego a las foráneas que era en el fondo la característica de quienes buscaban reformas integrales.
La inefable América cinco veces centenaria, que no irrumpe en la historia universal sino más bien permite concebir la primera ecúmene de carácter planetario, tiene rasgos plenificantes desde la catolicidad hispana que primariamente la define. Hispanoamérica fue la resultante de una visión religiosa de la vida, del mundo y de la dimensión sobrenatural de la persona humana, generadora de la conciencia colectiva de responsabilidad ante Dios y de caridad hacia el semejante, reflejada en una legislación protectoria de los pueblos nativos. Lo que constituyó la más formidable experiencia histórica de los tiempos modernos, desde la fundante y nutricia evangelización.
Desde la segunda década del siglo XVI Indias el término generalmente aceptado para indicar las tierras incorporadas a la corona de Castilla. Las leyes son de Indias, el nuevo código es de Indias, los pasajeros van a Indias y lo mismo la flota. A nadie se le ocurre hablar de Hispanoamérica, Latinoamérica o Colombia. Y es definitorio que este nombre Indias sea sinónimo de institución jurídica pública ubicada en el hemisferio occidental ejerciendo tal fuerza que cuando Ovando preparó su famoso libro de las Leyes, al hablar ya del aparato jurídico si no de la base social, mencionaba la “República de los Indios” en oposición a la “República de los Españoles” y al hablar del aparato jurídico habla del “Estado de las Indias”. Todo ello nos proporciona una terminología exacta que ni siquiera incluye en ellas las islas Filipinas, ya que incluso en la Recopilación, las leyes de ésta son especiales; ni las Canarias que poseen, no obstante, ser el punto inicial para las Indias, su especial régimen jurídico, por ser diversos los elementos autóctonos. Por lo tanto, creemos, pues, perfectamente justificable el calificativo de Indiano, como derivado de la voz latina Indias, ya que esto corresponde exactamente a nuestro concepto de cultura y civilización pretérita.

SANDRO OLAZA PALLERO


Bibliografía:

GIMENEZ FERNANDEZ, Manuel, “Instituciones canónicas indianas (Apuntes para explicaciones de clase)”, en Anuario de Estudios Americanos XVIII, Escuela de Estudios Hispano-americanos, Sevilla, 1961.
LAFAYE, Jacques, Los conquistadores. Figuras y escrituras, Fondo de Cultura Económica, México, 1999.
OTS CAPDEQUI, José María, El estado español en las Indias, Fondo de Cultura Económica, México, 1965.
PESADO PALMIERI, Carlos, “El Quinto Centenario del Descubrimiento y Evangelización de nuestra América”, en Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas Nº 29, Buenos Aires, Octubre-diciembre 1992.
ROSA, José María, Historia Argentina. Los tiempos españoles (1492-1805), Oriente, Buenos Aires, 1978, t. I.
SIERRA, Vicente D., Historia de la Argentina. Introducción conquista y población (1492-1600), Científica Argentina, Buenos Aires, 1970, t. I.

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COMENTARIO BIBLIOGRAFICO


En el año 2007 apareció reeditada, bajo el sello editorial de Corregidor esta obra del profesor Jorge Oscar Sulé titulada Rosas y sus relaciones con los indios, editada originalmente en 2003 por el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. En 1996 apareció ya un primer esbozo de este libro titulado Rosas y la problemática del indio (Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, 127 p.), donde el autor afirmaba que "el modesto trabajo que presentamos es apenas una introducción al gran trabajo que se merece este capítulo de la historia patria como son las relaciones entre las distintas comunidades aborígenes entre ellas y especialmente con ese gran gobernante que fue don Juan Manuel de Rosas". Sulé nos introduce en una versión aumentada, respaldada por amplia documentación y con sus correspondientes rectificaciones. No es exagerado decir que esta es considerada "la gran obra" del profesor Sulé, sujeta desde ya al aprecio y la crítica historiográfica. Su autor sigue siempre manteniendo interés por la temática abordada, lo que bien se refleja en la edición que suscita este comentario. El libro se sitúa en la "línea revisionista", como dice su autor Esta declaración le permite afirmar que "el Revisionismo estaba en deuda con este tema. Y si este esfuerzo no lo ha podido saldar totalmente, creemos que lo ha amortizado en gran medida. El elemento sociológico tiene una suma importancia para comprender el período posterior a Caseros, analizando los procesos históricos simultáneos siguiendo a Max Weber, para arribar a conclusiones finales de alta confiabilidad. Pone de relieve el respeto por Rosas a las etnias nativas y el reconocimiento de sus derechos existenciales. Así destaca una preocupación fundamental del caudillo bonaerense, como fue la introducción de la vacuna antivariólica entre los indios. La Sociedad Real Jenneriana de Londres, encargada de velar la memoria del inventor de la vacuna, le hace llegar su reconocimiento nombrándolo Miembro Honorario "en obsequio de los grandes servicios que ha rendido a la causa de la humanidad". Dentro de este orden de ideas, se lo puede considerar a Rosas como un precursor del sufragio universal sin restricciones, pues en carta de Manuel Corvalán, edecán del gobernador, fechada en noviembre 27 de 1837 y dirigida al Comandante del Fuerte Independencia expresaba respecto de las elecciones para Diputados del día 2 de diciembre: "y también deben votar todos los indios de tropa siendo de sargento para arriba". Por otra parte, recordemos que el buen tratamiento de los indígenas fue contemplado por la legislación castellana e indiana. Siguiendo esa línea, Rosas siempre prefirió conversar, negociar, consensuar. Vivió entre gauchos e indios y supo que estos últimos no eran renuentes a razones convincentes y generalmente esperaban a ser convocados para colaborar en las empresas de los "huincas”. En este trabajo, cabe apreciar la labor antropológica de Rosas, su autoría de una Gramática y Diccionario de la Lengua Pampa, lo que nos retrotrae a la metodología que empleó la Compañía de Jesús en su labor de acercamiento a los aborígenes.Entre la bibliografía general consultada por Sulé y mencionada al final por este insigne investigador están los siguientes autores: Juan Beverina, Lino Carbajal, G. Cuadrado Hernández, Beatriz C. Doallo, Alcides Dorbigny, Tomás P. Falkner, Jorge Fernández, Ernesto Fitte, Julio Benencia, Thomas Harrington, Federico Ibarguren, H. Mabragaña, Carlos Martínez Sarasola, Néstor Luis Montesanti, Mario O`Donnell, Narciso Parchape, Silvia Rato, Juan Manuel de Rosas, Luis Rimondi, Paul Rivet, Miguel Angel Scena, Dionisio Schoo Lastra, Alejo Vignati Milciades, Mario Visiconte, William Yates, etc. Entre los archivos oficiales y privados y repositorios en institutos oficiales consultados se encuentran: Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, Biblioteca del Congreso Nacional, Academia Nacional de la Historia, Biblioteca Nacional Militar, Archivo General de la Nación, etc. Los diarios y revistas especializadas mencionadas por Sulé se encuentran: El Lucero, Colección Revista-Libro del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Revista de la Junta de Estudios Históricos de Bahía Blanca, etc. Esta obra del prestigioso escritor Sulé ofrece a los lectores una interesante muestra sobre la cuestión indígena, de por sí un tema atrapante y avalada por la compulsa de más de 4.000 documentos. Jorge Oscar Sulé es nacido en Punta Alta (Provincia de Buenos Aires), es profesor en Letras, doctor en Sociología, miembro del cuerpo académico y Presidente del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.

Sandro Fabricio Olaza Pallero

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Darwin Passaponti
“EL PRIMER PERONISTA”
Gritó ¡Viva la Patria! y recibió un tiro como respuesta.
Cuando se recuerda a Darwin Passaponti rápidamente se nos viene a la mente ese recurso cobarde que tienen los enemigos de la patria para enfrentar a sus más fieles defensores. De la vereda de enfrente familiares y compañeros reclamando simplemente justicia reciben excusas incoherentes o diatribas defensivas. Por lo pronto sus familiares de justicia ni hablar; solo el consuelo de miles de compañeros que a pesar del paso del tiempo, los recuerdan y los levantan como bandera. Darwin Passaponti nació un soleado día 1º del mes de noviembre de 1927, en Zenón Pereyra, un pueblo de Santa Fé. Descendiente de Cayetano Retamar y de Cándida Quiroga, una entrerriana, ferviente católica, mujer de avanzada, si pensamos que ella estudiaría en la Universidad de Tucumán, donde conoce a Trento Passaponti, que había nacido en Santa Fé, también farmacéutico.
El hilo conductor que antecede y acontece en este tipo de crímenes, como el de Darwin Passaponti, no es más que la efectivización del odio en respuesta del pedido de independencia, soberanía y justicia social de distintos compatriotas a lo largo de nuestra historia, y que efectivamente se vislumbra en determinados procesos históricos de liberación nacional. Siempre están dirigidos a compatriotas que no piden nada para sí, sino que pelean incansable y públicamente por una causa noble, el bienestar de un conjunto que no por casualidad siempre es el pueblo.

EL PRIMER PERONISTA
Era 17 de Octubre de 1945, el liberado Coronel ya había salido al balcón y anunciado el proceso de reconstrucción nacional que se avecinaba. La muchedumbre volvía a sus hogares después de esa movilización única, multitudinaria, espontánea y firmemente consciente que se vivió en el país.
La desconcentración se producía en paz. De pronto cuando la muchedumbre pasaba frente al diario “gorila” Crítica sonó una estampida. El tiro cobarde y certero tumbó a Darwin Passaponti.
Darwin contaba con tan solo 17 años cuando recibió esa descarga mortífera. Hoy asombra que un joven de tan temprana edad participase de una marcha por la liberación de un “simple Coronel”.
Con la efectiva conciencia de una cuna nacional decidido a cambiar el rumbo que en ese momento tenia la Patria, Darwin concurrió a defender la revolución que se iniciaba. ¿Se imagina hoy, 53 años después, a un joven de la misma edad, consciente, reclamando por la liberación de un Coronel que ansia la grandeza e inmortalidad de la Patria? Cómo cambian los tiempos!
Seguramente esa bala no estaba firmada con una sentencia personal, lo que se intentaba amedrentar era a ese gran movimiento que crecía a pasos agigantados, y que venia a brindarle al pueblo dos simples palabras: JUSTICA SOCIAL.
Ése cúmulo era el subsuelo de Patria que sublevado se hacía presente en “Plaza de Mayo” para reclamar la libertad de quien los estaba liberando de más de una década de oligarquía maléfica: ni más ni menos que un Coronel del ejército argentino. En definitiva la certera bala tenía como destino el pueblo, pueblo sentenciado por el solo hecho de comenzar a tomar conciencia de sus derechos, el pecho lo puso Darwin.
Ahora bien, el por qué debemos reconocer a Darwin como el primer peronista, la respuesta la tiene una carta enviada a su padre Trento Passaponti fechada en Madrid, el 20 de diciembre de 1967 acusando recibo del libro escrito por su padre, por parte del mismísimo Juan Domingo Perón quien dice:
"Querido compañero:
He recibido y le agradezco el envío de su libro La Chacra del Mangrullo, como las generosas palabras de su dedicatoria.
No sabe usted el placer que he tenido al leerlo porque yo he nacido en la estancia de mi padre en Lobos y he crecido después en otra estancia en la Patagonia, de manera que todo cuanto usted menciona me es casi familiar.
Muchas gracias por el buen rato que me ha proporcionado con tantos recuerdos.
Su amabilidad me ha traído el recuerdo de su hijo Darwin Passaponti, nuestro primer peronista, muerto el 17 de octubre de 1945 frente a Crítica y desde aquí me uní al homenaje que el Peronismo en su tumba rindió con motivo del aniversario de su fallecimiento y que en esta ocasión rememoro con emoción.
Le ruego acepte, con mi saludo más afectuoso, mi agradecimiento por todo.
Un gran abrazo”

LOS MISMOS ENEMIGOS HOY EVOLUCIONADOS
Hoy los recursos que se utilizan para desestabilizar a los movimientos genuinamente patrióticos evolucionaron. Ya no utilizan la fuerza de las balas y las bombas; los mismos enemigos de ayer; hoy se hacen de poder a través de otros medios, con actores similares: políticos rastreros, economistas cipayos, medios de comunicación masiva, etc. Aunque nos pese, a esos poderosos vendepatrias y sus sirvientes oligárquicos y entreguistas les resulta hasta mucho más barato “vender y comprar”.
Estos mismos que ayer asesinaron a Darwin, y que se rotulan de distintas maneras, son aquellos que mataron a Felipe Vallese, a Bertoglio, Minitiello, (acontecimiento detalladamente narrado en el excelente libro de reciente aparición de Juan Esteban Orlandini). También, esos mismo enemigos, asesinaron a José Ignacio Rucci, al padre Mugica, a Dirk Klosterman, a Alonso, a Oscar Smith, a todos los que pasaban por “Plaza de Mayo” el 16 de Junio de 1955 y recibieron la descarga de las bombas sobre sus cabezas, a los fusilados de junio del 56 y a los 30.000 desaparecidos, y otros tantos mas. Todos los asesinos de estos defensores de la Patria, directa o indirectamente, de la izquierda o derecha, responden siempre a los mismos intereses.
DARWIN PASSAPONTI, MILITANTES DE LA UNES, DIFÍCILMENTE HAYA QUERIDO PASAR A LA POSTERIDAD COMO EL PRIMER MÁRTIR QUE DIO EL PERONISMO. NOSOTROS TENEMOS EL DEBER MORAL COMO TALES, DE NO CLAUDICAR EN EL RECUERDO, Y EL MEJOR PEDIDO DE JUSTICIA QUE PODEMOS HACER, ES RESPETAR TODO EL RESTO DE VIDA ARRANCADA, A TRAVES DE NUESTROS PROPIOS ACTOS. ASÍ SE HONRA A QUIEN REALMENTE SE QUIERE. Y LOS VERDADEROS PERONISTAS SOMOS PROFESIONALES DEL SENTIMIENTO.

Patricio Guillermo Mircovich

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EQUIPO DE LA RECONQUISTA: Federico Gastón Addisi, Sandro Olaza Pallero, Andrés Mac Lean, Esteban del Sar, Gabriel Turone, Damián Oviedo, Patricio Mircovich, Marcelo Micheli, Natalia Jaureguizahar. Web:
www.jovenesrevisionistas.blogspot.com Agradecimientos: Profesor Jorge Sulé, Profesor Gelly Cantilo, Padre Hugo Esquives, Casa Honestidad y Trabajo de la UOM (Caseros), Agrupación Arturo Jauretche. Reuniones: Lunes a las 19 hs en la sede del Instituto (Montevideo 641),
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3 de enero de 2008

Cierre del ciclo "Los Pensadores Nacionales"







Salón de Actos del Instituto Juan Manuel de Rosas dónde se llevó a cabo la disertación de L. Manauta y la entrega de distinciones a todos los expositores participantes del ciclo.


El miércoles 19 de Diciembre último a las 19 horas, tuvo lugar el cierre del ciclo de conferencias "Los Pensadores Nacionales" organizado por Jóvenes Revisionistas en las instalaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas 'Juan Manuel de Rosas', ocasión que contó con numeroso público y en el que, además, se hizo entrega de diplomas a los distintos conferencistas que expusieron sus temas.
Luego de la conferencia dada por la Lic. Leticia Manauta (Sec. de Cultura del gremio UPCN) cuyo título fue "Las Mujeres en la Historia Argentina", al cierre de la misma se procedió a la entrega de las distinciones. Algunas de las siguientes imágenes captadas en la ocasión, dan cuenta de ello:



Federico Addisi (Presidente de Jóvenes Revisionistas), junto al Presidente del Instituto J M de Rosas, Gelly Cantilo (centro), y el politólogo, asesor de la CGT, y brillante pensador, Ernesto Ríos.



Personalidades como el Dr. Ernesto A. Ríos, Enrique Oliva, Eduardo Rosa -hijo del gran pensador revisionista José María Rosa-, el Dr. Francisco J. Pestanha, el Prof. Jorge Oscar Sulé, José Muñoz Azpiri, Eduardo Rossi (Director de la Revista "El Pampero"), Carlos Ponce, Miguel Lentino, etc., recibieron la humilde y simbólica distinción de manos del presidente actual del Instituto Nacional 'Juan Manuel de Rosas', Dr. Alberto Gelly Cantilo y del presidente de Jóvenes Revisionistas, Sr. Federico Gastón Addisi. Más tarde, el profesor Sulé tomó la palabra, y allí vindicó el esfuerzo que durante todo el 2007 hizo Jóvenes Revisionistas en pos de sembrar, en la juventud extraviada por tanta propaganda foránea, los ideales de argentinidad, religión y cultura criolla. Asimismo, expresó que "ni los marxistas ni los liberales se acordaron de los caudillos" como sí lo ha hecho desde siempre el nacionalismo a través de la corriente historiográfica revisionista. El papel del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas, dijo, "tiene como misión crear criterios y formar a los jóvenes en lo nacional para que después salgan a la práctica política".




Dos maestros e históricos del peronismo y el pensamiento nacional. A la izquierda Enrique Oliva, y a la derecha Jorge Oscar Sulé, quien fuera el ideólogo y "alma pater" de los Jóvenes Revisionistas. Dos ejemplos de militancia y de vida.

Durante la jornada que significó el cierre del ciclo de conferencias hecho por Jóvenes Revisionistas, estuvieron presentes delegados de la Falange Española de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacionalsindicalistas) - Delegación de Buenos Aires [ http://www.juntoafe.com.ar/ ], con quienes tuvimos la oportunidad de intercambiar opiniones y puntos de vista. Hace dos años que tienen dicha delegación en el país, con la sola y honorable finalidad de construir un afianzamiento irrenunciable entre la España católica, nacional y trabajadora con una Argentina que vuelva a sentir en su corazón la tradición hispánica que la ha fundado.




Federico Addisi (además, fundador y Jefe de la Organización Peronista Puerta de Hierro) acompañado de, Héctor Pérez Vázquez, representante de la FE de las JONS - Delegación Buenos Aires, quien muy gentilmente se acercó para estrechar vínculos de camaradería.



En ese intercambio entre agrupaciones hermanadas por el origen en común con la Madre Patria -hoy sumamente bastardeada por gobiernos liberales-socialistas cuando no masónicos-, es que los representantes de la FE de las JONS donaron algunos videos inéditos en formato de DVD, lo mismo que un libro explicativo de qué es el NacionalSindicalismo, actualizando sus fundamentos que fueron volcados a la teoría en los años 30.
Finalmente, y como postre para una tarde-noche cordial y con amigos, más que con profesionales del campo nacional, se hizo presente el Vino de Honor. Esta imagen da cuenta de que no se escatimó en vino.
















23 de octubre de 2007

LA HISPANIDAD EN EL PENSAMIENTO DE RAMIRO MAETZU Y JOSE ANTONIO





"Dios nuestro Señor, que es único y eterno, creó el cielo y la tierra, y un hombre y una mujer, de los cuales todos descendemos, vosotros, yo y todos los hombres que han sido y serán en el mundo".

(Alonso de Ojeda, navegante y conquistador español del Caribe, en su famosa alocución a los aborígenes bajo su gobierno, en 1509).










Temario

I.
La presencia en este acto de la Falange Española de las JONS.
Cristóbal Colón, el Descubridor.
El equivocado nombre de América
II. La significación del Descubrimiento de América.
La “leyenda negra” urdida contra España.
La globalización o mundialización y las oportunidades que se nos brindan
III.Qué es la Hispanidad
Los artífices de la idea de una nueva Hispanidad.-Miguel de Unamuno y Jugo, el paradojal-Los portugueses (Antonio María de Sousa Sardinha y otros hispanos)-Monseñor Zacarías de Vizcarra Arana, el creador del concepto moderno de Hispanidad-Ramiro de Maeztu Whitney, el gran expositor (y profundizador) de la Hispanidad-Monseñor Isidro Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo, el preclaro impulsor-Manuel García Morente, el ¿romántico? y augur de la Hispanidad-José Antonio Primo de Rivera, el mejor hombre de España.
El apellido de España es: “Hispanidad”.

Estimados compatriotas, amigas y amigos, señoras y señores:
He sido convocado por los amigos organizadores de este encuentro, al cumplirse un nuevo año de una de las más grandes efemérides de la Humanidad, el llamado Descubrimiento de América, y celebrarse con tal motivo el llamado Día de la Hispanidad (antes denominado inciertamente, el Día de la Raza).Participo de esta amable reunión en mi carácter de delegado en esta Ciudad de Buenos Aires de la Falange Española de las JONS, para que, en su representación, exprese nuestra opinión en torno al concepto de la Hispanidad, en particular referido a dos de sus más grandes figuras: José Antonio Primo de Rivera, padre fundador, y don Ramiro de Maeztu Whitney, el más insigne luchador en procura de la reconstitución hispana. (Ambos fueron mártires de la patria, porque perecieron asesinados por el furor bestial de los salvajes matones de la masonería y el comunismo, amaestrados y armados en las logias y en las chekas para matar a cuantos más pudiesen de entre quienes se les oponían, es decir, la inmensa mayoría del pueblo español).
Me acompaña mi camarada Santiago Álvarez, de esta Ciudad. Ambos somos argentinos nativos y ciudadanos de la Argentina y de España. La presencia de la Falange Española en este acto no tiene un carácter de proselitismo partidario, sino que obedece al hecho de que, entre todos los partidos políticos españoles legalmente constituidos, solamente la Falange sostiene, tanto en sus postulados fundacionales cuanto en su accionar público desde hace más de setenta años, el imperativo irrenunciable –político– y categórico –moral– de trabajar por la unión y hermandad de todos los pueblos hispanos, para establecer una alianza estratégica que nos dé la fortaleza de un bloque de naciones que nos permita negociar y tratar en pie de igualdad con otros bloques existentes. Es parte de su cometido e integra su tarea cotidiana. Por eso estamos acá.

(Cristóbal Colón, el Descubridor)
La figura central de esta efemérides sagrada tiene que ser, sin duda alguna, la memoria inmarcesible del Gran Almirante Cristóbal Colón. En torno del linaje y ascendencia del ilustre marino se ha mantenido hasta el presente una inexplicable controversia, por la que lo reclaman como uno de los suyos desde varias nacionalidades europeas hasta diversas regiones españolas. Pero lo que a todos los españoles y, en particular, a nosotros los hispanoamericanos, debe solamente importar es que el propio Colón eligió sin dudas ser español; como tal vivió y trabajó, y su descendencia que llega hasta nuestros días constituye una insigne familia española de distinguida prosapia.Vale tener presente que ese año del Descubrimiento, 1492, fue el más grande año de España. Porque pocos meses antes del primer viaje de Colón, los maravillosos monarcas que fueron Fernando V de Aragón y II de Castilla e Isabel I de Castilla llamada La Católica habían completado y dado fin a la victoriosa Guerra de la Reconquista Española, y unificado bajo su cetro compartido en virtual diarquía todos los reinos peninsulares, con lo que se dio origen al proceso de formación de España como Estado-nación independiente y soberano, el primero de todos en el mundo. Y poco después, gracias precisamente a Colón en primer término, y luego a quienes continuaron su obra con la evangelización y el desarrollo de las Américas, quedó fundado el benéfico Imperio Español, fundamento de la Hispanidad.

(El equivocado nombre de América)
Un punto aparte merece considerar la causa por la que este continente recibió el nombre de un cartógrafo florentino en lugar de serle conferido el de quien, con su viaje minuciosamente planeado arribó a las costas caribeñas y con este acto primordial trajo la civilización europea y el cristianismo a varios millones de hombres. Se dice en los libros de historia para uso de escolares, pero también en tratados de mayor enjundia, así como en todos los diccionarios enciclopédicos del mundo, que el nombre de América deriva del nombre Américus o Amèrigo Vespucci o Vesputio o Vespucio, un florentino que fue representante en España de la casa bancaria de los Médici, y que luego –a causa de sus deudas y acosado por sus acreedores– se embarcó en algunos viajes al nuevo continente fletados por comerciantes y funcionarios españoles. Lo que si bien no es mentira, tampoco es verdad porque no puede ser verdad lo que induce confusión y postula ser aclarado. Yo quiero mostrar cómo el señor Vespucci se atribuyó méritos que no le correspondían y por tal causa es que nuestro continente lleva su nombre, pero también cómo, no obstante, él no tuvo la intención de que tal cosa sucediera. Había este hombre tenido contacto personal con Cristóbal Colón en Sevilla, entre los años de 1496 y 1498, y por eso sabía muchas cosas de las tierras por entonces denominadas “de Indias”. De sus viajes, en que se desempeñó como piloto y piloto mayor (y por entonces, los pilotos y capitanes de barcos oficiaban también de cartógrafos), comunicaba por medio de largas misivas a sus mandantes florentinos lo que iba viendo y aprendiendo (con relatos que en varias oportunidades debieron ser elididos de sus textos publicados por ser consideradas un tanto demasiado procaces para la época). En aquellas cartas, el florentino iba agregando cada vez con mayor audacia, detalles a veces sólo imaginados por él, o relatando los sucesos con un cariz que lo beneficiaba personalmente. Por último, se atrevió a atribuirse el descubrimiento de un “Nuevo Mundo”, expresión ésta que él ciertamente acuñó, pero para enaltecer su presumida hazaña. Véase en qué términos se expresaba el audaz aventurero, en carta a su jefe Laurent de Médici y a Pietro Soderini, Gran Confaloniero (o sea, presidente) de la república veneciana: "Ninguno de nuestros ancestros tuvo conocimiento de estas tierras. Creían que al sur del Ecuador no había tierra firme, sino sólo infinito mar. Pero mi viaje ha comprobado que esta creencia es falsa. Al sur del Ecuador encontré un continente, que en algunos valles se encuentra más poblado de hombres y animales que Europa, Asia o África. Además posee un clima más agradable y suave que otras partes del mundo. Se lo puede llamar con toda tranquilidad [un] ´Nuevo Mundo´". Desde luego, en ninguno de sus escritos menciona a Colón (ni a la empresa de Colón) como descubridores, pero él se atribuye haber descubierto un Nuevo Mundo. Dado que durante sus viajes había empezado a arraigar en el lenguaje especial de los marinos de la época, en particular quienes habían introducido el neologismo, que fueron los tripulantes del cuarto y último viaje de Colón, los vocablos “amérric” y “amerricar” para referirse, respectivamente, el primero a las zonas en que abundaban los arribos de personas que iban por afán de aventura o, principalmente, en busca de trabajo, y el segundo al trabajo mismo en esa zona, Vespucci se cambió su nombre de pila, que era Alberigo (en italiano) o Albericus (en latín) por el de Amèrigo o Américus (queriendo con ello significar que él era uno de los frecuentes viajeros por esas costas del nuevo continente). En cuanto a “Amérric”, parece ser el nombre que le daba al lugar una de las muchas tribus de aborígenes asentadas en esa zona de gran tráfico de viajes marinos, y del cual hay dos versiones: una referida al país en sí y otra según la cual sería el nombre aborigen de una cordillera. Nicaragua y Guatemala se disputan, en consecuencia, ser los países de cuya topografía habría surgido indirectamente el nombre del nuevo continente. (Noten ustedes que los anglosajones no pronuncian “América”, sino justamente: “Amérrica”). Consta perfectamente a los estudiosos que el nombre italiano Amèrigo, en castellano Américo y en latín, la lingua franca de la época, Américus, no existía y que fue simplemente un apodo o sobrenombre que había adoptado Alberico Vespucio. Pese a tal conocimiento, eso es algo de lo que entre los extranjeros no se dice ni se escribe jamás, y que los propios españoles, indiferentes, raramente discuten sobre el tema. Aquella circunstancia de la toma del apodo por Alberico fue decisiva para el equívoco, pues aleatoriamente llegó a manos de un monje alemán friburgués, cosmógrafo de profesión, que oficiaba de impresor y se llamaba Martín Walseemüller, la carta de Vespucci en que anunciaba solapadamente haber descubierto un nuevo mundo. El impresor, que residía en la pequeña localidad lorenesa de Saint Dié tenía por entonces, año 1507, el encargo del canónigo e impresor Gualterio (o Walter) Lund, de imprimir la obra geográfica de Ptolomeo. Ptolomeo fue un geógrafo, cartógrafo, matemático y músico greco-egipcio que vivió entre los años 70 y 150 de nuestra era. Dibujó un mapa de todo el mundo según era conocido por entonces, que él llamó el Mapa Mundi. Y este mapa –en el que, lógicamente, sólo figuraban los tres continentes conocidos, Europa, África y Asia– fue reproducido en primer término por el tallista alemán Johannes von Armshein en 1482, que lo hizo imprimir con el nombre de Geographicae enarrationis de Ptolomeo (o Relato Gráfico de Ptolomeo). (Conviene recordar que la imprenta de Gutenberg había producido su primera impresión de la Sagrada Biblia apenas un cuarto de siglo antes). El anteriormente citado Walseemüller, que era lo que hoy denominaríamos un plagiador o un “editor pirata”, copió la edición de Armshein e, inflamado de admiración, le agregó lo que él llamó “la cuarta parte del mundo hasta hoy desconocida” en alusión a un cuarto continente recién descubierto. (Dado que la India queda en el por entonces ya muy conocido continente asiático, resta preguntarnos cómo podría ser que Colón creyese haber llegado a aquel país mientras sus contemporáneos hablaban francamente de un nuevo continente). El mapa de este cuarto continente, es decir, de nuestra América, no era sino el trazado de Vespucio, en el cual se ve un territorio para nada semejante al que hoy conocemos, pues parece tener más bien el contorno de un bumerán australiano, pero dentro del cual se lee claramente la palabra “América”. Sin embargo, no fue Vespucci quien creó esta palabra ni fue a él a quien se le ocurrió dar ese nombre a nuestro continente. El inventor de esta palabra fue el poeta Jean Bazin, quien había traducido del francés al latín aquella carta de Vespucci a sus jefes florentinos, que éste había titulado “Quátuor Navigationis” (es decir, Cuatro Viajes en Barco, tal como los cuatro proverbiales trayectos colombinos). Bazin la reprodujo con el título de Cosmographiae Introductio (o Introducción a la Cosmografía –que es la disciplina también conocida como Geografía Descriptiva). En aquella traducción, Bazin interpretó la voz “amérrica” como “América” y así lo anotó en el mapa de Vespucci, ignorando que éste había tomado para sí el seudónimo de “Américo”. Por su parte el impresor Walseemüller, (que tampoco sabía que se trataba de un apodo –para entonces ya más bien un seudónimo, porque Vespucci, –en este caso, realmente inocente de toda manipulación– literalmente había cambiado su nombre de pila por este otro de Américo) hizo su interpretación entendiendo que el sedicente descubridor quería dar su nombre al territorio descubierto, y lo explica con estas palabras:"Mas ahora que esas partes del mundo han sido extensamente examinadas y otra cuarta parte ha sido descubierta por Amèrigo Vesputio, no veo razón para que no la llamemos América; es decir, la tierra de Américus, por Américo, su descubridor". Y para culminar el entusiasmo que le producía el publicar a un autor tan distinguido, dibujó y colocó dentro de la misma obra las efigies impresas de Ptolomeo y de Vespucio (ambas apócrifas, por supuesto, ya que del primero no existe retrato verdadero y al segundo no lo conocía en persona). Como la obra de Ptolomeo, que eran ocho tomos titulados “Geografía”, en la que estaba incluido el famoso Mapa Mundi era muy requerida y se vendían miles de ejemplares en el mundo europeo con varias ediciones, la noticia se divulgó bastante. Posteriormente apareció la Crónica de Cristóbal Colón (que, dicho sea de paso, había fallecido en 1506 y en el más completo anonimato) donde refería su descubrimiento, y sólo entonces los académicos de la época empezaron a comprender el equívoco. Incluso el propio Walseemüller llegó a comprender que todo había sido un error (y conste que Vespucci no había tomado parte en él) y en una segunda edición lo corrigió dando amplias explicaciones y disculpas a sus lectores. Pero nadie, dentro o fuera de España, se preocupó poco ni mucho por el asunto (que, por otra parte había sido un equívoco muy corriente en la época) y nadie tuvo la ocurrencia de llamar al nuevo continente con el nombre de Colombia, lo cual hubiera sido un poco más justo. El debido homenaje al Gran Almirante lo debieron efectuar los fundadores de la república sudamericana que lleva ese honroso nombre, y los norteamericanos, que llaman a la ciudad capital de su país, Wáshington, con el agregado administrativo de “Distrito de Columbia”.Colón, por su parte, en la obra recién citada proponía llamar al nuevo continente con el nombre de… Brasil.

II (La significación del Descubrimiento de América)
Cuando, por las causas diversas que generalmente se enumeran, las naves comandadas por Cristóbal Colón llegaron a las costas de nuestro continente, un hito histórico de la humanidad se levantó para siempre. El ingreso a la civilización europea medieval de un tan vasto territorio poblado y henchido de tan grandes riquezas naturales, comportó un significativo alivio para la claudicante economía de esa reunión de naciones en formación, núcleo fundante de nuestra civilización occidental. Mediante la incorporación de América al nervio de la Historia Universal, España no solamente que integró a la cristiandad una gran cantidad de gentes, cuyos descendientes constituimos hoy el mayor reservorio humano de la catolicidad, sino que contribuyó más que significativamente al desarrollo científico y técnico que desembocó en lo que se conoce como la Primera Revolución Industrial. Ese gran concurso de descubrimientos e invenciones, que permitieron a los europeos pegar el gran salto que los instituyó a la cabeza de la humanidad, y fundar una nueva civilización capaz de atreverse a pensar en viajar a las estrellas, no hubiera tenido lugar tan tempranamente en la historia de no haber intervenido en los acontecimientos España con su arribo a América. De una forma no demasiado académica o rigurosa, podríamos decir que si hoy tenemos a nuestra disposición, a costos relativamente accesibles, computadoras y celulares, electricidad para que funcionen y para iluminarnos, transportes veloces y económicos, medicina avanzada para curar las más graves enfermedades, y tantísimos otros adelantos capaces de extender nuestro período de vida y proporcionarle mayor calidad, todo eso se debe, en parte principal, a la temprana aventura española de América. De otro modo, muy probablemente aún no hubiésemos arribado al estadio actual de esta nueva edad del conocimiento. Cuando Europa languidecía entre guerras tribales y un insinuado retorno a la barbarie, el extraordinario e inmenso aporte de moneda metálica que provocó la explotación de las riquezas americanas constituyó una inyección, tan oportuna cuanto milagrosa, de nuevas oportunidades para reiniciar y continuar logrados emprendimientos que desembocaron en un avance inédito del saber humano y de sus aplicaciones. Y fuimos nosotros, los americanos, quienes en unión con España lo hicimos posible. Así de significativo resulta ese señalado suceso que hoy evocamos, a más de medio milenio de haber acontecido. Es pues, esta fecha del doce de octubre, motivo de legítimo orgullo para todos nosotros; y no empañará su celebración, ni hoy ni nunca, el vocerío fastidioso de esos personajes poco apreciables que se enroscan en los cenáculos sospechosos del “indigenismo”, para reivindicar no se sabe qué logros ni qué bondades de antiguas culturas aborígenes probadamente sanguinarias y retrasadas. Ayer, estos mismos sujetos se pavoneaban impía e inexplicablemente orgullosos de decirse a sí mismos marxistas leninistas –con olvido vicioso de los millonarios homicidios cometidos por esa sangrienta facción, impulsada y alentada en las sombras por el supuesto enemigo suyo pero real enemigo nuestro, que es el siempre actuante imperialismo anglosajón. Hoy, pudorosamente encubiertos en la vergonzante denominación de “progresistas”, tras cuya etiqueta con que solamente los más supinos ignaros pueden simpatizar bregan, como siempre, por el progreso. Sí, por el progreso de todos los males que laceran el cuerpo dolorido de la humanidad, carne y sangre nuestra, de nuestra única raza que es la raza humana. Permítanme los amables circunstantes hacer aquí un relato que podría ser útil, porque no es muy frecuente que se mencione en actos de celebración como el presente, el bárbaro atraso cultural de algunas de las naciones indígenas de mayor enjundia a tenor de los historiadores, ya que la sola mención sería en sí misma un acto políticamente incorrecto. (Pero es que los falangistas, según nos dicen, solemos ser políticamente muy incorrectos). Es sabido que, lamentablemente, no se conservan la mayoría de los documentos que podrían mejor iluminar las circunstancias de aquellas culturas aborígenes, particularmente las que se señalan como más significativas, como las de mayas y aztecas en Norte y Centroamérica, y de los Incas sudamericanos (de quienes se conserva, empero, una mayor cantidad de testimonios). En parte, aquella falta de vestigios se debe al celo de los sacerdotes misioneros españoles. Hoy, resulta fácil al enemigo socialista y al extranjero envidioso señalar con un dedo poco limpio a aquellos infatigables y heroicos curitas que se metían en los lugares más peligrosos, expuestos al ataque de las fieras y de las personas, para llevar el Evangelio; pero hay que tener en cuenta la época en que vivían y sumar a esa circunstancia, el horror que los embargaba, como gente civilizada que eran, por los crímenes que presenciaban cotidianamente. Los mismos soldados españoles, que no eran niños de pecho sino hombres rudos y fogueados en las varias guerras en que habían combatido, se persignaban y encomendaban a Dios al ser testigos de las salvajadas que aquellas gentes casi primitivas cometían a diario, como parte necesaria de su vida social y política. Les pareció, entonces, que era como contribuir a esa ordalía y sacralización del rito de sangre el dejar en pie los monumentos y testimonios gráficos (que no eran escritos, porque aquellas naciones ni conocían la escritura) con los que los sacerdotes paganos pretendían justificar tanta maldad. Sin embargo, algunos testimonios irrecusables quedaron. Poca gente sabe que entre los menguados vestigios que se conservan de aquellas culturas, a excepción de las ruinas, por supuesto, hay quince códices o libros, por así llamarlos, que contienen en forma de ilustraciones alusivas en varios colores, relatos de los hechos y costumbres de aquellas gentes. En uno de estos repositorios se describe cómo se desarrolló una matanza ritual multitudinaria en el año del Señor de 1479 (una década y poco más, antes del arribo de los españoles). Relatan por medio de símbolos gráficos, porque los aztecas no conocían la escritura, que para la gran matanza de ese año ritual o “Año del Fuego Nuevo” se reunieron en su capital Tenochtitlán (que ha quedado hoy como una parte de la extensa Ciudad de México) una multitud de prisioneros tomados a tribus vecinas tras haber invadido sus territorios y haber matado a mansalva a la mayoría de sus pobladores. Sumaban los cautivos unos varios miles, todos varones. Las cifras no se dan en estos documentos, sino en los varios relatos publicados por soldados españoles que recogieron de los aborígenes la historia; por eso, se habla desde veinte mil personas hasta la cifra improbable de ochenta mil cuatrocientos. Quizá el número de veinte mil se aproxime más a la verdad, aunque a juicio de los estudiosos aún sería demasiado. A aquellos infelices, cuantos ellos fueran, se los obligó a ordenarse en filas de a cuatro, formando una apretada columna de más de mil metros de largo hasta llegar al “altar de los sacrificios”. La fila iba avanzando incluso para subir los 114 peldaños de la pirámide en cuya cúspide se encontraban los “sacerdotes” del culto a Huitzilopochtli (es decir, el sol). Es que los aztecas se consideraban "el pueblo del Sol" y, en tal carácter, su deber consistía en hacer la guerra cósmica para dar al Sol su alimento (los corazones sangrantes de las víctimas) y el líquido que saciara su enorme sed (que era la sangre de aquellos desgraciados). Entendían aquellos brutales sujetos que el bienestar y la supervivencia misma del universo dependía de las ofrendas de sangre y de corazones que ellos le hacían al Sol. Así, en la recordada ocasión se dedicaron a matar sin descanso durante cuatro días enteros. Las víctimas, que permanecían dóciles porque previamente habían sido embriagadas con pulque y una mezcla de hierbas narcóticas, eran obligadas a acostarse en una piedra plana, que oficiaba de ara o mesa de los sacrificios y eran de inmediato sujetada por seis individuos de gran fuerza muscular. El oficiante, con una pericia emergente de su larga práctica clavaba el puñal de obsidiana, una piedra muy afilada, en el pecho del ajusticiado y con rápidos movimientos le extraía el corazón aún palpitante, que alzaba en sus manos para mostrarlo a la ululante multitud. Luego, le cortaba la cabeza que arrojaba a un enorme recipiente, aunque otros dicen que la mandaban rodando escalera abajo para regalo del populacho, que la recogía para jugar a embocar la pelota con ella durante un juego que era como una especie de básquetbol local. Los restos parece ser que eran desollados y enterrados bajo el piso en los diecinueve templos de aquella cultura, como reliquias de la ofrenda sagrada al sangriento dios sol. En cuanto a los corazones así extraídos, dicen algunos que luego se los comían los sacerdotes, aunque según otros, se los darían a comer a los guerreros “águila”, que constituían la élite militar del imperio.Ése es tan solo un ejemplo. Pero dejemos esto, porque es un tema muy ingrato, incluso si tratándolo podemos justificar el celo de los curitas misioneros del siglo XVI. Pero permítaseme expresar a título personal y a modo de clausura de esta digresión, que aunque más no fuera para salvar de tan siniestro destino a cientos de miles de personas, aborígenes americanos víctimas de aquel incivilizado fanatismo, la presencia española en nuestra América quedaría plena y satisfactoriamente justificada.

(La “leyenda negra” urdida contra España)
Otro asunto conexo con el anterior, es el de aquella parte de la llamada “Leyenda Negra de España”. Ésta es un conjunto de relatos que pretenden estigmatizar a los españoles como un pueblo genocida y explotador, y que no es obra sino del común enemigo de todos los pueblos de la tierra, que es el colonialismo anglofrancés con la colaboración de sus aliados y mercenarios. Sin entrar a detallar la innumerable nómina de infundios pergeñados por los citados imperialistas y que más tarde adoptaron los marxistas fracasados (muchos de los cuales aún no se han enterado de que el marxismo fracasó), me basta a mí, por el momento, con desbaratar tan sólo uno: el del improbado genocidio de los aborígenes americanos por parte de los españoles –que otra cosa es el sí probado genocidio que cometieron los anglosajones con los pobres aborígenes del norte de América que tuvieron la enorme desgracia de caer bajo su férula voraz y cruel. Se barajan, en primer término, cifras impresionantes que harían de América una parte numéricamente importante de la humanidad; pero lo cierto es que estas tierras estaban poco más que inhabitadas a la llegada de los europeos. No importa. Dejemos que afirmen que había aquí no sé cuantas decenas de millones de personas, aunque es innegable que sólo una fracción de ellas habitaba la parte del continente colonizada por los hispanos. Pero lo cierto y probado es que los hispanoamericanos sumamos hoy bastante más de trescientos cincuenta millones, monto que me parece incompleto. Esta cifra, partiendo de los cálculos más confiables de algunos demógrafos respecto de la cantidad de habitantes originales, muestra que hubo un continuo aunque moderado ascenso de la población autóctona a través de estos cinco siglos. Y sin embargo, hay en nuestros días muy pocos aborígenes puros. ¿Querrá esto significar que no están porque los españoles los mataron? Muy por el contrario: ellos están presentes en la extensa descendencia actual de hijos de parejas interraciales. Los españoles se casaron con los aborígenes (en mucha mayor proporción los varones españoles con las mujeres indígenas) y su abultada descendencia hoy puebla orgullosamente las naciones hispanoamericanas aunque también se asientan en tierras africanas y asiáticas. Desaparecieron las etnias puramente aborígenes, es cierto, pero para dar lugar a una gran nación de criollos. Por eso, escupen al cielo aquellos americanos que despotrican contra los españoles, porque están vituperando su propia sangre. Bueno será que tengan en cuenta, los que sepan pensar, que sin los españoles no estarían ellos hoy presentes. Sin los españoles, ni siquiera hubieran nacido. Hoy está en boga el criterio de lo “multicultural”, dentro del propósito de imponer el famoso “pluralismo” con el objeto de igualar en rango a todas las ideas y a todas las conductas, sin que se pueda discriminar las buenas de las malas y de las peores. Se pretende con aquel concepto imponer universalmente la convicción de que todas las culturas son igualmente aceptables y respetables, sin que se pueda afirmar la excelencia de ninguna, la superioridad de ninguna. Ahora, nosotros aquí creo que podemos dar fe, sin discusión, de la falsedad y perversidad de esta idea. ¿Se necesitará, acaso, llegar a oponer nuestra cultura hispánica contra la de los aborígenes antropófagos, sanguinarios e iletrados –los griegos dirían simplemente: bárbaros– con que nuestros ancestros españoles se toparon a su arribo a este continente, para tener que demostrar que ambas culturas no son iguales en calidad humana? ¡Vamos, che! ¡Basta de embrollar, señores, y hablen alguna vez en serio! Pero sobre los detalles más minuciosos que encierra este tema tan delicado que es el de la “leyenda negra”, después nos va a ilustrar nuestro compatriota y amigo don Federico Addisi, por lo que a su reconocida idoneidad y profundo conocimiento de la materia nos remitimos.

(La globalización o mundialización y las oportunidades que se nos brindan)
Los hispanos somos todos cuantos descendemos de la cultura española, cualesquiera fueren nuestra raza, nuestro linaje, nuestra piel o nuestra lengua local. Somos, por tanto, una gran nación del espíritu; y somos más si incluimos, como corresponde, a los lusos, que son los descendientes por la sangre y/o por el espíritu de aquella otra gran madre de naciones que fue el Portugal. Como nación que somos, queremos tratarnos fraternalmente. Ello es posible de muchos modos, pero en mi particular apreciación, apunta a darse una perspectiva nueva, que quizá nos permita más adelante llegar a lo que toda nación –tanto de la sangre como del espíritu– anhela y que es la unificación. Juntos, podríamos concretar una histórica Unión Iberoamericana de Naciones. Por el momento, aunque contamos con los elementos indispensables para procurarla, debemos hacer lo posible para resguardarlos de las manos predadoras de los colonialistas y los imperialistas. Ellos ya tratan de impedirla interponiendo subterfugios, como el tratado del NAFTA, con los que quieren interferir en todo posible acuerdo nuestro común imponiéndonos a cambio sus leoninas condiciones para concretar finalmente sus sospechosos negocios. Sucede que en el mundo de hoy se está como gestando un grande y misterioso movimiento que procura, como su nombre lo indica, una llamada globalización. Éste, no es sino el nombre que se le da a un proceso que se inició como una taimada iniciativa de los anglonorteamericanos, pergeñada antes incluso de la Segunda Guerra Mundial. Su finalidad era aprovechar aquel enfrentamiento ya inevitable, para después de finalizado, llevar sus negocios a Europa y al Lejano Oriente e imponerlos en forma prácticamente monopólica. Así lo hicieron, y con ello lograron lentificar y hasta detener el crecimiento científico, económico y demográfico del continente europeo, para luego volver sus ingentes recursos para dominar enteramente a nuestra América. “América para los americanos” había pronunciado Monroe al enunciar su famosa doctrina, queriendo encubiertamente significar: “Toda América, para los plutócratas norteamericanos”. Por ejemplo, a ese propósito de hacer cuantiosos y jugosos negocios aprovechándose vilmente de la destrucción de la guerra, obedeció aquella estrategia ruin de los británicos que se llamó el “bombing”. Tal iniciativa consistía en aprovechar el retroceso alemán durante la guerra para bombardear inhumanamente poblaciones germanas “abiertas” (esto es, desarmadas), matando solamente en Dresde y en un par de días, a 300.000 civiles inocentes. Poco después de finalizada la contienda, las empresas edificadoras y de ingeniería civil de los norteamericanos y de los ingleses aparecieron concediendo abundantes créditos para levantar de nuevo esas ciudades. Es lo mismo que están haciendo ahora en Irak…Es claro que este mundialismo, aunque resulta ser una iniciativa del enemigo para manejar el mundo, se vio favorecido e incrementado por el enorme adelanto de las técnicas de comunicación y de cálculo, sin pasar a contabilizar otros concomitantes. La concentración de capitales financieros (que son una fabulosa estafa, porque los verdaderos capitales son los medios de producción y no los papeles de negocios) les fue permitiendo allegar cerebros brillantes en todas las disciplinas científicas y del pensamiento, para ser empleados en sus planes de dominación. Les pagan con billetes de banco, que es papel pintado cuyas prensas tienen a su entera disposición; y a cambio de tan barata retribución consiguen los mejores esfuerzos de millones de científicos y trabajadores técnicos provenientes de todos los rincones de la Tierra. Formaron enormes ejércitos con el armamento más destructivo posible, incluso aquél de índole nuclear y aquel otro de índole bacteriológica, y con tantos pertrechos creen tener ya al mundo entero en su puño. Pero eso está por verse, y yo aliento la esperanza de que nunca se verá. Entre los muchísimos obstáculos que se les interponen, uno de ellos y no el menos relevante, somos nosotros, los hispanos. Nos podrán vender una buena parte de sus excedentes, especialmente de tipo cultural; podrán meternos por la fuerza, vía obligaciones de la deuda externa (o eterna), incluso una extensa variedad de sus aberrantes costumbres; pero para terminar con nuestra idiosincrasia, necesitarán matarnos a todos, porque en aquel terreno, no nos vencerán. Apelan con frecuencia al genocidio, pero pretendiendo que seamos nosotros mismos quienes nos lo apliquemos; por ejemplo, por vía de la liberalización del aborto, de la destrucción de las familias, de la tergiversación de la sexualidad, del empobrecimiento máximo de nuestros pueblos, del hundimiento de la instrucción científica y de la educación moral. Pero tengo para mí que no lo lograrán, porque el espíritu rige a la materia, puesto que viene a nosotros después de ella y para dirigirla –que tal es el proceso de la vida; y mientras que a nosotros las carencias económicas nos alimentan el espíritu, a ellos su materialismo los está corroyendo espiritualmente. El materialismo y su secuela, el hedonismo y su meta obligada que es el sensualismo, exasperan las apetencias mundanas y éstas desordenan las prioridades naturales y embotan el entendimiento. Como tienen la destrucción adentro de sí mismos, si no cambian perecerán. Mientras tanto, el sistema universalizado de comunidad política es decir, el Estado-nación, aparecido a causa de las guerras de religión del siglo XVI (que fueron provocadas por los plutócratas alemanes de aquella época para acrecentar sus negocios), parece que se encuentra en el ocaso de su vigencia. De modo contrario a lo que la gente en general cree, que es que el sistema estatal siempre existió, nosotros sabemos que no fue así, aunque tiene ciertamente unos cuatro siglos de vigencia. Y todos podemos ver que, en nuestros días, uno tras otros los Estados se van desconstituyendo y están transformándose en cáscaras vacías de una sustancia que ya no tienen, sostenidas por una soberanía que se ha desvanecido. Impotentes para cumplir las obligaciones que son de su esencia, como proteger a sus ciudadanos de los enemigos de afuera y de los delincuentes de su interior, establecer la justicia, tanto la justicia legal como la justicia social, favorecer la plena ocupación laboral, proporcionar auxilio sanitario y medicinal, dar educación y posibilitar el acceso a la vivienda para todos, etcétera, se van como difumiando y dejando solamente los símbolos oficiales a la vista, mera apariencia de algo que ya no es más. Tal como se apagó el Imperio Romano de Occidente. Por cierto que las naciones que se ven en peligro de una total extinción, para pasar a ser meros territorios poblados sujetos a los caprichos irrestrictos de los poderes mundiales, tanto de los organismos internacionales cuanto de las grandes empresas transnacionales, tratan de revitalizar el Estado. Tratan, en un ademán puramente defensivo, de volver a dotarlo de aquellos poderes de decisión que otrora les permitían remitir las situaciones más críticas imaginables, como fueron, por ejemplo, las reconstrucciones de los países devastados por la segunda gran guerra mundial del siglo XX, señaladamente el Japón y Alemania. Y ciertamente podrán, y es deseable que así sea, lograr algo de lo que se proponen. Pero lo que no podrán lograr, al menos en un plazo estimable, es reconstituir su solitaria soberanía. En un mundo de obligada interdependencia, cada vez son menos posibles los Estados soberanos. Pero sí es posible, y en nuestro caso, espectable, la constitución de bloques de naciones. La idea de la Hispanidad es eso, también: la de una alianza fecunda de todos los pueblos descendientes de España y España misma, todos en pie de igualdad jurídica y juramentados a apoyarse mutuamente para lograr, antes que nada, un nivel de vida homogéneo para todos sus pueblos.

III (Qué es la Hispanidad)
La Hispanidad fue, hace algunos siglos, una realidad concreta. Vale decir, algo existente. Por entonces, se la conocía como el Imperio Español. Y así como detrás de toda concreción humana se observa la abstracción que la prefigura antes y la explica después, esto es, lo que llamamos la idea de algo, así mismo pasa con aquella realidad, cuyo cuerpo político fue disuelto por la descomposición, pero cuyo espíritu sobrevive a la espera de una nueva encarnación. De modo que, como se podría decir, no ha muerto y su semilla viviente, que somos nosotros, sólo espera buen terreno donde volver a arraigar. Decía Aristóteles, y yo acepto su opinión, que hay dos modos de ser: en acto o en potencia. El ser en acto existe, el ser en potencia puede perfectamente existir, pero ésa su existencia, ése su arribo a la realidad, es algo contingente; es decir, algo que las circunstancias pueden o no favorecer. Ahora que, tratándose de cosas humanas, tras su posibilidad debe inevitablemente existir un propósito, es decir, una voluntad. Esa voluntad siempre permaneció entre nosotros, tras los siglos transcurridos. Tanto en la península como en nuestras tierras americanas, siempre hubo quien se refirió con respeto y esperanza a la idea sagrada de la Hispanidad. El término, sin embargo, pudo caer casi en desuso cuando, hace un siglo, el mundo entero se había plegado a la creencia de que el progreso humano iba a avanzar con seguridad y continuidad ininterrumpibles por el andarivel de los crecientes adelantos científicos y técnicos. Poco duró a la humanidad tal autoengaño, y a partir de la primera confrontación bélica mundial, la sucesión horrorosa y que nos da vergüenza de tan sólo mencionarla, de millones y millones de personas sufrientes, torturadas y muertas de todas las formas imaginables, terminó por ponerle fin. Mientras tanto, sucedió que un abogado asturiano de nombre Faustino Rodríguez San Pedro, que en aquel momento era presidente de la asociación denominada Unión Íbero-Americana, propuso e impuso aquel inexplicable mote de “Día de la Raza” a la celebración que hoy recordamos, denominación que prosperó durante un buen tiempo antes de que fuera cambiada por la presente. Yo soy testigo de ello porque, en mi lejana infancia, transcurrida en esta misma Ciudad durante la segunda mitad del siglo pasado, a la festividad a que nos referimos y que constituía un día feriado, se la nombraba así: “Día de la Raza”. Más de una vez, aún siendo niño y no de los más despiertos, yo me pregunté qué cuernos querría decir aquello. Mi padre español, que era un excelente trabajador pero que no era propiamente un intelectual, la interpretaba como que se refería a la “raza española”. Yo no comprendí hasta después de muchos años, en oportunidad de repensar aquello, que es un verdadero despropósito llamar raza al pueblo español ni a los descendientes de los españoles. No sé yo si habrá muchos más pueblos consolidados que tengan una conjunción de descendencias tan diversas como las tiene España, si por razas entendemos no la concepción científica hasta hace poco sostenida de que tres son las razas en que se divide la humanidad (“blanca”, “negra” y “amarilla”), sino el concepto de una cultura producto del aporte de diferentes otras. La realidad española hace que el español sea uno de los tipos nacionales más opuestos al racismo en todo el mundo, entendiendo por tal no una cuestión de rivalidades nacionales por intereses concretos, sino una suerte de desprecio, cuando no de odio, hacia las gentes que son muy diferentes de nosotros. No, los hispanos no somos ni podemos ser racistas y ello es así por al menos dos convenientes razones. Una, porque somos mayoritariamente católicos, y esa nuestra fe nos inculca la verdad de que todos los hombres somos hermanos dado que todos provenimos de un mismo Padre. Que seamos diferentes, sí; y que no podamos de ningún modo llegar a ser enteramente iguales –esto es, idénticos– también. Ni siquiera son idénticos los hermanos gemelos porque, pese a su apariencia que los presenta como perfectamente confundibles, cada uno tiene su propia e induplicable personalidad. Y dos, porque el llamado racismo importa una postura de odio o desdén hacia lo diferente, en este caso, hacia las culturas diferentes; y los españoles creo yo que tenemos sobradamente probado que no nos amilana ni repugna mezclarnos con los otros, y convivir con ellos, hasta formar con ellos nuestras familias y procrear nuestra descendencia. Es por eso que hoy el subcontinente centro y sudamericano, al que agregaremos a México y buena parte del sur norteamericano, está poblado de criollos mezcla de españoles con sujetos de las más diversas etnias o linajes, o como se les quiera llamar a las diferencias superficiales que mostramos los individuos humanos y que no son anatómicas sino culturales. Todos, hablando de algún modo (bien o regular) el mismo idioma originario de Castilla, que es un bien común inconmensurable porque nos permite comunicarnos a la primera sin tener que estudiar lenguas foráneas. La Hispanidad, esto es, la acción educadora y progresista de España por todo el mundo (porque hay pueblos hispanos también en el África y en el Asia), fue la constitución de una gran nación con vínculos culturales y económicos, pero especialmente, con una fuerte atadura espiritual.

(Los artífices de la idea de una nueva Hispanidad)
Como un concepto filosófico, histórico y político, el término creado, como veremos, por un obispo español en Argentina, fue adoptado en seguida por varios insignes pensadores y años después fue asimismo recepcionado y adquirido por hombres de letras americanos notables, como el eximio peruano José Santos Chocano, o como el poeta nicaragüense Rubén Darío, que fue llamado con justicia “príncipe de las letras castellanas”, o como el gran intelectual gallego Ramón Menéndez Pidal, que tuvo el atrevimiento y se tomó el trabajo de estudiar los escritos y la biografía del famoso fraile Bartolomé de Las Casas, en cuyo espurio testimonio se apoyan los “indigenistas” y otros enemigos de España para convalidar la “leyenda negra” contra este país. A continuación me referiré a unas pocas de las más significativas personalidades (escogidas de entre un conjunto mucho más amplio de autores, todos ellos perfectamente autorizados por su eximia calidad intelectual y moral para exponer la idea perenne de la Hispanidad).

(Miguel de Unamuno y Jugo, el paradojal)
Al ilustre cuanto cambiante pensador español de origen vasco don Miguel de Unamuno y Jugo, le atribuyen varios autores ser el escritor que más tempranamente empleó el vocablo “Hispanidad” con un sentido más moderno del término. En un artículo suyo que, aunque se lo fecha informalmente en 1909, no hay pruebas de otra publicación anterior que la de 1927 en la revista argentina “Síntesis”, número del 6 de noviembre, Unamuno dice lo siguiente:“Digo Hispanidad y no Españolidad para atenerme al viejo concepto histórico-geográfico de Hispania, que abarca a toda la península ibérica. Digo hispanidad y no españolidad para incluir a todos los linajes, a todas las razas espirituales, a las que ha hecho el alma terrena y a la vez celeste de Hispania, de Hesperia, de la península del Sol Poniente. Y quiero decir con Hispanidad una categoría histórica, por lo tanto espiritual, que ha hecho, en unidad, el alma de un territorio, con sus contrastes y contradicciones interiores. Porque no hay unidad viva si no encierra contraposiciones íntimas, luchas intestinas. “La Hispanidad, ansiosa de justicia absoluta, se vertió allende el Océano, en busca de su destino, buscándose a sí misma, y dio con otra alma de la tierra, con otro cuerpo que era alma, con la Americanidad, que busca también su propio destino... Y completa el intelectual falangista José María García de Tuñón Aza explicando que: “…Es muy posible que el ilustre vasco [Unamuno] haya sido el primero en utilizar el vocablo “Hispanidad” con un sentido histórico y cultural”… Y que para Unamuno ese término designaba “…La unidad profunda del mundo hispánico, España y América del Sur”. “La base de aquella homogeneidad se encontraba a juicio del pensador vasco –explica García de Tuñón–, no en la raza, en la religión o en la realidad política, sino en la lengua castellana”. “Lenguaje –dice Unamuno– de blancos, y de indios, y de negros, y de mestizos, y de mulatos; lenguaje de cristianos, y de ateos; lenguaje de hombres que viven bajo los más diversos regímenes políticos”.

(Los portugueses. Antonio María de Sousa Sardinha y otros hispanos)
Hubo un pensador de origen portugués, don Antonio María de Sousa Sardinha [pr. “Sardiña”], fallecido prematuramente a los 37 años, quien fue en principio un apasionado defensor de la monarquía en Portugal. Se enroló en la corriente del Integralismo Lusitano, de carácter sindicalista y católico y habiendo residido largo tiempo en España se volcó a la opinión (hoy sostenida por muchos a ambos lados de las fronteras ibéricas) de que se debe concretar una unión entre la república lusitana y el reino español, una ciudadanía común. Estudiando las realizaciones de ambas naciones por el mundo, Sousa Sardinha llegó al convencimiento de que hay una auténtica Hispanidad, concepto en que engloba a España y Portugal y las naciones surgidas de la obra de ambas. Es que el Portugal también es “Hispania”, nombre latino anterior a la formación de los reinos ibéricos que dieron lugar a ambas modernas naciones. Con entera razón decía el romántico portugués del siglo XIX João Baptista de Silva Garret, en su estudio sobre Camoens, que:“Somos hispanos e devemos chamar hispanos a cuantos habitamos a península hispana”,afirmación que adoptó Menéndez y Pelayo y la iba divulgando por todas partes. (Permítanme esta digresión, para recordar una sola bella estrofa del citado Luis Vaz de Camoens, poeta, historiador y soldado portugués, gran devoto de la Virgen María, que escribió para ensalzar la Hispanidad versos recordados por otro inmenso hispanista que fue el padre Isidro Gomá y Tomás, de cuya inestimable aportación me ocuparé en su lugar). Escribió Camoens:“Del Tajo a China el portugués impera, De un polo al otro el castellano boga,Y ambos extremos de la terrestre esferaDependen: o de Sevilla, o de Lisboa”.Y con ello cantaba nuestra pasada grandeza, grandeza que es nuestra, de todos los hispanos, a quienes Dios nos puso en el mundo para bien de la humanidad, a pesar de cuanto chillen todos los mono-pensantes. Y en especial, aquella ralea de torpes que gritan a voz en cuello que “ojalá los españoles nunca hubieran llegado a América”, olvidando que si algunos españoles no hubieran sembrado su simiente en nuestras tierras… ellos, mestizos que reniegan de su estirpe –en vez de proclamar con orgullo que son una cepa nueva, conjunción de lo mejor de los dos mundos– no estarían incordiándonos aquí y ahora con sus reclamos. Más allá todavía de Sardinha y de Menéndez y Pelayo iba el eminente catalán Eugenio D’Ors i Rovira cuando afirmaba que, siendo hispano y español, era por eso también portugués, y que encontrándose en tierra portuguesa estaba en su hogar; y que por la misma causa y semejantes circunstancias, también era americano. Por su parte, el hispanista francés profesor Jean Frédéric Schaub, contemporáneo nuestro, dijo hace poco que:“…Para muchos escritores portugueses, como para muchos desconocidos que legaron a la posteridad sus archivos, no hay ninguna incompatibilidad entre su pertenencia a la corona de Portugal y a la vez a la Hispanidad…”.

(Monseñor Zacarías de Vizcarra Arana, el creador del concepto moderno de Hispanidad)
Aproximadamente por el primer cuarto del siglo pasado vivía acá, en Buenos Aires, un clérigo español de origen vasco, consagrado luego en 1947 obispo de Ereso, don Zacarías de Vizcarra Arana. Había llegado a la Argentina en 1912 y sólo retornó a la Península natal a pedido del cardenal Gomá, casi sobre el fin de la guerra española, para colaborar con este gran prelado en múltiples tareas de alto nivel. Fue destinatario de uno de los mayores elogios que el papa Pío XII otorgaba a los mejores sacerdotes del mundo, junto con una medalla de oro recibida al cumplir sus bodas de oro sacerdotales en 1956 y ese mismo año el gobierno español le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica con una nota donde resaltan estos encomiásticos términos: “Fue nuestra querida y admirada víctima ya que sobre él cayó siempre el peso más difícil…” Su obra es extensísima, porque fue no sólo un erudito, un pensador, un maestro, sino fundamentalmente un creador y un hombre de acción. Sus realizaciones son difícilmente enumerables, tantas fueron, pero me permito mencionar acá a siquiera dos: en Buenos Aires fundó la acreditadísima revista católica Criterio, y en España, la no menos célebre publicación Ecclesia, órgano central de la Acción Católica Española, de la que fue Consiliario General durante veinte años, hasta el día de su muerte; y escribió un libro que tituló gallardamente: Vasconia españolísima. Fue autor de numerosos trabajos literarios, varios de ellos dedicados al tema, para él, recurrente, de nuestra Hispanidad. A mí me compró el alma un estudio suyo que publicó parcialmente en Buenos Aires la revista porteña Acción Española (también de su creación e impulso), titulado “El Apóstol Santiago y el mundo hispano”, que recogí por Internet. Pues bien: residiendo en Buenos Aires el padre Zacarías publicó en 1926 un artículo muy comentado y bien recibido que tituló “La Hispanidad y su verbo”, mediante el que proponía con vigor el cambio del nombre dado al 12 de octubre, tanto en España cuanto en Hispanoamérica, del poco afortunado “Día de la Raza” al veraz “Día de la Hispanidad”. En 1937, en plena guerra española, volvió a su patria para servirla y allí permaneció hasta su fallecimiento en 1963 a sus 83 años cumplidos. En aquel histórico artículo Vizcarra escribió lo siguiente: “Estoy convencido de que no existe palabra que pueda sustituir a 'Hispanidad'... para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra 'Hispanidad' y otras dos voces que usamos corrientemente: 'Humanidad' y 'Cristiandad'. Llamamos 'Humanidad' al conjunto de todos los hombres, y 'humanidad' (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad. Asimismo llamamos 'Cristiandad' al conjunto de todos los pueblos cristianos y damos también el nombre de 'cristiandad' (con minúscula) a la suma de las cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra 'Hispanidad', la cual significa, en primer lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados por Europa, América, África y Oceanía; y expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica”.Y completando en otro lado el alcance del término dice, con eximia concisión:“El concepto de la «Hispanidad» no incluye ninguna nota racial que pueda señalar diferencias poco agradables entre los diversos elementos que integran a las naciones hispánicas. Es un nombre de «familia», de una gran familia de veinte naciones hermanas, que constituyen una «unidad» superior a la sangre, al color y a la raza de la misma manera que la 'Cristiandad' expresa la unidad de la familia cristiana, formada por hombres y naciones de todas las razas, y la 'Humanidad' abarca sin distinción a todos los hombres de todas las razas, como miembros de una sola familia humana. Es una denominación que a todos honra y a nadie humilla”. Luego, en 1944, en un artículo suyo titulado “Origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad”, y refiriéndose a cómo, principalmente Maeztu y Gomá, le habían acreditado la creación de ese vocablo, el modesto sacerdote vasco protesta preferir la opinión de otro gran español-argentino, don Manuel García Morente, quien había escrito poco antes:“Existe una palabra –lanzada desde hace poco a la circulación por monseñor Zacarías de Vizcarra– que, a mi parecer, designa con superlativa propiedad eso precisamente que la filosofía de la historia de España aspira a definir. La palabra aludida es 'Hispanidad'”.Y el padre Zacarías dice que: “Veremos en estas líneas cómo es más aceptable la frase del Dr. García Morente que las demás antes citadas, [de Ramiro de Maeztu y de monseñor Gomá y Tomás] aunque quizá en alguna de ellas se habrá tomado «crear» en el sentido lato de «lanzar a la circulación», que admite explicación [más] satisfactoria”. Ejerciendo su proverbial modestia para mejor demostrar que él no había inventado la palabra, va a mencionar un antiquísimo libro español, escribiendo esto: “Tan antigua es esta palabra en su sonido material, que la encontramos en el Tractado de Ortographia y accentos del bachiller Alexo Vanegas, impreso en Toledo, sin paginación, el año de 1531.” Y para rematar su indagación histórica, expresa en el mismo trabajo literario su creencia de que la palabra «hispánitas» (hispanidad) para designar los giros hispánicos del latín de Quintiliano, en el mismo sentido [en] que el propio Quintiliano usa la palabra «patavínitas» (paduanidad) al hablar del latín de Tito Livio”.Habría mucho que exponer sobre este español ilustre, pero debo poner aquí punto final a su merecida exégesis. Sólo agregaré que la Real Academia Española, a veces un tanto demasiado parsimoniosa, recogió sin embargo las acepciones propuestas por el padre Vizcarra al término en estudio, “Hispanidad”, a partir de 1947, para su bien ganada satisfacción. Este sacerdote, vasco magnífico que se sentía también argentino, fue, sin duda alguna, quien dio al vocablo Hispanidad el sentido exacto con que hoy lo pronunciamos. Y porque fue él quien, en modo eminente, despertó el entusiasmo aletargado de sus contemporáneos mostrándoles el legado inmarcesible de sus glorias acreditadas y señalándoles, con discreción pero con firmeza, el deber, esto es, la continuación de la empresa (como luego la definirá José Antonio), es que quiero rendirle en este día, fecha memorabilísima de nuestra nacionalidad, mi emocionado homenaje. Al padre Zacarías de Vizcarra Arana, pues, todo honor y toda gloria. (Ramiro de Maeztu Whitney, el gran expositor –y profundizador– de la Hispanidad) Entre los años 1928 y 1930, fue embajador español en la Argentina el célebre pensador –e iluminador nuestro– don Ramiro de Maeztu Whitney, cuyo segundo apellido obedece a que su madre fue inglesa. Su nombre quedó hasta ahora como un sinónimo del de la Hispanidad, porque don Ramiro –otro más de los hombres honestos asesinados en 1935 por la bestialidad de los rojos– llegó a escribir la obra más completa y maravillosa atinente al tema, titulada, precisamente: “Defensa de la Hispanidad”, a la que –entrando ya en el tramo final de mi exposición– me referiré en seguida. Estando en Buenos Aires, don Ramiro se conectó, inevitablemente, con el padre Vizcarra Arana. Más tarde, el 15 de diciembre de 1931, apareció en Madrid el primer número de una revista católica de orientación monárquica, titulada “Acción Española”, cuyo principal artículo era un escrito de don Ramiro de unas 8 páginas denominado, precisamente, “La Hispanidad”, cuyo contenido pasó más tarde a integrar su famoso libro “Defensa…”, antes aludido (que se lo puede bajar del sitio web de la Falange en Buenos Aires, http://www.juntoafe.com.ar/). Allí nos dice Ramiro, breve y contundentemente que: «'El 12 de octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad.' Con estas palabras encabezaba su [número] extraordinario del 12 de octubre último un modesto semanario de Buenos Aires, El Eco de España. La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra. Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a todos los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra, como ésta de Hispanidad, que comprenda también y caracterice a la totalidad de los pueblos hispánicos?».Ése fue, sin duda, el final del recomienzo de nuestra obra en curso de ejecución, la reunión hispánica.Ya en 1927 don Miguel de Unamuno había escrito que prefería el término “Hispanidad” al por entonces más utilizado de “Españolidad” porque lo consideraba más abarcativo e ilustrativo. En 1931 el por entonces intelectual comunista y luego converso a la causa nacional, don Santiago Montero Díaz, opositor a los separatismos que entonces como ahora tironeaban para desarmar la unidad española peninsular, escribió acerca de: “…El conjunto de naciones ligadas por una comunidad de intereses y subordinadas a una denominación común de Hispanidad»…En 1934 publicó Ramiro de Maeztu su obra cumbre reiteradamente aludida, “Defensa de la Hispanidad”, cuyos ecos aún perduran incluso en este mundo tan hostil a los valores de la nación hispanoamericana. Con esta publicación o, más bien, por su influencia, fue que se impuso definitivamente esa denominación para la fecha que hoy nos congrega. Pocos meses después, el 12 de agosto del mismo año, vino a dar un impulso definitivo a la nueva corriente de la Hispanidad, que dura hasta nuestros días, una conferencia dictada en Buenos Aires por el entonces Arzobispo de Toledo, monseñor Isidro Gomá y Tomás a la que me referiré al concluir el tema de Maeztu. Al año siguiente, en la misma fecha celebratoria, y en que Ramiro de Maeztu pronunció un recordado discurso en la Academia Española sobre el “Descubrimiento y colonización de América”, apareció también en el número inaugural de la revista madrileña “Hispanidad” un nuevo artículo suyo titulado “Día de la Hispanidad”.Un año después, Ramiro fue asesinado, sin juicio ni defensa ni condena. Simplemente, porque no era de izquierdas. Nada más que por ser un buen hombre, tímido e inofensivo, gentil y caballeroso. Pero su ideario, excepto en lo que se refiere a su filiación monárquica, fue adoptado por los falangistas mismo durante el curso de la cruenta guerra de 1936 a 1939. En 1938 se volvió a publicar su libro mencionado “Defensa…”, y desde entonces hay periódicas reediciones que ilustran en ese ideario de paz y mancomunidad a las sucesivas nuevas generaciones. (Cabe destacar que este mismo día en que hoy estamos, se celebra también el día de la Virgen del Pilar, Patrona de España y Jefa Espiritual de la Guardia Civil). Ramiro de Maeztu Whitney fue, como antes dije, hijo de padre español y de madre inglesa. También su esposa fue inglesa y él mismo vivió durante 15 años en las Islas Británicas. Cuando le propusieron hacerse súbdito inglés, les respondió aterrorizado: “¡No, no, nunca! ¡Soy español!”, y retornó definitivamente a España. En 1928 fue designado embajador en la Argentina, cargo que ocupó durante dos años. Luego, como antes había anticipado, en 1934 al aparecer la revista “Hispanidad” en su primer número se publicó el primero de la serie de 23 artículos aparecidos entre 1931 y 1934, que más tarde Ramiro recopiló para publicarlos bajo el título de su famoso libro, tantas veces mencionado hoy, “Defensa de la Hispanidad”. Y desde el número 28 de esa revista hasta su muerte por asesinato a manos de los rojos en 1936, de Maeztu fue el director de la publicación. De esta obra cumbre quiero transcribir sólo estos dos párrafos, porque ilustran magistralmente, en su brevedad, lo que por Hispanidad entendemos los falangistas. Dice Ramiro:“La Hispanidad, desde luego, no es una raza. […] “Sólo podría aceptarse en el sentido de evidenciar que los españoles no damos importancia a la sangre, ni al color de la piel, porque lo que llamamos raza no está constituido por aquellas características que puedan transmitirse a través de las obscuridades protoplásmicas, sino por aquellas otras que son luz del espíritu, como el habla y el credo. La Hispanidad está compuesta de hombres de las razas blanca, negra, india [quiso decir: “india americana”] y malaya, y sus combinaciones, y sería absurdo buscar sus características por los métodos de la etnografía”. “También lo sería por los de la geografía. Sería perderse antes de echar a andar. La Hispanidad no habita una tierra, sino muchas y muy diversas. La variedad del territorio peninsular, con ser tan grande, es unidad si se compara con la del que habitan los pueblos hispánicos”. […] “Y esta falta de características geográficas y etnográficas, no deja de ser uno de los más decisivos caracteres de la Hispanidad. Por lo menos es posible afirmar, desde luego, que la Hispanidad no es ningún producto natural, y que su espíritu no es el de una tierra ni el de una raza determinadas”. En fin, cada capítulo del libro se corresponde con alguno de los famosos 23 artículos publicados en la revista, y una lectura de sus diversos títulos, de entrada nos ilustra sobre su contenido. Por ejemplo: “Las luchas de Hispanoamérica”, “El humanismo español”, “El humanismo materialista”, “El principio del crecimiento”, “La igualdad humana”, “Filipinas y el Oriente”, etcétera y etcétera. Cada tema es abordado por Ramiro como un trabajo terminado en sí mismo, por lo que con cada lectura distinta sus lectores vamos aprendiendo tanto que, cuando repasamos lo aprendido, nos parece increíble. Así de grandioso es su arte de escribir. Yo me permito recomendar, a los más jóvenes en particular, porque seguramente ellos no han tenido oportunidad de abrevar en las aguas prodigiosas del pensamiento maeztiano, y luego a todos cuantos no se acercaron nunca a la obra de este gran hispanista, que hagan lo posible por leerlo, así fuere de a poco. Ya les transmití el sitio web de nuestra Delegación falangista, donde encontrarán esta publicación, así como la muy relacionada disertación de monseñor Gomá, que luego fue su amigo. Aquellos homúnculos que a duras penas debemos llamar hermanos nuestros, esos pistoleros sin Dios, sin patria y sin ley que lo apresaron y lo maltrataron, cuando finalmente lo clavaron a tiros contra una pared, no saben el bien inefable que le hicieron al bueno de Ramiro: gracias a sus balas impías él se fue derecho y sin más trámite a las estrellas, a donde moran todos los grandes de Dios y de la patria, a la diestra del Redentor. Y allí está, para siempre jamás, sin duda abogando por todos cuantos intentamos seguir sus huellas con afán –aunque nunca podamos emparejar su grandeza.

(Monseñor Isidro Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo, el preclaro impulsor)
El 12 de agosto de 1934, se realizó en el Teatro Colón de nuestra Buenos Aires una celebérrima conferencia a cargo del sacerdote español monseñor Isidro Gomá y Tomás, entonces Arzobispo de Toledo y a partir del año siguiente Cardenal Primado de España, con el feliz título de “Apología de la Hispanidad”. Decir que la repercusión de esta conferencia, luego publicada en letras de molde, fue extraordinaria es decir bien poco. Fue, me parece, consagratoria, y tengo para mí que contribuyó un tanto –un buen tanto– a la elevación al cardenalato de monseñor Isidro (cargo que él honró después sobremanera constituyéndose, sin duda para mí, en el más ilustre prelado español del siglo. La conferencia tuvo su fundamento en aquel artículo inaugural del padre Vizcarra antes dicho, “La Hispanidad y su verbo”, publicación que fue la expresión literaria más afortunada del siglo para nuestra causa, pues por ella levantó cabeza una vez más el espíritu inmortal de nuestra nacionalidad. (También este discurso, extenso como un libro y de una fecundidad incomparable, se lo puede bajar del sitio web de la Falange en Buenos Aires, http://www.juntoafe.com.ar/). Es decir que, en base al impulso dado al concepto de que tratamos y por eso mismo a la idea que compartimos, por aquel grande vasco que fue su impulsor, el padre Vizcarra, el terreno estaba abonado para que este otro grande –catalán para ejercer– que fue el obispo Gomá, le diera a tan trascendente tema el envión que lo catapultó al genio de su gran coterráneo Ramiro de Maeztu y, desde él, a los cuatrocientos millones de hispanos que hoy somos. La conferencia se hizo en oportunidad de celebrarse oficialmente por el gobierno argentino en pleno la fecha epónima, por invitación cursada a instancias de la jerarquía eclesiástica argentina. A poco de iniciar el tema, el obispo Tomás y Gomá ya define una de las propiedades de la Hispanidad. Dice:“Mi tesis, para la que quiero la máxima diafanidad, es ésta: América es la obra de España. Esta obra de España lo es esencialmente de catolicismo. Luego, hay relación de igualdad entre hispanidad y catolicismo, y es locura todo intento de hispanización que lo repudie. “Creo que ésta es la pura verdad. Si no lo creyera, no rompería por ella una lanza. Ahora sí: cuantas estén a mi alcance. Y, Quijote o no, a su conquista voy, alta la visera, montado en la pobre cabalgadura de mis escasos conocimientos y de mi lógica, pero sin miedo a los duendes del laicismo naturalista, a los malandrines de la falsa historia o a los vestigios envidiosos de la grandeza de mi patria”. Luego se aboca a estudiar por qué y cómo la Hispanidad emerge siempre, una y otra vez, maguer le pese a sus enemigos. Una parte sombría de su conferencia, porque atañe a sucesos que hoy vuelven a encender la llama de la discordia peninsular, es la que se refiere a los separatismos, causa eficiente de la guerra. Y allí el vigoroso obispo fustiga a los extranjeros que buscan la destrucción de España fogoneando aquellas actitudes secesionistas y apoyando a sus estúpidos partidarios. Alude a: “…La acción clandestina de fuerzas internacionales ocultas, que tratan para sus fines de balcanizar a España, rompiendo a la vez el molde político y religioso en que se vació nuestra unidad nacional”. Y sienta una tesis de la que yo, personalmente, y muchos otros argentinos hoy en día, nos hemos hecho cargo en aras de purificar la historiografía americana de la faramalla ponzoñosa sembrada por el enemigo de todos nosotros; tanto de quienes estamos en la huella de la verdad cuanto de los numerosos estólidos que viven embobados, y engañados supinamente acerca de la nacionalidad que creen detentar. Dice monseñor Isidro, con toda veracidad:“El fin del imperio español en América –lo ha demostrado André en un libro así rotulado– no se debió al ansia de libertad de unos pueblos “esclavizados” por la metrópoli, sino a una serie de factores históricos e ideológicos […]”. (La Falange empareja esta vigorosa opinión, y es por eso que viene impulsando un conjunto de estudios revisionistas que permitan despejar nuestra historia de la hojarasca masónica que tapa y encubre la realidad de los hechos acaecidos, que no es otra que la acción de los imperialistas y colonialistas en procura de imponer su dominio para mejor explotarnos. Pero quede en claro que los investigadores falangistas no pretenden caer en la iconoclastia pedestre de los marxistas fracasados, esto es, aplicar el enroque taimado que ellos practican desde su esencial amoralidad –como por ejemplo, denostar por una lado a los santos de la Iglesia y al mismo tiempo promocionar la figura del obsceno y vulgar homicida que fue el “Che” Guevara, pretendiendo hacerlo pasar por un hombre de buena fe y un mártir verdadero). En seguida de aquella histórica proclama expresa el arzobispo algo que la Falange también sostiene y que es uno de los puntos expectables de su doctrina. Dice don Isidro Gomá y Tomás en la misma alocución:“[…] La Hispanidad es algo espiritual que trasciende por sobre las diferencias biológicas y psicológicas y los conceptos mismos de nación y de patria”.Y dice muchas más cosas esenciales el ilustre sacerdote catalán, que yo les invito a leer y a degustar en el texto de esta conferencia magistral y consagratoria (la cual también encontrarán en el sitio web de la Falange en Buenos Aires: www.juntoafe.com.ar).Vaya también para él un pensamiento piadoso, en memoria de su lucha impar a favor de los principios más altos que puede sustentar un hombre y que son: el amor de Dios y el servicio de sus semejantes.

(Manuel García Morente)
norteña de San Miguel de Tucumán, capital provincial argentina, otro español ilustre con cuya obra ejemplar Lecciones Preliminares de Filosofía yo, como tantos miles de argentinos, descubrí a esa disciplina respecto de la cual contestaba Aristóteles cuando le preguntaban para qué sirve, que “ella no sirve porque no es sirvienta sino reina”. Él fue mi maestro mediante el milagro del libro, elemento esencial para toda cultura que se precie porque nos pone en comunicación, a través de mares de tiempo y de distancia, con las mentes de otros hombres aunque ellos ya no estén en cuerpo y alma en este mundo. Es que don Manuel García Morente, sacerdote español –andaluz para quien quiera saberlo– que había sido nombrado Consejero Miembro del Consejo de la Hispanidad justo el mismo mes y muy cerca del día en que yo nací bajo este cielo, falleció, lamentablemente, pocos meses después a sus jóvenes 50 años. Cuando contaba tan sólo 24 de edad, ganó el concurso de oposición y obtuvo la cátedra universitaria de Ética en la Universidad Central de Madrid –vean ustedes qué pichón de lumbrera se ganó la Hispanidad, que a punto estuvo de perderlo porque su padre lo había mandado a educarse en Francia pero donde, pese a todas las influencias, Manuel no se plegó nunca a la decadente douceur de vivre que caracteriza a esa sensualista población. (José Ortega y Gasset fue, en aquella oportunidad, uno de los jueces que lo analizó en el concurso). Catorce años después, era designado Decano de la Facultad de Filosofía y Letras y muy pocos años más tarde, durante la presidencia republicana de Niceto Alcalá Zamora, asumió la Subsecretaría de Instrucción Pública. Pero desencadenada ya la guerra civil, fue destituido de su decanato universitario por los enemigos de España, se mudó primero a París, donde fue ordenado sacerdote y finalmente viajó a la Argentina, donde arribó el 10 de junio de 1937 para aceptar el ofrecimiento que se le hizo de ocupar el Rectorado de la Universidad de Tucumán. De sus clases magistrales es que, por nota que tomaron sus estudiantes, se formó aquel libro que nos despertó a tantos sudamericanos a la belleza difícil pero dadivosa del pensamiento filosófico. Pues bien. Estuvo entre nosotros tan sólo un breve año, un período corto pero pleno de realizaciones intelectuales. Cuando estaba ya a punto de embarcarse para volver a España fue que dictó su extraordinaria conferencia en dos sesiones, durante los días 1 y 2 de junio de 1938 y dos días después, se embarcó para retomar su cátedra en Madrid y, contrariando su ferviente deseo, no poder regresar jamás. Las dos sesiones de su famosa conferencia referida a la Hispanidad, él las había titulado así: Parte I, España como estilo, y Parte II, El caballero cristiano. En su disertación dice cosas robustas como el roble, y veraces, y agudas como el filo de una espada de Toledo. Por ejemplo, este breve aserto:“Lo que Inglaterra y Francia, seguidas luego por Alemania e Italia, se han esforzado por ser y hacer en la tierra es –no lo olvidemos– una idea que España pensó y realizó la primera en la historia del mundo moderno”. Esto es, digo yo, la patria universal, la Hispanidad.Criticando la situación del momento, dice sin ambages:“La Internacional comunista de Moscú resolvió ocupar España, apoderarse de España, destruir la nacionalidad española, borrar del mundo la hispanidad y convertir el viejísimo solar de tanta gloria y tan fecunda vida en una provincia de la Unión Soviética. De esta manera el comunismo internacional pensaba conseguir dos fines esenciales: instaurar su doctrina en un viejo pueblo culto de Occidente y atenazar la Europa central entre Rusia por un lado y España soviética por el otro, creando, al mismo tiempo, a las puertas mismas de Francia una base eficaz para la próxima acometida a la nacionalidad francesa. Este plan, cuya base principal era la sovietización –la deshispanización– de España, es el que ha convertido a la nación española hoy en el centro o eje de la historia universal. Porque las circunstancias en que se ha procurado la ejecución de ese plan son tales, que su éxito o su fracaso habría de decidir un punto capital para la historia futura del mundo: el de si es posible o no que la teoría política y social del comunismo prevalezca sobre la realidad vital de las nacionalidades y deshaga–más o menos lentamente– la división de la humanidad en naciones”.Y de inmediato canta el peán de la esperanza y de la fe en la salvación de la patria terrena, que él obtuvo la gracia de poder saborear en vida –apenas un lustro antes de instalarse en la patria celestial. El contenido de aquella extensa alocución (una vez más, se la puede leer o bajar de la página web de la Falange en Buenos Aires) amerita no menos otra igual de densa conferencia para glosarla. No lo podemos hacer hic et nunc, desde luego. De modo que sólo podré señalar ahora dos breves cosas. Una, que García Morente se convierte y adhiere con fervor a la idea de la Hispanidad y así, dice bajo el subtítulo de “El tema de estas conferencias”: “El problema inmediato que se plantea es el de descubrir, definir, explicar en qué consiste ese «sí mismo», al cual la nación española ha permanecido siempre fiel. ¿En qué consiste la hispanidad? ¿Qué es esa España idéntica y diversa a lo largo del tiempo? ¿Qué es ese «ser» de lo hispánico, al cual la historia de España se subordina de una punta a otra de su largo camino? En estas conferencias nos hemos propuesto, precisamente, responder –con mayor o menor exactitud– a esas preguntas. Estas conferencias no son otra cosa que un esfuerzo por apresar, en palabras y en conceptos, algo, al menos, de esa impalpable esencia que venimos llamando la hispanidad”. En este tramo el disertante se refiere, a la vista está, al concepto de aquella hispanidad con minúscula, que habría dicho el padre Vizcarra, la que se atiene a los caracteres propietarios antes que a la esencia de la cosa hispánica. Pero avanzando en su discurso, el maestro García Morente arribará con pulso sereno y rumbo seguro a aquella esencia, que lo deslumbrará como luego nos habrá de deslumbrar a tantos de nosotros.Pero no habrá de ocurrir en ese momento sino algo después. En un escrito suyo aparecido en la revista Ecclesia, órgano de expresión de la Acción Católica Española, apenas unos días antes de su muerte, que él tituló “El elemento religioso en la formación de la nacionalidad española y de la Hispanidad”, allí sí pega en diana y dice cosas como: “…La expansión de la hispanidad por el mundo”[…] “…si el hombre hispánico se trasladó a América, no para esta o aquella finalidad parcial, sino para vivir la totalidad de su vida, entonces es claro que hubo de llevarse consigo todo su ser, toda su índole…” […] “Aquellos españoles que se fueron a América, no a comerciar ni a vigilar los mares, sino a vivir, simplemente y absolutamente, a vivir, sentían en su vida, como de su vida, el cristianismo”; para terminar con esta afirmación premonitoria: “La época de nuestra historia, que suele llamarse moderna y contemporánea, es una muda y trágica protesta española frente a lo que se piensa y se dice y se hace en el resto del mundo. Como todo lo nuestro, esa protesta adquiere a veces proporciones de increíble grandeza, en gesto sublimemente desgarrado y dramático. Porque en los corazones cristianos jamás se extingue la esperanza ni se agota nunca la confianza en Dios. Pero la humanidad presente, que visiblemente vuelve a Dios un rostro acongojado y contrito, prepara sin duda a la idea hispánica en el mundo y en la historia, nuevas y fecundas ocasiones de acción y de triunfo.”Como hubiera dicho con unción Souza Sardinha, de haber podido leerlo: “Si Deus quizer”. Dos, que García Morente, elevándose místicamente a las alturas donde mora el espíritu de la poesía, desencarnado de la cruda realidad, quiere creer en la posibilidad de restaurar el tipo del caballero cristiano que posibilitó la conquista de América y de tierras y de hombres en el África y en el Asia. Y eso, realmente no parece fácil ni probable al presente, aunque idealmente fuera posible. Es otra la cultura de aquel tiempo, bastante diversa de la de aquel año de 1938 y nada digamos de lo que es la cultura de hoy, fuera y dentro de España. Si, como quería el padre Manuel, sólo el caballero cristiano es capaz de restablecer la Hispanidad, casi diría que renunciaríamos a la lucha, porque bien sabemos lo lejos que nosotros mismos estamos de aquel modelo de hombre excepcional. Yo no dudo de que haya muchos hispanos varones y mujeres, muy capaces y muy cerca de alcanzar aquella elevada categoría moral y ejemplo de vida, pero dudo de que, siendo tantos, aún no alcanzarían a constituir un abono suficiente para la ríspida aridez espiritual que afecta al alma de las gentes de nuestro siglo. El ideal de García Morente se nos aparece, al menos hoy, como un ideal romántico; y ya sabemos lo disolvente que el romanticismo puede ser cuando es mal interpretado. Enervaría nuestra voluntad de ser y de hacer la sola premisa de que antes de poner manos a la obra, debiéramos convertirnos en perfectos caballeros de la fe. Nuestro padre José Antonio decía, casi como si nos diera en esto la razón, que muy bueno es poder encerrarse en la torre de cristal para filosofar, pero que el ruido que llega de la calle no nos deja pensar y nos reclama atrayéndonos a la lucha que allá abajo se está librando, y que a esa liza no la podremos evadir. Mi conclusión es que nos conformemos con lo que somos para empezar, teniendo siempre en ejecución la tarea de superarnos y perfeccionarnos moral y mentalmente al mismo tiempo que, convenientemente arremangados, tengamos manos en la obra sin prisas pero sin pausas –sólo aquéllas que nos imponen las necesidades de nuestra humana constitución.Yo ofrezco una oración a la memoria de don Manuel García Morente, sacerdote, maestro de virtud y apologista y augur de la Hispanidad.

(José Antonio Primo de Rivera, el mejor hombre de España)
Finalmente, y para concluir, arribamos a la figura y a la pluma de nuestro queridísimo José Antonio Primo de Rivera, fundador principal de nuestra Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas. No voy a alargar esta comunicación efectuando referencias biográficas ni históricas en torno a nuestro amado José Antonio. Hay publicadas en Internet no solamente abundantes biografías sino también sus Obras Completas, que incluyen, gracias a los continuos estudios que su nombre estimula año tras año, también escritos que hasta hace muy poco permanecían inéditos. (Una versión muy completa en la Web la podrán encontrar en el sitio de la Organización Rumbos, cuya dirección es: www.rumbos.net/ocja/). Para hablar cabalmente de José Antonio se requeriría mucho tiempo y por lo menos una sesión dedicada en forma exclusiva a él y a su obra, y es por eso que toda explicación sencilla de esa su obra gigantesca, que él llevó a cabo en sus jóvenes treinta y tres años transcurridos de la cuna a la tumba, sólo incurriría en simplificaciones engañosas o ineficaces. Él, que fue un artista consumado de la palabra certera bellamente ensamblada, que estaba dotado de una claridad mental y de una madurez intelectual y emocional que no se encuentran ordinariamente sino en hombres de mucha mayor edad y de mucho más largas luchas y debates, era un orador de una rara belleza, y especialmente, de una concisión sin precedentes en la oratoria política. Con dos o tres párrafos enhebrados a su manera única e irrepetible, José Antonio daba cuenta de lo que para la mayoría de nosotros no se puede decir sino con muchas palabras y circunloquios y hasta con abundante mímica. Con sus jóvenes años, estaba en el grupo poco numeroso de los que en España hablaban correctamente el idioma inglés por aquellos tiempos, y dominaba además perfectamente el francés. Siendo abogado de formación y de profesión, amaba las matemáticas, y yo creo que ése era en parte el secreto de su rara habilidad expresiva. En el orden de sus fundaciones hasta llegar a Falange Española de las JONS, (o FE-JONS como se pronuncia abreviadamente), José Antonio fundó primero un movimiento que llamó Acción Española; luego, lo renombró Falange Española y bajo este nombre se empezaron a enrolar centenares de jóvenes, más tarde muchos miles de hombres de las más diversas procedencias, todos ellos idealistas y que sentían hervir su sangre, estremecidos de furor por lo que le estaban haciendo a su patria. (Durante la guerra de 1936 al 39, hubo no menos de 200.000 falangistas en armas). Luego se acercaron a él dos jóvenes brillantes, miembros dirigentes de un movimiento castellano que se llamaba Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas. Eran Onésimo Redondo Ortega, muerto en combate por la patria, y Ramiro Ledesma Ramos, asesinado a mansalva por los rojos en el fatídico año de 1936. Con ellos se inició nuestra FE-JONS, y con la colaboración inestimable del héroe de la aviación española Julio Ruiz de Alda Miqueleiz (que fue uno de los cuatro españoles que a bordo de la nave aérea “Plus Ultra”, hoy exhibida en el Museo de Luján, cruzaron volando por primera vez en la historia el Océano Atlántico, proeza que se llevó a cabo en la trayectoria de España a la Argentina. Ruiz de Alda fue él también cobardemente asesinado en la cárcel por los rojos). Quedó de aquel modo fundada para siempre nuestra madre Falange, de la que los afiliados del presente somos los legítimos y únicos propietarios. “Falange Española hay una sola”, pronuncian nuestros reclutas, y todo otro grupo que se arrogue esta denominación no es sino uno más de los que contribuyen a la “sopa de letras” con que se intenta confundir a los jóvenes idealistas y patriotas, tratando de endilgarles ideologías autoritarias, racistas y ajenas al espíritu español y católico de la genuina hispanidad.En los muy conocidos 27 Puntos Programáticos de la Falange, escritos por Ramiro Ledesma Ramos a solicitud de José Antonio, retocados luego por éste y publicados como programa permanente en octubre de 1934, leemos:“Punto 2: España es una unidad de destino en lo Universal”.Si bien está claro que en lo inmediato hace referencia a los separatismos disgregadores que querían romper la unidad del pueblo español (como lo pretenden ahora mismo), los exégetas más autorizados del pensamiento joseantoniano ven en esta expresión, también la afirmación de una unidad hispanoamericana que, ciertamente, estaba en el pensamiento de José Antonio comunicado a amigos y colaboradores.Pero inmediatamente después, el Punto 3 expresa: “Respecto de los países de Hispanoamérica, tendemos a la unificación de cultura, de intereses económicos y de poder. España alega su condición de eje espiritual del mundo hispánico como título de preeminencia en las empresas espirituales”. Y para culminar este estudio, vayan dos breves transcripciones de la facundia prodigiosa de nuestro amado José Antonio, tomadas de sus Obras Completas. Refiriéndose en forma no expresa a la gran España que es la Hispanidad, dice: “La personalidad, pues, no se determina desde dentro, por ser agregado de células, sino desde fuera, por ser portador de relaciones. Del mismo modo, un pueblo, no es nación por ninguna suerte de justificaciones físicas, colores o sabores locales, sino por ser otro en lo universal; es decir, por tener un destino que no es el de las otras naciones". Y de su celebrado artículo editorial que él tituló “La gaita y la lira”, extraigo estos párrafos:“…Ningún aire nos parece tan fino como el de nuestra tierra; ningún césped más tierno que el suyo; ninguna música comparable a la de sus arroyos. Pero... ¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad? Tiene algo de fluido físico, orgánico, casi de calidad vegetal, como si nos prendieran a la tierra sutiles raíces. Es la clase de amor que invita a disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando plañe la gaita. Amor que se abriga y se repliega más cada vez hacia la mayor intimidad; de la comarca al valle nativo; del valle al remanso donde la casa ancestral se refleja; del remanso a la casa; de la casa al rincón de los recuerdos”.[…] “A tal manera de amar, ¿puede llamarse patriotismo? Si el patriotismo fuera la ternura afectiva, no sería el mejor de los humanos amores. [Porque] Los hombres cederían en patriotismo a las plantas, que les ganan en apego a la tierra. No puede ser llamado patriotismo lo primero que en nuestro espíritu hallamos a mano”. El patriotismo, reitera:“…tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible, sino en lo intelectual”.[…] No plantemos nuestros amores esenciales en el césped que ha visto marchitar tantas primaveras; tendámoslos, como líneas sin peso y sin volumen, hacia el ámbito eterno donde cantan los números su canción exacta. La canción que mide la lira, rica en empresas porque es sabia en números.“Así, pues, no veamos en la patria el arroyo y el césped, la canción y la gaita; veamos un destino, una empresa. La patria es aquello que, en el mundo, configuró una empresa colectiva. Sin empresa no hay patria; sin la presencia de la fe en un destino común, todo se disuelve en comarcas nativas, en sabores y colores locales. Calla la lira y suena la gaita. Ya no hay razón –si no es, por ejemplo, de subalterna condición económica– para que cada valle siga unido al vecino. Enmudecen los números de los imperios –geometría y arquitectura– para que silben su llamada los genios de la disgregación, que se esconden bajo los hongos de cada aldea”. Dispénsenme los amables circunstantes, que hasta aquí han soportado tantas palabras para querer mostrar lo que José Antonio hubiera podido decir en forma inmejorable con muchos menos párrafos de su milagrosa afluencia, que me tome la libertad de recitar estas solas dos estrofas de las extensas Coplas de Guerra, que cantaban los soldaditos falangistas mientras rugía la metralla (y los marineritos Flechas de la Falange, casi niños, cuando iban quemados y golpeados camino del hospital luego de que se hundiera el crucero Baleares): Con un puñado de sal, y otro de canela en rama,hizo Dios a José Antoniopara salvar a la Patria. Échale amargura al vino, y tristeza a la guitarra: camarada, nos mataron al mejor hombre de España…Y ya está; no más reminiscencias del pasado. Yo afirmo y estoy seguro de ello, que el pasado no muere, sino que está siempre contenido en el presente; y que el presente es el único tiempo verdadero y real –porque el futuro es mera expectación de lo que sólo más adelante podrá –o no– sobrevenir. Decían los griegos que nadie muere verdaderamente, mientras que alguien lo tenga en su memoria. Si pues Dios es por antonomasia la Presencia Eterna, eternos somos por tanto en Su memoria todos nosotros, y en ella moramos juntos los vivos y los muertos, todos los hijos de Dios. Y entonces José Antonio no se encuentra ausente, no. No figuradamente, sino de veras, por obra de Dios él está con nosotros ahora y aquí mismo y como él hubiera querido que lo pensáramos: “en la noche clara, el arma al brazo y en lo alto las estrellas”. (América, cuna de la Hispanidad y la Argentina, su renacimiento) La Hispanidad como idea, como empresa, como patria, nació el día en que Colón y sus marinos, un día como hoy en 1492 arribaron a esta tierra americana alumbrada por la Cruz del Sur. Se apagaron sus luces cuando triunfaron la perfidia, la astucia, la ambición, cuatro siglos después, aunque no sin que hubiera realizado su obra grandiosa de dar vida a una nueva progenie de cuatrocientos millones, cuantos somos hoy. Y renació en esta misma antigua ciudad de Santa María de los Buenos Aires con el joven siglo XX para seguir su camino, por obra de españoles que, precisamente por serlo de veras, se sentían también argentinos. Y de los numerosos argentinos que les tomaron la palabra, porque también es necesario sentirse algo español para ser un buen argentino.Ven ustedes que no hubo acto de refundación hispánica que no se realizara primero en esta ciudad porteña, por donde pasaron como obligadamente los que poseían la voluntad que se requiere tener para empezar toda obra humana de envergadura, como lo es la Hispanidad renovada; y que desde aquí se difundiera urbe et orbe. Desde aquí y bajo este mismo cielo les hablaron al mundo el verbo certero del padre Vizcarra y el discurso vigoroso del obispo Gomá, y les escribieron la pluma potente del sabio Ramiro de Maeztu, y la del el intelecto claro y agudo de García Morente, el escéptico que se hizo religioso cuando se sumó a la empresa. Y la resguardaron en España los hombres, mujeres y niños que donaron con generosidad caudales de sus vidas y de sus bienes, para derrotar por siempre jamás al Moloc espantoso que anhelaba ver derramada toda la sangre española. (El apellido de España es: Hispanidad)Y ahora sí, el fin. Seré breve (porque ahora puedo serlo). Sin que haga falta extenderse sobre el tópico para quien busque vinculaciones entre el pensamiento falangista y la idea, cada vez más en alza, de una nueva Hispanidad, puedo permitirme afirmar hoy, aquí, ante todos ustedes, que esta entidad histórica que trasciende su función accesoria de partido político y que actúa dentro del sistema, aunque sin ceder ante él, para difundir por el mundo los principios liberadores del nacionalsindicalismo –nuestra Falange Española de las JONS– considera que España es más que un territorio, es más que un pueblo, es más que un Estado: es la idea de la unidad esencial de todos los hispanos del mundo. La Falange, hoy lo mismo que ayer y que antes de ayer, les dice a todos cuantos pueda interesar, que allí donde esté afincado un hispano, sea peninsular, sea sud o centroamericano, sea filipino o subsahariano, sea norteamericano o sea chino, cualquiera fuera su ascendencia y cualquiera el punto geográfico donde su madre lo dio a luz, allí está viva y vigente como siempre la España eterna, la España del amor que un día dejó de ser una simple patria europea para ser una patria universal; la España que permanece invulnerable a los embates del odio disgregador e inalterable en su prístina constitución primordial, cuyo nombre de familia se escribe, con las mismas letras con que se pronuncia: “HISPANIDAD”.
Nada más.

Héctor Osvaldo Pérez Vázquez. Buenos Aires, 12 de octubre de 2007.


http://www.juntoafe.com.arhispamerica@gmail.com/

(Exposición a cargo del Delegado por Buenos Aires de Falange Española de las JONS en la fecha en que se celebran el Descubrimiento de América y la Fiesta de la Hispanidad. Buenos Aires, 12 de octubre de 2007. En el salón auditorio del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, por invitación de la organización Jóvenes Revisionistas).