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9 de febrero de 2012

MANUEL GALVEZ Y GABRIEL GARCÍA MORENO, POR FRANCISCO NÚÑEZ PROAÑO

Portada de: Recuerdos de la vida literaria. IV. En el mundo de los seres reales, de Manuel Gálvez.


“Mejor que escribir la historia es hacerla”.

-Gabriel García Moreno.

“En los últimos años del siglo XIX, dos corrientes de opinión se formaron sobre García Moreno; la primera, cuyo vocero principal es Roberto Andrade y en al que están la masonería y el sectarismo anticatólico, le considera asesino, tirano, uxoricida, degenerado, mentiroso, farsante, ateo y traidor; la otra, en la que están los liberales auténticos, los católicos y muchos serenos espíritus que no son ni lo uno ni lo otro, exaltan su obra y genio”.

-Manuel Gálvez.

El aparecimiento de un libro es siempre un acontecimiento. Publicar en el Ecuador es una obra titánica. Vida de don Gabriel García Moreno del genial biógrafo argentino Manuel Gálvez ha tenido que esperar 70 años desde su primera edición en Argentina -1942-, para finalmente ser publicada en el Ecuador este año -2012-. Después de algún tiempo -5 años para ser exacto- de tratativas de mi parte con editoriales y dueños de los derechos de autor, finalmente gracias al apoyo de colaboradores y amigos argentinos y ecuatorianos, he podido cerrar el trato editorial para sacar adelante esta necesaria biografía. Pagando así una deuda histórica que tenía el Ecuador con Manuel Gálvez y consigo mismo como país. El entusiasta y joven historiador argentino, Andrés Mac Lean, experto en el trabajo de Manuel Gálvez, me ha proporcionado un abreboca de lo que se viene en pocos meses más para el público ecuatoriano y del mundo; a continuación posteo un informativo y atrayente capítulo -de hecho solo su primera parte- de Recuerdos de vida literaria, la autobiografía de Gálvez, donde este explica los motivos de haber dedicado su pluma a la vida de uno de los más grandes americanos. Además de servir como prueba de los históricos lazos de amistad y hermandad entre Argentina y Ecuador, este relato ilustra la importancia internacional de García Moreno, la repercusión de la obra de Gálvez y como la figura capital de Gabriel García Moreno ha sido siempre centinela de los hombres de acción ecuatorianos y americanos, de los hombres que pensaron e hicieron la patria en su andar:

V

DOS GRANDES AMERICANOS: GARCÍA MORENO Y APARICIO SARAVIA

Mientras concluía el Rosas pensaba en escribir las biografías, en dos gruesos volúmenes, de dictadores hispanoamericanos: el chileno Diego Portales, el boliviano Santa Cruz, el ecuatoriano García Moreno, el uruguayo Latorre, el venezolano Páez, el mejicano Iturbide, el paraguayo Francia, el dominicano Ulises Heureaux, que era negro o muy mulato, y tal vez el brasileño Peixoto. Me apasionaba este proyecto, mas no por simpatizar con las dictaduras, sino porque el dictador, lo mismo que el hereje y el rebelde, es siempre un individuo interesante: dominador de los hombres, sujeto de mucha garra, espíritu que vive un drama interior, y, a veces, también exterior. Además, el gobernante fuerte actúa, sobre todo en nuestra América, dentro de un ambiente original y característico.

Había empezado a documentarme cuando una circunstancia, en cierto modo casual, me hizo cambiar el proyecto por otro. Había invitado a almorzar en un restaurante al doctor José María Velasco Ibarra, ex presidente del Ecuador y que, echado abajo por una revolución, vivía aquí en el destierro. Escuchó mi proyecto y me dijo:

- La biografía que usted debe escribir, dedicándole un volumen es la de García Moreno.

Me quedé sorprendido de que un liberal como Velasco Ibarra me diera ese consejo. Porque este ex presidente ecuatoriano es liberal de veras, tan sincero como ferviente en su liberalismo. Es el único liberal auténtico que conozco, pues en su amor a la libertad no hay sombra de fanatismo, ni de intransigencia, ni de incomprensión de las ideas diferentes o contrarias, como suele encontrarse entre los liberales.

Yo sabía poco de García Moreno. En el colegio del Salvador nos leyeron a los chicos, durante el almuerzo, un resumen de la vida del muy católico personaje, pero yo de nada me acordaba.

- García Moreno – afirmó Velasco Ibarra – ha sido el más grande gobernante de América.

Me lo demostró recordando las estupendas carreteras, la creación de institutos de enseñanza. Hasta una escuela normal para indios había fundado. Me habló Velasco del abogado que enseñara química enla Universidadde Quito, de su descenso al volcán del Pichincha, de su ascensión a la cumbre del Sangay.

- Pero ¿cómo consigo desde aquí los datos necesarios?

Prometió ayudarme enviándome algo de lo que él poseía y escribiendo a sus amigos del Ecuador.

***

Ente nosotros se tenía una idea grotesca de García Moreno. José María Ramos Mejía, historiador de talento y enterado de lo que decía – pero muy mal enterado en este caso –, considera a García Moreno casi como un analfabeto… Carlos Ibarguren, también historiador de talento y honrado, lo llama “sanguinario tirano”. Estos ejemplos prueban la opinión errónea que existía entre nosotros sobre el gobernante del Ecuador. Su desconocimiento significa que aquí no había libros verídicos acerca de su persona y de su obra.

Temía no poder llevar a cabo el proyecto, pero, felizmente, Velasco Ibarra cumplió. Por su intermedio conseguí algo de lo que necesitaba. No recuerdo si él me puso en contacto epistolar con el escritor ecuatoriano Isaac J. Barrera, por cuyo intermedio compré libros agotados desde años atrás, sin contar con los que él me obsequió.

Igualmente me ayudó el doctor Julio Tobar Donoso, ilustre miembro del Partido Conservador, católico ferviente y por entonces ministro de Relaciones Exteriores del Ecuador. Tobar Donoso quitaba tiempo a sus tareas ministeriales para cartearse conmigo y enviarme libros. Entre sus envíos, debo señalar la copia de las cartas privadas de García Moreno a su segunda mujer, Marianita del Alcázar, pues nada conozco mejor para penetrar en la intimidad espiritual del gran hombre.

Tuve muchísima suerte, lo que me permitió escribir mi libro con rapidez. Nadie me negó su ayuda, y – hecho inaudito – una biblioteca oficial, la del a Municipalidad de Guayaquil, me envió, en préstamo, una obra de gran valor para mí y que estaba totalmente agotada desde muchos años atrás.

Aquí enla Argentina algo había que pudiera serme útil. Se me ocurrió que en La Plata, en la colección Farini, en poder de la Biblioteca de la Universidad, acaso encontrara periódicos del Ecuador. Así fue. Allí pude consultar – o mejor dicho, leer íntegramente – números sueltos, pues no había ninguna colección completa de diarios ecuatorianos. Leí, para empaparme del espíritu de la época y conocer a fondo el Ecuador, hasta los avisos.

Porque mi libro no podría tratar solamente de García Moreno. Yo necesitaba conocer su patria, el paisaje de Ecuador, la historia del Ecuador, las biografías de todos aquellos hombres que estuvieron al lado o en contra de García Moreno. Y necesitaba, también, conocer, en la parte que me interesaba, la historia de Colombia y del Perú, naciones vecinas al Ecuador, país con el cual habían estado en guerra.

En la Biblioteca Nacional encontré libros preciosos para mí, como las obras de Juan Montalvo – personaje que me fue indispensable estudiar a fondo –, La compañía de Jesús en América, del padre Rafael Pérez, una Historia del Ecuador, de Juan M. Murillo, la Galería Histórica de Henry de Lauzac, el Albúm biográfico ecuatoriano, de Camilo Destruge, la Historia del Ecuador, de González Suárez. Acaso lo más interesante que utilicé en la Biblioteca fueron libros extranjeros: Journal of a Residence, de Charles Stuart Cochrane, Four years among Spanish Americans, de F. Hassaurek, una trabajo de Richard Pattee, en portugués, sobre García Moreno e sua contribução cientifica no Ecuador.

También encontré cosas interesantes en la Biblioteca Mitre: el libro sobre Julio Arboleda y Gabriel García Moreno, de Gonzalo Arboleda; L’Equater, de Alexandre Holinski; El congreso americano, artículos de El Tiempo, de Bogotá; una biografía del general Ramón Castilla, presidente del Perú.

Comenzada el 20 de diciembre de 1940, la Vida de don Gabriel García Moreno quedó terminada el 27 de septiembre del siguiente año. Pero no apareció hasta mediados de 1942, publicada por la editorial católica Difusión. La tirada fue excepcional, de 14.500 ejemplares, y se vendió con relativa rapidez. Como puede suponerse, la mayor parte fue consumida por el Ecuador y otros países de Hispanoamérica. Esta edición llevaba en la cubierta un bello retrato de don Gabriel, que era un hermoso tipo de hombre. Tres años después, en 1945, la editorial española Escelicer publicó otra edición.

En ambas tiradas figura esta dedicatoria, que considero de algún interés reproducir:

Dedico este libro a dos ecuatorianos tan distinguidos como de diferente posición política y a quienes les une la admiración a García Moreno: al doctor José María Velasco Ibarra, ex presidente del Ecuador y fervoroso liberal, que me dio la idea de escribirlo, me alentó con entusiasmo para que lo llevara a cabo y me auxilió con sus opiniones interesantes y algunos libros que pudo proporcionarme en el destierro; y al doctor Julio Tobar Donoso, conservador y católico, actual ministro de Relaciones Exteriores del Ecuador, a quien debo no sólo el envío de muchas obras esenciales para mi trabajo y de buen número de cartas privadas del prócer, sino principalmente la valiosa y exacta información de su propios notables libros, realizados con alto e imparcial criterio histórico.

***

Conservo poquísimos artículos de diarios argentinos. Sospecho que en nuestro país, donde la imparcialidad y serenidad para juzgar casi no existen, se consideró a mi libro con criterio político. También ocurre que don Gabriel no es simpático, y por esto a ciertos lectores no les gusta mi trabajo… Pero puedo asegurar que ninguna de mis biografías ha despertado tanto entusiasmo. Amigos míos de talento la consideran la más apasionante y valiosa entre ellas. En general, se opina que es la mejor construida y escrita, acaso la de mayor vuelo.

No me trató muy bien La Nación, aunque me hizo algunos buenos elogios:

Su labor informativa ha sido paciente y copiosa; la integración del momento histórico y la del personaje, plenas de materia vital y de congruencia osmótica. La absorbente personalidad de García Moreno surge como un triunfo y una glorificación de aquel medio lento en las corrientes profundas y tumultuosas en la superficie.

Ramón Doll afirma que es un libro completo, en el que realizó la vindicación del personaje con paciente búsqueda de datos y documentos, y termina:

Hay en estas obras de Gálvez, cuando estudia a nuestros héroes, un fervor civil, una pasión de los tiempos y una comprensión de lo actual respecto a la Historia, que lo coloca en la línea de los grandes servidores de la Nueva causa contra los intereses bien conocidos de los que quisieran seguir oyendo declamaciones remanidas contra los tiranos y los esbirros.

En El Pampero, diario nacionalista y católico publicóse un hermoso artículo. Por ahí dice:

Pero García Moreno, en pleno siglo judaico como es el siglo XIX, sale al medio, lucha, protesta contra lo de Porta Pía (el único gobierno que se atrevió a defender al papa). Manuel Gálvez desarrolla la epopeya con mano maestra. El affaire de los jesuitas lo coloca a García Moreno al lado de los grandes iluminados porla Providencia. La tenacidad y la discreción (no es un fanático García Moreno, y cuando hay que hacer azotar a un fraile bigardón, lo hace con todas las de la ley) son reveladas en impresionante estilo por el autor.

En Atlántida, Sylvina Bullrich terminaba así su artículo: “Toda esta vida rica en acontecimientos, nos narra Gálvez con erudición, con talento, con colorido y con soltura de conversador”.

***

En el Ecuador se publicó mucho acerca de mi libro. Pero de los artículos extranjeros sólo recordaré el de Alone (Hernán Díaz Arrieta), crítico chileno de renombre en su patria. Observa dos cosas que yo dije: la diferencia entre García Moreno y el Ecuador, y la diferencia del personaje con los demás caudillos y gobernantes de América. Pero también dice que yo no era el biógrafo que le convenía… Aunque me llama “escritor eminente”, opina que el espíritu no sopló sobre mí. A juicio de Alone, mi obra no corresponde a la altura moral e intelectual del Presidente ecuatoriano. Agrega:

Carece de nobleza (sic) y aliento. La frase corta, premiosa, casi jadeante, corre como improvisada y cae en vulgaridad de expresión y juegos de palabras banales (“triviales” debió decir Alone, que, por lo visto, no conoce bien nuestro idioma), periodísticos. El relato se pierde a menudo en pequeños detalles minuciosos, o se enreda en peripecias de cuarto orden, entre personajes indefinidos. No hay visión grande, no hay valorización justa, no hay perspectiva ni panorama que den las proporciones o desproporciones del héroe y su medio, del actor y su teatro.

Alone, hay que repetirlo, no conoce bien el idioma. Si la frase es premiosa no puede correr, pues premioso es lo “tan ajustado o apretado que difícilmente se puede mover”, y también es lo “rígido, estricto” y lo “tardo, falto de soltura”.

Ya veremos cómo opinan otros ecuatorianos e hispanoamericanos.

Por ahora seguiré con los palos que me dieron, todos procedentes del campo liberal.

En El Mundo, de La Habana, me cayeron Raimundo Lazo y Roberto Agramonte. Dejo a un lado al profesor Agramonte, que respiró por la herida. Yo lo traté muy mal en el prólogo de mi libro, y era natural y humano que él me tratara de igual modo. Sólo diré que no puede hacérsele mucho caso a un señor que cree que Genève es Génova, y que considera poriómano, o sea enfermo de manía ambulatoria al padre de García Moreno porque viajó de su pueblo a Cadiz, de allí a El Callao y luego a Guayaquil, de donde no se movió jamás…

El señor Lazo me acusa de mezclar la religión con las cosas de la política y del gobierno y de defender, justificar, explicar y exaltar a García Moreno a pesar de las cosas que yo mismo digo del personaje. Poca comprensión y conocimiento de la Historia demuestra el señor Lazo. Su hubiese leído a Plutarco habría visto cómo los más grandes hombres de la antigüedad griega y romana cometieron toda clase de crímenes, sin perder, por ello, su grandeza. Entre los modernos, ahí está Napoleón. García Moreno incurrió en graves errores y en abusos de autoridad; era despótico y entremetido; pero todo eso no le impide ser el más grande hombre del Ecuador y, como opina el liberal Velasco Ibarra, el primer gobernante de la América Española. Hay algo gracioso en el artículo de Lazo. A propósito del intento de García Moreno – el más grave de sus errores, como lo digo en mi libro – de entregar su patria al protectorado de Francia, escribí:

García Moreno es un precursor de los que, ochenta años más tarde, por temor a un vago peligro de parte de Alemania, quieren entregar la América Española a los yanquis.

Estas palabras constituyen una acusación tremenda para García Moreno, y demuestran mi imparcialidad; y no hay en ellas nada favorable a Alemania. No obstante, el señor Lazo las comenta de este modo:

Y así quedan ratificadas las sospechas del lector avisado, las que lo asaltan desde las primeras páginas y se convierten justificadamente en el juicio definitivo de todo el libro: la materia histórica, García Moreno, es aquí solamente un símbolo, es el pretexto para exaltar las dictaduras y para difundir su política despótica y materialista disimulada bajo el impresionante camouflage de motivos religiosos y nacionalistas. La obra del novelista argentino es, en efecto, un pretexto más del quinta-columnismo ideológico internacional de las dictaduras de Hitler, de Mussolini y de Franco, en su lucha multiforme e implacable contra la civilización democrática y liberal y contra la cultura auténticamente cristiana, fundadas sobre el concepto imprescindible de la libertad y de la dignidad del hombre.

Esto de que yo, espiritualista de toda la vida, cristiano, católico ferviente, haya querido exaltar las dictaduras “materialistas”, es como para hacer reír a carcajadas a un hipopótamo. ¡Y yo que en El Pueblo le pegué por esos años a Hitler y a Mussolini! Y pensar que había escrito mi biografía de García Moreno por sugerencia de un liberal verdadero, de Velasco Ibarra, a quien algo le tocaría de ser ciertas las cosas que dijo el señor Lazo…

***

Veamos ahora algunas cartas. Velasco Ibarra juzga que mi biografía es la mejor que se ha escrito. Encuentra en ella “precisión, claridad, ninguna repetición inútil, ninguna difusión innceseria”. Hay en mi libro, según él, “páginas, escenas, descripciones, de un color vivísimo, de un relieve magnífico”. Dice también:

Admiro la cantidad de información y documentos que usted ha nutrido eficientemente en uno o dos años. Ha consumado usted todo un milagro de síntesis. Sin vivir en el Ecuador, haberse informado de tantas cosas grandes y pequeñas es un esfuerzo de intelección y sacrificios verdaderamente admirable.

Agrega que si alguna vez él volviese a tener influencia en el Ecuador,

Se comprarían muchos centenares de su obra para repartirlos por los pueblos de América y los colegios y escuelas ecuatorianos. Su libro demuestra lo que mi país encierra de posibilidades. Bastaría la escena del Congreso de 1867, tan al vivo descrita por usted, para ennoblecer a un pueblo por su valor.

Tobar Donoso califica a mi libro de “admirable y gigantesco trabajo”. Dice más adelante:

He quedado sorprendido de la gran copia de documentación que ha llegado a reunir; de la manera certera con que se abre camino en medio de los más enmarañados sucesos, como los de 1859 y 60, y de la habilidad y discreción con que descubre la verdad, a pesar de las sombras que ha acumulado el odio en derredor del primero de nuestros estadistas. El libro es tan a ameno, tan brillante y sugestivo el relato, tan hermoso el estilo, tan profunda la penetración en la entraña de los sucesos y de la psicología del personaje, que no es posible dejar la lectura una vez comenzada. He tenido intenso goce espiritual, goce viril y fuerte, de esos que sólo se alcanzan cuando un libro corresponde a una necesidad fundamental y profunda. La vida de García Moreno es una lección, y usted la ha dado con arte eximio y enérgico desenfado.

Gonzalo Zaldumbide es uno de los escritores de nuestra América de mayor autoridad literaria y de los más artistas y es hijo de un distinguido literato que actuó en tiempos de García Moreno. Embajador de su patria en Río de Janeiro, vino de paseo a Buenos Aires, compró mi libro, lo leyó con pasión y me escribió:

…He avanzado así, aunque a trompicones, en la lectura de su gran libro. No lo he terminado aún; pero los dos tercios leídos ya me hablan del final glorioso que usted va preparando con arte y ciencia de gran compositor. Se ha ganado usted, entre nosotros, el título del más ilustre de nuestros (el subrayado es de Zaldumbide) escritores, pues nuestro es quien de lo nuestro habla como el mejor de los ecuatorianos.

Esta carta es de 1943. Cuatro años después, otra vez de paso en Buenos Aires, volvió a escribirme. Díceme:

Cómo no expresarle, no sólo mi admiración, que por consabida pudiera sobreentenderse, sino mi gratitud por su magnífico, su penetrante, su irresistible García Moreno – insuperable, acaso – y también mi agradecimiento de hijo de Julio Zaldumbide a quien se refiere usted con miramiento en las pocas pero expresivas líneas que hacían al caso.

Habla ahora Alcides Arguedas, historiador y novelista eminente y tal vez el primer escritor contemporáneo de Bolivia:

Inmediatamente me fui al texto, luego de buscar el nombre de una persona que me interesaba, Montalvo, y tropecé con datos y detalles que ignoraba y una espléndida e inolvidable pintura del hombre. Luego busqué otro tipo, Urbina, y también me gustó. Ni qué decir que el tipo central llena todo el libro, y que aparece grande, atrayente y respetable a pesar de sus errores, sus faltas y aun de sus crímenes.

Un ilustre dominicano, Tulio M. Cestero, novelista y biógrafo de valer, me escribió desde un barco, el Aconcagua, que se dirigía de Valparaíso hacia el Norte:

Acabo de terminar su Vida de García Moreno, que ha tenido la complacencia de prestarme el doctor Héctor Ghiraldo, ministro en el Ecuador, compañero de viaje. He leído su libro de un tirón: es sincero, fuerte, hermoso y su último capítulo, realmente emotivo. Me dirijo a mi patria por unos meses, y como quiero releer y conservar su libro, mucho le agradeceré que también esta vez me cuente entre sus entusiastas lectores y me lo envíe.

Y, en fin, terminaré con las palabras que me escribió un historiador argentino, uno de los pocos honrados, sinceros y sabios de nuestros historiadores: Rómulo Carbia. Decíame:

…Su notoriamente magnífica Vida de don Gabriel García Moreno y le dice, con sinceridad absoluta, que se trata de un libro de mérito singular: por lo sensato del criterio que lo informa, por lo plácido y atrayente de la narración, por el caudal informativo que acusa y por la robusta prosa en que ha sido construido.

Como se ve, por estas transcripciones y otras que pudiera hacer, Alone, en medio del coro de alabanzas a mi libro, se queda realmente alone – solitario, en inglés –, ya que no cuentan Agramonte, mal tratado por mí, ni su amigo Lazo.

En fin, para dar una idea de lo que en el Ecuador significa mi libro, referiré lo que un embajador de ese país dijo a Miguel Ángel Martínez Gálvez: “¿Es usted pariente del escritor Manuel Gálvez?” preguntó el diplomático. “Somos primos hermanos”, le respondió Miguel Ángel. Oído esto, declaró el embajador: “Pues sepa usted que, en mi patria, Manuel Gálvez es una especie de prócer”.

***

Terminado el García Moreno, en septiembre de 1941, empecé el 1º de Noviembre la biografía del caudillo uruguayo Aparicio Saravia.(…)

Fuente: Gálvez, Manuel: Recuerdos de la vida litearia. IV En el mundo de los seres reales, Hachette, Bs. As., 1965, p.p. 59-67.


Por Francisco Núñez Proaño

(Miembro Correspondiente de Jóvenes Revisionistas en Ecuador)

21 de octubre de 2010

FRAGMENTO DE "ESTE PUEBLO NECESITA...", DE MANUEL GALVEZ

Manuel Gálvez



El siguiente fragmento de "Este Pueblo Necesita...", del genial Manuel Gálvez, nos lo facilitó el compañero Andrés Mac Lean, miembro de Jóvenes Revisionistas y estudioso del gran hispanista:




III

ESTE PUEBLO NECESITA UN SENTIDO HEROICO DE LA VIDA


Durante más de medio siglo de vida independiente fue un pueblo heroico el argentino. Fue heroico porque emprendió altos hechos y por su valor en las guerras. Y fue, principalmente, heroico porque no concibió la vida como placer, sino como sacrificio, como abnegación, como austero deber. Los gauchos que formaron en los ejércitos de la Independencia, los caudillos de las contiendas civiles, los soldados que morían en la guerra del Paraguay, los fundadores de estancias en las fronteras, no sólo eran admirables porque sabían pelear y morir, sino también porque eran hombres enérgicos y fuertes, capaces de amar y de odiar, de sucumbir por la Patria o por su provincia, por el jefe a quien seguían o por el partido en que militaban. No eran sensuales, ni afeminados, ni débiles de carácter, ni tímidos ante la vida aquellos hombres.

¿Qué ha pasado después? Todos lo sabemos. En aquellos años éramos austeros y fuertes porque éramos pobres. Pero la riqueza, al venir sin esfuerzo, comenzó a debilitar el carácter de los argentinos. ¿Para qué recordar aquellos desgraciados tiempos del 90? Nada aprendimos entonces, y, después de una reacción demasiado breve, volvimos a amar la vida cómoda y los placeres materiales. Y mientras tanto, millares de extranjeros venidos de Italia, de España, de otras regiones de Europa, habían hecho fortuna a costa de largos trabajos y de penosos sacrificios. Pero sus hijos argentinos, que ignoraban ese heroísmo, al sentirse con el dinero que no habían contribuido a ganar, lo utilizaron para sus vulgares placeres. Estos hombres se incorporaron al espíritu del ambiente, se mezclaron con los demás argentinos. La guerra, que en Europa despertó el heroísmo de los pueblos, aquí no podía producir ese efecto. Y en cambio, Europa nos ha contagiado una buena parte de sus malsanos sentimientos de la post-guerra, de sus tremendas inquietudes.

Este pueblo no tiene ningún concepto serio de la vida. Aquí no se ama el esfuerzo por el esfuerzo, ni se ama la lucha, ni se ama la creación. Todo se hace con vistas al dinero. Y no es que sea malo el ganar dinero. Al contrario, lo considero excelente. Lo malo es no tener entusiasmo por nuestra obra o por nuestro oficio, y realizar las cosas pensando en las comodidades o en los placeres que nos procurará el dinero. ¿Quién no ha oído decir a algún estudiante: “yo sigo mi carrera sólo para ganar plata”? ¿Quién no ha oído decir a tal o cual abogado que él sólo ejerce porque la profesión le produce? ¿Abundan entre nosotros los hombres que se consagran a una actividad científica, o literaria, o artística, o industrial, o comercial, por amor a la ciencia o al arte, o por realizarse en una empresa interesante o útil?

Somos un pueblo de gentes escépticas. Somos, o parecemos, incapaces de grandes acciones. Superficiales, sin idealismo, sin honda cultura, sin serios sentimientos morales, sin pensar en otra cosa que en el placer o en la conveniencia del momento, hemos sugerido a los europeos la observación de que constituimos un tipo de inferior de humanidad. ¿No es esto doloroso y aun humillante? Nosotros sabemos que hay en el argentino excelentes capacidades. ¿No sería el momento oportuno, en esta espantosa crisis de todos los valores morales, para que reaccionáramos?

¿Y cómo se reacciona? Yo creo que existe un deseo general de renovación. Hay millares de argentinos que consideran intolerable el estado moral de este país. Hay, sobre todo, millares de mujeres entusiastas y patriotas, capaces de contribuir al despertar de la Patria. Debemos hacer justicia a las mujeres: ellas son, hoy por hoy, lo mejor entre los argentinos. Ellas son capaces de los mayores entusiasmos, de sacrificios, de abnegaciones, de proselitismo. Todo estaría en inculcarles algunas ideas prácticas, en llegar a su corazón de buenas patriotas, como lo son millares de ellas.

Pero la reacción tienen que iniciarla los hombres, aquellos que están ajenos a los partidos políticos, los que no están contaminados por los bajos intereses de la politiquería. En otro capítulo dije que el patriotismo no podían crearlo aquellos que están arriba. Se trata de un sentimiento íntimo. Pero si no el patriotismo, creo que sí puede hacer mucho el gobierno para crear en los argentinos un sentido heroico de la vida. Claro que estas palabras tienen un significado muy complejo, por cuanto heroísmo quiere decir, entre muchas cosas, pasión por el esfuerzo y por el trabajo, por la lucha y por los ideales; quiere decir capacidad de renunciamiento a la vida cómoda y muelle; quiere decir el abandono de algunas de nuestras ventajas en bien del país y de todos. Y no sólo pasión sino realizaciones, o intento de realizaciones, aunque se fracase. El gobierno puede dictar leyes o decretos que fomenten la austeridad o disminuyan los hábitos sensuales. ¿No son magníficos esos campamentos de jóvenes que se han creado en Alemania, en los que se practica la más rigurosas vida austera? No soy ni puedo ser contrario a las diversiones, pero ¿no podrían las autoridades intervenir en esa lenta y formidable obra de corrupción que significa el cinematógrafo? ¿Han de permanecer insensibles los poderes públicos ante la relajación de las costumbres, que avanza en una forma alarmante? No soy enemigo del tango, que me parece admirable de colorido y de sentimiento, ¿pero es posible que las autoridades permitan que se difundan por todas partes, entre las muchachas y entre los niños, las letras de los tangos, que no hablan sino de vicios, de “orgías”, de los más bajos placeres?

Pero no pretendo dar ideas a los hombres de gobierno. Supongo que ellos saben más que yo. No he sido nunca gobernante ni lo seré jamás. Soy nada más que un escritor, un hombre que se duele por lo que es hoy su Patria, un hombre que mira el porvenir y se horroriza. Pero aunque sólo sea un escritor, yo sé que por mi intermedio están hablando millares de hombres y de mujeres, cuya congoja yo no hago sino interpretar y recoger en estas páginas sinceras.

Hay mucho que trabajar para crear entre los argentinos un nuevo sentido de la vida. Primero, es preciso corregir, demoler, borrar, purificar, o destruir todas aquellas costumbres o tendencias que respondan a una malsana o pobre o insignificante concepción de la vida. Hay que combatir la vanidad, que es el mayor de nuestros vicios, como hay que combatir esa dejadez tan característica de los argentinos, el postergarlo todo para el otro día, la enfermedad nefasta de no resolverse nunca. ¡Hay tantas cosas que combatir!

Y después, o paralelamente, debemos trabajar por crearnos un sentido serio de la vida. Pero no solamente serio sino también un tanto religioso, en un concepto amplísimo del término. Un concepto de vida que he querido resumir con la palabra “heroico”, palabra que tiene hoy un vasto contenido y que suscita ideas de juventud, de entusiasmo, de austeridad y de todas las virtudes del hombre fuerte.

Fuente: Gálvez, Manuel: Este Pueblo Necesita…, Librería de García Santos, 1934, pp. 31-38.

9 de octubre de 2007

CICLO DE PENSADORES NACIONALES: "MANUEL GALVEZ"

CONFERENCIA ORGANIZADA POR LOS JOVENES REVISIONISTAS.

INSTITUTO JUAN MANUEL DE ROSAS.


Manuel Gálvez: Poeta, historiador y militante.

Por Andrés Mac Lean (29/8/07)





Nació nuestro escritor y poeta el 18 de Julio de 1882 en la provincia de Entre Ríos y transcurrió su infancia en el seno de una rica familia patricia en Santa Fé, encumbrada al poder político bajo el régimen del general Julio A. Roca.

El tío, José Gálvez, impulsó un profundo cambio legislativo, en el espíritu de las concepciones liberales del 80, y creó la universidad de Santa Fé.

Su padre, fue senador provincial, ministro de Hacienda y dos veces diputado nacional por provincia de Santa Fé.

Manuel, a los 15 años de edad, se trasladó a Buenos Aires en mitad de sus estudios secundarios, los que completó en 1897, en la misma.

En 1898 ingresó en la Facultad de Derecho de la universidad de Buenos Aires y desde 1900 se desempeñó como ujier en la Cámara de Apelaciones de la Capital, trabajo que le permitió conocer Buenos Aires, barrio por barrio, y lo familiarizó con la vida y el lenguaje de los bajos fondos, influyendo en el despertar de inquietudes sociales que se reflejan en su obra. Fue entonces cuando tomó contacto con los cinco tomos de la “Historia de la Confederación Argentina”, de Adolfo Saldías y escribió el drama en un acto titulado “La Conjuración de Maza”.

Junto a Carlos Alberto Leumann, Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), Emilio Becher, Emilio Ortiz Grognet, Juan Pablo Echagüe, Alberto Gerchunoff, Atilio Chiappori y otros, decidió crear la revista Ideas que apareció entre 1903 y 1905. Gálvez nos cuenta al respecto: “Yo era por entonces anarquista, aunque tolstoiano y el asunto de la mujer explotada, víctima de la sociedad, se prestaba maravillosamente para mis desahogos rebeldes”.

En Marzo de 1905 rindió sus últimos exámenes y logró el grado de doctor en derecho con una tesis sobre la trata de blancas. Gálvez nunca ejercería como abogado.

En 1906 y, por veinticinco años, se desempeñó como Inspector de Enseñanza Secundaria y normal, lo que le permitió viajar por las provincias del Norte y del Oeste.

En 1907 comenzó a publicarse la revista Nosotros dirigida por Alfredo Bianchi y Roberto Giusti, donde, durante el primer lustro de su existencia, Gálvez colaboró por única vez. La que se dejó de editar reapareciendo en 1912 e incluyendo a Gálvez en la comisión directiva de la revista, encargándose también de la sección de Bellas Artes. Llegaría a ser vicepresidente del directorio en 1914. Acerca de este momento el escritor nos relata que debido a sus continuos viajes por las distintas provincias, se pone “en contacto íntimo y profundo con el alma nacional, con los paisajes de mi tierra, las costumbres, las canciones, las danzas, las gentes, las formas de vida. Y por medio de ese cargo, me impregné de amor a lo nuestro y de auténtico nacionalismo”.

De ese contacto surge el libro de versos Sendero de humildad (1909) donde plasma el profundo mensaje de melancolía provinciana.

Viajó dos veces a Europa: por primera vez en 1905 y en Julio de 1910, después de casarse (Contrajo matrimonio en Abril de 1910 con Delfina Bunge. Y fruto de su amor fueron Delfina, Manuel y Gabriel).

Fruto de su estadía en España, es el libro titulado El Solar de la Raza. Libro que ha merecido el elogio de los personajes más prominentes de la literatura y de la política españolas y del rey Alfonso XIII. .Otras grandes figuras que trató en Madrid fueron: Franco Rodríguez, Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán, Blasco Ibáñez, Ramón Pérez de Ayala, Antonio y Manuel Machado, Francisco Villaespesa y otros. No conoció a don Miguel de Unamuno, a quien idolatraba y tuvo gran influencia sobre su pensamiento, pero mantuvo correspondencia con él por años. En París, entabla amistad con Rubén Darío, a quien admiraba profundamente.

Gálvez publicó El Diario de Gabriel Quiroga y sus novelas más brillantes: La Maestra Normal y El Mal Metafísico.

En 1918 apareció Nacha Regules, novela en que el autor al ocuparse de la vida de las mujeres “descarriadas” dejó manifiestas sus inquietudes sociales ya anunciadas en su tesis universitaria. Al año siguiente recibió por su novela, el Primer Premio Municipal y comenzó a colaborar en el periódico La Unión.

En 1919 fundó la editorial PAX y al año siguiente la Biblioteca de Novelistas Americanos.

En una serie de artículos aparecidos en 1922 en la revista Atlántida particularmente en el titulado “Las razones de la democracia” argumentó a favor del voto popular y resaltó que solo el apoyo del pueblo legitimaba la permanencia de un gobierno en el poder, por entonces a cargo de Hipólito Yrigoyen.

Tiempo después se vinculó con el grupo nacionalista que fundó La Nueva República (por entonces antiliberal y antidemócrata, influenciado por Charles Maurras). Nuestro novelista nunca coincidió totalmente con esas ideas: a Gálvez más le importaba la solución de los problemas provocados por la injusticia social y la restauración de la jerarquía y el orden en la sociedad. Y aunque todavía elogiaba a la generación del 80, su pensamiento fue evolucionando al compás de la llegada al poder, efímera, de los grupos nacionalistas con el General Uriburu. Publicó Miércoles Santo.

En 1931 propuso fundar la Academia Argentina de Letras, a la que pronto renunció.

En 1932 obtuvo el Primer Premio Nacional de Literatura por su novela El General Quiroga.
En esos años fundó la cooperativa de escritores que editó alrededor de cien libros: el P.E.N. Club de Buenos Aires.

Del renombre internacional que por entonces adquirió la obra de Gálvez da cuenta un Decreto del Gobierno de Francia de 1930 por el cual se disponía que los aspirantes a ser alumnos de la Escuela Naval, debían conocer, para el examen de ingreso, veinte obras de literatura universal. En esa lista, junto a Racine, Balzac, Blacke, Thomas Mann, Somerset Maugham y otros escritores, aparecía Los Caminos de la Muerte.

La iniciación de Gálvez en el campo de la biografía se produjo con su Vida de Fray Mamerto Esquiú publicada en 1933.

Luego de la muerte de Hipólito Yrigoyen, nuestro escritor concibió la idea de escribir la biografía del caudillo radical.

Cotejando documentación y, sobre todo, realizando entrevistas a muchas personas que conocieron a Yrigoyen, entrevió la intimidad del personaje y lo retrató imparcial, siguiendo el estilo de André Maurois. De modo que nos dejó Vida de Hipólito Yrigoyen (el hombre del misterio).

En 1938 se fundó el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, del que Gálvez fue parte.

Mientas investigaba para redactar su novela El Gaucho de los Cerrillos, Gálvez comenzó a interesarse en la figura de Don Juan Manuel de Rosas; pero fue a partir de sus indagaciones sobre Yrigoyen que comenzó a documentarse seria y ampliamente sobre Rosas.

Fue así que nos cuenta: “Trabajé en el Rosas con encarnizado fervor, dominado por afán de justicia y de verdad y convencido de que faltaba una historia suya. La de Saldías Historia de la Confederación Argentina, comprende cinco volúmenes y no todo se refiere a Rosas. El libro de Carlos Ibarguren, aparecido catorce años antes que el mío, es excelente pero incompleto.”
Y pudo publicarlo a los dos años debido a que “trabajaba desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche. Para mí no hubo domingos ni días de fiesta. Y en los dos últimos meses llegué a trabajar diez y seis horas diarias.”

Fue tal la labor de nuestro biógrafo que revisó ciento treinta y cuatro legajos de la secretaría de Rosas y otros legajos del AGN. Investigó en el Archivo Nacional de Montevideo, el de la Universidad de la Plata y las bibliotecas Nacional, del museo Mitre y del Jockey Club. Finalmente, dio a conocer su Vida de Don Juan Manuel de Rosas en 1940.

No debemos olvidar estas palabras de Gálvez: “Entre todos mis libros, es el Rosas uno de los que más quiero, porque es uno de los que más me han hecho sufrir. Por él se me han cerrado muchas puertas. Por él fui insultado y amenazado. Pero no importa. El que sale en defensa de la verdad y la justicia no ignora que tendrá que sufrir.”

Enrolado plenamente en los contenidos ideológicos de la corriente revisionista, se dedicó de lleno a recrear escenas de nuestra historia que le cautivaron.


Gálvez nunca fue un historiador, sino un novelista y un ensayista; por tal razón, nunca escribió tratados históricos propiamente dichos. Para tratar los hechos históricos apeló a dos géneros: la novela histórica y la biografía.

Manuel Gálvez no fue político, de hecho, la única vez que se vinculó orgánicamente a un partido político, fue cuando, en 1918, entró por un período reducido en una agrupación de católicos, el partido Constitucional, organizado por Mons. De Andrea y dirigido por un diputado cordobés (Dr. Arturo Bas) uno de los congresistas católicos que impulsaban leyes de contenido social. Pero no duró mucho su vinculación. Entre otras cosas Gálvez nos cuenta que nunca participó en la política por una terrible sordera que fue agravándose año tras año y sus constantes dolores estomacales.
Con respecto al peronismo, movimiento que anticipó en su libro Este Pueblo Necesita…adhirió al comienzo de la revolución y un artículo suyo, en el que elogiaba al Coronel Perón, sirvió como prólogo para el libro Este Pueblo Quiere Saber de que se Trata. Gálvez nos cuenta sobre este momento: “Revolución del 43. Ni durante la guerra, ni antes ni después, jamás, fiel a mis principios, tomé parte en política. Nadie me habrá visto en manifestaciones callejeras, ni en los banquetes partidarios.” Sobre este momento es su libro El Uno y la Multitud.

Pero, con la destrucción del Jockey Club y la quema de las iglesias, nuestro escritor se alejó del peronismo y se lamentó en su libro Tránsito Guzmán. También recuerda estas atrocidades en La Gran Familia de los Laris.

Dicho esto vale la pena recordar lo que nos cuenta acerca de cierto nacionalismo militarista: ”Esta aspiración no es exactamente nacionalista, pues todo nacionalismo, a lo menos ideológicamente, aspira a ser un movimiento popular, de grandes masas, y no un movimiento de minorías, dirigido por militares, aunque estos militares tengan ideas y sentimientos nacionalistas.”

De esta manera podemos comprender que Manuel Gálvez no puede situarse junto al nacionalismo sin pueblo de Lugones, Irazusta y cía., ni tampoco como peronista debido a que juzgó los hechos comentados anteriormente como inaceptables para una nación independiente, soberana y justa. Debemos entenderlo como un intelectual que apoyó desde la historia y desde las novelas, principalmente, los procesos de transformación de nuestra Argentina durante toda su vida.

En 1951 nuestro novelista fue nominado al Premio Nobel de Literatura que no pudo obtener por ser católico y nacionalista.

Delfina Bunge murió el 30 de Marzo de 1952. Esto dejó una profunda huella en el espíritu de nuestro escritor. Contrajo matrimonio por segunda vez, el 29 de Noviembre de 1954 con María Elena Gaviola Salas.

Y en 1962, Manuel Gálvez se marchó de este mundo dejándonos más de sesenta libros y diversos artículos.



Andrés Mac Lean


Bibliografía:

Gálvez, Manuel: Amigos y Maestros de mi Juventud, Hachette, Buenos Aires, 1961.
Gálvez, Manuel: En el Mundo de los Seres Ficticios, Hachette, Buenos Aires, 1961.
Gálvez, Manuel: El Solar de la Raza, Poblet, Buenos Aires, 1943.
Gálvez, Manuel: Este pueblo necesita..., Librería de A. García Santos, Buenos Aires, 1934.
Revista Argentina, Año II, N°18, 1 de Julio de 1950.
Gálvez, Manuel: En el Mundo de los Seres Reales, Hachette, Buenos Aires, 1961.