9 de octubre de 2007

REIVINDICACION DE LA HISPANIDAD


La reivindicación de la Hispanidad bajo Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón


Hace aproximadamente 300 o 250 años que se viene librando una de las guerras más monumentales que el mundo haya visto jamás, que es la que se efectúa contra la herencia recibida de España cuando ésta decidió conquistar el continente americano hacia fines del siglo XV. La prolongación de esa lucha en semejante lapso de tiempo lo convierte, hasta ahora, en un fenómeno inusual y de lamentables consecuencias para las culturas tradicionales de los pueblos hispanoamericanos.
Así es como en el presente, conmemorar el Día de la Raza cada 12 de Octubre se ha convertido, por desgracia, en sinónimo de “barbarie”, “genocidio”, etc., etc., léxicos que los voceros del sistema repiten sin cesar omitiendo, sin lugar a dudas, que ellos están impregnados de ideologías que, de no haber sido por el desembarco de Cristóbal Colón el 12 de Octubre de 1492, jamás hubieran tenido adeptos en este lado del mundo. Ahora, ¿con qué razón un marxista, por ejemplo, puede despotricar contra la Conquista y reivindicar a los “pueblos originarios” cuando el comunismo nació en conciliábulos europeos aristocráticos y literarios y, por ende, quienes hasta hoy lo quieren imponer tergiversan y se mofan de la cultura de los indígenas, a los cuales alienan y les hacen perder todos sus credos culturales y típicos? La misma observación, aunque con otras características tan terribles como las anteriores, les cabe a los capitalistas especuladores quienes manejando los mercados mundiales en favor de la expansión infernal de los avances tecnológicos, permitieron que la cultura anglosajona pise sobre firme no solamente en la América Hispánica sino en todo el resto del mundo, sin excepciones.
En los últimos dos siglos y medio vemos como Inglaterra y los Estados Unidos tuvieron en su geopolítica de dominación universal, el generar una guerra cultural solapada contra todo lo que representa la hispanidad y, por otra parte, trabar de cualquier forma los proyectos de unidad o integración de los pueblos iberoamericanos.
Los cretinos locales que apoyan la fábula de la “Leyenda Negra” de la Conquista, mote con el que se pretendió ensuciar el extraordinario aporte hecho por la España Imperial en nuestro continente, omiten decir que la Conquista española fue la que dio origen, a través del mestizaje que produjo, al ser argentino por excelencia, el gaucho. No existe otro arquetipo más genuino de la argentinidad como el hombre de nuestras tierras, que se forjó de la unión del español conquistador y la mujer indígena. ¿Qué ocurrió con los “civilizados campeones de la libertad” anglosajones? Apenas un puñado de familias de origen británico, irlandés, escocés, etc., se entremezclaron entre sí a fines del siglo XVIII, al tiempo que se dedicaban a masacrar a los pueblos aborígenes. Por ende, no se puede decir que en Estados Unidos exista una cultura nativa, originada del encuentro entre anglosajones e indios, como sí lo hubo en los antiguos virreinatos españoles.

Yrigoyen y Perón: defensa de los orígenes patrios

Fue Hipólito Yrigoyen, el legendario presidente radical, quien ayudó a contrarrestar el mito de la “Leyenda Negra” de la Conquista Española en América dado que, por decreto del 4 de Octubre de 1917, se instituyó el 12 de Octubre como el “Día de la Raza”, el cual fue considerado jornada de “Fiesta Nacional”. El decreto representó la reivindicación primaria y necesaria de la herencia hispánica de gran parte del continente americano. El texto legislativo expresa lo siguiente:
“1º. El descubrimiento de América es el acontecimiento más trascendental que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores derivan de este asombroso suceso, que a la par que amplió los límites de la tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu.
“2º. Que se debió al genio hispano intensificado con la visión suprema de Colón, efemérides tan portentosa, que no queda suscrita al prodigio del descubrimiento, sino que se consolida con la conquista, empresa ésta tan ardua que no tiene término posible de comparación en los anales de todos los pueblos.
“3º. Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático el magnífico valor de sus guerreros, el ardor de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, la labor de sus menestrales, y derramó sus virtudes sobre la inmensa heredad que integra la nación americana.
“Por tanto, siendo eminentemente justo consagrar la festividad de la fecha en homenaje a España, progenitora de las naciones a las cuales ha dado con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal, debemos afirmar y sancionar el jubiloso reconocimiento, y el poder ejecutivo de la nación:
“Artículo primero: Se declara Fiesta Nacional el 12 de octubre.
“Artículo segundo: Comuníquese, publíquese, dése al Registro Nacional y se archive”.

Se dice que antes y durante la instauración por ley del Día de la Raza, los afiliados de la UCR que estaban dispersos en las provincias argentinas ya solían identificarse con las tradiciones folklóricas hispánicas exaltadas por escritores nacionalistas como Manuel Gálvez, al tiempo que en las campañas electorales del interior evocaban a los viejos federales de antaño entrando a los pueblos a caballo, envueltos con ponchos colorados, bincha blanca y armados de una caña de punta afilada.
Hay quienes afirmarán con énfasis que don Hipólito Yrigoyen perteneció a la Masonería, lo cual es cierto. Sin embargo al momento de afiliarse a la Logia Docente en marzo de 1882, por expreso mandato de su tío Leandro Nicéforo Alem, Yrigoyen declaró ser católico, soltero y tener 26 años de edad, aunque en verdad contaba entonces con 22 años. Que así mismo, su rol en dicha logia duró lo que un suspiro, pues tuvo poca actividad y se retiró de la orden casi sin haberle aportado nada a la misma.
Otro defensor de la hispanidad, por formación y predicamento, fue Juan Domingo Perón, quien coincidió plenamente con la tesitura de Yrigoyen respecto a este pensamiento. El día 12 de Octubre de 1947, al rememorarse el cuarto centenario del nacimiento de Miguel de Cervantes Saavedra, Perón hizo quizás su mejor homenaje y defensa acerca de los valores que España dio al nuevo mundo. Entre las cuantiosas frases que en aquella jornada deslizó, citamos sólo algunas: "(…) Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu. Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo. Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos (…)”.
En otro pasaje de la vibrante alocución, Juan Domingo Perón señaló: “Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al Occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental” (…) Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos. Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica serie y desapasionado, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica. Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres. España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental. Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundada por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación. Que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias, universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”. España levantó, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva”.
Como es de esperar, el Teniente General Perón revaloriza lo actuado en su momento por Hipólito Yrigoyen, al decir que “el día de la Raza, instituido por el presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación”, agregando casi inmediatamente que “si la América española olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez”.
En 1973, poco antes de emprender su definitivo retorno a la patria desde Madrid, España, Juan Domingo Perón fue entrevistado por un periodista argentino que buscaba de aquél una opinión sobre el pueblo español, a lo que el conductor le contestó: “Opinar sobre España es como opinar de la madre de uno. Esta es la patria de la hidalguía. Humilde o encumbrado, en cada español se refleja la grandeza histórica de España. Los valores esenciales de la raza no han cedido a los factores de descomposición que atontan al mundo de este tiempo. El progreso material –continuó- que normalmente empequeñece al hombre y hasta lo insectifica, no ha podido destruir al español y a España. Por eso, en la fortuna o en la desgracia será siempre el reflejo de sus hombres. Y de esos hombres salió el Quijote a galopar por el mundo”.
Sólo la estupidez, la colonización pedagógica, o intereses inconfesables, pueden pretender la anulación del 12 de Octubre como el Día de la Raza, porque esta medida tendría una esencia básica y profundamente antipopular, y si así no se la consideraría, veamos entonces cuán arraigados están en el pueblo de la patria las concepciones hispánicas de Hipólito Yrigoyen y de Juan Domingo Perón.

Gabriel Oscar Turone


Bibliografía:

- CAMPARO, José. Perón y España. Política Social, Interna e Internacional, Plus Ultra, 1983.
- RODRIGUEZ ZIA, Cnl. (R), Jorge. 1000 Millones Hablando Español. Geopolítica de la Lengua. Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina, Editor Zurita Fernández, 1991.
- PERÓN, Juan D. La Cultura Nacional. Colección Grandes Temas Nacionales, Fusión, 1982.
- “Todo es Historia”, Año I – N º 2, Junio 1967, Revisa Mensual de Difusión Histórica.

HOMENAJE A DOÑA ENCARNACION EZCURRA



(25 de marzo de 1795 - 20 de octubre de 1838).





Durante la campaña al desierto, Juan Manuel de Rosas se informaba, desde su campamento en el Río Colorado, de los esfuerzos de los federales “cismáticos” aliados a los unitarios emigrados y amparados por el gobierno de Balcarce para anular su influencia y prestigio popular.
El Restaurador tenía los ojos puestos en dos personas que en ese momento le eran indispensables en su juego político: su esposa, Doña Encarnación Ezcurra, para maniobrar en la ciudad, y el general Juan Facundo Quiroga para que le apoyara en las provincias del interior y no se uniera con sus enemigos.
Doña Encarnación desempeñaba, en ese momento, las funciones de gestor financiero del general Quiroga y de agente político de Rosas.
La arrebatada franqueza, el proceder instintivo, la verba candente y la impetuosa lealtad de esta mujer dispuesta siempre a servir hasta el sacrificio a su marido la convirtieron en la mejor colaboradora de la causa federal. Ella, que era saludada por las masas como “La heroína de la Federación”, mantenía el entusiasmo entre las filas “apostólicas”, los federales auténticos, a quienes animaba en su oposición al gobierno de Balcarce y daba la palabra definitiva para llevar a cabo las acciones y lograr así la revolución.
Efectivamente, Doña Encarnación estaba en constante comunicación no sólo con los paisanos, sino con los jefes y oficiales de la guarnición que en su mayoría le eran leales y estaban pendientes de sus órdenes. Al mismo tiempo mantenía entrevistas con los caudillos de las campañas, de las cuales informaba a su marido al instante y aprovechaba cualquier ocasión para enviarle emisarios.
Rosas, lejos de la escena política de Buenos Aires, hacia encargos, recomendaba y daba recados, siempre señalando el camino a seguir. Todas sus órdenes eran llevadas a cabo en forma incondicional y sin ninguna alteración por la valiente esposa del Restaurador.
En los primeros días de octubre de 1833 la exaltación pública, las tramas y traiciones que se cruzaban en la agitada política porteña y entre los propios bandos federales, llegó a tal grado que se anunciaba el estallido revolucionario.
Con motivo de informar a Rosas sobre las traiciones y desprestigios que cometía el gobierno de Balcarce con los federales apostólicos, Doña Encarnación en una de sus cartas le escribía lo siguiente: “¡Esta pobre ciudad no es ya sino un laberinto, las reputaciones son el juguete de estos facinerosos, (…) más a mí nada me intimida, yo me sabré hacer superior a la perfidia de estos malvados, y ellos pagaran bien caros sus crímenes! Todo, todo se lo lleva el diablo, ya no hay paciencia para sufrir a estos malvados…”. Y los restauradores apostólicos, animados por la Heroína Federal, salieron a las calles para hacer la revolución.
El 11 de octubre, día en el cual iba a sesionar un tribunal para enjuiciar al propietario de "El Restaurador de las Leyes", órgano de prensa de los apostólicos se produjo el levantamiento. La ciudad amaneció empapelada de afiches que en enormes letras coloradas anunciaban: "Hoy juzgan al Restaurador de las Leyes". Una multitud se congregó en el Cabildo, sede de la administración de justicia, ocupando las galerías y el patio. El griterío y las consignas determinaron que el tribunal no pudiera sesionar. La ciudad quedó totalmente sitiada por la campaña que se movilizó a favor de la causa restauradora. Los caudillos que habían sido apalabrados por Doña Encarnación respondieron decididos así como los jefes y oficiales de la guarnición urbana.
Ante la magnitud popular y militar del levantamiento restaurador el gobierno quedó perplejo y tambaleante. A medida que la revolución se fortalecía, Balcarce se debilitaba y se debatía en el vacío.
Fue necesario hacer oír el clamor de las armas. Los soldados se organizaron en distintos puntos estratégicos de la ciudad. Mientras tanto los porteños, con indignación pero callados, veían desembarcar con el pretexto de brindar cierta protección, a los yanquis de la Corbeta de guerra Lexington que era la misma que había invadido las Islas Malvinas ofendiendo el pabellón argentino y se ubicaron frente al alojamiento del comodoro Woolsey, donde flameaba la bandera norteamericana.
El fuego de las guerrillas que combatían en los suburbios era cada vez más denso y los restauradores avanzaban hacia el centro, donde se encontraba el poder político de la ciudad.
Al mismo tiempo la legislatura se había reunido y no sabía que medidas tomar frente a tales acontecimientos. Finalmente se pidió un armisticio al jefe de los restauradores, general Pinedo, y éste exigió la exoneración de Balcarce. La legislatura no tuvo más alternativa que cumplir con tal pedido y eligió como reemplazante del cargo de gobernador al general Viamonte.
Doña Encarnación era la propulsora y el alma de la revolución restauradora. Jamás cejó un instante en la concreción de los hechos. Esta revolución fue el alzamiento de las huestes de la ciudad y los gauchos de las campañas, instigados y apoyados secretamente por Rosas, contra la clase dirigente porteña que cada vez más ignoraba el mal anárquico que padecía la nación. Fue por esta justa razón que Rosas se apartó por primera vez de su norma de sostener el orden, para fomentar la rebelión.
Mientras tanto, Doña Encarnación pedía a sus amigos que se comunicaran con Juan Manuel, ya que ella en ese momento estaba muy vigilada por la policía del gobernador.
Frente a quienes desde la ciudad le pedían a Rosas que acuda para garantizar el orden ante la ocupación de las montoneras federales, él les respondía que lo ocurrido no había sido sino el ejercicio del derecho para que se restaurase la ley y el orden, derecho que fue usado por el pueblo. Además, Rosas declaraba que respetaba la opinión pública y, por ende, no tomaría las armas en su oposición.
Al mismo tiempo, el Restaurador le escribía a su mujer pidiendo que haga llegar sus felicitaciones a quienes se distinguieron en la revolución restauradora. Estas congratulaciones Doña Encarnación no sólo las comunicó entre los generales y demás altos mandos leales a la causa, sino que también demostró su agradecimiento para con los sectores más humildes que participaron con obediencia y dieron todo por su caudillo. Sin dudas, este afianzamiento entre las masas y las fuerzas armadas federales no habría podido concretarse sin la intervención de Doña Encarnación, ella fue quien reforzó la imagen de Rosas y, por su puesto, fue una ayuda elemental en la lucha nacional por el federalismo que abrió el camino a uno de los más grandes períodos de nuestra historia criolla y popular.

Maximiliano D. Dorio

Bibliografía:
- SALDÍAS, Adolfo. Historia de la Confederación Argentina, Tomo I, El Ateneo, Bs As, 1951.
- IBARGUREN, Carlos. Juan Manuel de Rosas. Su Vida, Su Drama, Su Tiempo, Theoría, Bs As, 1972.
- Revista Todo es Historia. "Encarnación y los Restauradores", Año III, Nº 34 - Febrero de 1970.

UNA MIRADA SOBRE EL 17 DE OCTUBRE DE 1945

Entre cauces y catacumbas


Desde pequeño me han llamado poderosamente la atención los acontecimientos históricos que suelen modificar determinado orden establecido. El movimiento social que desembocó en el 17 de octubre de 1945 fue nítidamente uno de ellos, en tanto modificó radicalmente el rumbo político e institucional de nuestro país.


Mi interés sobre dichos eventos suele orientarse, algunas veces, hacia las múltiples y divergentes actitudes que suelen confluir sobre ellos. En el caso que nos ocupa, por ejemplo, entre aquellas impulsadas por la convicción y la intrepidez, y aquellas determinadas por la necedad y el patetismo. Así, Eva Duarte, Cipriano Reyes, Fernando Mera, y Darwin Passaponti aportaron a los acontecimientos del 17 la cuota de empeño y bravura que todo hito de esas características presupone, quedando la estulticia y la necedad, para todos los integrantes de aquella tristemente recordada “coincidencia” entre la embajada estadounidense, los liberales, los comunistas, los socialistas, los conservadores, los radicales, los ultra- católicos, ciertos nacionalistas reaccionarios, los terratenientes, y gran parte de los empresarios e industriales. Me viene a la conciencia en este instante y en representación de esa pérfida alianza, la figura del “primer diputado socialista” Alfredo Palacios.

Pero a la vez mi atención, suele desplegarse hacia las variadas y discordantes miradas que convergen sobre ese tipo de episodios. Respecto a esa jornada por ejemplo, entre la perspectiva de aquellos que comprendieron la magnitud histórica de las sensaciones y esperanzas populares puestas en juego aquel día y la de los que la negaron, circunscribiéndola a un escueto episodio inverosímil y aleatorio.


Puedo entonces rememorar, por un lado, aquellas lúcidas miradas de quienes nos precedieron en esta pasión nacional y recordar ese “subsuelo de la patria sublevada” con el que Scalabrini ORTIZ pretendió describir a esa multitud que “asomaba por primera vez en su tosca desnudez original”; o tal vez esa “muchedumbre abigarrada” que según Hernández Arregui marchó como “un sonámbulo invulnerable” a rescatar a su líder; o quizás a la “Argentina invisible” que para MARECHAL “había sido anunciada por algunos literariamente” pero “sin conocer ni amar sus millones de caras concretas”; o acaso esa Fuenteovejuna, “especie de fiesta de columnas que recorrían la ciudad sin romper una vidriera” y donde JAURETCHE detectó un único pecado, el de “lavarse las patas en las fuentes”.

Puedo, por el otro, citar los abigarrados relatos de la ceguera, y evocar a La Nación, periódico para el que el 17 de octubre sólo constituyó un episodio donde confluyeron “grupos revoltosos” e “individuos en completo estado de ebriedad”; o al diario Crítica del Sr. BOTANA, que solamente pudo observar en dicho fenómeno a un conglomerado de “grupos dispersos” que recorrieron “las calles con paso cansino, en medio de la indiferencia y el desprecio de la población”; o al Comité de Coordinación de la Facultad de Ciencias Exactas, que atinó denunciar a ciertas “hordas bárbaras que al amparo policial” habían “cometido toda clase de desmanes y atropellos”; o quizás al Partido Comunista, para el que un “malón peronista con protección oficial y asesoramiento policial azotó al país”.


Pero sobre todas las cosas, la curiosidad, ese bendito impulso que me estimula a deambular por los caminos de la historia, prefiere en estos casos, concentrarse en los antecedentes que suelen generar todo jalón histórico. Ella me ha enseñado además que las profundas alteraciones en el rumbo histórico, no son producto de seres providenciales, sino de mini convulsiones que van convergiendo hacia un evento mayor que los cataliza.

Y así, para poder comprender la trascendencia de esa fecha histórica, cabe recordar, entonces, que al tiempo de iniciarse los años treinta, y mientras el país se desplomaba entre la miseria, la humillación y la incertidumbre, especuladores y cipayos pretendían una vez más evitar la expresión popular, y arrogantes economistas preparaban la justificación teórica para una nueva fase del saqueo, una nueva esperanza alumbraba incandescente en el seno del alma Argentina. Una generación de Argentinos comenzaba a despertar de la oscura noche de la decadencia, a expresarse, y a revelar, lenta y paulatinamente, toda su sagacidad con patriótica abnegación. . De esta forma, aquí, en la región del fin del mundo, un conjunto de hombres y mujeres mirando en el espejo de nuestra propia historia, empezaba a desmadejar - desde las catacumbas - el entramado de telarañas sobre el que se había asentado un orden material y simbólico que garantizaba el pillaje y latrocinio, y a entretejer, entre el sutil límite del sueño y la realidad, un futuro digno y autosuficiente. Desde esas recordadas catacumbas forjistas, Scalabrini Ortíz, Manzi, Jauretche, Capelli y Maya entre otros tantos hijos de la tierra, escapando a la persecución oligárquica, comenzaron a diseñar el lecho político, junto a otros Patriotas como José Luis Torres, sobre el que posteriormente se asentaría la correntada popular. Su olfato y la razón histórica iniciaron un proceso que luego se replicó en cada lugar de la patria, y que años mas tarde, comenzó a fluir, como ese aroma del ceibo que suele perfumar al espíritu nacional cada vez que éste se despierta. Esa generación de argentinos supo de sacrificios y de ofrendas. Sabían que la patria debía ser reapropiada. Sabían que, para que ello aconteciera, debía operarse un oreamiento institucional generalizado, y que, salvo honrosas excepciones, ningún representante de la corporación política y empresarial podía conducir ese proceso, ya que dicha misión le estaba reservada a los hombres libres de ataduras y coherentes en pensamiento y práctica. Sabían además que su actitud los conduciría hacia la crítica salvaje, al ostracismo y a la persecución. . Sin embargo, estaban convencidos que el ser nacional resurgiría necesariamente, especialmente, a partir de esos sectores que habían sido marginados material y culturalmente por el régimen, y donde lo nuestro, lo local, lo propio, seguía resguardado como un tesoro preciado.


De esa forma, crearon el cauce para que el río fluyera y convergiera hacia ese mar de humanidad que el 17 de octubre inundó una esplendorosa Buenos Aires, que quizás, por vez primera en su historia, albergó en su cálido vientre a los hijos del país. Quiera Dios que una nueva generación de Argentinos pueda abocarse hoy, como aquella, a diseñar perdurables cauces desde renovadas y fructíferas catacumbas.



Francisco José Pestanha

CICLO DE PENSADORES NACIONALES: "MANUEL GALVEZ"

CONFERENCIA ORGANIZADA POR LOS JOVENES REVISIONISTAS.

INSTITUTO JUAN MANUEL DE ROSAS.


Manuel Gálvez: Poeta, historiador y militante.

Por Andrés Mac Lean (29/8/07)





Nació nuestro escritor y poeta el 18 de Julio de 1882 en la provincia de Entre Ríos y transcurrió su infancia en el seno de una rica familia patricia en Santa Fé, encumbrada al poder político bajo el régimen del general Julio A. Roca.

El tío, José Gálvez, impulsó un profundo cambio legislativo, en el espíritu de las concepciones liberales del 80, y creó la universidad de Santa Fé.

Su padre, fue senador provincial, ministro de Hacienda y dos veces diputado nacional por provincia de Santa Fé.

Manuel, a los 15 años de edad, se trasladó a Buenos Aires en mitad de sus estudios secundarios, los que completó en 1897, en la misma.

En 1898 ingresó en la Facultad de Derecho de la universidad de Buenos Aires y desde 1900 se desempeñó como ujier en la Cámara de Apelaciones de la Capital, trabajo que le permitió conocer Buenos Aires, barrio por barrio, y lo familiarizó con la vida y el lenguaje de los bajos fondos, influyendo en el despertar de inquietudes sociales que se reflejan en su obra. Fue entonces cuando tomó contacto con los cinco tomos de la “Historia de la Confederación Argentina”, de Adolfo Saldías y escribió el drama en un acto titulado “La Conjuración de Maza”.

Junto a Carlos Alberto Leumann, Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), Emilio Becher, Emilio Ortiz Grognet, Juan Pablo Echagüe, Alberto Gerchunoff, Atilio Chiappori y otros, decidió crear la revista Ideas que apareció entre 1903 y 1905. Gálvez nos cuenta al respecto: “Yo era por entonces anarquista, aunque tolstoiano y el asunto de la mujer explotada, víctima de la sociedad, se prestaba maravillosamente para mis desahogos rebeldes”.

En Marzo de 1905 rindió sus últimos exámenes y logró el grado de doctor en derecho con una tesis sobre la trata de blancas. Gálvez nunca ejercería como abogado.

En 1906 y, por veinticinco años, se desempeñó como Inspector de Enseñanza Secundaria y normal, lo que le permitió viajar por las provincias del Norte y del Oeste.

En 1907 comenzó a publicarse la revista Nosotros dirigida por Alfredo Bianchi y Roberto Giusti, donde, durante el primer lustro de su existencia, Gálvez colaboró por única vez. La que se dejó de editar reapareciendo en 1912 e incluyendo a Gálvez en la comisión directiva de la revista, encargándose también de la sección de Bellas Artes. Llegaría a ser vicepresidente del directorio en 1914. Acerca de este momento el escritor nos relata que debido a sus continuos viajes por las distintas provincias, se pone “en contacto íntimo y profundo con el alma nacional, con los paisajes de mi tierra, las costumbres, las canciones, las danzas, las gentes, las formas de vida. Y por medio de ese cargo, me impregné de amor a lo nuestro y de auténtico nacionalismo”.

De ese contacto surge el libro de versos Sendero de humildad (1909) donde plasma el profundo mensaje de melancolía provinciana.

Viajó dos veces a Europa: por primera vez en 1905 y en Julio de 1910, después de casarse (Contrajo matrimonio en Abril de 1910 con Delfina Bunge. Y fruto de su amor fueron Delfina, Manuel y Gabriel).

Fruto de su estadía en España, es el libro titulado El Solar de la Raza. Libro que ha merecido el elogio de los personajes más prominentes de la literatura y de la política españolas y del rey Alfonso XIII. .Otras grandes figuras que trató en Madrid fueron: Franco Rodríguez, Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán, Blasco Ibáñez, Ramón Pérez de Ayala, Antonio y Manuel Machado, Francisco Villaespesa y otros. No conoció a don Miguel de Unamuno, a quien idolatraba y tuvo gran influencia sobre su pensamiento, pero mantuvo correspondencia con él por años. En París, entabla amistad con Rubén Darío, a quien admiraba profundamente.

Gálvez publicó El Diario de Gabriel Quiroga y sus novelas más brillantes: La Maestra Normal y El Mal Metafísico.

En 1918 apareció Nacha Regules, novela en que el autor al ocuparse de la vida de las mujeres “descarriadas” dejó manifiestas sus inquietudes sociales ya anunciadas en su tesis universitaria. Al año siguiente recibió por su novela, el Primer Premio Municipal y comenzó a colaborar en el periódico La Unión.

En 1919 fundó la editorial PAX y al año siguiente la Biblioteca de Novelistas Americanos.

En una serie de artículos aparecidos en 1922 en la revista Atlántida particularmente en el titulado “Las razones de la democracia” argumentó a favor del voto popular y resaltó que solo el apoyo del pueblo legitimaba la permanencia de un gobierno en el poder, por entonces a cargo de Hipólito Yrigoyen.

Tiempo después se vinculó con el grupo nacionalista que fundó La Nueva República (por entonces antiliberal y antidemócrata, influenciado por Charles Maurras). Nuestro novelista nunca coincidió totalmente con esas ideas: a Gálvez más le importaba la solución de los problemas provocados por la injusticia social y la restauración de la jerarquía y el orden en la sociedad. Y aunque todavía elogiaba a la generación del 80, su pensamiento fue evolucionando al compás de la llegada al poder, efímera, de los grupos nacionalistas con el General Uriburu. Publicó Miércoles Santo.

En 1931 propuso fundar la Academia Argentina de Letras, a la que pronto renunció.

En 1932 obtuvo el Primer Premio Nacional de Literatura por su novela El General Quiroga.
En esos años fundó la cooperativa de escritores que editó alrededor de cien libros: el P.E.N. Club de Buenos Aires.

Del renombre internacional que por entonces adquirió la obra de Gálvez da cuenta un Decreto del Gobierno de Francia de 1930 por el cual se disponía que los aspirantes a ser alumnos de la Escuela Naval, debían conocer, para el examen de ingreso, veinte obras de literatura universal. En esa lista, junto a Racine, Balzac, Blacke, Thomas Mann, Somerset Maugham y otros escritores, aparecía Los Caminos de la Muerte.

La iniciación de Gálvez en el campo de la biografía se produjo con su Vida de Fray Mamerto Esquiú publicada en 1933.

Luego de la muerte de Hipólito Yrigoyen, nuestro escritor concibió la idea de escribir la biografía del caudillo radical.

Cotejando documentación y, sobre todo, realizando entrevistas a muchas personas que conocieron a Yrigoyen, entrevió la intimidad del personaje y lo retrató imparcial, siguiendo el estilo de André Maurois. De modo que nos dejó Vida de Hipólito Yrigoyen (el hombre del misterio).

En 1938 se fundó el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, del que Gálvez fue parte.

Mientas investigaba para redactar su novela El Gaucho de los Cerrillos, Gálvez comenzó a interesarse en la figura de Don Juan Manuel de Rosas; pero fue a partir de sus indagaciones sobre Yrigoyen que comenzó a documentarse seria y ampliamente sobre Rosas.

Fue así que nos cuenta: “Trabajé en el Rosas con encarnizado fervor, dominado por afán de justicia y de verdad y convencido de que faltaba una historia suya. La de Saldías Historia de la Confederación Argentina, comprende cinco volúmenes y no todo se refiere a Rosas. El libro de Carlos Ibarguren, aparecido catorce años antes que el mío, es excelente pero incompleto.”
Y pudo publicarlo a los dos años debido a que “trabajaba desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche. Para mí no hubo domingos ni días de fiesta. Y en los dos últimos meses llegué a trabajar diez y seis horas diarias.”

Fue tal la labor de nuestro biógrafo que revisó ciento treinta y cuatro legajos de la secretaría de Rosas y otros legajos del AGN. Investigó en el Archivo Nacional de Montevideo, el de la Universidad de la Plata y las bibliotecas Nacional, del museo Mitre y del Jockey Club. Finalmente, dio a conocer su Vida de Don Juan Manuel de Rosas en 1940.

No debemos olvidar estas palabras de Gálvez: “Entre todos mis libros, es el Rosas uno de los que más quiero, porque es uno de los que más me han hecho sufrir. Por él se me han cerrado muchas puertas. Por él fui insultado y amenazado. Pero no importa. El que sale en defensa de la verdad y la justicia no ignora que tendrá que sufrir.”

Enrolado plenamente en los contenidos ideológicos de la corriente revisionista, se dedicó de lleno a recrear escenas de nuestra historia que le cautivaron.


Gálvez nunca fue un historiador, sino un novelista y un ensayista; por tal razón, nunca escribió tratados históricos propiamente dichos. Para tratar los hechos históricos apeló a dos géneros: la novela histórica y la biografía.

Manuel Gálvez no fue político, de hecho, la única vez que se vinculó orgánicamente a un partido político, fue cuando, en 1918, entró por un período reducido en una agrupación de católicos, el partido Constitucional, organizado por Mons. De Andrea y dirigido por un diputado cordobés (Dr. Arturo Bas) uno de los congresistas católicos que impulsaban leyes de contenido social. Pero no duró mucho su vinculación. Entre otras cosas Gálvez nos cuenta que nunca participó en la política por una terrible sordera que fue agravándose año tras año y sus constantes dolores estomacales.
Con respecto al peronismo, movimiento que anticipó en su libro Este Pueblo Necesita…adhirió al comienzo de la revolución y un artículo suyo, en el que elogiaba al Coronel Perón, sirvió como prólogo para el libro Este Pueblo Quiere Saber de que se Trata. Gálvez nos cuenta sobre este momento: “Revolución del 43. Ni durante la guerra, ni antes ni después, jamás, fiel a mis principios, tomé parte en política. Nadie me habrá visto en manifestaciones callejeras, ni en los banquetes partidarios.” Sobre este momento es su libro El Uno y la Multitud.

Pero, con la destrucción del Jockey Club y la quema de las iglesias, nuestro escritor se alejó del peronismo y se lamentó en su libro Tránsito Guzmán. También recuerda estas atrocidades en La Gran Familia de los Laris.

Dicho esto vale la pena recordar lo que nos cuenta acerca de cierto nacionalismo militarista: ”Esta aspiración no es exactamente nacionalista, pues todo nacionalismo, a lo menos ideológicamente, aspira a ser un movimiento popular, de grandes masas, y no un movimiento de minorías, dirigido por militares, aunque estos militares tengan ideas y sentimientos nacionalistas.”

De esta manera podemos comprender que Manuel Gálvez no puede situarse junto al nacionalismo sin pueblo de Lugones, Irazusta y cía., ni tampoco como peronista debido a que juzgó los hechos comentados anteriormente como inaceptables para una nación independiente, soberana y justa. Debemos entenderlo como un intelectual que apoyó desde la historia y desde las novelas, principalmente, los procesos de transformación de nuestra Argentina durante toda su vida.

En 1951 nuestro novelista fue nominado al Premio Nobel de Literatura que no pudo obtener por ser católico y nacionalista.

Delfina Bunge murió el 30 de Marzo de 1952. Esto dejó una profunda huella en el espíritu de nuestro escritor. Contrajo matrimonio por segunda vez, el 29 de Noviembre de 1954 con María Elena Gaviola Salas.

Y en 1962, Manuel Gálvez se marchó de este mundo dejándonos más de sesenta libros y diversos artículos.



Andrés Mac Lean


Bibliografía:

Gálvez, Manuel: Amigos y Maestros de mi Juventud, Hachette, Buenos Aires, 1961.
Gálvez, Manuel: En el Mundo de los Seres Ficticios, Hachette, Buenos Aires, 1961.
Gálvez, Manuel: El Solar de la Raza, Poblet, Buenos Aires, 1943.
Gálvez, Manuel: Este pueblo necesita..., Librería de A. García Santos, Buenos Aires, 1934.
Revista Argentina, Año II, N°18, 1 de Julio de 1950.
Gálvez, Manuel: En el Mundo de los Seres Reales, Hachette, Buenos Aires, 1961.

EL DERECHO PATRIO

EL DERECHO PATRIO EN NUESTRAS PROVINCIAS Y LA DEFENSA DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE


En el sistema de la Historia del Derecho Patrio Argentino ocupa un lugar fundamental el conocimiento de las instituciones políticas y jurídicas provinciales.
Las investigaciones sobre el Derecho Patrio en el interior de la República, realizados con documentación de los archivos nacionales y locales, evidencian la originalidad del genio nativo y descubren figuras de relieve en la historia política y la de su legislación.
Significaron un aporte importante en su época –incluyendo a todas las provincias- las obras de Juan B. Alberdi sobre “Elementos del Derecho Público Nacional Argentino” y de Antonio Zinny, “Historia de los gobernadores de las provincias” (en el año1882 se publicó el último tomo). Asimismo junto a las instituciones jurídicas hay que destacar hechos importantes de la historia nacional que ayudan a imaginar la realidad jurídica en que vivían las provincias: los asesinatos de Latorre, Quiroga y Heredia; la Coalición del Norte y los decretos dictados por los gobiernos de Mendoza y Tucumán después de vencido Lavalle; los sucesos de los años 1840-1842, en el orden interno; las agresiones imperialistas de Francia e Inglaterra y las guerras con el Uruguay, Bolivia, Paraguay y Brasil, en orden a las relaciones exteriores.1
El Derecho Patrio argentino, nacido en el curso de las revoluciones y las crisis de los gobiernos y concretado en constituciones, leyes y decretos, tuvo extensa y explicable trascendencia en las provincias.
Las principales influencias fueron las del Estatuto de 1811, los Proyectos constitucionales de 1813, el Estatuto de 1815 y el Reglamento de 1817, y aún, por breve período, el Proyecto Constitucional de la Provincia de Buenos Aires de 1833.
El Estatuto Provisional del Gobierno Superior de las Provincias Unidas del Río de la Plata a nombre del Sr. D. Fernando VII del 23 de noviembre de 1811 establecía la remoción de los integrantes del gobierno provisorio: “siendo la amovilidad de los que gobiernan el obstáculo más poderoso contra las tentativas de la arbitrariedad y de la tiranía, los vocales del gobierno se removerán alternativamente cada seis meses” (art. 1); “el gobierno se obliga de un modo público y solemne a tomar las medidas conducentes para acelerar, luego que lo permitan las circunstancias, la apertura del congreso de las Provincias Unidas” (art. 3); “siendo la libertad de la imprenta, y la seguridad individual el fundamento de la felicidad pública, los decretos en que se establecen, forman parte de este reglamento” (art. 3) y “el conocimiento de los asuntos de justicia corresponde privativamente a las autoridades judiciarias” (art. 5).2
El Proyecto de Constitución para las Provincias Unidas del Río de la Plata en la América del Sud, obra de la Sociedad Patriótica (1813) reconocía los derechos humanos: “los derechos del hombre son la vida, la honra, la libertad, seguridad, la igualdad, y la propiedad” (art. 5°, Cap. 2°) y en cuanto al Poder Judicial decía que “el Supremo Poder de Justicia residirá en nueve individuos magistrados que se escogerán de los más provectos de todas las provincias” (art. 167, Cap. 21: Del Supremo Poder Judicial).3
El Estatuto Provisional para dirección y administración del Estado, dado por la Junta de Observación del 5 de mayo de 1815 destacaba los derechos del hombre: “penetrada de la necesidad de reforzar los eslabones de las cadenas, que debe ligar los robustos brazos del despotismo, para que no pueda internarse al sagrado recinto donde se custodian la Libertad, la Igualdad, la Propiedad y la Seguridad, que hacen el precioso vellocino, la rica herencia y los más interesantes derechos del hombre”; además se incluían los deberes de todo hombre en el Estado: “Todo hombre en el Estado debe primero sumisión completa a la ley, haciendo el bien, que ella prescribe, y huyendo el mal que prohibe” (art. 1°, cap. VI) y respecto al Poder Judicial establecía que el ejercicio del mismo “residirá en el Tribunal de recursos extraordinarios de segunda suplicación, nulidad e injusticia notoria: en las Cámaras de Apelaciones y demás Juzgados inferiores” (art. 1°, Sección Cuarta, Del Poder Judicial, Cap. 1).4
El Reglamento provisorio dictado por el Congreso de Tucumán para las Provincias Unidas de Sudamérica del 3 de diciembre de 1817 reafirmaba los derechos humanos: “los derechos de los habitantes del estado son la vida, la honra, la libertad, la igualdad, la propiedad y la seguridad” (art. I, Sección I°) y permitía a los reos en las causas criminales “nombrar un padrino que presencie su confesión y declaraciones de los testigos, sin perjuicio del abogado y procurador establecidos por la ley y práctica de los Tribunales” (art. VII, Cap. II: De la Administración de Justicia).5
Desde su origen, la Revolución de 1810 fue eminentemente federal. El nombre de “provincias”, recordado en la Ordenanza de Intendentes de Ejército y Provincia de 1782, fue el adoptado por el gobierno patrio de 1810, que lo era de las Provincias del Río de la Plata, y desde 1811 lo fue de las Provincias Unidas, como se registró en el Reglamento Provisional redactado por el deán Gregorio Funes.
Todas las reformas, proyectadas o efectivas, no eran más que un anticipo temporario de la Constitución definitiva que el Congreso debía sancionar.
No era tarea fácil, sin embargo, proyectar esa Constitución. La falta de acuerdo respecto de las bases fundamentales de ese instrumento creaba un estado de indecisión que incidía en el ánimo de los congresales.
El problema obligaba a una opción, considerada ineludible, entre la monarquía y la república por un lado, y entre el centralismo y la federación por el otro. La forma de gobierno originó un debate entre los diputados en 1816.6 En 1820 los caudillos provinciales y el gobierno porteño firmaron los Tratados del Pilar y de Benegas, donde las partes signatarias se obligaron a reunir un Congreso general, evidenciando la subsistencia del sentimiento de la nacionalidad, exteriorizado en los días de la Independencia y la común organización democrática. Los caudillos eran una institución natural de la guerra por la emancipación, constituían la síntesis y el resumen de la tierra en armas con una autoridad genuina, no derivada de otro poder extraño y por eso verdaderamente legítima.
La Independencia fue la condición previa, anterior al sistema de gobierno, pero indispensable para la organización.7
En Salta durante el gobierno del general Martín Güemes, se estableció una especie de ley agraria, en virtud de la cual se dispensaba a todos los gauchos de la obligación de pagar arriendos a los propietarios de las tierras que ocupaban. Muerto Güemes e invadida Salta por las fuerzas realistas al mando del general Olañeta, se firmó un tratado entre este último y el Cabildo, el 14 de julio de 1821, que sirvió de base a la organización institucional de Salta. Reunida la Asamblea Electoral, cuerpo legislativo de aquella época, sancionó el 9 de agosto de 1821 la primera Constitución de Salta, cuyo Proyecto redactó uno de sus miembros, el doctor Facundo de Zuviría, colaborando en la parte relativa a la justicia los diputados doctores Pedro Antonio Arias Velázquez y Mariano de Gordaliza, secundados por los abogados doctores Juan de la Cruz Monge y Ortega y Silvestre Icazate.8
El 27 de abril de 1820 se consagró la autonomía política de la provincia de Santiago del Estero, haciéndola pública por la asamblea electoral que se arrogaba los atributos de la soberanía, sin fecha, constituyó el acta bautismal de la autonomía santiagueña. Después de una rápida mención de los hechos ocurridos de los que se responsabilizaba “a partidarios incorregibles de España, con otros enemigos del sistema federal” y de reafirmar “la necesidad de restablecer la tranquilidad de los espíritus, por una medida digna de una población de sesenta mil almas libres, cuyo voto inequívoco es formar de esta jurisdicción uno de los territorios o estados de la República Federal del Río de la Plata”, resolvieron: “Primero. Declaramos por la presente acta nuestra jurisdicción de Santiago del Estero uno de los territorios unidos de la confederación del Río de la Plata. Segundo. No reconocemos otra soberanía ni superioridad sino la del congreso de nuestros coestados que va a reunirse para organizar nuestra federación. Tercero. Ordenamos que se nombre una Junta Constitucional para formar la Constitución provisoria y organizar la economía interior de nuestro territorio, según el sistema provincial de los Estados Unidos de la América del Norte en tanto como lo permitan nuestras localidades”.9
El doctor Sigfrido A. Radaelli explicó el significado de Derecho Patrio destacando los inconvenientes prácticos de la legislación castellana e indiana: “Es sabido que desde la época colonial se aplicaba en el territorio que hoy corresponde a la Argentina no menos de siete cuerpos legales, desde la Novísima Recopilación hasta las Partidas. Esta multiplicación de textos ofrecía toda clase de inconvenientes prácticos. Producida la emancipación, aparece una anomalía que tardará largos años en ser corregida: el nuevo régimen político resulta incompatible, en muchos aspectos, con el derecho privado subsistente en el país. Es que, como lo ha señalado Ricardo Levene, a partir de 1806 el derecho nuevo estaba en marcha, creciendo a expensas de la crisis que padecía el derecho hispano e indiano”. “Derecho patrio” fue la expresión empleada por Bernardo Vélez en su Compilación del año 1832.
La Asamblea de 1813 señaló la voluntad de una reforma legislativa, al romper los moldes de la vieja organización con leyes que modificaron sensiblemente las instituciones coloniales.10 Y en el transcurso de los años siguientes las necesidades sociales obligaron a cada provincia a darse normas emanadas de la respectiva autoridad local, debido a que el gobierno de Buenos Aires no tuvo imperio en todo el país. Este período de la legislación patria pre-codificada comenzó en 1810 y llegó en materia civil hasta 1871, año de la vigencia del Código, y en las demás ramas del derecho hasta el momento de las respectivas codificaciones nacionales.
En un artículo publicado por Dalmacio Vélez Sársfield en el periódico El Nacional el 25 de junio de 1869, titulado “El folleto del Dr. Alberdi”, destacaba el ilustre cordobés: “El Congreso constituyente (1853) se vio en la necesidad de admitir como Estados en la Confederación a todas las fracciones de las antiguas provincias que se habían separado de las capitales de las Intendencias, y que así habían vivido desde el año 1820. Pero en varias de esas provincias no había los elementos más indispensables para un gobierno regular. Era de la primera importancia crear el medio para que hubiera leyes civiles conforme a los principios de la Constitución política”.11
En cuanto al Derecho Penal provincial entre 1820 y 1853, en este período –salvo el interregno del Congreso General y de la presidencia de Rivadavia- la función legislativa recayó en las provincias autónomas, las cuales, tanto en sus leyes fundamentales como en las ordinarias de toda clase (leyes propiamente dichas, decretos y bandos de policía), establecieron nuevas normas penales, en respuesta, casi siempre, a momentos de recrudecimiento de los delitos, en especial robos y homicidios.12
De allí que estas normas solieron revestir un carácter excepcional, así por confiar el juzgamiento de las causas a tribunales especiales, como por prever penas más severas que las ordinarias. Los textos constitucionales provinciales recogieron, casi siempre los antecedentes nacionales (principalmente del decreto de seguridad individual, leyes de la Asamblea de 1813 y Reglamento Provisorio de 1817), normas de derecho penal sustantivo y adjetivo, los que, al repetirse en diferentes constituciones y proyectos, llegaron a conformar un verdadero cuerpo de doctrina nacional. Se consagraron los siguientes principios respetando los derechos humanos:

- In dubio pro reo: El Estatuto Provisorio de Santa Fe de 1819 declaró que debía “en lo posible, procederse a favor del reo, según la determinación de las leyes”.13
- Debido proceso: Las Constituciones de Catamarca de 1823 y San Luis de 1832 prohibieron la imposición de penas graves “sin que preceda forma de proceso y sentencia legal”.
- Sentencia legal: Las Constituciones de Córdoba de 1821, Catamarca 1823 y Buenos Aires 1833 adoptaron el principio de que toda sentencia en causas criminales, para que se reputara válida, debía ser pronunciada por el texto expreso de la ley, pero sin que se entendieran por esto derogadas las leyes que permitían la imposición de las penas al arbitrio prudente de los jueces ni restablecida la observancia de las que, por atroces e inhumanas, habían caído en desuso.
- Abolición del tormento: Santa Fe 1819 y 1841 y Buenos Aires 1833.14
- Abolición de las penas de confiscación e infamia (Las Constituciones de Buenos Aires de 1833 –Proyecto-, Jujuy 1839 y Tucumán 1852 abolieron toda confiscación de bienes, extensiva en el caso del proyecto bonaerense a “toda pena cruel y de infamia trascendental”).
- Derecho de indulto (En la casi totalidad de las leyes constitucionales se otorga al gobernador la facultad de indultar a los reos sentenciados a muerte, mediando graves y poderosos motivos, y generalmente previo informe del tribunal de justicia).15

SANDRO OLAZA PALLERO


Bibliografía:

1 RICARDO LEVENE, El Derecho Patrio en las provincias y las influencias regionales y nacionales que explican su formación, en Historia N° 1, Buenos Aires, 1955, pp. 9-10.
2 UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, Estatutos, Reglamentos y Constituciones 12 ABELARDO LEVAGGI, Historia del Derecho Penal Argentino, Buenos Aires, 1978, p. 115.
13 Registro Oficial de Santa Fe, Santa Fe, 1888, t. I, pp. 37-43, cit. por GONZALEZ ARZAC, op. cit. , p. 27.
14 El art. 35° del Estatuto de Santa Fe estableció: “Queda abolida para siempre la tortura”. En el Proyecto bonarense de 1833 también se receptaba la abolición de los tormentos en su art. 173: “Jamás se usará del tormento en la provincia” (Ibídem, p. 27 y 128).
15 Los indultos fueron una práctica constante en la América hispánica. Los perdones otorgados por el rey como una gracia se clasificaban en particulares y generales, destacándose los perdones universales dados con motivo de acontecimientos jubilosos, como ser nacimientos, bodas y entronizaciones reales, y, en el Río de la Plata, los perdones colectivos a favor de los desertores de las tropas de mar y tierra y de los contrabandistas (Conf. LEVAGGI, op. cit. p. 81).