12 de noviembre de 2010

OSVALDO MAGNASCO



Osvaldo Magnasco

Por Julio Irazusta

Uno de los maestros de la escuela revisionistas argentina, Julio Irazusta, publicó en 1959 una magistral conferencia pronunciada en Gualeguaychú sobre el pensamiento nacional de Osvaldo Maganasco. El texto que ofrecemos aquí constituye una parte sustancial de la mencionada disertación sobre el ilustre entrerriano, cuya verdadera personalidad es escamoteada casi sin excepción.


MAGNASCO DENUNCIA LOS ABUSOS COMETIDOS POR LAS EMPRESAS FERROVIARIAS BRITANICAS EN 1891


Como sienta a las almas bien templadas, nuestro personaje se elevó a la mayor altura alcanzada en su carrera, al día siguiente de aquel en que el sistema imperante que le servía de alto escenario, pareció vacilar sobre su base, como si una trampa abierta a los pies del actor lo tragara por el capricho de una fantasía trascendental. Aunque el golpe de teatro que dio desenlace a la caída de Juárez, no se hubiese producido, Magnasco era entonces hombre de sobreponerse a temporarios accidentes propios y ajenos.
Fue en 1891 que le tocó integrar una comisión parlamentaria investigadora de los Ferrocarriles Garantidos, cuando enfocó el problema ferroviario argentino con una amplitud de miras y una superioridad de pensamiento, que exhiben su capacidad como ninguna otra de sus acciones. Dijo entonces Magnasco estas palabras, que me excuso de citar in extenso en obsequio a la enorme importancia que tienen y a la elocuencia que encierran: “El ferrocarril inglés en la Argentina no es un negocio, señores diputados, no es una industria. Es una extralimitación insolente que yo evidenciaría a la Cámara, si el Diputado que promovió esta indagación no hubiera ya, con caracteres de una elocuencia dominante, el gran cuadro de los grandes robos de las empresas ferrocarrileras establecidas en nuestros país. Pido disculpas a la honorable Cámara si por primera impresión conceptúan mi lenguaje un poco exagerado. Pero que digan los miembros de la Comisión investigadora si yo no traduzco fielmente sus sentimientos… y espero que mucho antes de terminar este informe estará en todas las inteligencias el mismo concepto robo, y ha de brotar de todos los labios la misma palabra”. Tratando de explicar cómo se había llegado a esa situación, Magnasco apeló a la experiencia nacional, que nos había hecho víctimas de nuestra generosidad, sentimiento noble pero irreflexivo, que se tornaba en prodigalidad dispendiosa e hipotecaba el porvenir. “No pasa un solo día”, agregaba, “uno solo, sin que tengamos que lamentar algo así como una reyerta entre los poderes públicos y las compañías particulares, encastilladas en sus concesiones y en la soberbia de una audacia sin precedentes”. La excusa que alegaba a favor del régimen, era el afán de progreso, que los contemporáneos radicaban en la expansión ferroviaria. Pero con su insobornable objetividad, Magnasco se preguntaba: “¿Han cumplido las compañías privadas los nobles propósitos que presidieron estas concesiones de ferrocarril, tan prodigadas en los últimos años? ¿El espíritu civilizador, que animó las disposiciones legislativas, ha sido satisfecho por las empresas? ¿Han servido como los elementos de un progreso legítimamente esperado, o por el contrario, han sido obstáculos, obstáculos serios, para el desarrollo de nuestra producción, para la vida de nuestras industrias y para el desenvolvimiento de nuestro comercio? Mejor sería, señor, que no contestase tales preguntas, porque aquí están los representantes de todas las provincias argentinas, que experimentalmente han podido verificar, con los propios ojos, el cúmulo de pérdidas, de reclamos, de dificultades y de abusos producidos por esto que en nuestra candorosa experiencia creímos factores seguros de bienestar general. Ahí están las provincias de Cuyo, por ejemplo, víctimas de tarifas restrictivas, de fletes imposibles, de imposiciones insolentes, de irritantes exacciones, porque el monto de esos fletes es mucho mayor que el valor de sus vinos, de sus pastos y de sus carnes. Ahí están Jujuy y Mendoza, sobre todo la primera, empeñada desde hace 12 años en la tentativa de la explotación de una de sus fuentes más ricas de producción: sus petróleos naturales. Pero no bien llega a oídos de la empresa la exportación de una pequeña partida de Buenos Aires o a cualquier otro punto, inmediatamente se levanta la tarifa, se alza como un espectro, y se alza tanto, que el desfallecimiento tiene que invadir el corazón del industrial más emprendedor y más fuerte. Ahí está Tucumán, Salta y Santiago, especialmente Tucumán, lidiando por sus azúcares, por sus alcoholes y por sus tabacos, con una vitalidad que, de no haber sido extraordinaria, habríamos tenido que lamentar la muerte de las mejores industrias de la República, porque habrían sucumbido bajo la mano de fierro de estos israelitas de nuevo cuño… Ahí está el transporte de madera, que parece ser una facultad que monopolizan las empresas y que ellas conceden cuando se les antoja. Ah´ñi están nuestros cereales, los cereales de nuestra sprovincias a grícolas y los ganados de nuestras provincias ganaderas. ¡Siempre la falta de material rodante! ¡Siempre alguna traba! ¡Ahí están hacinados y paralizados en las estaciones, como se releva un material inútil en un depósito de tastos viejos! También eso, como todo, es facultad privativa de ellas, que solamente la conceden cuando creen llegada la oportunidad de su propia conveniencia”.
Antes de seguir el razonamiento de Magnasco hasta sus últimas consecuencias, detengámonos en este punto, que parece una prodigiosa anticipación de nuestro presente. Muchos argentinos extraviados por una experiencia de nacionalización de nuestras fuentes de riqueza, mal hecha por un gobierno inepto, suelen volver la mirada, como hacia una perdida edad de oro, a la época en que los ferrocarriles eran ingleses. Sin embargo, aquí tenemos el cuadro que de esos ferrocarriles ingleses nos pinta Magnasco, para recordar que bajo su régimen la situación nacional era peor que en la actualidad. Y que de esa causa resultaron los efectos que estamos sufriendo.
El discurso que comentamos seguía exponiendo cómo un decreto de 1888 había librado a las empresas británicas del control que les impedía abusar de los privilegios con que las favorecían los contratos de concesión. Magnasco la califica de tongo o matufia. Y enumera unos tras otros, los enormes abusos que cometían las empresas. Luego de cobrar las garantías, éstas no devolvían al Estado el 50% de las entradas, como se los exigían las leyes de concesión. Cuando el decreto matufia, se los permitió, abultaron sus gastos, para desligarse de todo compromiso de compensar las sumas recibidas en concepto de intereses garantidos. Como al fisco argentino, las compañías estafaban a los accionistas ingleses. Contra el expreso tenor de los contratos, incorporaban a los gastos de explotación el interés y la amortización de los empréstitos levantados por las compañías al fundar los ferrocarriles, llegando al extremo de incluir en ese rubro los desfalcos cometidos por empleados deshonestos. El abuso era tan grande, según Magnasco, que algún ferrocarril, como el Este Argentino, costó menos de lo que cobró en pocos años por concepto de garantía. Otro de ellos costeaba en Londres un directorio más caro que toda la administración de la línea en nuestro país. Las diferencias de remuneración, entre los empleados, cuando eran ingleses o cuando eran argentinos, resultan, en la denuncia de Magnasco, tan enormes, como las que nosotros conocimos hasta la nacionalización de 1949. Para no citar más que un caso, en las propias palabras del orador, “el jefe de almacenes gana”, decía, “505 pesos oro; pero el auxiliar del jefe, que es el que desempeña las funciones, en el hecho ese gana 20 pesos oro (risas)” acota el Diario de Sesiones. Y el acusador comenta: “¡Francamente, no sé cómo no sube la vergüenza al rostro de los que presentan presupuestos como éste! ¡En ninguna parte del mundo se hace gala de un coraje tal, señor! ¡Se subleva la conciencia de cualquiera al encontrarse con datos parecidos a éstos!...” Por último denunciaba el sabotaje sistemático de todas las industrias nacionales, ya resumidos al comienzo, pero explicitados al final de su exposición. Sabotaje a la producción de azúcar, a los cereales, al ganado, a la extracción de petróleo, que ya entonces ensayóse en las locomotoras y resultó mucho más económico y de mejor rendimiento, pero que las empresas británicas, interesadas en la importación del carbón, sabotearon como todo lo demás. Una de ellas consumía leña, y revendía el carbón importado con exenciones impositivas. El ministro del interior, Zapata, abundó en los conceptos de Magnasco, que había hablado como miembro informante de la Comisión investigadora , y dio otro dato, que también esclarece el problema respecto de los términos en que se planteó en nuestro tiempo. De un ferrocarril inglés, dijo que mientras su directorio de Londres tenía un presupuesto de 124.000 pesos al año, el local costaba únicamente 27.000, y que entre los dos directores, administraban peor que el Andino, de propiedad nacional, espejo de buena administración y único que daba utilidades al país.
En sus conclusiones, tanto el diputado como el ministro fueron en exceso optimistas. El uno como el otro, se mostraron seguros del éxito que obtendrían con el proyecto, cuya aprobación tuvo unanimidad, destinado a cortar los abusos denunciados. El mal indurado, lejos de cesar, se agravó, hasta convertirse en una lues, que envenenó la sangre del organismo nacional. Los ferrocarriles garantidos, que para la época del gran discurso de Magnasco, insumían la tercera parte del presupuesto argentino, siguieron pesando sobre nuestras finanzas, con peso cada vez mayor, hasta constituir un Estado en el Estado, con influencia en su política del país. La situación de hecho, descrita por el miembro informante de la Comisión investigadora de los Ferrocarriles británicos, de una dirección para las empresas, con domicilio fuera del país, mejor remunerada que la gerencia local, se inserta en la ley argentina. El código de comercio es reformado poco después, en el sentido de reconocer la legalidad de los directorios en el extranjero para las sociedades anónimas con intereses en nuestro país. Los Ferrocarriles ingleses, que daban pérdida, en vez de ser nacionalizados, puesto que los ferrocarriles argentinos estaban mejor administrados, absorben el Andino y otras líneas que seguían en poder del Estado, como en el anémico los glóbulos blancos se comen a los glóbulos rojos. Y entre fines del siglo XIX y principios del XX, uno de los técnicos más autorizados del país, Alberto Martínez, competentísimo director del Censo de 1910 y autor de una historia financiera nacional, establece este contraste entre los ferrocarriles argentinos y los australianos que mientras en Australia ellos daban ganancias de 18 millones de pesos oro, en la Argentina causaban pérdidas de 5 millones en la misma moneda.


ENFOQUES DE MAGNASCO SOBRE LA HISTORIA Y LA POLITICA NACIONALES

Desde este discurso de 1891 al famoso debate sobre la reforma de la enseñanza, Magnasco no se distingue por ningún hecho notable, aunque su labor parlamentaria es digna de estudio y reflexión.
No sería leal omitir que considero a nuestro personaje menos valioso como escritor que como artista de la palabra hablada. Su libro más importante (que yo sepa) es una alegato por los derechos argentinos a la Puna de Atacama, que no se puede comparar con las producciones de profesionales del gremio, como Ernesto Quesada, y aún políticos mas diestros en el manejo de la pluma como don Bernardo de Irigoyen que por esos días trataron el mismo tema con superior claridad y fuerza.
Sobre los discursos de esta época haré unas pocas observaciones generales, antes de puntualizar algunos detalles. Es sabido que Magnasco tuvo al final de su vida reputaci-ón de gran jurisconsulto, cuyo consejo era buscado por los litigantes en las causas más célebres del foro. Sin embargo sus oraciones de fines de siglo no descuellan por la luz que arrojan sobre las cuestiones de derecho implícitas en los asuntos, sino más bien por los arrebatos de pasión, las vistas deslumbrantes acerca de la historia, en la que arrojó su sonda a las aguas más profundas. No se puede comparar con Estanislao Zeballos, Lisandro de la Torre, ni sobre todo con Indalecio Gómez, el mejor de ellos, en materia constitucional. Estos parangones de la oratoria parlamentaria argentina (me refiero a la época inmediatamente contemporánea, no a nuestros clásicos del género) agotan el tema político que tratan. El Magnasco de esta época finisecular no hacía más que desflorarlos.
Por el contrario los supera en intuición del pasado y justificadas inquietudes acerca del porvenir. Hablando de Rosas, p.e. dijo: “Creemos que si la tiranía no se produce, la unión se habría retardado considerablemente; creemos que habría surgido otra vez un semillero de republiquetas pretenciosas”, palabras que anticipan en síntesis la tesis central de la escuela revisionista, aunque todo el resto de su trabajo estuviese enderezado a desmenuzar el libro de Saldías, uno de los que iniciaron la revisión. De Mitre dijo con acierto en 1888: “ni organizó federativamente la nación ni la influencia de un hombre puede ser jamás, mayor, más poderosa y decisiva que la de 50 años de incesantes esfuerzos de tentativas generosas aunque inexpertas y de decisión inquebrantable y patriótica”. La conmoción del noventa le hizo entrever abismos, donde hasta entonces era general ver una superficie brillante y lisa. Y habló varias veces de la “malsana atmósfera política”, en la cual los dirigentes buscaban en medio del desastre público el interés personal o de partido. Esbozó un mea culpa, al que invitaba a sus colegas, para sufrir “las responsabilidades de nuestra propia conducta en el pasado”, como dijo. Lo angustiaba el desaprovechamiento de las rudas lecciones sufridas y en un momento que depone toda crítica para facilitar la tarea de Pellegrini, exclama como en un grito desesperado: “algo tengo derecho a exigir de los presidentes argentinos: ¡el sentimiento del amor a este país en naufragio!” Sobre las corruptelas políticas de 40 años de régimen llamado constitucional dice: “Las intervenciones en esta tierra, señores, han sido invariablemente decretadas con uno de estos dos fines, o para ahogar una influencia o para restablecerla, o para levantar un gobierno local que garantice la situación doméstica al ejecutivo, o para derrocar un gobierno local que garantice la situación doméstica al ejecutivo nacional, o para derrocar un gobierno local desafecto a la política del central”. Califica de corruptora la influencia de nuestros partidos, que llama embrionarios. En uno de sus mejores movimientos oratorios, dice que los despotismos provinciales no tenían “interregnos consoladores, como los de Marco Aurelio y Antonino Pío en la Roma de los Césares, pues en las tierras de nuestro interior hace mucho tiempo que no se ven claridades de libertad”, “desde Mitre hasta Pellegrini, aquel pobre pueblo ha tenido que revolverse desesperadamente en las angustias de un dolor sin remedio con el sólo recurso de hacernos llegar de vez en cuando el eco doloroso de sus quejas”.”Gobiernos de nepotismo, gobiernos de familia, sustitución de la autoridad del pueblo por el capricho de los gobernantes, anulación de toda ambición legítima, reparto de las utilidades del gobierno como si se tratara de los dividendos de una sociedad mercantil”. “Y esto que ha venido sucediendo en Santiago del Estero (cuya situación se trata), como en algunas otras provincias, durante tantas administraciones, no es ya sólo un crimen contra la constitución argentina, porque es un crimen de lesa civilización”.
Estas amargas confesiones, no las formulaba para denunciar el régimen a que pertenecía, ni justificar las violentas resistencias que provocaba. Como político, más que intelectual, allá en sus adentros se reservaba tal vez para aprovechar una ocasión de probarse la mano, como la tuvo. En estos dolientes discursos dice no querer culpar a nadie, y pide se dé tiempo a esos gobiernos poco recomendables para que se desbraven, y se convenzan de que son efímeros. “¡Qué cosa más fugaz y pasajera que el gobierno, señor presidente! ¡Es más fugaz y pasajera que la vida misma! ¿Cuánto han gobernado los hombres?… ¿Cuánto gobiernan?… Don Justo gobernó de 8 a 9 años; ¡el canto del gallo bíblico! Mitre gobernó 7 años; Sarmiento, Avellaneda y Roca 6 años; Juárez 4; Pellegini 2. ¡Qué cosa más fugaz y pasajera que el gobierno!...” El movimiento oratorio es bellísimo. Pero sólo a condición de no pararnos a reajustar los números de su aritmética, ni la escala que usa. Claro está que esos personalismos prolongados son fugaces y efímeros medidos en perspectiva de eternidad. Pero los pueblos que los sufren no pueden mirarlos bajo ese punto de vista sideral. No era cierto que don Justo, como decía, hubiese gobernado menos de una década; treinta años de gobierno provincial o nacional, y cuarenta y cinco de influencia en el Estado, habían hecho intolerable su inamovilidad en las posiciones públicas, incluso para sus allegados, como a él le resultaron insoportables los 20 años de Roca. Cuanto a Roca y Mitre, las cuentas son revisables y serían revisadas por el futuro. El primero volvió al gobierno, y lo llamó a colaborar, para abandonarlo a la menor dificultad cuando parecía dispuesto a sostenerlo contra viento y marea. El segundo tuvo a diez años de distancia poder suficiente para cortar definitivamente la carrera de quien ahora era tan generoso en juzgar su personalismo. Conste que no niego la obra positiva de ninguno de los tres: el principado de Urquiza en Entre Ríos, la conquista del desierto por Roca, la obra histórica de Mitre.

UN PROYECTO RACIONAL PARA REFORMA DE LA ENSEÑANZA

El final de este debate sobre la intervención a Santiago en 1892, en el que indudablemente Magnasco cifraba esperanzas para su prestigio, y fue comentado en la conferencia de Arigós de Elía, nos lleva de la mano al más célebre sobre la reforma de la enseñanza.
Las últimas palabras de su exposición en el caso fueron para decir que esa tarde fue al Congreso a librar una batalla por las provincias: “Por que, dijo lo que se está perfilando y me temo mucho que suceda, es que los hombres arrastrados, señor presidente, por corrientes históricas conocidas, me temo – Dios quiera que me equivoque – levanten de nuevo aquella vieja tendencia de otros tiempos, que tantos dolores nos cuestan: del gobierno de Buenos Aires sobre el gobierno de las 14 provincias… El P.E. el gabinete no es solamente un ejecutivo y un gabinete reclutado en Buenos Aires, casi exclusivamente en Buenos Aires, sino un ejecutivo y un gabinete (de) barrio”. Aludía a Quintana y otros mitristas que parecían prevalecer (en el complejo gobierno de Luis Sáenz Peña, surgido del famoso acuerdo), sobre los roquistas, entre los que Magnasco quedó ubicado definitivamente.
Pero si al ocurrir lo contrario, y preponderar sus correligionarios con el advenimiento de José Evaristo Uriburu, creyó que Roca era menos centralista que Mitre, iba a experimentar personalmente la fragilidad de esa posición, cuando el acuerdo hizo crisis al renunciar Magnasco. Pero no anticipemos. Y detengámonos en el último momento de su carrera pública, cuando dibujó como estrella fugaz que cae en el crepúsculo vespertino, una estela luminosa que todavía recordamos.
Con la misma falta de sistema con que el general había llamado en 1880 como su primer ministro de educación y justicia al católico Pizarro, para en seguida dejarlo al ateo y anticlerical Wilde hacer leyes laicas, Roca incorporó en su gabinete de consolidación del régimen de su hechura, al joven y talentoso partidario menos indicado para ese propósito. Como hemos visto Magnasco era el dirigente liberal que tenía enfoques más revolucionarios, en la acepción intelectual de la palabra. Por añadidura era el más consumado humanista del régimen. ¿Cómo podía ser llamado a continuar la obra de los jóvenes escépticos que habían dado el tono a su primera administración?
Sea lo que fuere, Magnasco proyectó para la enseñanza secundaria una reforma de fondo, que era una verdadera revolución copernicana. Para un país formado por el iluminismo abstracto, de cultura enciclopédica a la francesa, persuadido por sus llamados organizadores de que era inepto por herencia de sangre para la vida moderna, y de que su salvación estaba en el cultivo del saber universal, sin relación con su relación práctica, que debían manejar los europeos, más civilizados, Magnasco proyectó cambios tendientes a preparar argentinos capaces de manejar sus intereses concretos, y a ese fin la devolución de los institutos educacionales a las provincias, según lo aconsejaba la tradición, como el medio indicado para retomar contacto, como Anteo, con la tierra madre que debíamos fecundar para que fuera más nutritiva. La oposición hallada por el intento debió resultar sorprendente. Yo sospecho que aún para le mismo Magnasco. Pues todo el sistema a que él pertenecía estaba en el polo opuesto.
Para mal de sus pecados el impugnador que le salió al paso estaba hecho a su medida. Era Alejandro Carbó uno de los entrerrianos más talentosos de que haya memoria. Recuerdo que mi padre me llevó a oírlo en el frontón durante la campaña electoral de 1916 cuando la fórmula radical Yrigoyen-Luna enfrentó a de La Torre-Carbó. Con ser al imagen que conservo de su bella voz atiplada – mi mejor recuerdo de la oratoria escuchada en mi juventud – cuando pude oír a Lugones y Roldán, la impresión que dejan sus esritos supera todo lo que la reflexión puede agregar al registro impreso de un gran discurso. Con una habilidad digna del Fox joven, dice que la opinión (alegada por el ministro a favor de la reforma) no tenía mejor medio de expresión que la cámara. Argumenta que el humanismo debe ser base del tecnicismo, y repite el dicho de Lord Roseberry, sobre la inferioridad de la enseñanza británica, debida a que los jóvenes salían de las escuelas técnicas a la edad en que los jóvenes alemanes ingresaban en ellas, previa adquisición de una cultura enciclopédica. Pero la conclusión que sacaba de una premisa cierta era falsa. Pues donde el estadista británico aconsejaba perfeccionar lo que Inglaterra tenía, Carbó trabajaba para que la Argentina no adquiriese lo que faltaba. Apelaba a la peor demagogia igualitaria para rechazar la enseñanza técnica, so pretexto de que un país democrático no podía diferenciar el tipo de sus enseñanzas, mientras sostenía que la existente era la mejor para la formación del perfecto ciudadano. Pero lo que más llama la atención es que mientras el representante de una provincia pedía que el manejo de la enseñanza secundaria quedara en manos de la nación, el ministro del P.E. nacional quería devolvérselo a las provincias. A cincuenta y tantos años de distancia, el país sufre aún la derrota experimentada por Magnasco.

VIOLENTA REACCIÓN LIBERAL Y CAÍDA DE MAGNASCO

La cámara de Diputados rechazó su proyecto, aunque sin proponer nada en lugar de la iniciativa rechazada. En consecuencia, el ministro de Educación y Justicia, con apoyo del presidente de la República, que no tenemos por qué sospechar de vacilante, persistieron en sus propósitos de reformar la enseñanza secundaria en el sentido rechazado por la rama del Congreso que había tratado la iniciativa. Indudablemente, ni el Jefe del Estado ni su secretario en el departamento de Educación habían calculado bien las fuerzas que desafiaban. La grita contra la aplicación del proyecto Magnasco alcanzó un nivel desproporcionado, con los factores ponderables del problema.
El escándalo fue calificado por el propio Magnasco, como “una de las más intensas, de las más injustas, de las más brutales oposiciones que en estas materias hayan podido sufrir un gobierno y un ministro por su intento de escarbar en el espeso aluvión de la rutina”. Un diputado acusó al P.E. de violar la Constitución, por entrometerse sin autorización legislativa en una materia que según él era privativa del Congreso. “Un diario amigo, que, no obstante las disidencias que han podido separarnos… ha de hallarse por siempre vinculado a mi afectos y a mi gratitud por razones que son del dominio confidencial de la amistad y del dolor”, exige extorsivamente su renuncia, amenazándolo con un incipiente personal. Ese y otros diarios interrumpen su culta tradición, y rompen la tregua de Semana Santa, para “zaherir implacablemente a un ministro”. Magnasco se acerca a Mitre, en busca de una explicación posible. Y el anciano patriarca le contesta que sus instrucciones eran de “propiciar su obra como se merecía”, pese a las disidencias, y que su joven amigo era “el ministro actual que con más pasión se ha ocupado en llenar el cuadro de sus deberes, persiguiendo un ideal y buscando un resultado inspirado en el anhelo del progreso de la educación”. El interpelado lee estas palabras de Mitre, y luego rechaza el argumento del interpelante sobre una supuesta violación constitucional por insistir en sus planes después que se los había rechazado la cámara, con una admirable exposición de los antecedentes nacionales. Estos constituían, según Magnasco, una consuetudo, de la que resulta que pese a la atribución que la carta magna daba al Congreso en la materia, a lo largo de la historia siempre habían sido los ejecutivos, desde Moreno y Agüero bajo Rivadavia, hasta los más recientes ministros de educación, quienes habían creado todas las escuelas e institutos educacionales y reglamentado la educación con proyectos de ley o decretos reglamentarios. Y que esa legislación supletoria, a falta de acción por parte de asambleas y congresos, no podía ser abandonada racionalmente, cuando la reforma era tan urgente que el clamor popular la reclamaba hacía tiempo y la crisis había llegado a la anarquía. Fue su último triunfo parlamentario.
Pero la grita, y el escándalo de la oposición continuaron. Magnasco había insinuado en ese discurso que la campaña no era movida por “simples intereses de la educación” de ciencia o de administración, diciendo que “el ministro por fortuna, ya está cerca de los cuarenta para creer candorosamente que el mar es sólo su superficie”, sin aclarar la alusión. Imitemos su prudencia para no turbar este ambiente académico con un debate sobre las fuerzas invisibles y ajenas que traban nuestro desarrollo, ahora como entonces. Bástenos señalar la similitud de las situaciones entre ayer y hoy.
Como la víctima señalada hubiese dicho y repetido que no renunciaría, y acusado de suicidas a quienes se empeñaban en destruir los valores nuevos, anunciando un peligro que vio nuestro tiempo, con el triunfo de los peores, el mismo diario del “glorioso amigo de mi padre”, como dijo Magnasco, ejecutó la extorsiva amenaza anunciada, denunciando que el ministro había dejado impaga una de varias cuentas por muebles encargados para su casa particular en los talleres de la penitenciaría. Era por unos miserables cientos de pesos. A los promotores del escándalo, no les importaba la insignificancia del motivo porque sabían como don Basilio que de la calumnia algo siempre queda. De las explicaciones de Magnasco resulta evidente la trampa que se le tendió. El personal de la cárcel enteróse desde la entrada del nuevo ministro al gabinete en 1898, que meditaba reformas que implicaban remociones, del director abajo, de funcionarios incompetentes, responsables de un deplorable estado de cosas en el penal. Luego de ponderarle los trabajos de sus pupilos, y tentarlo a que se encargara un escritorio, el Director le había dado recibos en los que constaba el pago con los fondos personales del ministro. Pero al segundo o tercer encargo, le mandó las cuentas entre la montaña de resoluciones y decretos que a diario van a despacho en todo departamento público y que ningún titular responsable puede controlar si falta un mínimo de buena fe entre los subalternos. Y así aparecieron muebles de dormitorio para la casa de Magnasco, pagados con fondos oficiales por orden autorizada con la rúbrica del ministro. Después de lo que hemos visto en nuestro tiempo, y el auge de los que vendieron a la Cade la prórroga de su concesión, o de los gobernantes cómodamente instalados en la infamia de la economía dirigida, perfecto sistema de enriquecimiento sin causa, que en un ambiente para el cual toda propiedad legítima y sancionada por la prescripción, es un robo (como decía el comunista Proudhon) hace del robo la única propiedad legítima e intangible en medio de las más sangrientas revoluciones después de eso nos cuesta reprimir la indignación que nos causa la mancha arrojada a la reputación de nuestro gran conciudadano.
Magnasco inició el debate seguro del apoyo del presidente. Pues anunció de entrada que no lo harían renunciar con la extorsión. Pero a los pocos días era dimitente. Y eso no podía deberse, sino a que Roca no le habrá cumplido lo que le prometiera. Para descargo del presidente hay que reconocer que por lo menos en un punto, Magnasco faltó a la prudencia, ya que las circunstancias eran críticas para el gobierno de que formaba parte. Dejó escapar hirientes palabras contra Mitre, para explicar la saña con que lo perseguían los hombres, dijo, “que acaudilla el que fuera glorioso amigo de mi padre. Quizá haya llegado a oídos del señor general mi desafecto por la ceremonia de su deificación. Quizás, señor: yo profeso principios republicanos, por lo menos trato de ajustar a ellos mi conducta. Puede que también haya llegado a sus oídos la frase acaso festiva – que me debía disculpar y que puedo repetir porque no hablo en nombre del poder ejecutivo – después de esa ceremonia, tendremos que llamarlo como a los emperadores romanos: Divas Aurelius, Divi fratres Antonini… Divas Bartholus”.
Eran los días del jubileo de Mitre al cumplirse sus ochenta años. El desborde idolátrico desatado en torno al prócer debía ser para la gente digna una prueba como las ue nosotros sufrimos. Comprendemos la reacción de Magnasco, por lo que experimentamos personalmente. Pero su frase, repetida en el Congreso, pese a escudarse en que no hablaba en nombre del gobierno, estaba de más. Si ella provocó su caída, costó más de lo que valía. Por otro lado Roca atravesaba el momento más difícil de su segunda administración, cuando el proyecto de Pellegrini para la unificación de la deuda, que hipotecaba las rentas de aduana para garantizar un nuevo empréstito que englobaría todos los anteriores, había despertado en el país una resistencia de la que ya no se le creía capaz. Si en tales circunstancias el presidente sacrificó a Magnasco para no perder el apoyo de Mitre en el precario acuerdo, o quiso arrojar lastre en instrucción pública para salvar su cargamento en el ministerio de hacienda, de poco le sirvió, pues al otro día de renunciar Magnasco las casa de Roca, Pellegrini y otros prohombres del régimen, eran apedreadas, y el P.E. debió retirar el proyecto de unificación que el Congreso ya había comenzado a tratar. La caída de los financistas oficiales era una victoria del país, pero la del reformador de la enseñanza una derrota mayor. Pues los desastres de la economía son más fácilmente reparables que las lesiones inferidas al espíritu de una nación. Y el de la nuestra aún sufre los males que Magnasco intentó curar.


Fuente: Irazusta, Julio, El tránsito del siglo XIX al XX, Memorial de la Patria, tomo XIX, Ed. La Bastilla, Bs. As., 1977, pp. 3-8